Esto se acabó. Tras una fructífera temporada de verano que tuvo su punto más emotivo durante las celebraciones musicales del legado de Gustavo Dudamel, quien dejó su puesto como director de la Filarmónica de Los Ángeles luego de una inolvidable aventura de 17 años, la misma institución despidió este miércoles las presentaciones que ha promovido en el Hollywood Bowl a lo largo del 2026 con un último concierto.
Y no se trató de un evento hecho para cumplir, sino de uno protagonizado por Rubén Blades, una figura definitivamente mayor (y no lo decimos por su edad) de la música latinoamericana que, sí, nos ha visitado constantemente en los últimos años, pero al que vale la pena ver cada vez que se pueda debido a sus virtudes artísticas y, claro está, por asuntos relacionados al inexorable paso del tiempo (que no lo afectan solo a él, sino también a nosotros).
El maestro panameño radicado en Nueva York sigue embarcado al lado de Roberto Delgado & Orquesta en la larga gira de promoción de “Fotografías” (2025), su placa más reciente, que llegó ya a nuestras costas en mayo del 2025 para recalar en el Peacock Theatre, donde estuvimos presentes para ofrecerles la reseña que se encuentra todavía por aquí.
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En ese sentido, no esperábamos cambios sustanciales en el listado de canciones, pero nos sentíamos motivados no solo por volver a escucharlo, sino también porque, en esta ocasión, tenía como acto de apertura a Silvana Estrada, una cantautora mexicana que está dando mucho de qué hablar.
Hablaremos de ella más adelante; no se preocupen. Por ahora, debemos empezar con el acto de Blades, que se extendió por cerca de una hora y cuarenta minutos (es decir, una duración mezquina para un artista que favorece los shows de tres horas) y que encontró mayormente a la audiencia sentada (transcurría en L.A. y en el Bowl, a fin de cuentas), pero que, en contraparte, contó con un sonido excelente y una ambientación inmejorable, marcada por el trasfondo de los cerros de Hollywood, la tenue luz de una luna en cuarto menguante y una temperatura ciertamente agradable.
Podremos haber visto al aludido varias veces, pero, de todos modos, fue impactante observarlo todavía en dominio (casi) completo de sus virtudes vocales a los 78 años de edad, entonando sus obras con la intensidad, la pasión y la limpieza de los viejos momentos, soneando sin tropiezo alguno y efectuando pasos de baile que no cualquiera puede efectuar.
Nuevamente, el entusiasmo medido de los asistentes (cada quien tenía un asiento) hizo que fuera difícil apreciar el material en auténtico movimiento, que es como debería suceder, porque a pesar del carácter comparativamente apacible de la música compuesta y practicada por Blades, lo que él mismo presentó en la tarima del Bowl se prestaba perfectamente para la danza, bajo el influjo de cadencias que no eran siempre aceleradas, pero que merecían casi siempre un quiebre de cintura.
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De hecho, el menú de la noche se inició con “Plástico” y siguió con “Decisiones”, es decir, dos piezas eminentemente salseras que tendrían que haber sido festejadas visiblemente, aunque, claro, poseen unas letras tan elaboradas y narrativas que necesitan también ser escuchadas atentamente.
Y es que, desde el inicio del show, el panameño puso sobre el tapete composiciones llenas de comentarios sociopolíticos, como fue también el caso de la tercera de la partida, “Ojos de perro azul”, una brillante adaptación de un cuento romántico de Gabriel García Márquez que añade referencias a la condición humana y que se aleja del estilo bailable para incorporar sonoridades jazzísticas y vanguardistas.
Otro momento del show.
(Farah Sosa for the LA Phil)
Blades se ha autodefinido como un hombre de izquierda, pero no de dictaduras, por lo que tuvo sentido supuestamente que, en el Bowl, cuestionara en cierto momento al régimen venezolano, enfocándose esta vez en la supuesta complicidad que existe entre Delcy Rodríguez y Donald Trump (por quien no siente tampoco simpatía), y que, incluso antes, gritara “¡Nicaragua sin Ortega!” mientras enumeraba a los países latinoamericanos.
Fue interesante, de todos modos, que se centrara en estas causas específicas, considerando todo lo que viene sucediendo alrededor del planeta. En todo caso, el cantante y compositor, que no se quitó practicamente el sombrerito negro que llevaba, habló mucho menos de lo que suele hacer durante sus presentaciones, probablemente motivado por la necesidad de aprovechar el tiempo disponible para desgranar su música, que no fue tan bailada como merecía serlo, pero sí frecuentemente aplaudida por los asistentes.
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Sea como sea, su repertorio fue generoso, ya que, más allá de los grandes éxitos, incluyendo a “Ligia Elena”, “Paula C”, “Amor y control” y la infaltable “Pedro Navaja” (que contó con la participación de la brillante perfusionista mexicoamericana Sheila E), le dejó espacio a una recreación del vals peruano “Todos vuelven”, a una ejecución particularmente fiel de la versión del estándar de jazz “Watch What Happens” hecha por Tony Bennett y a dos canciones procedentes del disco “Fotografías” que, sin tener aroma a clásicos, sonaron muy bien: la elocuente “Emigrantes” y la obra que lleva el nombre de la placa.
Como ha estado ocurriendo en las presentaciones del pasado reciente, Blades interpretó también “El cantante”, una monumental pieza de su autoría que fue no solo popularizada, sino también inmortalizada por el excepcional vocalista boricua Héctor Lavoe.
El protagonista de la velada no solo insistió constantemente durante su discurso de presentación en la trascendencia del legado del icono fallecido, sino que hizo que las loas se extendieran a las intervenciones de Silvana Estrada, a quien invitó en esos momentos al tabladillo y que se animó incluso a sonear durante esta participación, dejando boquiabiertos a quienes habían llegado tarde y se habían perdido su presentación como “telonera”.
A lado de la mexicana Silva Estrada en el mismo concierto.
(Farah Sosa for the LA Phil)
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Voz y presencia
Por suerte, nosotros logramos apreciar el set completo de la veracruzana, iniciado a las 8 de la noche; pero nada podía prepararnos para lo que iba a hacer una artista que, como habíamos leído, combina el folclore latinoamericano con el jazz y el indie-folk, pero que terminó siendo mucho más que la suma de estas partes.
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En realidad, Estrada, que además de cantar toca el cuatro venezolano, y que llegó acompañada por un conjunto de cuatro músicos, protagonizó una suerte de sesión mágica que trascendió géneros para darle vida a una propuesta que no desestimó ninguno de los géneros referidos, pero que, en el presente formato, asumió también modalidades del rock progresivo y de la psicodelia.
Uno de los momentos más impresionantes de su actuación fue la interpretación de “Good Luck, Good Night”, que en desmedro de su título, es una suerte de bolero experimental en español que le ofreció una oportunidad única de lucimiento a una voz privilegiada que puede ser tan aterciopelada como poderosa, y que terminó con unos arreglos instrumentales que recordaban ni más ni menos que a King Crimson.
En las postrimerías de su set, la artista de 29 años pareció decidida a demostrar que no es tan ‘alternativa’ como parece, o al menos que no lo es de manera exclusiva, porque empezó a inclinar la balanza hacia ritmos más movidos y cerró los trámites a punta de cumbia bailable con una pieza titulada “Tenías que ser tú”.
Y aunque mucho de lo que hizo no se prestaba directamente para la danza festiva, el público demostró la admiración que sentía ante su propuesta al aclamarla a viva voz en más de una ocasión. Parece, a fin de cuentas, que a los angelinos no les gusta mucho moverse, pero que son perfectamente capaces de reconocer el talento de quienes lo tienen.
Escribe artículos de entretenimiento en Los Angeles Times en Español y lo hizo anteriormente en todas las ediciones impresas de HOY Los Ángeles. Previamente, trabajó como colaborador con el diario La Opinión. Inició su carrera periodística como redactor y luego editor del suplemento de entretenimiento “Visto & Bueno”, publicado por el diario El Comercio de Lima, donde hacía también críticas de cine.