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De un modo u otro, toda la filmografía de Carla Simón se ha desarrollado en ambientes que ella habitó en algún momento de su vida, empezando por su cinta más conocida, “Alcarràs” (2022), que presentaba a una familia dedicada a la agricultura cuya apacible vida se veía seriamente afectada tras la inminente pérdida de sus tierras de cultivo.
Pero la cineasta catalana ha recurrido también de manera directa a experiencias personales, como lo hizo en su ópera prima, “Verano 1993” (2017), donde empleaba a un ‘alter ego’ para reconstruir lo que tuvo que atravesar siendo una niña, luego de que sus padres murieran a causa del SIDA y de que ella misma fuera adoptada por sus tíos maternos.
En ese sentido, “Romería”, que se estrena el 1ro de julio en las salas locales Laemmle Glendale y Laemmle Royal, es una suerte de secuela de aquel esfuerzo, porque tiene como protagonista a una adolescente de 18 años que quedó huérfana del mismo modo y que viaja a Vigo, la ciudad de origen de su padre, con la finalidad de conseguir un documento legal que la certifique como descendiente del fallecido y le permita acceder a la beca que necesita para emprender estudios de cine.
Una vez allí, Marina (que es el nombre de la muchacha, lo que parece querer marcar una curiosa distinción con la pequeña de “Verano 1993”, que se llamaba Frida) se reconecta con una parte de su familia que no conocía, a través de un proceso que no resulta necesariamente cómodo y que la lleva a descubrir algunos secretos no del todo placenteros.
En consonancia con su estilo sosegado y contrario al sensacionalismo, Simón evita los comportamientos excesivos y las reacciones desmedidas, optando por un naturalismo profundo en el que las acciones de los personajes se sienten siempre realistas pero que, súbitamente, empieza a darle pie a la fabulación y a la fantasía a través de una serie de ‘flashbacks falsos’ (¿o habría que llamarlos ‘reimaginaciones?’) que muestran a la intérprete de Marina (Llúcia Garcia) convertida en la madre muerta y al actor que encarna a su primo Nuno (Mitch Martín) transformado en el padre desaparecido.
Todo esto le otorga un aire poético y romántico a una cinta que, debido a la contención ya descrita, puede resultar frustrante e incluso fría para algunos espectadores, pero que hilvana con sensibilidad las relaciones entre sus participantes y extiende los hallazgos de su figura central al medio ambiente que la rodea, con frecuentes acercamientos a un océano Atlántico que sirve no solo para contrastar los recuerdos que Marina tiene del Mar Mediterráneo, sino que, a través de sus olas y su poderío, sirve además como un impetuoso telón de fondo para la turbulenta y apasionada historia de sus padres, o al menos, para el modo en que ella la imagina.
Pese a su aparente simpleza, “Romería” tiene varios niveles narrativos, dramáticos y visuales, entre los que figuran, por ejemplo, las denuncias que realiza sobre el modo equivocado en que la sociedad española trató a las víctimas del SIDA y de la heroína, o la inserción de las imágenes que la protagonista captura durante sus recorridos mediante el empleo de una cámara que se encuentra completamente justificada debido a la fascinación que ella tiene por el oficio que planea estudiar.
Esta vez, en lugar de usar únicamente a actores no profesionales, como lo había hecho anteriormente, Simón apela a intérpretes de larga trayectoria, a algunos que ya habían hecho algo antes y a debutantes completos, como es el caso de la ya citada Garcia, quien, a pesar de que no había estado antes en un set, no tiene problema alguno para comandar el reparto con su simpatía, su desenvolvimiento espontáneo ante la cámara y su capacidad para transmitir mucho sin hacer demasiado. Por ese lado, no es gratuito que fuera nominada como Mejor Actriz Revelación en la edición 2026 de los Premios Goya.