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María de la Luz: “Le gané la residencia al presidente antes de que me deportara”

María de la Luz Ramírez muestra orgullosa su esperada tarjeta de residencia.
María de la Luz Ramírez muestra orgullosa su esperada tarjeta de residencia.
(Selene Rivera)

A los 22 años llegó de Jalisco a Estados Unidos pensando que se quedaría apenas unos meses. Cincuenta años después, con seis hijos, tres de ellos en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos, y una vida construida a fuerza de trabajo, María de la Luz Ramírez finalmente tiene en sus manos la tarjeta que durante décadas no creyó necesitar.

Cuando María llegó a Estados Unidos tenía apenas 22 años y una idea sencilla en la cabeza: trabajar unos meses y regresar a México.

En Los Ángeles la esperaba su esposo, Valentín González, y uno de sus hermanos. Ella comenzó limpiando apartamentos. Después vinieron otros trabajos: podar jardines, trabajar en los campos y recoger duraznos, almendras y nueces.

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Haber trabajado en labores de control migratorio federal podría convertirse en un obstáculo para conseguir ciertos empleos públicos en California.

Los meses se convirtieron en años, y la familia fue creciendo.

“Ya sabes, el norte te traga”, recuerda la señora de ahora de 73 años.

Nacida en Jalisco, María creció en una época en la que las oportunidades de trabajo en su comunidad eran escasas. Había empleo durante las temporadas de cosecha y algunas posibilidades con el bordado, pero poco más.

Para un trabajador que descubre que su empleador no le pagó horas extras o que durante meses trabajó sin recibir los descansos obligatorios, presentar una denuncia puede ser apenas el comienzo de una espera que dure meses o incluso años.

Desde México había observado cómo algunos vecinos regresaban de Estados Unidos con ropa y zapatos nuevos.

“Para quienes vivían allá, comprar esas cosas no siempre era sencillo”, dijo la inmigrante.

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Aquellas visitas alimentaban una idea: quizá en el norte también había una oportunidad para ella.

Y María decidió intentarlo.

Cuatro personas murieron entre septiembre de 2025 y marzo de 2026 dentro del Centro de Procesamiento de ICE en Adelanto.

Se había casado en México con Valentín. Después de dos años juntos, ambos quisieron probar suerte en Estados Unidos. Mientras ella se abría camino entre trabajos de limpieza, jardinería y agricultura, él trabajaba en restaurantes y en lavanderías de hospitales.

No era el sueño americano de las películas, era una historia repetida.

Levantarse temprano. Trabajar. Ahorrar. Volver a trabajar.

Era construir una vida con las manos.

Con el tiempo llegaron los hijos. Hoy María es madre de seis. Tres de ellos decidieron servir en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos.

Su matrimonio con Valentín duró aproximadamente 22 años antes de terminarse. Hace 26 años, María volvió a encontrar compañía junto a David Moritz, un ciudadano de Estados Unidos, pero al intentar someter su petición de residencia recibió la noticia de que tendría que salir del país.

“Eso no era viable, así que ya no se hizo nada”, dijo María.

Desde hace cuatro años, su vida también gira alrededor del cuidado de David, quien está enfermo y necesita de ella las 24 horas del día.

Hace un año, una jornada laboral común se convirtió en una pesadilla para cientos de trabajadores de lavado de autos en Los Ángeles.

“Trabajo para mi marido, pero no he recibo salario o ayuda porque no había tenido la residencia”, dijo la señora, quien actualmente vive en Long Beach.

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Durante décadas, María dice que no prestó demasiada atención a su situación migratoria.

“Siempre fue fácil conseguir trabajo”, dijo.

Su vida estaba llena de responsabilidades. Había hijos que criar, cuentas que pagar y trabajo que hacer. La residencia parecía algo que podía esperar.

Hasta que dejó de sentirse segura.

Con el paso de los años, y especialmente durante la administración de Donald Trump, María comenzó a experimentar un miedo que nunca antes había sentido.

Salir de casa dejó de ser algo automático.

“Por primera vez tenía miedo de salir, no me sentía segura”, sostuvo.

Llegó incluso a pagarle a otras personas para que hicieran cosas tan cotidianas como lavar su ropa o comprar comida.

La mujer que durante décadas había trabajado, criado una familia y construido una vida en Estados Unidos comenzó a sentir que aquel país que conocía ya no era el mismo.

Entonces ocurrió algo que cambiaría su historia.

Uno de sus hijos, Juan Antonio González, quien sirvió en las Fuerzas Armadas y fue enviado a la guerra de Afganistán, pudo ayudarla en el camino para obtener su residencia permanente.

Juan Antonio tiene ahora 52 años y vive en Lemoore, California.

Gracias a él, María finalmente recibió su tarjeta de residencia.

Y cuando la tuvo entre sus manos, la emoción fue difícil de explicar.

“Cuando recibí la tarjeta no me sentía con los pies en la tierra”, dijo la madre de familia.

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Durante mucho tiempo pensó que no la necesitaba. Conocía el sistema. Había vivido décadas sin ella. Había trabajado, criado a sus hijos y formado una familia.

Pero el miedo de los últimos años cambió su perspectiva.

“Ahora que tengo la tarjeta estoy feliz. Nunca había sentido tanto pánico como el que he vivido en los últimos años bajo el gobierno. Siento libertad”, dijo María.

Por su parte, Juan Antonio está feliz de haberle otorgado la residencia a la mujer que lo vio nacer.

“No importa que haya pasado tanto tiempo mi madre sin la residencia. Ahora cuenta con ese documento y estoy tranquilo de que se encuentra a salvo. Ya no tendrá miedo de salir a la calle e inclusive va a poder ir a visitar a mis hermanos y a mí”, dijo.

Sergio Siderman, abogado de inmigracion, y quien llevó el caso de María, dijo que la inmigrante al tener un hijo que servía en las Fuerzas Armadas, calificaba para obtener un permiso de permanencia temporal por razones humanitarias para familiares de militares (Military Parole in Place). Gracias a este permiso, María pudo ajustar su estatus migratorio dentro de Estados Unidos.

Como María recibió el Military Parole in Place a través de su hijo, tuvo la opción de ajustar su estatus mediante una petición familiar. El peticionario podía haber sido su esposo, ciudadano estadounidense, o un hijo ciudadano estadounidense de 21 años o más.

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Sin embargo, por lo general, una petición familiar presentada por un hijo ciudadano estadounidense requiere menos documentación probatoria que una petición presentada a través del cónyuge.

“Los padres de hijos que sirven en las Fuerzas Armadas pueden obtener un Military Parole in Place, lo que les permite superar ciertas consecuencias relacionadas con una entrada no autorizada al país y solicitar la residencia permanente sin tener que salir de Estados Unidos”, sostuvo el abogado.

Los padres de miembros de las Fuerzas Armadas que están en servicio activo, en la reserva o que son veteranos pueden calificar para el Military Parole in Place.

Para María, aquella pequeña tarjeta representa mucho más que un documento migratorio.

Representa tranquilidad.

Representa poder salir de casa sin el mismo miedo.

Representa décadas de trabajo y una vida entera construida en un país que, aunque nunca dejó de ser ajeno del todo, terminó convirtiéndose en su hogar.

Y también representa a sus hijos.

Tres de ellos llevan el uniforme de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Uno de ellos, Juan Antonio, sirvió en Afganistán y terminó ayudando a su madre a conseguir aquello que durante tantos años había dejado de lado.

Por eso, cuando María recuerda todo lo ocurrido, sonríe con una mezcla de alivio, orgullo y hasta un poco de ironía.

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Todavía se estremece al pensar en el miedo que sintió.

Pero ahora puede contar la historia desde otro lugar.

Desde la seguridad de saber que tiene su residencia.

Desde la tranquilidad de poder mirar hacia atrás.

Y desde una frase que resume, con humor y fuerza, el capítulo más reciente de su vida: “Le gané la residencia al presidente Trump antes de que me deportara.”

A los 73 años, María no siente que acaba de empezar una nueva vida.

Siente que, después de más de cinco décadas de trabajo, sacrificios, familia y miedo, finalmente puede vivir la que ya había construido.

“Muy pronto me voy a reunir con todos mis hijos en el norte de California. Quiero subir a un tren y ver los paisajes y la costa, y quiero visitar México”, dijo María.

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