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‘La Odisea’ es un espectáculo descomunal y apasionado que solo podía provenir de la mente de Nolan

Matt Damon como Odiseo en una escena de "The Odyssey".
Matt Damon como Odiseo en una escena de “The Odyssey”.
(Melinda Sue Gordon / Universal Pictures)

En el gran orden cósmico, los que han leído la versión completa de “La Odisea” en cualquiera de sus traducciones se pueden contar con los dedos de la mano. Pero eso no quiere decir que la mayoría de los humanos no posean un conocimiento bastante extenso (aunque probablemente superficial) sobre un relato cuyas características fantásticas y heroicas han superado particularmente bien el paso del tiempo (considerando sobre todo que el poema se escribió hace cerca de tres mil años).

En realidad, lo que se conoce mayormente son, por decirlo así, los ‘hits’ de la obra escrita, o más precisamente, las escenas más llamativas y espectaculares, que han logrado mantener su potencia hasta el día de hoy y que, por supuesto, serán la razón principal por la que el público acudirá a las salas para exponerse a la nueva versión cinematográfica, ya disponible.

No es la primera vez que esta historia se cuenta, claro está; hubo una versión de los ‘50 que tenía a Kirk Douglas al frente, y existe una miniserie de los ‘90 a la que le fue decentemente. Pero la adaptación colocada en las manos de Christopher Nolan en calidad de director y de guionista cuenta no solo con la ventaja de haber sido realizada en medio de una coyuntura tecnológica que permite la implementación de imágenes que anteriormente recibían un tratamiento de serie B, sino también de surgir de la mente de uno de los cineastas más importantes de la actualidad. Y no hay olvidar que cuenta con un generoso contingente de estrellas hollywoodenses.

Eso no quiere decir que su camino al éxito o a la aprobación total se encuentre garantizado. Desde que se anunciara del reparto, el monumental proyecto se convirtió en blanco de la ira de quienes rechazaban la elección específica de algunos de los actores, como Lupita Nyong’o (quien se pone en la piel de la supuestamente nívea Helena de Troya) o Elliot Page (quien aparece finalmente interpretando al soldado Sinon, ausente en los escritos de Homero).

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Se trata de decisiones que, una vez apreciadas en la pantalla, no pasan desapercibidas, pero que no se convierten nunca en un obstáculo para que esta sea una película excepcional en más de un sentido, así como la recreación más impresionante, esmerada y artística que se haya hecho de la aventura señalada.

A la altura de las circunstancias

Nolan se las ha ingeniado para imponer una puesta en escena fabulosa en medio de circunstancias particularmente difíciles, y ha obtenido sin duda interpretaciones brillantes por parte de muchos de sus actores. Pero eso no es todo, porque se ha atrevido también a insertar apuntes ciertamente personales que van de la mano con una visión del mundo que no corresponde necesariamente a la que se encontraba planteada en la versión original.

Volviendo al reparto, debo admitir que, en mi caso, el hecho de tener a Matt Damon como titular no me convencía del todo, pese a que lo considero un gran actor. De algún modo, el conocido lado sensible del aludido no encajaba en la interpretación de un personaje que, a pesar de no haber sido nunca indiferente (de hecho, el dolor que atraviesa a lo largo de su recorrido ha sido siempre un elemento esencial), se me hacía más rudo y agresivo en cuestiones de actitud.

Sin embargo, en este puesto decisivo, Damon ofrece una de las mejores actuaciones de su carrera, mostrándose duro e implacable cuando tiene que serlo y abandonándose a la desolación cuando resulta necesario. Por encima de todas las cosas, su carisma sigue siendo imbatible.

A mi parecer, se encuentra seguido de cerca por Tom Holland, quien no es ni por asomo un mal actor, pero que aquí, en la piel de Telémaco, el único hijo de Odiseo, da unas muestras de grandeza inesperadas mientras se coloca a la diestra de Anne Hathaway, convertida en una impetuosa Penélope, la esposa enfrascada en una interminable espera. Y no hay que olvidarse de Robert Pattinson, formidable en su representación del villano Antínoo, quien pretende la mano de Penélope (y todo lo demás) ante la prolongada ausencia de su marido.

No puedo opinar lo mismo de los intérpretes que no destacan por deficiencias personales, sino porque, en el fragor de la lucha para incluir los hechos esenciales del poema, Nolan deja a la deriva a algunos de sus personajes, como ocurre con la diosa Atenea de Zendaya, cuyas apariciones son tan esporádicas e inofensivas que recuerdan lo que le tocó hacer a la misma muchacha en la primera parte de “Dune”.

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Tom Holland en otro momento de la cinta.
(Melinda Sue Gordon/Universal Pictures)

De caracter épico

Visualmente, “The Odyssey” deslumbra constantemente en desmedro de su método no convencional de rodaje, ya que se trata de la primera película hecha completamente con cámaras de IMAX, que son extremadamente grandes y requirieron de un diseño de aislamiento de sonido especialmente fabricado con la finalidad de silenciar el ruido que producen.

Además de lo dicho, los mismos aparatos tienen que recargarse cada tres minutos, lo que tuvo que condicionar no solo el estilo de la puesta en escena, que prescinde de tomas extensas, sino también el trabajo de actuación de los participantes, sobre en lo que respecta a escenas largas de diálogo que no podían ser filmadas de manera ininterrumpida.

Pese a que Nolan no es un devoto de los planos secuencia, le hubiera sido imposible hacer algo como el que abre “Dunkirk” (2017), por ejemplo; y resulta razonable cuestionar si esta obsesión por la perfección técnica (porque eso es lo que se busca con el formato de IMAX) merecía ser colocada por encima del aspecto interpretativo, más allá de que, como hemos dicho, la cinta tiene varias actuaciones excepcionales.

Con tomas largas o sin ellas, “The Odyssey” mantiene un ritmo impresionante sin caer en una estética ‘videoclipera’, y asume siempre una postura hiperrealista que puede sorprender en vista de las temáticas sobrenaturales tratadas, pero que resulta esencial para la credibilidad de un espectáculo de enormes dimensiones que se filmó en locaciones reales de seis países (Marruecos, Grecia, Italia, Islandia, Escocia y Estados Unidos) y que apela mayormente a efectos prácticos.

Aunque no faltan los momentos de intriga marítima, algunos de los aportes más emocionantes de la cinta corresponden a las peleas cuerpo a cuerpo que presenta, tanto durante la toma de Troya (acompañada por una banda sonora trepidante) como en el combate final en el palacio de Penélope (donde Odiseo, quien ha sido mostrado ya como un estupendo estratega, se exhibe como un experto en el manejo del arco y las flechas).

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Pero lo más llamativo de todo esto es la manera en que el IMAX se presta para darle profundidad y vitalidad a momentos íntimos y aparentemente sencillos de la trama, como sucede con la extraordinaria toma que muestra al Antínoo de Pattinson bañado por una luz engañosa y cegadora que lo hace lucir como un salvador (cuando es exactamente lo contrario) mientras seduce a la atormentada Penélope.

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Huella de autor

Aunque hablar de ‘spoilers’ en una película basada en un poema escrito en el siglo VIII a. C. puede sonar ridículo, ofrecer demasiados detalles sobre los cambios realizados en lo que respecta a la visión de Homero podría arruinar la experiencia de una superproducción que, sí, ofrece más de una sorpresa.

Pero sería injusto optar por la omisión, sobre todo en lo que respecta a transformaciones o añadidos que no se sienten necesariamente forzados, pero que serán con justicia objeto de debate, como sucede sobre todo con una representación del protagonista que podría ser confundida con un innecesario intento de santificación destinado a complacer a las nuevas audiencias.

En consonancia con su nerviosismo por las escenas eróticas (se atrevió recién a hacer una en “Oppenheimer”, su decimosegundo largometraje), Nolan transforma a Odiseo en un ejemplo de castidad completamente ajeno al espíritu homérico. Esto afecta particularmente a la secuencia dedicada a la hechicera Circe, cuya resolución es ciertamente distinta a la del texto original (pero que, a su favor, le da paso a una actuación memorable de Morton que no hubiera posible en otras circunstancias), así como a los momentos en los que interviene la ninfa Calipso (interpretada por una Charlize Theron cuyo paso por la película resulta lamentablemente intrascendente).

Hay también aquí un cuestionamiento a la brutalidad de la guerra en sí que brillaba por su ausencia en el poema original (donde, de todos modos, se describían actos de crueldad por parte de los supuestos héroes que merecían ser revisados desde una perspectiva actual), pero que entra en sintonía con las preocupaciones sobre la responsabilidad y la culpabilidad que Nolan deslizó ya en “Oppenheimer”.

Los monstruos

No quiero meterme demasiado en el asunto de los encuentros con criaturas mitológicas y las recreaciones de imágenes que se encuentran ya en el subconsciente colectivo. Por ese lado, bastaría quizás con decir que el caballo de Troya ostenta un aspecto muy distinto al esperado, aunque nos da la oportunidad de observar una influencia inesperada: la de la primera película de “Planet of the Apes” (1968).

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En todo caso, mi decepción mayor correspondió a la del enfrentamiento con el Cíclope, cuya figura no se hizo completamente en CGI (se habla de una marioneta de 18 metros), pero que, ante mis ojos, luce como tal. Al otro lado del espectro, colocaría la secuencia de la ya citada Circe, mostrada en un acto de brujería que resulta completamente espeluznante y sobrecogedor.

En cuanto a las sirenas, la aproximación es tan original y tan razonable que resulta difícil descalificarla en medio del desaliento que provoca; tienes que verla para entenderlo, aunque puede adelantarse que, en este caso, no será necesario taparse los oídos.

Lo que sí que hay hacer es mantener los ojos bien abiertos mientras se aprecia un film titánico que podrá no ser perfecto, pero que te mantendrá pegado al asiento y con muchas ganas de conversar a la salida.

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