Por los caminos de Côte du Rhône

The Coca-Cola CompanyEvo MoralesCharles de GaulleArthur Rimbaud

Estoy en Francia, país que se puede caracterizar por decenas de cosas, entre ellas el vino. Ese es el motivo de este viaje que, como se podrán imaginar, viene "muy bien regado".

Yo vivo en Mendoza, Argentina, una "wine region" de crecimiento asombroso en las últimas dos décadas. Al punto que sus vinos ya participan de una manera importante en Vinexpo, la feria más grande del mundo, que se realiza en la mítica Bordeaux.

En Vinexpo pude apreciar a grandes rasgos lo que es hoy el mundo del vino: 40 países productores, 2,400 expositores, 30,000 productos. El mundo es un "wine lake" y allí se lo puede apreciar con total claridad.

Pero este viaje no ha sido sólo Vinexpo, sino una recorrida posterior por la Côte du Rhône, una de las zonas productoras tradicionales de Francia. Parte del privilegio de periodista es compartir el viaje con un grupo de winemakers y agrónomos argentinos, que hacen lo que a muchos les gustaría hacer: visitar bodegas, intercambiar experiencias… y probar vinos.

En ese recorrido aparece lo más interesante del tema. Es decir, todo lo que está detrás de lo que consideramos como vino francés. Y eso es lo mejor de todo.

Puede hablarse, por ejemplo, de cómo supieron instalar conceptos o edificar mitos. El terroir, el vino como un estilo de vida, el apego a lo propio, está presente en cada uno de los lugares por los que el turista se pasea.

Los vinos franceses pueden gustar mucho, poco o nada, pero siempre detrás de ellos se encuentra una evocación, un lugar, un queso, una ciudad con historia. Hemos probado vinos blancos excelentes de la cosecha 1979, mientras pensábamos asombrados que ni en Argentina (ni en Chile ni California, por caso) estamos todavía en condiciones de llegar a ellos. Estamos haciendo muy bien las cosas en muchas partes, pero todavía nos falta lo más importante: el tiempo. Tenemos que armarnos de una "ardiente paciencia" (Arthur Rimbaud) hasta que el tiempo haga su trabajo.

En todas partes, hablar de vino lleva inevitablemente a hablar de gastronomía. Y en Francia eso es mucho más notable por la sorprendente riqueza y variedad de sus platos. Hay miles de historias sobre ella pero me encanta resaltar algo que decía Charles de Gaulle: que era muy difícil gobernar "un país que tiene 400 tipos de quesos"

Las salsas, el "canard", el foie gras, los panes, los croissants, la manteca, la carne poco cocinada, las baguettes para comer en la calle… No por nada la Unesco consideró el año pasado a la gastronomía francesa como "patrimonio cultural inmaterial de la humanidad".

Pero ella no sería nada sin el vino, que tiene sus complejidades. Como las apelaciones geográficas, cuya explicación podría ser una pesadilla. Aunque sólo con ver cómo se organizaron, uno se da cuenta de cuánta importancia le otorgan a "lo local".

Igual que en la gastronomía, en los vinos se pone el acento en lo que se tiene a mano. Los vinos de cada región, zona, sub-zona o apelación de origen (con muy pocos kilómetros de distancia entre sí) obligan a los productores a utilizar las uvas de cada lugar. Tienen prohibido plantar otras variedades, porque resaltar lo propio es lo que, en definitiva, les permitirá diferenciarse.

Y así ocurre con todo, porque Francia es un país lleno de singularidades. Que se pueden compartir o no, pero que indudablemente los ubican en un lugar destacado en cualquier ranking de calidad de vida. Ellos ni se imaginan cuánto los envidio.

Mauricio Llaver es director de la revista Punto a Punto en Mendoza, Argentina.

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