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Gabriel Mascaro retoma la distopía tropical para darle voz a los adultos mayores en su nueva película

Rodrigo Santoro y Denise Weinberg en una escena de "El sendero azul".
(Dekanalog)

Esta no es la primera vez que nos traslada a un universo alternativo. En el 2019, el reconocido director brasileño Gabriel Mascaro estrenó “Divino Amor”, una irreverente cinta que se desarrollaba en un futuro que ya no es tan futuro (ocurría en el 2027) y que planteaba una historia desarrollada en un entorno controlado por un estado evangélico totalitario.

Ahora, el mismo cineasta retoma de algún modo la pista para darle vida a su cuarto largometraje de ficción, “El sendero azul” (“The Blue Trail” en su traducción al inglés, “O Último Azul” en su título original), un drama distópico igualmente sobresaliente que se estrena este viernes en el Landmark Nuart Theatre de Los Ángeles y el Angelika Film Center de Nueva York.

En el nuevo film, Tereza (Denise Weinberg) es una mujer de 77 años que intenta rebelarse contra el régimen que ha decidido que las personas de la tercera edad son un obstáculo para la productividad nacional, y que las manda por lo tanto de manera obligatoria a centros de internamiento en el campo.

Decidida a librarse de una suerte tan cruel y a cumplir un sueño todavía no realizado, Tereza emprende un viaje de liberación que la lleva a la Amazonía, donde conoce a una serie de personajes pintorescos y se ve envuelta en aventuras que la llevan a descubrir lo mucho que tiene que ofrecer antes de despedirse de este mundo.

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En la entrevista con Los Angeles Times en Español que puedes encontrar también en su versión original en video entre estas líneas, Mascaro habló extensamente de los orígenes del trabajo, de su colaboración con las dos actrices principales (una de ellas cubana) y el ídolo internacional que figura inesperadamente en el reparto, de las intenciones de su propuesta y de su impresionante puesta en escena.

Gabriel, al igual que “Divino Amor”, “El sendero azul” se desarrolla en un Brasil ficticio marcado por los extremos, por lo que parece ubicarse de algún modo en el mismo universo, aunque no lo sea.

Se acerca de una manera u otra, pero tiene su propia singularidad. El proyecto comenzó con la idea de desarrollar una película sobre una señora mayor a partir de una experiencia muy personal, relacionada a mi abuela, que, luego de la muerte de mi abuelo, empezó a pintar, teniendo ya 80 años.

Empecé a investigar sobre películas de cine que tienen a protagonistas mayores, y me di cuenta no solo de que hay muy pocas, sino que, en general, los conflictos que presentan se encuentran conectados con la proximidad de la muerte o con la nostalgia por lo que ya pasó y que nunca volverá, como pasa en “Amour”, de Michael Haneke; “Tokyo Story”, de Yasujirō Ozu, y “The Straight Story”, de David Lynch -que son todas grandes películas, por supuesto-.

Yo quería justo lo inverso, es decir, una película sobre el presente encabezada por una mujer que redescubre la importancia de vivir, de los nuevos encuentros, de la rebeldía, del deseo que aflora; y eso me llevó a investigar los géneros que dan cuenta de este tipo de sentimientos, pero que suelen tener al frente a jóvenes.

Las distopías, por ejemplo, tratan sobre jóvenes inconformes, no sobre ancianos. Y las historias de ‘coming of age’ sobre la experimentación de la vida no son para los mayores. Entonces, de manera un poco alegórica y juguetona, decidí hacer una película que jugara justamente con esos géneros, y que incluyera también elementos de la ‘road movie’.

El director Gabriel Mascaro durante el rodaje.
(Dekanalog)
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Pero es una ‘road movie’ que se desarrolla mayormente en las aguas del Amazonas, y eso la hace sumamente original, es decir, un rasgo que ha distinguido siempre a tus películas, del mismo modo en que estas son distintas en términos narrativos y visuales.

Sí; esta tiene mi extrañeza y mi excentricidad habituales. Es menos orientada al sexo que las anteriores películas, porque más por el lado de la fábula, empleando el cuerpo mayor como una representacion de libertad, de libertación, de resistencia al sistema. Es algo que puede pasar en cualquier canto del mundo, y eso ha hecho que conecte muchísimo con las personas de varios países.

Pese a su temática y a plantear un nivel de realidad que no existe como tal, “El sendero azul” depende incluso menos de la tecnología que “Divino Amor”. Muestra incluso una especie de motoneta que tiene una jaula donde se encierra a los ancianos detenidos, pero que es un vehículo precario y nada sofisticado. La sociedad que presentas es completamente hostil hacia los mayores, pero eso no quiere decir que haya evolucionado tecnológicamente.

A veces asociamos las autocracias a un poder tecnológico grande. En este caso, estamos ante una autocracia que se apoya en las personas capaces de denunciar a otras, en una vigilancia colectiva que el Estado transfiere a los ciudadanos y que crea un régimen autocrático tropical absurdo que, en nombre de la productividad, ha decidido que la gente mayor es una amenaza.

Denise Weinberg, la actriz que interpreta a Tereza, la protagonista, es menor que este personaje. Fue intencional hacerlo así para darle la posibilidad de tolerar un rodaje que no implica escenas de acción, pero sí mucho desplazamiento?

Por un lado, sí; pero hubo otro motivo más interesante, aunque un poco triste. La primera generación de actrices mayores en Brasil tuvo mucha presión por parte de la industria de las telenovelas para someterse a procedimientos que escondieran su edad, y eso es algo que pasa muchísimo en el ‘mainstream’ de mi país.

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Por lo tanto, yo hice mi búsqueda en el mundo del teatro, y Denise es una actriz y directora muy reconocida en ese ambiente que tiene, además, mucho orgullo de sus arrugas, a las que considera una herramienta de creación. Su rostro está presente todo el tiempo en la película, y eso presentaba una enorme demanda de energía. No consigo imaginar la película sin ella.

¿Cómo es para ti aproximarte a los personajes femeninos con los que trabajas, siendo tú hombre y escritor o coescritor de los guiones que empleas?

No sé explicarlo bien, pero creo que ese acercamiento tiene que ver con mi propia historia. Siempre tuve interés por las mujeres de mi familia; mi hermana, mis tías, mis abuelas. Eso ha hecho que sea natural navegar en este terreno. En este caso, además, viví con mi abuela por un largo tiempo, porque compartimos la misma casa, en la que había mucha gente, porque pertenecíamos a la clase media baja y había que economizar.

Hay otra mujer importante en “El sendero azul”: una que habla español y que se convierte en la compañera inesperada de Teresa. Es de origen cubano, y se llama Miriam Socarrás. ¿Cómo se produjo su integración a la historia?

Las actrices brasileñas que están entre los 75 y los 80 años son mayormente blancas y de clase alta, y yo estaba buscando un fenotipo distinto, porque hubiera sido raro encontrar a dos mujeres así en la Amazonía. Como la Amazonía tiene frontera con países hispanohablantes, me pareció natural jugar con ese imaginario, y empecé a buscar actrices en Perú, Colombia y Bolivia.

Pero, de repente, por la recomendación de una guionista cubana que conozco, y que me dijo que conocía a una actriz de La Habana de 85 años que tenía una fuerza increíble, me acerqué a Miriam. Fue una experiencia muy linda, porque ella vino desde Cuba para aprender a manejar de verdad el barco que maneja su personaje.

Por otro lado, aparece por ahí el mundialmente famoso Rodrigo Santoro en un papel relativamente secundario pero de todos modos fundamental, interpretando al dueño de un bote que tiene sus propios conflictos, pero que introduce a la protagonista en las maravillas de una sustancia psicotrópica inventada. Pero no es fácil reconocerlo, porque aparece con mucho pelo en la cara.

En Brasil, de broma, me han dicho que cómo he podido usarlo para que salga tan irreconocible [risas]. La verdad es que Rodrigo tenía muchas ganas de interpretar a este personaje. Tiene una gran curiosidad artística que lo lleva a actuar de un modo muy especial, y este personaje es una especie de regalo para Tereza, para que ella pueda experimentar cosas más bellas y más hermosas que lo simplemente físico.

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Rodrigo es un actor muy experimentado, que se entrega mucho y que se mete por completo en su interpretación, y fue muy lindo juntarlo con Denise.

Fuera del caracol con propiedades alucinógenas, hay una escena en un parque que es también muy ‘trippy’, aunque depende de las curiosas esculturas que se encuentran realmente en el lugar, ya abandonadas. ¿De dónde vinieron estas tendencias psicodélicas?

Era importante que, a diferencia de “Divino Amor”, esto tuviera algo de utopía, en el sentido de presentar una convicción en la pulsión de vida. El caracol va por ese lado, porque tiene algo de mágico. Aunque tiene equivalentes en la Naturaleza, no es real, porque no quería apropiarme de algún elemento tradicional para las culturas indígenas. Me encanta crear por completo una experiencia psicotrópica que no existe.

Otra escena de la cinta.
(Dekanalog)

Me dijiste ya que, en el plano narrativo, no querías referirte a las películas sobre personas de cierta edad que solo piensan en el pasado o en la muerte inminente. Pero, visualmente, ¿tuviste alguna influencia cinematográfica en particular?

Tuve referencias distintas mientras hacía el guión y cuando me encontraba ya en la etapa de producción. Inicialmente, me acerqué a películas como “Before Sunrise”, de Richard Linklater, con la finalidad de obtener inspiración para el encuentro tan emocional que se produce entre las dos actrices mayores. También a algunas películas distópicas, como “Soylent Green”.

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Durante el rodaje me acerqué a otros puntos de vista y a otras películas, como [la alemana] “Paradise: Love”, que tiene un planteamiento de cámara muy interesante. Las referencias fueron muy distintas, porque quería aproximarme a un tema que nunca había visto tratado de este modo.

¿Cómo te sientes con los comentarios que se están haciendo últimamente acerca del supuesto boom del cine brasileño, fomentado por los éxitos internacionales de “Aún estoy aquí” y “El agente secreto”? Esas dos películas estaban conectadas por tratar el tema de la dictadura de manera directa, y aunque tus dos últimas películas han cuestionado igualmente el autoritarismo, lo han hecho de manera más sutil y poética. Claro que, de todos modos, tanto tú como Kleber Mendonça Filho, el director de “El agente secreto”, son de la misma región, Pernambuco.

Sí; nuestros hijos estudian en la misma escuela, y me encuentro con él todas las semanas. Yo ya viví otros momentos grandes del cine latinoamericano; crecí con el boom de Lucrecia Martel y Lisandro Alonso, y después vino el auge del cine colombiano, con Ciro Guerra y otros.

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Creo que es muy importante que Latinoamérica mantenga ese espacio, pero también que se muestre la diversidad que tenemos. Es interesante que se estén viendo durante el mismo año “El agente secreto” y “El sendero azul”, porque son películas muy distintas, pero que demuestran la variedad existente en un país tan grande, tan complejo y tan diverso como Brasil.

Y es también importante saber que ninguna de las dos fue hecha en el centro industrial brasileño, sino en espacios con distintas culturas. En algún momento, el cine brasileño quedó asociado a las favelas, a Río de Janeiro, a las playas; y ahora, es interesante ver otro tipo de Brasil, que es menos sobre paisajes y más sobre complejidades humanas.

Pero existe de todos modos una sensibilidad compartida entre estas cintas recientes en relación al rechazo que todas muestran hacia los gobiernos autoritarios y conservadores, ¿verdad? Imagino que esto puede haber surgido como una reacción ante lo que pasó con el gobierno de Bolsonaro.

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Seguramente, consciente o inconscientemente, porque su gobierno demostró de algún modo el enorme cambio cultural que Brasil ha experimentado y que podría sufrir nuevamente, ya que su hijo va a postular a la presidencia y está empatado con Lula en igualdad de condiciones. Por lo tanto, existe un gran riesgo de que se repita la situación, o que sea incluso peor, con un Bolsonaro 2.0. Es triste, pero ahí estamos, todavía pensando.

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