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‘Ahora es muy difícil': los días pasan y esta madre que se auto deportó a México se siente perdida

‘Ahora es muy difícil': los días pasan y esta madre que se auto deportó a México se siente perdida
While spending an afternoon with her family on an outing at Lake Chapala, Maria Barrancas weeps while FaceTiming with her son on the crowded boardwalk in November. (Brian van der Brug / Los Angeles Times)

María Barrancas estaba de pie en el patio trasero de la casa de su suegra, sola, excepto por un cerdo y algunas gallinas que la acompañaban. Había pasado una semana desde que empacó toda su vida en Gardena y se fue a México, con su pareja y sus dos hijos.

Allí, en el pequeño y polvoriento pueblo de El Aguaje, en Sinaloa, el aislamiento la perturbaba. Sus tres hijos mayores todavía están en California. Ella se encuentra en un país que apenas recuerda, después de haberse ido a los Estados Unidos hace más de tres décadas, a los 15 años de edad.

La mujer rompió a llorar, pero secó sus lágrimas antes de que la vea su familia; no quiere que vean que tiene miedo.

Ricardo Madrigal se para en la puerta con barrotes del nuevo hogar de su familia en Tlaquepaque.(Brian van der Brug / Los Angeles Times)
Alejandro Madrigal, de 3 años, corre, mientras su mamá, María Barrancas, limpia después de la comida en la cocina de su nueva casa rentada en México. (Brian van der Brug / Los Angeles Times)
A la izquierda, Ricardo Madrigal de pie en la puerta con barrotes del nuevo hogar de su familia, en Tlaquepaque. A la izquierda, Alejandro Madrigal, de tres años, corre mientras su madre, María Barrancas, limpia después de la cena en un pequeño porche afuera de la cocina de su casa alquilada, en México (Brian van der Brug / Los Angeles Times)

En su apartamento de dos habitaciones en Gardena, Barrancas y Ricardo Madrigal habían soñado algún día con tener una casa por la zona. Ganaban dinero comprando y vendiendo autos usados. Cada dos días, Barrancas veía a su hija de 21 años, Cynthia, y a su nieta, Hailee, que vivían a cinco minutos de allí.

Pero todo lo que parecía estable se desmoronó cuando Donald Trump fue elegido presidente. Barrancas escuchó al mandatario decir que no quería a personas como ella y Madrigal en un país que se jactaba de volver a ser ‘genial’, en parte, por deshacerse de ellos.

La pareja estaba en el país indocumentada. Los trabajos ya eran difíciles de conseguir, y el clima antiinmigrantes se sumaba al estrés.

Decidieron irse en agosto, en dirección a una frontera que habían evitado durante mucho tiempo, un proceso que algunos denominan "autodeportación".

En Tijuana, su hija Luz, por entonces de seis años, se aferró a ellos y sollozaba para regresar. Barrancas la abrazó con fuerza y le dijo que todo estaría bien.

"Estamos comenzando una nueva vida hoy", le aseguró.

La familia se detuvo brevemente en El Aguaje antes de conducir seis horas hasta Tlaquepaque, en el estado mexicano de Jalisco. Habían elegido mudarse allí porque les parecía más seguro que Sinaloa, donde ambos habían nacido, y porque la hermana de Madrigal vivía allí.

Tenían suficiente dinero ahorrado como para vivir holgados por un tiempo. Pero con la escuela privada de Luz, que cuesta $100 al mes, más cerca de $130 en renta, $50 en agua y electricidad, y aún más en gasolina y alimentos, necesitarían contar con un ingreso en ocho meses.

La posibilidad de ganar $50 por semana -el salario mínimo promedio en México, de aproximadamente $5 por día- trabajando para otra persona les interesaba poco. Entonces, cuando Luz se iba a la escuela por las mañanas, Barrancas y Madrigal salían con su hijo de tres años a buscar un sitio para poder abrir un negocio.

Ellos querían trabajar juntos de nuevo, como lo habían hecho en California. En su automóvil, pasaban junto a hombres a caballo por calles marcadas con graffitis y lotes llenos de maleza.

El plan había sido llevar adelante una taller de mecánica automotriz. Barrancas también consideró abrir un restaurante, porque pensó que la comida que preparaba era mejor que la que había probado hasta ahora. Cada vez que veían un letrero de alquiler, anotaban el número y programaban una cita. Visitaron 20 lugares diferentes; en cada oportunidad les mostraron un sitio demasiado pequeño, con una renta demasiado alta.

Cuando vieron locales disponibles en un centro comercial en las afueras de Villa Fontana, donde vivían, se entusiasmaron. El dueño era de California, y pensaron que la ubicación era perfecta.

En inglés, el propietario les dijo que deberían pagar $25,000 pesos por mes (más de $1,000 dólares), depositar tres meses de anticipo y aceptar un contrato por tres años. Cuando la pareja llegó a casa, hicieron los cálculos, totalizando el pago inicial, el depósito y las tarifas adicionales. Si siquiera estaban seguros de poder cubrir un año; mucho menos tres.

Era un riesgo mayor.


Maria Barrancas revisa la tarea de su hija, Luz Madrigal, de 7 años, antes de irse a clases en su escuela en Tlaquepaque. (Brian van der Brug / Los Angeles Times)
Luz Madrigal, de 7 años, platica con su papá, Ricardo Madrigal, frente a su nueva escuela en Tlaquepaque. (Brian van der Brug / Los Angeles Times)
Ricardo Madrigal observa a su hija Luz caminar hacia su salón de clases. (Brian van der Brug / Los Angeles Times)
Arriba, María Barrancas revisa los deberes de su hija, Luz Madrigal, antes de ir a la escuela en Tlaquepaque, México. A la izquierda, Luz Madrigal habla con su padre, Ricardo, frente a su nueva escuela en Tlaquepaque. A la derecha, Ricardo Madrigal observa a su hija, Luz, mientras camina hacia su salón de clases (Brian van der Brug / Los Angeles Times)

Antes de irse de Gardena, Luz le había dicho a su padre que quería una casa. Él prometió construirla para ella en México, e incluso plantaría árboles en el patio trasero.

Pasaron los meses, pero Madrigal, de 40 años, no pudo encontrar la tierra adecuada. "Traje a Luz aquí con mentiras", afirmó. "Me duele no cumplir mi promesa, darle lo que quiere en su vida".

La pareja había hechizado a Luz con ideas de cosas mejores por venir. Incluso se habían convencido a sí mismos de ello.

”Teníamos en mente que era un lugar hermoso", narró Barrancas. "Ahora sabemos que era un cuento que le estábamos contando a Luz".

Tal vez si las cosas no mejoran, Madrigal le dijo más de una vez, deberían regresar a California.

Cuando surgían esas conversaciones, Barrancas lo callaba. Si él se iba, ella no se marcharía con él.

No es que le encantara México -de hecho, detestaba lo que había visto hasta ese momento-. Odiaba las malas hierbas crecidas frente a las casas, sin una asociación de propietarios que regule las apariencias; detestaba la cantidad de automóviles descompuestos, los neumáticos rotos por las malas condiciones de la carretera. Odiaba que a veces no entendía las palabras en español, y odiaba especialmente la carga que había dejado sobre los hombros de Cynthia para hacer un seguimiento de sus hermanos, de 31 y 28 años, en California.

Pero al cruzar la frontera, sintió que había tomado una decisión irreversible. La única forma en que podía regresar a los EE.UU. sería mediante un cruce sin autorización.

"No estoy feliz aquí, pero no quiero ir por ese camino otra vez", aseveró. "No voy a volver, independientemente de la situación. Si no tengo documentos, me quedaré aquí ".


Maria Barrancas, cuelga la ropa en el patio de su casa en Tlaquepaque. (Brian van der Brug / Los Angeles Times)
Luz Madrigal coloca un pastel de cumpleaños para una fiesta escolar que compro en el Costco de Guadalajara. (Brian van der Brug / Los Angeles Times)
Maria Barrancas se sube a su auto para ir de compras al centro de Tlaquepaque. (Brian van der Brug / Los Angeles Times)
Maria Barrancas saca cosas de las cajas en la pequeña recámara de su casa rentada en México. Todas sus pertenencias no caben en su casa. (Brian van der Brug / Los Angeles Times)
En el sentido de las agujas del reloj, desde la esquina superior izquierda: María Barrancas cuelga ropa en el patio delantero de su casa rentada, en la ciudad de Tlaquepaque, México. Luz Madrigal mira su pastel de cumpleaños para su fiesta escolar, en Costco de Guadalajara. María Barrancas clasifica las cajas guardadas en un pequeño dormitorio de la casa alquilada en México; todas sus pertenencias no cabían en el hogar. María Barrancas en su automóvil, para ir de compras, en Tlaquepaque. (Brian van der Brug / Los Angeles Times)

Barrancas dejó de lado la frustración de no ver a su cuñada tan a menudo como quería, ya que no se sentía segura de caminar por la noche en Tlaquepaque y no estaba como en casa. En cambio, se centró en asegurarse de que sus hijos no estuvieran tan perdidos como ella. Las pocas palabras que el pequeño Alejandro sabía en inglés se convirtieron al español. Y Luz, quien se preocupaba antes de la mudanza de no tener compañeros para jugar, se hizo amiga de una vecina y de estudiantes en su clase de primer grado.

Barrancas practicó el himno nacional mexicano con Luz, quien admitió que estaba olvidando el Juramento a la Bandera estadounidense que decía todas las mañanas antes de su clase en Gardena.

A Luz todavía le cuesta hacer rodar sus ‘R’ y saber cuándo usar "mi" y "mí", pero trabajó duro para obtener 10 perfectos en sus clases. Cuando sus padres se reunieron con la psicóloga de la escuela, en octubre, ella les dijo que la niña era dotada.

Una mañana de noviembre, Barrancas se sentó afuera de las puertas de metal de la escuela de su hija. Observó con una sonrisa cómo Luz, que parecía perdida, encontraba un par de amigos con quienes sentarse.

Para consolarse, la familia realizaba frecuentes viajes al Costco en las cercanías de Zapopán. La pizza de pepperoni favorita de Luz, los perritos calientes, las sombrillas rojas y blancas de Kirkland afuera y los productos estadounidenses alineados en los pasillos les recordaban a su hogar. Cuando cumplió siete años, en noviembre, Luz eligió su regalo en Costco.

A pesar de todos sus pesares, Barrancas no admitió remordimientos por haberse ido.

“Puedo estar sufriendo, no sentir que estoy en el lugar correcto, pero creo que fue la decisión acertada", aseguró. “Ahora es muy difícil, pero tengo fe en que vamos a estar bien aquí".

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Alejandro Madrigal, de tres años, juega con un iPad mientras su padre, Ricardo, lo lleva de vuelta al automóvil después de una excursión al lago Chapala, en México. Brian van der Brug / Los Angeles Times

En diciembre, habían pasado cuatro meses desde que la familia se fue a México. Ellos optaron por pasar el Día de Acción de Gracias sin mencionarlo.

Un viaje a Agua Verde, Sinaloa, para visitar a la hermana de Madrigal fue lo más alegre en meses de oscuridad. La familia visitó la playa y Madrigal fue a pescar, y capturó róbalos y camarones. Era la primera vez en meses que Barrancas veía una verdadera sonrisa en su rostro.

Así como habían idealizado a Jalisco desde lejos, le temían a Sinaloa. Pero llegaron a entender que en todas partes de México había peligro. Al menos en Sinaloa, sus dos familias estaban cerca.

En Navidad, se dirigieron a Culiacán, Sinaloa, para celebrar con el hermano de Barrancas.

Luz pasó el viaje corriendo con sus primos. El hermano de Barrancas les preguntó por qué no estaban vendiendo coches, como lo habían hecho en Gardena.

En enero, Barrancas y Madrigal se dirigieron a Tijuana para recoger automóviles y comenzar a trabajar una vez más. Si las cosas iban bien, afirmó Barrancas, adaptarían sus planes a la nueva realidad y se trasladarían a Sinaloa.

Por fin, estarían en casa.

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El sol se pone en el lago Chapala, donde la familia Madrigal realizó una visita Brian van der Brug / Los Angeles Times

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí

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