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No hay nada romántico en ‘Diabolic’, pero sí miedo del bueno

Una escena de la película “Diabolic”.
(Foto Cortesía Brainstorm Media)

Esta es la cinta de terror folklórico que puede servir como antídoto para la celebración de San Valentín

No; “Diabolic”, que se estrenó el viernes en el Lumiere Cinema de Los Ángeles y se lanza en VOD el 20 de febrero, no es un remake de “Les diaboliques”, el clásico thriller francés de los ‘50. Y, si esto te sirve de algo en términos de prevención, tampoco es ni por asomo una película romántica.

La buena noticia (aunque, claro, el hecho de que no sea romántica puede ser ya bueno para muchos) es que se trata de una producción de terror independiente que ofrece mucho más de lo que prometía, sobre todo porque no ha llegado antecedida por una gran campaña mediática, y porque, después de los tropiezos de su primera parte, se mete de lleno en unos terrenos del miedo que enamorarán a los fans más serios del género. Lo que significa, claro, que podría ser considerada una cinta romántica.

Pero dejémonos de chistes, ya que humor es justamente lo que falta en una producción que, pese a inscribirse en la ya trajinada rama religiosa del horror, adopta una perspectiva particular que la lleva a tomar como punto de partida -y causa de todos los males- al “bautismo para los muertos”, una práctica ejercida por la muy real -y muy controvertida- Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (o sea, la de los mormones).

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Los males a los que nos referimos son los padecimientos que ha sufrido por años Elise (Elizabeth Cullen), una joven que fue parte de esa congregación y que, tras haber regresado a la vida “normal”, es objeto de visiones tormentosas cada noche, lo que afecta la relación que tiene con su novio Adam (John Kim) y su propia funcionalidad.

Por ese lado, el film encuentra una manera engañosa, pero hasta cierto punto razonable, para justificar el empleo de ese rótulo de “Inspirada en hechos reales” que se usa simplemente a veces para tratar de darle legitimidad a un proyecto y que aparece a inicio de la historia que aquí se cuenta.

Tras batallar extensamente con los problemas descritos, y ante el riesgo de ser internada en una clínica psiquiátrica, Elise decide aceptar la recomendación final de su terapista para someterse a un tratamiento radical de “inmersión en el trauma” que la lleva al lugar de los hechos con el fin de recordar esos detalles sobre el suceso que su mente se niega a recordar.

Es allí donde empieza realmente lo bueno, aunque lo haga bajo la premisa de un consejo médico de escasa credibilidad que se desarrolla sin supervisión profesional alguna -es decir, Elise acude al enfrentamiento al lado de Adam y de su mejor amiga Gwen (Mia Challis)- y sin atisbo alguno de responsabilidad, lo que es claramente un problema en una cinta que no está tomando deliberadamente una tendencia superflua para aprovechar las convenciones del terror en su vertiente ‘mainstream’.

Las inconsistencias no terminan ahí, ya que, puestos a la merced de un guión escrito por hasta tres individuos (Daniel Phillips -quien también funge como director- , Mike Harding y Ticia Madsen), los personajes toman muchas veces la clase de decisiones absurdas que, nuevamente, resultan propias de las producciones que no buscan convertirse en títulos de prestigio.

Pese a ello, el nivel de las actuaciones es sumamente competente, e incluso notable en el caso de Cullen, quien tiene que someterse a diferentes encarnaciones de su personaje; y lo que le falta a Phillips en términos de concreción narrativa le sobra en lo que respecta a la creatividad visual, sobre todo cuando se considera que contó evidentemente con un presupuesto limitado.

Por ese lado, “Diabolic” llega en cierto momento a convertirse en un bienvenido festín de ‘gore’ -plasmado mayormente a través de efectos prácticos- que complacerá sin duda a los fans de esta tendencia, mientras le da vida a una entidad maléfica digna de ser recordada, y que le debe también mucho a la labor de la intérprete Seraphine Harley.

Llama igualmente la atención la presentación de una locación rural que, en lugar de resultar frondosa y exuberante, se muestra más bien seca y hostil, acentuando con ello el tono ominoso del relato; y no puede dejar de agradecerse que, en lugar de sumergir todas sus escenas nocturnas en una impenetrable oscuridad, Phillips haya tenido el tino de iluminar adecuadamente lo que nos muestra, como si no tuviera nada que ocultar.

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