Esta joven lidera un movimiento de músicos y danzantes que ha salido a las calles en solidaridad con los migrantes en Los Ángeles
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LOS ÁNGELES — Con el violín en su espalda, Coral Alonso participó en las fragorosas protestas en contra de la “migra” realizadas en Los Ángeles. Vestida con su traje de charro, un moño rojo y unas botas, esta artista sobresalía entre la muchedumbre que condenó las redadas masivas que lanzó en junio el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE).
“ICE fuera de Los Angeles”, gritaba esta joven junto a los manifestantes que salieron la tarde del 9 de junio de la emblemática Plaza Olvera hacia el edificio federal sobre la calle Los Ángeles, en el centro de la ciudad.
Coral, de 28 años, vive del arte. Desde que se mudó de su natal Arizona se abrió camino en el campo de la actuación interviniendo en cortometrajes, igual canta y toca el violín en diferentes mariachis. De forma permanente integra el mariachi 1000 Amores.
Esta joven, hija de inmigrantes mexicanos, tiene el cabello lacio y su color de piel es cobrizo. Al igual que muchas personas arrestadas por la “migra”, ella reúne los rasgos que los agentes federales han utilizado para capturar a hombres y mujeres en diferentes vecindarios latinos del sur de California.
—¿Qué te motivó a venir? —pregunto al terminar la marcha.
—Las injusticias que están pasando, literalmente, están rompiendo nuestra Constitución, destruyendo familias y separando a niños.
La infancia de Coral transcurrió entre dos fronteras. Ella nació en la ciudad de San Luis, en el condado de Yuma, Arizona. Este poblado se encuentra ubicado a tan solo 3.6 millas de San Luis Río Colorado, en el estado mexicano de Sonora, en donde nació su madre, Coral Méndez.
Esta artista armoniza su devoción por la música ranchera con su vocación por la lucha social, algo que, según su madre, absorbió desde temprana edad.
Cuando estaba embarazada, Méndez le ponía a su hija música norteña y su estómago se agitaba de manera frenética como si de un movimiento telúrico se tratara. Antes de cumplir cinco años, cuando su abuela materna, Lucía Sánchez, le pedía a la niña que entonara una canción, Coral corría hacia la puerta y empezaba a cantar.
Casi de forma simultánea, a los dos años su madre llevó a Coral por primera vez a una marcha —algo que ha hecho en muchas ocasiones— por el natalicio de César Chávez, el defensor de los derechos civiles nacido en la ciudad de Yuma. También participaron juntas en las protestas en contra de la ley SB-1070, aprobada en 2010, en la que las autoridades de Arizona buscaban que la policía local interrogara a cualquier persona que sosperchara era indocumentada. En 2012, la Corte Suprema de Justicia anuló tres de las disposiciones más importantes de la ley, incluyendo la sección “muéstrame tus documentos”.
“En la frontera te tratan de discriminar, yo les digo a mis hijos que no se dejen”, comenta Méndez, de 53 años, sobre lo que les ha inculcado a sus retoños, Coral e Isaías, de 23 años. “La discriminación es una lucha que nunca se va a terminar, quieren hacernos menos simplemente por nuestro color de piel”.
Como es la costumbre, la tarde del viernes 22 de agosto, Coral se dirigió a una presentación musical en la ciudad de San Fernando. Ese día vestía una blusa y zapatos blancos, que combinaba con una falda de franjas horizontales —color verde y marrón— de estilo tradicional mexicano, elaborada especialmente para ella por una modista de su natal Arizona; esta indumentaria es propia para bailar cuando alguna canción rítmica en sus conciertos lo amerita.
Sentada sobre una barda de hormigón, la artista rememora que la primera vez que cantó en público cursaba cuarto grado. Estaba en un programa de música escolar cuando interpretó la canción Tú y las nubes, escrita por el prolífico compositor mexicano José Alfredo Jiménez.
—¿Qué piensas de las redadas? —le pregunto.
—Me da mucha tristeza, es irracional e ilógico. Cómo le explicas a un niño que alguien por su color de piel diferente tiene más riesgo de que se lo lleven —razona.
Por ser ciudadana estadounidense, Coral no tiene peligro de una deportación; sin embargo, su color de piel canela la convierte en un objetivo de discriminación. Ahora, aunque vive en mejores condiciones, recibe un ingreso económico por tocar y cantar con su mariachi en Los Ángeles, no siempre fue así. Por eso eleva la voz por los más vulnerables.
Al llegar al sur de California, en agosto de 2022, vivió en una casa rodante en la ciudad de Compton. Al principio colocaba una bocina y cantaba con pistas en Venice Beach, junto a artistas y comerciantes que se instalan en el paseo marítimo de dos millas de largo.
Las calles de San Diego, California; Las Vegas, Nevada; y Phoenix, Arizona, dan fe de sus inicios como artista itinerante antes de llegar a Los Ángeles.
Poco después de graduarse de San Luis High School, mientras se decidía adónde seguir sus estudios universitarios trabajó como mesera en una pizzería en Las Vegas, luego encontró empleo limpiando y clasificando zanahorias, uvas y apio en la ciudad de Yuma.
“¿Cómo voy a salir de aquí?”, reflexionaba Coral cuando se quedaba sola en los surcos y en los empaques de melón con sus audífonos en los oídos.
Jueves 14 de agosto. El guatemalteco Carlos Montoya, de 58 años, falleció esta mañana al ser atropellado en la autopista 210, cerca de la avenida Myrtle, cuando huía de la redada realizada por la “migra” en la ferretería Home Depot de la ciudad de Monrovia, ubicada a 22 millas al este de Los Ángeles.
Esa noche, un grupo de jóvenes músicos y danzantes amenizaron el evento denominado Almas en Protesta, realizado en el vecindario angelino de Boyle Heights. Como lo han hecho desde que ICE lanzó la despiadada ola de operativos en el sur de California, estos artistas han elevado la voz denunciando los abusos y las detenciones arbitrarias que como lo evidenció un fallo de una jueza federal, emitido el 11 de julio, las redadas se han implementado con un perfil racial.
En medio de la declamación de poemas y la interpretación de canciones compuestas con un mensaje que alumbra el racismo, la discriminación y la injusticia, las instalaciones del local Eastside Luv, ubicado al costado este de la Plaza Mariachi, se abarrotó. El espacio se quedó pequeño para la holgada respuesta del público.
“Creo que todos sabemos la razón por la que estamos aquí, estamos en una lucha”, comentó Coral a manera de introducción en la velada, en donde intervino como maestra de ceremonias.
“Contra el racismo”, gritó una joven.
Al continuar con su elocución, Coral añadió que la convocatoria tenía el objetivo de defender los derechos humanos. La artista lamentó que las acciones del gobierno federal están expulsando forzosamente a las personas que consideran a esta ciudad como su hogar. La rabia en contra de esos atropellos es lo que dio vida al colectivo llamado Artistas por la Raza, explicó. Este colectivo es el que organizó este concierto en donde participaron los mariachis Las Catrinas, Arcoiris y Las Cafeteras, junto a varios grupos de danza folclórica y otros artistas.
“Estamos aquí defendiendo nuestra esencia, porque somos indígenas de esta tierra”, abundó Coral, quien esa noche vestía una blusa tradicional mexicana y una falda de charro de color negro, junto a sus arracadas y unas botas, indumentaria que la concurrencia apreció cuando, junto a nueve músicos hombres del mariachi 1000 Amores, interpretó la canción ¡Viva México! en la que el público hizo el coro a voz en cuello.
¡Viva México! (¡viva!) ¡Viva América! (¡viva!)
Oh, tierra bendita de Dios
¡Viva México! (¡viva!) ¡Viva América! (¡viva!)
Mi sangre por ti daré yo.
La devoción por el arte se respira en su hogar. Su madre es una profesora de danza folclórica, graduada de la escuela Jaime Buentello Bazán, ubicada en Nayarit, México; su abuela paterna es una amante del canto y un tío abuelo materno era músico. Cuando cursaba cuarto grado, Coral se inscribió en el programa de mariachi creado en su escuela, ahí entró en contacto con el violín.
Con el paso del tiempo, esta joven dejó la música y su pasión la transfirió al deporte y al activismo.
En la escuela fue capitana de atletismo por dos temporadas, compitió en las pruebas de 100 y 300 metros planos, también en salto largo y 300 metros con vallas —estableció marcas en estas dos últimas pruebas—, a la vez fundó el club llamado Green Team que se enfocó en mejorar las iniciativas de reciclaje de la escuela y la comunidad; integró el club de drama, participó con el grupo de danza y realizaba servicio comunitario con otros jóvenes de la iglesia católica de su localidad.
Como estudiante era enérgica, tenía una mentalidad positiva y se distinguía por su bondad, era alguien que le encantaba ayudar a los demás, indica Justin Anderson, profesor que le enseñó álgebra a Coral cuando cursaba el noveno grado en San Luis High School. Añade que su exalumna tenía hambre de conocimiento, quería saber cómo podía usar las matemáticas en la vida cotidiana en el futuro.
“Coral siempre ha sido una líder natural”, indica Anderson, de 42 años, quien actualmente es profesor en Central Union High School en El Centro, California. “No le teme a la resistencia ni al trabajo duro cuando ve un problema que necesita solución, nunca acepta un no por respuesta y no se detiene hasta que el trabajo está hecho”.
En esta época, mientras ella se involucraba más en servir a la comunidad, el mundo de Coral caía como un castillo de naipes. En 2011 sus progenitores se divorciaron. Ella y su hermano quedaron bajo la tutela de su madre, la ayuda económica de su padre nunca llegó.
En consecuencia, su madre sacó a flote el hogar sola. Hasta ese momento, Méndez generaba sus ingresos como ayudante en un bus escolar y daba clases de danza folclórica a tiempo parcial. Luego consiguió empleo los fines de semana en un camión de comida, cuidó a personas con necesidades especiales y tramitó la licencia para conducir buses escolares, que obtuvo en 2013 y desde entonces se desempeña en esa labor.
“Tuve que buscar la manera de proveerles todo”, indica la madre de Coral.
Al mismo tiempo que iniciaron las redadas masivas en Los Ángeles, surgieron las protestas. En el operativo en el distrito de la moda, realizado el viernes 6 de junio, ICE arrestó a David Huerta, presidente del Sindicato Internacional de Empleados de Servicios (SEIU). Las autoridades argumentaron que Huerta bloqueó el paso de un vehículo y lo acusaron de obstrucción a la labor de las agencias federales.
Esa mañana, Coral viajó hacia Las Vegas a comprar unas trompetas y luego se fue a Phoenix en donde tenía un concierto. En el trayecto se enteró de los operativos de la “migra”. En las manifestaciones, asegura esta joven, no veía participación de los músicos.
Salió la noche del sábado de regreso al sur de California, manejó sola. El domingo en la mañana participó en una protesta en la Plaza Mariachi, en el vecindario angelino de Boyle Heights. En la noche se sumó a las acciones en el centro de Los Ángeles.
En un mensaje en sus redes sociales, Coral invitó el lunes, 9 de junio, a su círculo de músicos a sumarse a las protestas. Una sola artista le respondió. Al mediodía, acudió a la concentración realizada en el Grand Park, frente al Ayuntamiento de Los Ángeles, en donde la multitud exigía la liberación de Huerta —sindicalista que salió bajo fianza por orden de un juez casi al mismo tiempo de las manifestaciones de esa jornada—, luego la joven se desplazó a la Plaza Olvera.
En esos dos días, los músicos que Coral conoce estuvieron ausentes. Ella estaba molesta, porque se trata de una comunidad grande y no veía solidaridad. Eso es lo que expresó el martes en otro video publicado en Instagram en donde se le ve casi llorando.
En una historia de Instagram compartida por un amigo, Nati Eskandary vio el mensaje de Coral. Aunque no se conocían, se comunicó con ella y se reunieron el miércoles, 11 de junio, frente al Ayuntamiento de Los Ángeles. En esa protesta —convocada por Coral, Stephanie del Río y Marisela Martínez— un grupo de 30 artistas hicieron sonar violines, vihuelas, trompetas y guitarrones.
“Con la música expusimos que no estamos aquí para destruir la ciudad, estamos para exigir el respeto a los derechos humanos, por eso es importante lo que hizo Coral”, subraya Eskandary, de 30 años, artista de origen armenio que toca vihuela en el mariachi del Colegio Comunitario del Este de Los Ángeles.
A raíz de esta movilización, surgió el colectivo denominado Artistas por la Raza, del que Coral es presidenta. En la actualidad, en un chat creado en Instagram tienen más de 1,000 personas, entre músicos y danzantes de folclore, que participan en acciones solidarias con la comunidad migrante.
A través de la historia, el arte ha servido como una herramienta de protesta, explica la antropóloga cultural y etnomusicóloga Xóchitl C. Chávez. Es decir, por medio de diferentes manifestaciones —música, pintura, literatura y murales, entre otras— se pueden narrar las luchas de los pueblos afligidos y atormentados; sirve también para inspirar y animar.
Lo que está haciendo este grupo de artistas en Los Angeles, agrega la académica, es una manera de expresar que los atropellos a la comunidad migrante les afecta por igual.
“Es una forma de resistencia, de cómo la gente puede articular sus circunstancias”, asevera Chávez, profesora de la Universidad de California en Riverside desde 2016. “Es importante que la gente sepa sobre estas tradiciones y manifestaciones de protesta, a través de diferentes formas de arte, y que sigan usando su creatividad para darle voz a las personas que en este momento están silenciadas y atemorizadas”.
Las personas que se han sumado a Artistas por la Raza no solo apoyan protestas y organizan conciertos solidarios, también están produciendo arte con mensajes de justicia social. Paulatinamente se ha transformado en un movimiento artístico, político, cultural y social, que ha comenzado a replicarse en Texas.
Como líder de este movimiento, Coral pretende dar un salto de calidad. Ella está buscando apoyo y asesoría para ofrecer recursos a los artistas. Además, en este momento está formándose para escribir guiones cinematográficos con la mente puesta en contar la historia de los mariachis en el cine.
En medio de los infortunios de su familia, Coral no solo se hizo más fuerte, sino que también la desazón por regresar a la música se volvió irritante.
Mientras cursaba ingeniería química en Tijuana, México, cruzaba a San Diego a cantar en las calles. En ese tiempo le salió la oportunidad de actuar en cortometrajes. En 2021, cuando le faltaba un año para terminar su carrera en la Universidad Autónoma de Baja California, abandonó los estudios y se fue a Phoenix a perseguir su carrera como cantante.
“Lo extrañaba, algo me llamaba”, confiesa sobre la intranquilidad que sentía alejada del mariachi.
Con la ayuda de su abuela paterna, María Ramos, compró por internet un violín en 50 dólares y luego comenzó a llamar a diferentes mariachis. “Soy violinista y cantante, me sé todas las canciones”, era el mensaje que compartió en Facebook a varios grupos de música ranchera. No era cierto, ella cuenta entre risas que todavía no sabía tocar y a veces cantaba desafinada. Su intención era que le permitieran ir a los ensayos y aprender.
Al mismo tiempo que practicaba con un par de mariachis, con los que tomó clases de canto y violín, regresó a los campos agrícolas de Arizona; al año siguiente se mudó a Los Ángeles.
“El mariachi es mi vida, es la felicidad plena”, asegura Coral, quien se declara admiradora de las cantantes Lola Beltrán, Estela Núñez, Yolanda del Río y Beatriz Adriana.
Después de cuatro meses cantando en Venice Beach, soportando el frío del fin de año y acompañada de un espray de gas pimienta en su bolsillo, Coral celebró de manera exultante que César Ramírez, líder del mariachi Zapopan, aceptó que tocara con el grupo fundado en 1971 en una presentación musical en una escuela primaria. En la primera impresión, Ramírez, de 54 años, vio que la joven era dinámica y carismática con los clientes. Desde entonces, Coral acompaña a este mariachi a diferentes eventos.
“Ha crecido mucho, le ha puesto empeño a su violín y al canto”, describe el músico que toca vihuela desde hace 40 años.
El talento de Coral es incuestionable, manifiesta Gabriel Cervantes, líder del mariachi Amigos de Los Ángeles. Desde hace cuatro años, cuando tocó con el grupo por primera vez, la joven demostró sus habilidades musicales y su dominio del escenario. Ella transmite alegría y contagia con su buena vibra al público en sus presentaciones, dice el músico que se inició con su padre en el mariachi Latino del vecindario angelino de Boyle Heights.
“Lo que más me gustó de ella es que tiene mucha pasión hacia los derechos de los latinos”, destaca Cervantes, de 36 años, quien aprendió a tocar vihuela a los ocho años. “Desde que empezaron las redadas, Coral es una de las muchachas que no tiene miedo de salir a protestar y pelear por lo que ella considera injusto”.
Al ver lo que Coral ha logrado, Méndez solo recuerda que cuando su hija tenía tres años le hizo una pintura con unas estrellas, al mostrarle esa obra de arte le aseguró que en la vida podría tocar el cielo y llegar más allá. No le sorprende nada, la orgullosa madre está convencida que esta joven que lleva su sangre ha heredado su resiliencia de manera exponencial, y, en su opinión, cree que puede alcanzar todo lo que ella se proponga.
En medio de los tiempos aciagos que ha vivido, Coral observó el espíritu de lucha de su madre, un ejemplo que la ha empujado a no claudicar. “Yo miré salir adelante a mi mamá, ella me impulsa. Las alas que yo tengo me las dio ella. Siempre me dijo: sigue tus sueños, no te preocupes, dale, la vida solo es una”, reconoce. Hace cuatro años su sueño era vivir plenamente de las artes, algo que ahora es una realidad. Hasta aquí ha logrado todos los objetivos que se ha trazado, por eso considera que los triunfos que lleguen en el futuro le servirán para honrar a su madre, su verdadera fuente de inspiración; pero, sobre todo, asegura que no piensa bajar los brazos en el servicio a los demás, porque a ella desde pequeña le enseñaron que si gana una persona, gana toda la comunidad.
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