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La nueva ‘Cumbres borrascosas’ se desvía de la novela original para sumergirnos en un universo de sensualidad

Jacob Elordi y Margot Robbie en una escena de "Wuthering Heights".
(Warner Bros.)

Hasta Buñuel le entró al asunto. En 1954, el maestro del cine español presentó “Abismos de pasión”, un contundente drama gótico que se basaba directamente en “Wuthering Heights”, conocida en español como “Cumbres borrascosas”. Ya para entonces, el libro clásico de Emily Brontë (que fue además su única novela) había sido adaptado varias veces a la pantalla chica y a la grande (incluyendo, por supuesto, a la versión de 1939 dirigida por William Wyler, que, a mi parecer, sigue siendo la mejor).

Como estaba familiarizado de un modo u otro con las múltiples adaptaciones anteriores, al enterarme de que iba a haber una nueva, realizada esta vez por Emerald Fennell, la cineasta británica responsable de la excelente “Promising Young Woman” (2020) y de la vistosa “Saltburn” (2023), imaginé de inmediato que esta iba a recuperar los aspectos más polémicos del libro y darle un amplio margen a sus comentarios sociales, frecuentemente minimizados en las encarnaciones previas.

Fui un tonto, claro, pues desconocía entonces que ya había una versión más o menos reciente que había tomado justamente esa posición: la del 2011, que pude ver después y que cubrió ese aspecto de manera brillante, optando incluso por dos actores negros para representar al antihéroe Heathcliff, aunque, al hacerlo, asumiera de paso una estética que no parecía corresponder a la atmósfera empleada por Bronte para representar la época en la que se ubicaba el relato (fines del siglo XVIII e inicios del XIX).

En ese sentido, es probable que Fennell no tuviera muchas opciones para ofrecer algo realmente novedoso, a no ser que reforzara el aspecto pasional del relato e introdujera unos coqueteos con la sexualidad que estaban prácticamente ausentes en la novela, pero que podían ser definitivamente atractivos para un público juvenil y contemporáneo, sobre todo porque iban a llegar respaldados por la presencia esencial en los roles protagónicos de Jacob Elordi y Margot Robbie, es decir, dos de los actores más sensuales y atractivos de la cinematografía actual. Y eso es lo que la cineasta ha hecho, claro, además de sumar a la modernísima Charli XCX como creadora de la banda sonora.

A estas alturas, si se acepta abiertamente la existencia de una nueva versión del libro, el hecho de que esta se encuentre llena de licencias narrativas y de alusiones a las sensibilidades de nuestros días puede sonar hasta natural, aunque eso no haga que los resultados sean necesariamente originales, sobre todo porque, hace treinta años, el australiano Baz Luhrmann estrenaba ya su “Romeo + Juliet” (1996), y tiempo después, intentaba otra aproximación irrespetuosa a un clásico literario a través de “The Great Gatsby” (2013).

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Es cierto que, en el caso de Fennell, lo que termina por hacer se siente mucho más carnal, destinado a despertar sobresaltos y gritos de sorpresa en una audiencia que ya lo ha visto todo y que, en el pasado, se hubiera quizás conmovido (¿o habría que decir excitado?) de manera similar con un tratamiento mucho más puritano. Para ser claro (y sin caer en ‘spoilers’), esta “Wuthering Heights” tiene varias escenas claramente eróticas, aunque se encuentra muy lejos de ser una reinterpretación en clave de ‘soft porn’ o una propuesta realmente osada.

Por ese lado, la química entre los involucrados funciona (en la media en que puede funcionar dentro de un romance tan excesivo como el que se narra), aunque hay que dejar en claro que no convence la decisión de haber subido considerablemente la edad de los personajes cuando estos son adultos (se supone que, en esa etapa de su vida, ambos se encontraban alrededor de los 18 años, mientras que Elordi tiene 28 y Robbie 35).

Esto le arrebata definitivamente a la historia el nivel de peligro que podría haber tenido de otro modo, pese a que, comercialmente, mantener la fidelidad hubiera sido un gran riesgo en lo que respecta a la elección de los intérpretes, que hubieran tenido que ser mucho menos famosos.

Elordi en otro momento de la cinta.
(Warner Bros.)

Lo que más decepciona, claro, es que Heathcliff, el tipo que se vuelve rudo y despiadado por haber sido tratado prácticamente como un sirviente por la familia que lo adoptó, vuelva a ser interpretado por un actor blanco (como ha sucedido en la mayoría de adaptaciones), porque uno de los aspectos más provocadores de la novela eran sus rasgos morenos y su parecido con los gitanos.

Al eliminar esto, se le arrebata automáticamente a la nueva versión gran parte del poderío crítico de las páginas de Brontë; y es interesante notar que, pese a ello, Fennell parece haber recurrido a elaboradas técnicas de iluminación para que tanto Elordi como Owen Cooper (quien encarna a Heathcliff de niño) aparezcan más “bronceados”, mientras que, de manera natural, el primero luce mucho más oscuro de lo que realmente es al lado de la nívea Robbie (lo que, por otro lado, justificaria que Catherine sea ahora rubia y no de pelo negro, como en el libro).

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Lo curioso es que en el centro de toda esta transformación se encuentra el mismo Elordi, quien, recientemente, se encargó de interpretar a otro “monstruo de la literatura” (nos referimos a la Criatura en el “Frankenstein” de Guillermo del Toro) en una adaptación que buscaba igualmente atenuar los rasgos negativos del personaje.

Pese a que Fennell ofrece momentos que pretenden demostrar que Heathcliff no es precisamente un sujeto adorable, su representación actual dista mucho de ser la figura ominosa, incluso con tintes satánicos, de la publicación original. En todo caso, quien se lleva la peor parte en términos morales es Catherine, lo que establece un posicionamiento particular que dará también de qué hablar, sobre todo porque proviene de la cineasta encargada de “Promising Young Woman”.

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Ahora, libres ya de todos estos cuestionamientos, debemos reconocer que, luego de superar la incomodidad causada por unas comparaciones ciertamente razonables en vista de que acabábamos de leer el libro, disfrutamos mayormente de la película, que se encuentra estupendamente filmada y que, por ese lado, se siente acorde con la magnificencia descrita por Brontë, incluso cuando los vestuarios no corresponden en muchos casos con los que se llevaban en los tiempos supuestamente representados.

Por ese lado, la ropa se acerca intencionalmente a la usanza de los ‘50, lo que no es evidentemente gratuito y que sirve para reforzar el aspecto melodramático de una obra que tiene que haber sido una inspiración directa para muchas telenovelas (de hecho, en 1976, la cubanoamericana Delia Fallio escribió una versión serializada del libro que se ajustaba justamente a ese formato).

Tampoco me dejaron indiferentes los momentos que se esmeran en recrear los diálogos más intensos del libro, interpretados por unos actores que, por más juicios de valor que se puedan hacer sobre la pertinencia de su participación, son absolutamente competentes, y que llegan sin duda a conmover y a entretener en un film que, al menos en el plano narrativo, no se toma a sí mismo demasiado en serio, pero que será indudablemente capaz de generar toda clase de turbulencias.

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