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Si no te gusta lo convencional, elige una película de Drácula completamente demente

Una escena de la nueva cinta sobre "Dracula".
(1-2 Special)

Es probable que muchos de los que vean por accidente esta película, o que lo hagan pensando que se trata de una nueva producción cinematográfica sobre el conde favorito de las historias de miedo, queden completamente espantados.

Pero no porque la cinta les de miedo, sino porque se trata de una propuesta rabiosamente irreverente, considerablemente experimental, extremadamente larga y ocasionalmente pornográfica que tiene el potencial de causar profundo desagrado entre los amantes del cine comercial, los adeptos a las convenciones estéticas y los defensores de las “buenas costumbres”.

Lo que no deberían hacer es acusar a su director Radu Jude de falta de originalidad, sobre todo en lo que corresponde a retomar un personaje que ha sido objeto de incontables trabajos audiovisuales pero que no había sido nunca tratado de este modo; y, claro está, tendrían que estar más enterados y saber que lo que tienen ante sus ojos no podría ser ni por asomo convencional en vista de que estamos ante una obra del mismo realizador de “Do Not Expect Too Much from the End of the World” (2022), una cinta altamente atípica que se encontraba firmemente anclada en la comedia del absurdo.

En realidad, el “Dracula” de Jude (que se puede ver ya en la Alamo Drafthouse de DTLA y en Laemmle Glendale) no es ni siquiera una adaptación de la celebérrima novela de Bram Stoker, o no lo es al menos de manera integral, porque sus casi tres horas de duración (que desafiarán incluso más a los inconformes en el caso improbable de que estos se mantengan en la sala) se encuentran separadas por diversos episodios, hilvanados por la intervención de un director de cine ficticio que ha decidido hacer una película sobre el personaje recurriendo a una herramienta parlante de Inteligencia Artificial con la que se comunica a través de una tableta.

Fuera de un relato en particular que se abandona y se retoma a lo largo de todo el film, y que tiene como protagonistas a los intérpretes de un cabaret ‘underground’, los segmentos son independientes, y aunque manejan ampliamente el sentido del humor, se alejan por completo de las normas tradicionales de las películas de terror episódicas, porque lo que menos tratan de hacer es provocar miedo. Optan, en cambio, por un sentido de la provocación en el que no faltan los desnudos, los ‘fellatios’ y los momentos extraños.

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El único ‘sketch’ que se toma las cosas en serio (¿eso hace que no sea ya un ‘sketch’?) es el que presenta el desafortunado romance entre un conductor de camión y una trabajadora agrícola durante la era “comunista” de Rumania, basado en un cuento de Nicolae Velea.

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Lo demás apunta hacia aspectos de lo más distintos y delirantes, como la historia de una anciana internada en un centro de rejuvenecimiento al que han asistido también Chaplin y Spielberg; una serie de comerciales con tintes sexuales que involucran al Nosferatu de Murnau; una recreación clamorosamente falsa del título de Coppola; una adaptación de un cuento folclórico que, en esta ocasión, encuentra a un campesino cosechando penes en lugar de maíz; y una aproximación a “El Capital” de Marx en la que el viejo Vlad se convierte en el dueño de una fábrica cuyos trabajadores son explotados sin misericordia.

Los segmentos no mantienen consistencia alguna en cuestiones de duración; algunos se extienden por pocos minutos, mientras que uno de ellos, correspondiente a una reconstrucción obviamente libre de “Vampirul” -una oscura novela rumana de 1938 en la que el monstruo era en realidad un sacerdote que se aprovechaba de las supersticiones de su comunidad-, llega casi a la hora e inserta sin reparos tanto escenografías de cartón que no ocultan su precariedad como imágenes de automóviles y transeúntes contemporáneos en medio de una ambientación que, por otro lado, pretende ser de época.

No hay tampoco consistencia en cuanto a los estilos visuales; algunos de los capítulos se encuentran filmados casi a la carrera, aparentemente con teléfonos móviles, mientras que otros gozan de una puesta en escena cuidadosa con encuadres preciosistas que, sin embargo, se ven súbitamente interrumpidos por momentos de animación hechos con una IA intencionalmente chapucera.

A man with a cross stands with an armed, masked militia.
Otro momento del film.
(1-2 Special)

El “Dracula” de Radu Jude es una curiosa combinación de cultura popular ramplona (tiene demasiadas bromas sexuales) y de intelectualismo elevado (gracias a sus incontables referencias literarias y cinematográficas); pero es también un alegato en contra del imperialismo y del autoritarismo, plasmado en los comentarios que hace sobre Ion Antonescu, Nicolae Ceaușescu, Vladimir Putin y hasta Donald Trump. Hay una escena particularmente elocuente en la que un grupo de turistas sedientos de sangre defiende las tácticas de tortura de la CIA en Bucarest.

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Más allá de cualquier consideración, uno de los puntos a favor de este “Dracula” (y uno que debería ser claro a estas alturas del texto) es su origen rumano, es decir, un detalle importante en vista de que el personaje mismo era oriundo de dicho país. Jude aprovecha estas circunstancias para cuestionar el papel heroico que se le sigue adjudicando a El Empalador en sus territorios, sobre todo por parte de los simpatizantes de la derecha.

Una búsqueda rápida en la internet revela la inexistencia de producciones de ficción para la pantalla que se encuentren específicamente dedicadas a la creación de Stoker y que hayan sido realizadas en Rumania, lo que refuerza incluso más la novedad de una película que no se encuentra ni por asomo hecha para las masas y que desafía la paciencia de cualquier tipo de espectador, pero a la que yo le hinqué el colmillo con todo el gusto del mundo. Así soy de raro.

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