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CRÍTICAS. Un conejo realmente malo, un Papa Noel sangriento y otros estrenos de cine

Sophie Sloan y Mads Mikkelsen en una escena de "Dust Bunny".
(Gabor Kotschy / Roadside Attractions)

Aaaaah, nada como la temporada navideña para ver películas… de terror. Afortunadamente para los que no gustan de esas propuestas típicamente azucaradas de Hollywood que suelen pulular durante las fiestas decembrinas, la cartelera cinematográfica de esta semana aprovecha la ocasión no solamente para dar a conocer trabajos para la pantalla grande que rompen el molde, sino también para llevarnos a otros rincones del planeta.

DUST BUNNY

Director: Bryan Fuller

Reparto: Mads Mikkelsen, Sophie Sloan, Sigourney Weaver

Género: Fantasía / Terror

La primera película como director de Bryan Fuller, creador de la fantástica serie televisiva “Hannibal”, es una sorpresa particularmente grata en vista de lo inesperada que resulta y de su lanzamiento en medio de un momento del calendario que no favorece necesariamente el estreno de trabajos sobresalientes en lo que respecta a los grandes estudios comerciales.

Pero tendría que haber sido bienvenida en cualquier etapa del año, porque se trata de una producción cargada de atractivos que, sin ser ni por asomo profunda o demasiado intelectual, combina con ingenio y enorme gusto elementos del cine de aventuras, del terror, de la fantasía y de la comedia negra para darle vida a una propuesta que no es sólo tremendamente divertida, sino que sorprende constantemente a nivel visual.

Con referencias a “Léon: The Professional” (1994), pero en modo mucho más amable, el guión del mismo Fuller nos presenta a Aurora (Sophie Sloan), una niña de 10 años que, luego de que sus padres son supuestamente devorados por el monstruo que vive debajo de su cama, decide contratar a su vecino, el asesino a sueldo Resident B5 (Mads Mikkelsen), para que elimine a la misma criatura.

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Pese a su incredulidad inicial, el sujeto empieza a darse cuenta poco a poco de que hay algo realmente inexplicable en la casa de la pequeña y va acercándose más a ella, mientras se ve forzado a lidiar de manera paralela con una ‘madrina’ del crimen interpretada por la siempre estupenda Sigourney Weaver.

Lejos de ser retratados de manera naturalista, los hechos llegan acompañados por momentos surrealistas y una colorida puesta en escena, llena de detalles pintorescos, que remite al estilo de Wes Anderson; y una vez que el monstruo de rasgos conejiles se revela, no podemos dejar de pensar en las imágenes de Maurice Sendak -y no, por ejemplo, en “Alien”, pese a la participación de Weaver-.

Por ese lado, la película decepcionará probablemente a quienes esperen una aproximación más ‘hardcore’ al tema; pero los admiradores del género que no tengan problemas con los acercamientos más juguetones -y todavía artísticos- al asunto tendrían que quedar plenamente satisfechos con una cinta que pudo ser mucho más propositiva, pero que, de todos modos, se disfruta ampliamente.

SILENT NIGHT, DEADLY NIGHT

Director: Mike P. Nelson

Reparto: Rohan Campbell, Ruby Modine, David Lawrence Brown

Género: Terror

Nadie en su sano juicio debería resistir la tentación de ver una nueva adaptación de una película de culto de los años ‘80 que fue censurada en su momento por estar protagonizada por un asesino disfrazado de Papá Noel y que, debido a ello, provocó protestas frente a las salas donde se exhibía, llevando con ello a que el estudio a cargo la retirara de circulación.

La “Silent Night, Deadly Night” original cuestionaba también duramente los abusos de las monjas católicas y tenía muchas escenas gratuita de desnudos, claro; pero era también una película absolutamente deficiente que no merecía la suerte que tuvo tras su retiro de los cines, y que se tradujo en la realización de hasta cuatro secuelas y un ‘remake’.

La nueva adaptación, que se puede ver a nivel nacional desde este fin de semana, evita por completo las críticas religiosas y es extremadamente pudorosa en el plano sexual; sin embargo, y por fortuna, es un título inmensamente superior que la primera entrega (y, probablemente, que todas las demás), hasta el punto de que se convierte en una inesperada adición a la lista de mejores películas de terror de un 2026 que ya se termina.

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Aunque apuesta por una trama un tanto enredada, sobre todo cuando se la compara con la sencillez apabullante de sus orígenes, la versión del director y guionista Mike P. Nelson incurre en numerosos cambios a la mitología que podrían ser cuestionables en otra franquicia pero que, en este caso, resultan totalmente válidos, simple y llanamente porque el asesino disfrazado de Santa Claus interpretado por Robert Brian Wilson estaba muy lejos de ser un villano memorable.

Ahora, en manos del mucho más competente Rohan Campbell (“Halloween Ends”), Billy Chapman, que conserva su hombre, es un joven todavía raro, sí, pero mucho más complejo, carismático e interesante, en consonancia con el desarrollo de un relato marcado por la ambigüedad moral en el que nadie parece ser lo que parece y en el que, afortunadamente, hay mucho humor, a diferencia de lo que sucedía en la producción ochentera (al menos de manera intencional).

Además, por primera vez, Chapman tiene al lado a una compañera que se encuentra a su altura: Pamela Varo, la empleada de una tienda de regalos que lidia con sus propios problemas mentales y que es interpretada con dedicación por la descendiente de boricuas Ruby Modine (“Happy Death Day”).

Fuera de una escena delirante que involucra a un grupo de nazis navideños debidamente exterminados y que lleva las cosas demasiado lejos, por más simpatía que sentimos por ella, el trabajo mantiene coherencia, ofrece giros novedosos y, por supuesto, se encuentra lleno de grandes momentos de ‘gore’.

LITTLE TROUBLE GIRLS

Directora: Urška Djukić

Reparto: Jara Sofija Ostan, Mina Švajger, Saša Tabaković

Género: Drama

Tras su paso por salas neoyorquinas, llega finalmente a Los Ángeles -más precisamente, al Laemmle’s Monica Film Center- “Little Trouble Girls”, la apuesta de Eslovenia para los Premios de la Academia, así como una cinta que se enfrenta de manera experta a los riesgos inherentes a la trama que maneja para ofrecer una propuesta tan cargada de irreverencia y de sensualidad como de sensibilidad artística.

Aquí, Lucia (Jara Sofija Ostan) es una tímida muchacha de 16 años que estudia en una escuela católica y que, luego de integrarse al coro completamente femenino de la misma institución y de emprender con este un viaje destinado a ensayar una nueva obra, empieza a descubrir las complejidades de su sexualidad emergente, lo que la enfrenta de un modo u otro a unas compañeras que no son precisamente inocentes.

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El primer objeto de fascinación de Lucia es Ana-Maria (Mina Švajger), otra de las integrantes del coro, que es completamente desinhibida y mucho más desarrollada en el aspecto físico que ella, y con la que establece una relación de complicidad que colinda frecuentemente con lo ‘queer’, pero que empieza de pronto a cederle espacio a la obsesión de la primera por uno de los fornidos obreros extranjeros que hacen trabajos de construcción en otra ala del convento en el que todos se encuentran.

La puesta en escena de Djukić no toma atajos para mostrar un proceso de confusión y de maduración que, para complicar todavía más las cosas, se desarrolla en medio de un ambiente profundamente religioso; pero evita constantemente el sensacionalismo mediante una puesta en escena elegante y esmerada que aprovecha con entusiasmo la belleza de las magníficas locaciones rurales en las que se ubica.

Y no hay que olvidarse nunca de Ostan, quien, a pesar de haber tenido casi la misma edad que su personaje en el momento del rodaje, ofrece una interpretación fantástica y sutil mientras las cada vez más cambiantes expresiones de su rostro son analizadas de cerca por la curiosa cámara de Djukić.

Finalmente, no hay que olvidar que el título de la cinta en inglés -que era el que la directora quiso utilizar inicialmente, incluso para la exhibición en su país- corresponde al de una sugestiva canción de Sonic Youth que, por supuesto, forma parte de la banda sonora.

EL CANTO DE LAS MANOS

Directora: María Valverde

Género: Documental

Con la retirada cada vez más cercana de Gustavo Dudamel de la LA Phil, que dejará definitivamente en junio del 2026 para pasar a comandar la Filarmónica de Nueva York, se vuelve apropiado revisar lo que el ya legendario director de orquesta ha hecho por la música clásica no solo dentro, sino también fuera de este país; y “El canto de las manos” es una manera especialmente efectiva de hacerlo.

El documental dirigido por su esposa María Valverde, que se estrena este viernes en las salas Laemmle NoHo 7, nos traslada al país de origen del conductor para mostrar el desarrollo de uno de sus proyectos más queridos: el desarrollo de una versión de “Fidelio” -la ópera que Ludwig van Beethoven compuso mientras perdía la audición- interpretada por un coro de personas sordas que surgió como parte de El Sistema, es decir, el movimiento de respaldo cultural para las personas de escasos recursos en el que se educó él mismo.

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Evidentemente, los integrantes del grupo no cantan, pero se convierten en competentes actores al tener que poner todas sus emociones y sus destrezas interpretativas en los roles que se les han asignado, bajo la dirección general de Dudamel -quien aparece tanto en Caracas como a través de sesiones de Zoom- y la supervisión más directa de Luis Arévalo durante los ensayos.

Aunque la cinta tiene muchas escenas colectivas, la atención se centra en tres de los participantes -Jennifer González, Gabriel Linarez y José Gabriel Abarca- con la finalidad de ahondar en las experiencias de superación de unos individuos que, además de su modesta procedencia, tuvieron que superar los obstáculos inherentes a sus limitaciones sensoriales para salir adelante y desmoronar de paso los prejuicios que se tejían a su alrededor.

Afortunadamente, la mirada de Valverde no es de compasión, sino de admiración; y la misma condición de los sujetos que descubre con su cámara se presta para entender que lo más importante en las expresiones artísticas es el alma que se pone en ellas. A fin de cuentas, como lo dice Dudamel al término del metraje, “la música va mucho más allá que el simple hecho de escucharla”.

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