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California

Un quiosco de publicaciones en español, una joya de Boyle Heights, está a punto de desaparecer

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Rafael Ramos, de 71 años, compró el puesto de periódicos en las calles 1ª y Soto en Boyle Heights hace 25 años. Según sus cálculos, tendrá que cerrar la tienda antes de que termine el año.
(Irfan Khan / Los Angeles Times)

Los clientes de Rafael Ramos, de 71 años, son casi todos inmigrantes ancianos. Como el resto de las editoriales, ha sido golpeado duramente por la revolución digital.

Rafael Ramos se detuvo en su quiosco de Boyle Heights en una mañana soleada. Arriba, un toldo verde descolorido proclamaba: TODO TIPO DE REVISTAS Y PERIÓDICOS EN ESPAÑOL.

A pesar del zumbido del tráfico en la esquina de las calles 1ª y Soto, charló con su único empleado. Los peatones pasaron por el quiosco, cruzando la calle hacia la estación de la Línea Dorada del Metro. Pasaron horas sin que hiciera una sola venta.

Margarita Chipres se acercó y hojeó una copia de TV Notas, una revista de chismes sobre celebridades latinas. A esta mujer de 75 años le gusta conocer el cotilleo del mundo de la faránfula, dijo. Pero, aunque fuera una de las clientes habituales de Ramos, en esta ocasión no iba a gastar ni un centavo.

“No quieren darme una revista”, dijo Chipres, fingiendo decepción antes de irse.

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“Estos son mis clientes. Puros quinceañeros”, bromeó Ramos. “Puros jóvenes”.

El residente de Highland Park, de 71 años, es dueño del quiosco desde hace 25 años, pero como el resto del negocio editorial, ha sido golpeado duramente por una revolución digital que ha seducido los ojos de los jóvenes alejándolos de la prensa escrita. Los clientes de Ramos son casi todos inmigrantes ancianos. Para sus hijos o los hijos de sus hijos, las páginas de las publicaciones de noticias mexicanas como La Jornada y Proceso o las revistas de chismes en español tienen muy poco atractivo.

Al crecer en Estados Unidos, es más probable que escuchen Nirvana que a Los Tigres del Norte, y mucho menos pagarán por leer lo que leen sus familiares mayores e inmigrantes. Y eso son malas noticias para este tipo de negocios.

Según los cálculos de Ramos, tendrá que cerrar la tienda antes de que termine el año.

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“Le decimos a la gente que vamos a cerrar y ellos responden: '¿Cómo puedes cerrar?’”, relató. “Básicamente sin ganancias, estamos abiertos sólo por permanecer aquí. Ya no se puede vivir de esto”.

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Margarita Chipres compra un ejemplar de La Opinión en el quiosco, que abrió a finales de los años 40. Los clientes son en su mayoría inmigrantes de la tercera edad.
(Irfan Khan / Los Angeles Times)

A finales de los años 40, el quiosco se abrió en esta misma intersección. Varias personas lo han poseído a lo largo de las generaciones - años durante los cuales Boyle Heights pasó de ser un verdadero crisol políglota de mexicanos, judíos, italianos, europeos del este, japoneses y otros, a ser una de las capitales de la cultura mexicano-americana de Los Ángeles.

Entonces, y durante décadas después, la lectura de los periódicos fue la principal forma en que la gente de todas las clases sociales recibía las noticias, una realidad capturada en muchas películas de Hollywood en las que las escenas a menudo presentaban a un protagonista hojeando sus páginas haciendo un sombrío descubrimiento.

Mucho antes de comprarlo, Ramos era un mecánico de Highland Park que revisaba las páginas de las revistas del quiosco. Entonces, un día, el dueño le hizo a Ramos una oferta que, aparentemente, no podía rechazar.

"¡Vamos, cómpralo!” le dijo el hombre. “No me ha hecho rico, pero es un trabajo como cualquier otro, para vivir”.

Ramos se había cansado de la tensión física de su trabajo como mecánico. Sintió el peso de la edad y pensó que podría llevar un negocio de periódicos.

“Así que me convenció y lo compré", dijo Ramos.

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Al principio, el negocio iba bien. Cada día vendía hasta 40 copias del periódico La Opinión. Ahora sólo tiene 10 y venderá cuatro o cinco en un día, reveló Ramos. Docenas de copias de Los Angeles Times - una de las pocas ofertas en inglés - se irían volando en un día. Ahora, tal vez una o dos copias.

Las peores tragedias parecieron atraer a la mayoría de los clientes a su stand: como cuando Luis Donaldo Colosio, candidato presidencial mexicano, fue asesinado en un mitin de campaña en Tijuana; el día cuando la superestrella del espectáculo Jenni Rivera murió en un accidente de avión o cuando la cantante Selena fue asesinada a tiros por una de sus empleadas.

“Estás ahí, rodeado de las noticias del día mientras la gente se entera de todo”, dijo. “Tú ya lo sabes pues las noticias están siempre al alcance de tu mano”.

El quiosco de Ramos sigue siendo uno de los más grandes de Los Ángeles con la mayor variedad de ofertas en español.

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Varias personas han sido dueñas del quiosco a través de generaciones - años durante los cuales Boyle Heights pasó de ser un verdadero crisol políglota de mexicanos, judíos, italianos, europeos del este, japoneses y otros, a una de las capitales de la cultura mexicana americana de L.A.
(Irfan Khan / Los Angeles Times)

Además de los periódicos mexicanos y otras publicaciones en español hay algunos hallazgos sorpresivos: una revista Rolling Stone escondida detrás de una novela ilustrada con un hombre y una mujer rubios encerrados en un abrazo romántico. Puede verse un ejemplar de Playboy en Español encima de una revista de comida. Junto a una publicación dedicada al difunto cantante mexicano José José cuelga una revista de salud titulada Para Adoloridos, Vol. 2.

Estas son las publicaciones que han sobrevivido a la gran sangría de la prensa. Muchas más sucumbieron hace mucho tiempo. De vez en cuando, alguien preguntará por Alarma, un sangriento tabloide sobre el crimen en México que presentaba un crucigrama con una mujer apenas vestida en medio de la carnicería hipergráfica.

Los jueves por la mañana son la hora más ocupada del quiosco. Recientemente Humberto Gómez, de 72 años, se sentó en una silla plegable para leer tranquilamente una novela de la serie clásica “El Libro Vaquero”, que contaba historias sobre el Viejo Oeste.

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Mientras hojeaba las páginas, Gómez imaginaba vaqueros cabalgando por vastos desiertos.

“Me encanta leer para entretener la mente y no pensar en cosas negativas”, dijo. “Mantiene tu mente trabajando”.

Para Gómez, las historias de las novelas se sentían como un antídoto para las deprimentes noticias de la televisión. No podía soportar ver, oír o leer más sobre el accidente de helicóptero que mató al gran Kobe Bryant de los Lakers, a su hija Gianna de 13 años y a otras siete personas. El quiosco era un escape. Gómez relató que su hábito de leer novelas empezó de niño; fue una herencia de su padre. Ahora viene aquí a leer casi a diario.

“Incluso tienen una pequeña silla para mí", dijo.

Aquí, el taxista jubilado se encuentra con amigas como Chipres, la cliente habitual.

Hace años, cuando la madre de seis hijos a veces necesitaba ir de compras al supermercado, contaba con Gómez para que la llevara. Él esperaba fuera de la tienda y la ayudaba a descargar sus bolsas. Ese es un servicio que la mayoría de los taxistas no ofrecen, presumía Gómez.

Sus vidas se han ralentizado y ya no se mueven como antes, pero siguen viéndose, de vez en cuando, en el puesto de Ramos.

Este jueves, Chipres regresó después de que se fue sin comprar nada.

“Siempre paso por aquí y me entretengo. Nos enfadamos y nos tiramos de los cabellos”.

Por segunda vez, se fue sin comprar nada.

El único empleado del quiosco, Gerardo Campos, de 61 años, se sienta o se para cerca de la caja registradora bajo un letrero que dice: “Abierto de jueves a martes de 8 a.m. a 4 p.m.”

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Como el resto del negocio editorial, el quiosco ha sido duramente golpeado por la revolución digital.
(Irfan Khan / Los Angeles Times)

A diferencia de Ramos, a Campos no le gusta mucho la charla. Cuando hace una venta, intercambia dinero sin palabras. Va de un lado a otro del quiosco, y a veces despliega una pequeña escalera para acomodar las revistas encima de él. En ocasiones, tiene una pequeña charla con los clientes habituales. Piensa en su inminente jubilación, en marzo.

Ramos es el dueño del quiosco, pero Campos es su guardián. Se queda con todas sus modestas ganancias. Eso suele ascender a unos pocos cientos de dólares, en un buen mes. Ramos ve el quiosco como una forma de ayudar a su amigo, Campos, a ganar algo de dinero. Pero Campos no ve el sentido de continuar con el puesto por la forma en que van las cosas.

“Esto va cuesta arriba”, dijo Campos. “Todo esto va a terminar pronto”.

El quiosco ha sobrevivido tanto tiempo en parte gracias a personas como Carlos Bacelis, de 82 años, que reparte publicaciones mexicanas en quioscos de todo Los Ángeles con una población de clase trabajadora e inmigrante muy numerosa.

Bacelis viaja desde su casa en El Monte a Tijuana, donde recoge pilas de periódicos y revistas en español, algunos de la Ciudad de México. La mayoría de los jueves, Bacelis hace el viaje de regreso a Los Ángeles, parando en la 1ª y Soto, y un puñado de otros puestos: dos en el Centro, uno en Pico y Western, y otro en la 7ª y Alvarado.

Empezó a trabajar en los años 80, cuando consiguió un empleo repartiendo periódicos para una editorial llamada AmerMex. El día que esa compañía cerró, él siguió entregando.

“Lo hago como una distracción, así que no estoy en casa viendo la televisión todo el día”, dijo Bacelis. “Mis clientes son mis amigos. Me siento y hablo con ellos, y a veces almorzamos”.

Con los años, su clientela se ha reducido. Mientras conducía por Los Ángeles en su camioneta, Bacelis vio puestos que se cerraron uno a uno: en San Fernando, Van Nuys, Pacoima, Encino y Hollywood.

“Todo tiene su tiempo”, declaró. “Todo comienza y todo termina”.

Ramos no rehuye esa realidad. Desde su puesto en la esquina, ha visto cambiar a Boyle Heights. Pero no ve nada en el horizonte que cambie las cosas para mejor en su negocio.

Tal vez alguien se de cuenta y Ramos lo convenza de que acepte esta apuesta en la 1ra y Soto. Pero Ramos sería considerablemente menos optimista que el hombre que le vendió el sueño del quiosco hace tantos años.

“Sería honesto y diría: ‘Mira, no te ganarás la vida aquí'", manifestó. “No sé qué pasará".

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí


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