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Siete cuerpos, ningún robo: ¿Fueron los asesinatos en el campo de marihuana en Riverside ‘un mensaje’?

An aerial view of trailers, buildings and trees, with hills in the distance
Vista aérea de la propiedad en Aguanga donde siete personas fueron asesinadas a tiros durante el fin de semana del Día del Trabajo, en un cultivo ilegal de marihuana.
(Allen J. Schaben / Los Angeles Times)

El muchacho sabía cómo se ganaba la vida su madre. También conocía el peligro inherente de ello. Hace apenas dos meses, se había alojado en una propiedad en Aguanga, una pequeña comunidad en el condado rural de Riverside, donde su madre, ayudada por inmigrantes recién llegados de Laos, cultivaban marihuana.

Durante el día, regaba las plantas y cargaba baldes llenos de tierra y suplementos que las ayudaban a crecer; por la noche, dormía en un pequeño catre en un remolque junto con su madre, el novio de ésta y una amiga.

Aunque no creía que cultivar marihuana convertía a su mamá en una mala persona, el joven de 16 años recordó una cierta inquietud, la sensación de que en cualquier momento la violencia podía inmiscuirse en esa propiedad polvorienta y remota. “Son drogas”, afirmó. “Y cualquier cosa puede pasar cuando se trafica”.

Media hora después de la medianoche del 7 de septiembre, los agentes del sheriff de Riverside fueron llamados a la propiedad, donde encontraron a una mujer con graves heridas de balas y en las últimas instancias de su vida. Finalmente, ella moriría en un hospital del lugar. En otra parte del sitio, los agentes encontraron los cuerpos de seis personas, todos muertos a tiros. La madre del chico, Phone Chankhamany, estaba entre los fallecidos.

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Un mes después, la peor matanza masiva del condado de Riverside en la historia reciente sigue envuelta en misterio. Las autoridades no informaron si descubrieron un motivo o si han acotado la búsqueda a algún sospechoso en particular. El Departamento del Sheriff de Riverside rechazó las solicitudes de entrevistas e implementó protecciones de seguridad en los informes del forense para impedir su divulgación.

Las víctimas, que, según el hijo de Chankhamany, eran en su mayoría inmigrantes nuevos de Laos, tienen poco o ningún rastro en papel. No hay registros de propiedad, casos judiciales u otros documentos públicos que puedan ofrecer información sobre sus vidas o conducir a familiares que podrían hacerlo.

Sin embargo, los hechos ilustran un punto brutal: la violencia acecha el mercado ilegal de marihuana de California, que, según las autoridades policiales, empequeñece a su contraparte legal incipiente y comprende una amplia gama de actores, desde cultivadores familiares hasta sofisticadas organizaciones de narcotráfico.

La escena del crimen en Aguanga era un gran sitio de cultivo y procesamiento de marihuana, una “operación de crimen organizado importante”, destacó el sheriff Chad Bianco. Todos en la propiedad, vivos y muertos, eran laosianos.

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Los muertos fueron cinco mujeres, de 44 a 59 años, y dos hombres, de 53 y 64 años. Además de Chankhamany, de 54 años, sus nombres eran Souphanh Pienthiene, Thongpath Luangkoth, Samantha Sourignasak, Khamphour Nanthavongdovane y Vikham y Khamtoune Silimanotham.

El hijo de Chankhamany, a quien The Times no nombra en pos de su seguridad, afirmó que su madre supervisaba el cultivo. Ella había nacido en Laos y llegado a Estados Unidos hace unos 16 años, relató en una entrevista realizada en la casa de su tío.

Varios de los amigos de su madre trabajaban en el cultivo, dijo, junto con un elenco rotatorio de inmigrantes recién llegados de Laos, quienes, incapaces de hablar inglés y con problemas para encontrar empleo, trabajaban y vivían en el sitio hasta que ganaban lo suficiente para seguir adelante. “Por lo general, cuando vienen a Estados Unidos, es lo primero que hacen para ganar dinero”, comentó.

Cerca de 20 personas vivían en la propiedad de Aguanga, informó el sheriff. Algunos se habían alojado en una casa beige de dos pisos, en cuya puerta principal estaba pegada con cinta adhesiva una nota escrita a mano que decía -en inglés-: “Bienvenido a nuestra casa, quítese los zapatos antes de entrar”, y un mensaje similar debajo en laosiano. Otros dormían en carpas y en un remolque.

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Un día después de los tiroteos, los detectives de Bianco seguían la teoría de que múltiples asaltantes los habían llevado a cabo. El Departamento del Sheriff no precisó si esa teoría ha cambiado.

Wade Shannon, agente especial asistente a cargo de las operaciones de la Administración de Control de Drogas (DEA, por sus siglas en inglés) en los condados de Riverside y San Bernardino, señaló que los asesinatos se produjeron durante la temporada alta de cosecha, pero no había señales de que el sitio hubiera sufrido un robo. “Esto no fue un saqueo”, dijo en una entrevista. “Si no fue un robo, están enviando un mensaje”.

Shannon teorizó que los productores estarían operando en el territorio de alguien o aprovechándose de las ganancias de alguien. “Esto intentó enviar un mensaje. La pregunta es: ¿Quién lo hizo?”.

Para considerar quién pudo haber llevado a cabo los asesinatos es necesario tomar en cuenta dónde ocurrieron: el Valle de Anza, un antiguo centro del cultivo de marihuana, y más allá de eso, el Inland Empire, que Shannon describió como “zona cero para el tráfico de drogas en Estados Unidos”.

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La región es favorecida por los narcotraficantes por la misma razón que las compañías navieras: las carreteras interestatales y otras vías importantes la atraviesan, lo cual lleva a varios puntos de distribución en todo el país. Los enormes patios de camiones en Rialto, Colton y Fontana ofrecen un grupo de posibles mensajeros, y la frontera entre Estados Unidos y México -desde la cual fluyen las drogas y los ingresos por sus ventas tanto por tierra como por aire y vía subterránea- no está muy lejos.

Sin embargo, a diferencia de otras drogas como la metanfetamina, que generalmente se sintetiza en “super-laboratorios” en México y se contrabandea al norte, gran parte de la marihuana que sale del Inland Empire es de cosecha propia, explicó Shannon.

La marihuana es más voluminosa que otras drogas y más difícil de esconder en un envío transfronterizo. “Con pantalones holgados, alguien puede esconder una libra de metanfetamina en un bolsillo”, dijo. “La marihuana, no tanto”. Por esta razón, muchos narcotraficantes prefieren cultivar marihuana en Estados Unidos a hacerlo en otros lugares y tratar luego de introducirla en el país.

Shannon dividió a los cultivadores ilegales de marihuana de la región en tres grupos, cada uno con un modus operandi distinto. Los ciudadanos chinos, dijo, montan cultivos sofisticados dentro de las viviendas de alquiler en los suburbios. Por lo general, desvían la electricidad antes de que llegue al medidor y la usan para alimentar luces de cultivo y sistemas de riego de alto voltaje, indicó.

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Así funcionarán dentro de una casa rentada por unos años, y luego abandonan el lugar. Cuando eso ocurre, destacó Shannon, la casa está casi arruinada por la humedad, que genera moho, y el hedor a marihuana se filtra en los paneles de yeso.

Los grupos narcotraficantes mexicanos, añadió Shannon, supervisan los sitios de cultivo más grandes del Inland Empire: campos excavados en terrenos forestales públicos, cuidados por trabajadores mal pagados, irrigados con agua extraída de fuentes públicas y rociados con pesticidas ilegales que pueden envenenar las aguas subterráneas. Una ventaja de cultivar marihuana en tierras públicas, agregó, es que si los operadores son procesados y sus propiedades están sujetas a confiscación, el gobierno no puede apoderarse de la tierra porque ya la posee.

El tercer grupo en el Inland Empire son los productores de Laos, comentó Shannon. Concentrados en el Valle de Anza, normalmente cultivan en cobertizos de madera contrachapada y en casas construidas en terrenos privados.

En la escena en Aguanga donde siete personas fueron asesinadas, los agentes encontraron una rústica casa de cultivo, de madera y cubierta con una lona negra, así como un laboratorio utilizado para extraer el THC de las plantas de marihuana. Recuperaron más de 1.000 libras de marihuana procesada, valorada en millones, precisó el sheriff

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El hijo de Chankhamany destacó que nunca supo a quién vendía su madre la cosecha, aunque una vez mencionó haber llevado una carga hasta Tijuana. Ella estaba en este negocio únicamente para ganar dinero, agregó. “Ella no era una mala persona. Era marihuana, no algo más fuerte, como la metanfetamina”.

Aunque su mamá vivía en el área de Temécula y él en un estado diferente, ella lo llamaba todos los días, dijo, para preguntarle cómo había sido su día y qué había comido. “Siempre decía que me amaba antes de colgar”, recordó.

Este verano, después de terminar su primer año de preparatoria, el joven se quedó con su madre en Aguanga, donde la ayudó a cuidar de su cosecha desde mediados de julio hasta la primera semana de agosto. Se habría quedado más tiempo, comentó, si algunos amigos de la escuela no lo hubieran convencido de regresar para asistir a un cumpleaños. “Si todavía estuviera allí", dijo lentamente, “no sé qué habría pasado”.

El chico recordó que, hace dos o tres años, notó que varios rostros habían desaparecido del campo, rostros de personas que creía eran socios comerciales de su madre. Cuando le preguntó por ellos, su mamá respondió: “Ya no son mis amigos”.

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Él sintió que no se habían separado en buenos términos. Ahora, cuando se pregunta quién pudo haber matado a su madre, vuelve a ese intercambio, a esos rostros. “No creo que haya sido un robo”, reflexionó. “Creo que fue alguien a quien mi mamá no le caía bien”.

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