Un vendedor de paletas de Los Ángeles se adapta a la vida en el mundo COVID-19

Mauro Rios Parra sells a paleta to Matthew Chicas, 6, in Los Angeles.
Mauro Ríos Parra vende una paleta a Matthew Chicas, de 6 años, en Los Ángeles. Ríos llegó a Estados Unidos desde México hace casi 20 años.
(Dania Maxwell/Los Angeles Times)

Durante los últimos 16 años, Mauro Ríos Parra ha montado su bicicleta desde un almacén en Washington Boulevard para comenzar su día como paletero. Y a diario durante 16 años, ha llenado el mismo carrito con más de 300 helados y paletas de frutas: coco, tamarindo, piña, jamaica, café, limón, zapote mamey y sus favoritos, vainilla y fresa.

Luego están las copas de helado y los sándwiches, los Choco Tacos, las barras Tweedy, Spider-Man y Ninja Turtle con ojos de chicle.

Bajo un cielo nublado, Ríos, de 63 años, mantiene abierta la puerta de Barahona Ice Cream en Pico-Union. En el almacén los trabajadores dan vueltas alrededor de un cofre azul gigante lleno de hielo seco y docenas de golosinas congeladas.

Pico-Union es su hogar y su territorio. Escondido a unas pocas millas al oeste del centro de la ciudad, es uno de los barrios más pobres y densos de Los Ángeles, con unas 45.000 personas en 1.67 millas cuadradas.

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Dado que la distancia física es una de las mejores salvaguardas contra el coronavirus, ello también les ha afectada en mayor grado por la enfermedad altamente contagiosa.

Ríos prepara su carrito de helados en Barahona Ice Cream en Pico Union.
(Dania Maxwell / Los Angeles Times)

L.A. es una ciudad de vendedores ambulantes. Los hot dogs envueltos en tocino, mulitas, frutas recién cortadas, raspados y mazorcas de maíz son sólo algunas de las delicias que se venden. Pero valiosos y ubicuos como son, los vendedores ambulantes como Ríos también pertenecen a una de las poblaciones más vulnerables en la comunidad alimenticia. Están sujetos a hostigamiento, y muchos viven ilegalmente en el país. El COVID-19 ha agregado otro factor estresante a sus medios de vida.

“Pónganse sus mascarillas, por favor”, les pide la gerente Norma Barahona al solicitarles a los hombres que lleven la caja de hielo al humilde y mohoso almacén. Fotos enmarcadas de La Virgen de Guadalupe cuelgan en las paredes. Lo mismo ocurre con los recordatorios de la enfermedad que acecha. “Mantén la distancia”, dice un letrero en inglés y español.

Ríos descarga una caja de leche llena de helado que lleva su nombre. Mete su cabeza en su carrito y coloca cada paleta dulce y helado en el lugar que le corresponde.

“Señor, ¿por qué está tan callado? ¿Tiene miedo o qué?”, pregunta Óscar Sámano, un compañero paletero, a Ríos. “Señor, ¿por qué está tan callado? ¿Tiene miedo o qué?”, bromea. "¿Cuánto te pagaron por callarte?”
Ríos calla.

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Óscar Sámano, a la derecha, abraza a Ríos dentro de la paletería Barahona.
(Dania Maxwell / Los Angeles Times)

En un día típico, el bromearía con Sámano, un hombre alto y robusto que con orgullo se llama a sí mismo “el alma de este lugar” y juguetonamente se refiere a Ríos como su otra mitad.

“No quiero oírte decirme ‘mi amor’ más tarde”, advierte Sámano a Ríos, quien le responde “mi cielo” y se ríen.

A las 11:40 a.m., Ríos está listo. Con una mascarilla negra que cubre su bigote entrecano, cierra las tapas de su carrito de helados, agarra firmemente el manillar y lo empuja por el pasillo y fuera del almacén, que se encuentra entre una iglesia y un cerrajero.

Ríos toca las campanas de su carrito de helados durante su ruta en Pico Union.
(Dania Maxwell / Los Angeles Times)

West Washington Boulevard está empezando a despertar. Unos pasos más abajo, las personas llevan bolsas de supermercado del mercado de carne La Campanita.

Durante las próximas siete horas, Ríos caminará más de siete millas cuesta arriba, cruzando calles y pasando escuelas vacías para satisfacer a los golosos de las masas sudorosas de Los Ángeles. El tintineo de sus campanas marca su camino.

Dice que le gusta hacer sonreír a la gente, pero en estos días, es una tarea mucho más difícil.

Ríos llegó a Estados Unidos en 2002. Había trabajado en una cervecería en Oaxaca, México, ganando muy poco dinero. Luchó por mantener a su esposa y sus tres hijos.

Luego tomó una decisión difícil.

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Ríos cruza la calle al final del día.
(Dania Maxwell/Los Angeles Times)

“Me voy a ir para que puedan tener una vida mejor”, le dijo Ríos a sus hijos antes de dirigirse al norte en busca de un trabajo que pagara más. “Estudien tanto como sea posible. Avancen en la vida”.

No quería que sufrieran la pobreza extrema que él y su familia de 10 habían padecido en su ciudad natal de San José Chiltepec. A los 13 años su padre murió y Ríos dejó la escuela para trabajar. Todos los días, desde el amanecer hasta el atardecer, plantaba chiles, maíz, frijoles, arroz y más.

“Mi vida no ha sido más que trabajo desde entonces”, dice en español.

Decidido, vendió su casa en Oaxaca para pagar a los coyotes y cruzó el desierto con otras 70 personas. Su familia se mudó con familiares.

Ríos descansa a la sombra durante su ruta.
(Dania Maxwell/Los Angeles Times)

Tres personas murieron de deshidratación a lo largo del viaje. Más de una semana después, Ríos llegó a Phoenix, condujo a Tampa, Florida, y encontró un trabajo construyendo bancos. Compartió una pequeña casa con otros 12 inmigrantes. Pero una noche la policía irrumpió en su casa mientras todos dormían.

Estuvo encerrado en un centro de detención durante un mes antes de ser deportado. Dos años después, cruzó de nuevo la frontera y llegó a Los Ángeles.

“Tomé por segunda vez el riesgo por necesidad”, dijo Ríos. A pesar de trabajar siete días a la semana en México, nunca hubo suficiente dinero. “Regresé [a Estados Unidos] por mis hijos”. Al menos tres veces al día, habla con sus hijos ahora adultos y Reyna Regina Martínez Hernández, su “amor desde hace 35 años”.

No ha visto a su familia en 16 años.

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Ríos empuja su carrito por una calle inclinada de South Berendo hacia una zona residencial, saludando a los que conoce. “Buenas”, dice alegremente a un hombre que pasa por allí. La amabilidad y la comunicación son clave en este campo de trabajo. Si quieres vender paletas, tienes que hacerlo con una sonrisa. El respeto y el tiempo también son importantes.

Ríos toma un breve descanso para beber Powerade.
(Dania Maxwell/Los Angeles Times)

Su primera parada es un sitio de construcción en Loyola High School en Venice Boulevard. Ríos pasa su carrito a través de la valla verde, donde una máquina masiva cava tierra del suelo. Toca las campanas de manera habitual, pero los sonidos de martilleo ahogan su tintineo.

Unos minutos más tarde, cuatro trabajadores con cascos y chalecos de seguridad hacen las primeras compras del día.

Luego, Ríos rueda su carro media milla hasta el Centro de Recreación Normandie. Una joven pareja toma un café en una mesa de picnic. La gente juega baloncesto en la cancha. Un hombre hace flexiones cerca mientras otro patea una pelota de fútbol contra una cerca. Los niños se persiguen en un patio de recreo abierto recientemente. Dos mujeres mayores vigilan.

Él hace sonar sus campanas pero nadie se acerca.

Ser un paletero es bastante difícil en tiempos normales. Pero durante la pandemia, con los parques y las escuelas cerrados y la gente temerosa de abandonar sus hogares, gran parte de su clientela ha desaparecido. “Las ventas se desplomaron”, dice.

Sus ganancias diarias habituales de $180 a $250 cayeron a $120 o menos. Pero Ríos no teme al virus.

“Sólo Dios sabe lo que hace con nosotros y lo que nos pasará y no nos pasará", manifiesta. “Todo lo que podemos hacer es cuidarnos y protegernos”.

Donde quiera que vaya Ríos, ve cómo ha cambiado la ciudad desde que comenzó la pandemia.

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Ríos vende paletas a niños en un complejo de apartamentos.
(Dania Maxwell/Los Angeles Times)

Barras a lo largo de Pico Boulevard están tapiadas con madera contrachapada. Los restaurantes enfatizan “Sólo comida para llevar”. Las iglesias se encuentran cerradas. Las panaderías y salones advierten a los clientes: “Sin mascarilla no hay servicio”. Pero Ríos sabe dónde encontrar clientes: los complejos de apartamentos abarrotados de Pico-Union.

En Pico Boulevard y Normandie Avenue, un hombre cruza la calle corriendo para acercarse a Ríos. “¿Tienes paletas de tamarindo?”, le pregunta. Sólo unos días antes, se había estado sintiendo enfermo, y Ríos le pregunta cómo está. Ríos alcanza el carro y le da una paleta, sin cargo. Es un acto de amabilidad frecuente para un hombre sin dinero.

Afuera de la casa, Ríos toca las campanas y espera. Silencio.

Elizabeth Sánchez de 5 años, izquierda, y Mia Estrada de 6, comen un helado en su complejo de apartamentos.
(Dania Maxwell/Los Angeles Times)

"¡Me voy! ¡Me voy!”, Ríos advierte minutos después. Aún así, no hay ventas. Una mujer en bicicleta pasa y grita en español: "¿Cuánto cuestan las paletas?”, pero no se detiene.

Cuando Ríos entra al estacionamiento de otro complejo de apartamentos, sus campanas inmediatamente atraen a un cliente. El hombre ordena paletas de coco, mamey y tamarindo, “y una de estas”, dice señalando una de nuez. “Muchas gracias” dice. Ríos vuelve a sonar la campana.

Una mujer con un delantal rojo y chanclas sale de su apartamento y ordena una barra de helado de Powerpuff Girl con ojos chistosos. La sostiene al aire y le grita en español a una niña que se esconde detrás de una puerta cerrada: “Mira, ¿esta?”

Ríos vende paletas en un complejo de apartamentos en la avenida South Normandie.
(Dania Maxwell/Los Angeles Times)

Eulalia Vargas no puede entender lo que quiere su nieta Mia Estrada, de 6 años. Ella ordena tres barras sólo para no errar. Minutos después, Vargas reaparece con Mia de la mano. "¡A ella no le gustó ninguna de estas!”, le dice a Ríos, arrugando sus ojos divertida. Un sándwich de helado es lo que quería.

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“Sin estas no se vende”, dice, señalando sus campanas. “Es muy importante. Sin ellas, no se vende. Son primordiales”. Los badajos de las dos campanas se cayeron hace algún tiempo, pero Ríos los reemplazó con un par de llaves pequeñas y una cerradura de metal.

Durante todo el día, personas mayores y jóvenes persiguen el ruido de las campanas. Camina millas a diario, a menudo bajo un sol abrasador. Pero él ama su trabajo. “Es divertido y distrae... y estoy feliz de hacer lo que hago”, dice.

Mauro Rios Parra moves his cart near a construction site where workers sometimes buy paletas.
Ríos coloca su carrito cerca de un sitio de construcción.
(Dania Maxwell/Los Angeles Times)

Extraños y clientes habituales lo tratan amablemente. Pero tiene un trabajo peligroso, dice. Dos veces lo han robado, y evitó otros tres intentos. Ha aprendido a esconder sus ganancias en diferentes lugares.

Y adoptó esta filosofía: “Hazte amigo de ese tipo de personas para que no sean tus enemigos”.

A las 3 p.m., Ríos ha realizado 26 ventas, principalmente de sus visitas a apartamentos. Pero tiene más lugares a donde ir. Él mira su reloj. En 30 minutos, los trabajadores del sitio de construcción terminarán sus turnos y se dirige hacia ellos.

Cuatro horas después, Ríos está de vuelta en el almacén. Vacía de su carrito lo que no vendió.

Se mete 80 dólares en el bolsillo, se despide de sus colegas y lleva su bicicleta a la calle. El cielo es de color naranja crema.

Sus sacrificios han valido la pena. De hecho, sus hijos estudiaron lo más posible. Uno es médico y dos son abogados. En dos años, Ríos planea regresar a Oaxaca. Esta vez, espera quedarse. Quiere tener un jardín y un gallinero. Desea abrir su propio negocio, vender carne de cerdo asada, al estilo cubano.

Ya no será un paletero. Pero él estará con su familia.

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