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EEUU

La Historia no es una carrera “inútil”, enseña pensamiento crítico, una herramienta de la cual Estados Unidos necesita mucho más

Historia

La placa de metal en la puerta del Santuario en el Álamo, en San Antonio Texas.

 

Desde el comienzo de la Gran Recesión, en 2007, la carrera de Historia perdió una importante cantidad de inscriptos en el mundo académico, disminuyendo del 2.2% al 1.7% de todos los títulos universitarios. La clase que se graduó en 2014, la más reciente de la que se conocen datos nacionales, incluyó un 9% menos de Historia que en 2013, lo cual agravó la baja del 2.8% del 2012. La caída es más pronunciada en las grandes universidades de investigación y en las prestigiosas academias de artes liberales.

Esto es desafortunado, no solo para dichas instituciones, sino también para nuestra economía y política.

Por supuesto, no se trata sólo de la historia. Los estudiantes también están menospreciando otras disciplinas de humanidades como Filosofía, Literatura, Lingüística e Idiomas. En general, las disciplinas básicas de humanidades constituyeron solo el 6.1% de todos los títulos de licenciatura otorgados en 2014, la proporción más baja desde que comenzó la recolección sistemática de datos sobre carreras universitarias, en 1948.

La sabiduría convencional ofrece respuestas fáciles para estas tendencias: los estudiantes (a veces presionados por los padres, que pagan la matrícula) eligen los campos con mayor probabilidad de obtener un empleo bien remunerado después de la graduación, algo "útil” como negocios (19% de los diplomas) u orientado a la tecnología. Pero la Historia parece ser una mala apuesta.

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Los políticos recurren a esas simplicidades y las perpetúan -desde el empuje del presidente Barack Obama contra el valor de un título en Historia del arte hasta el comentario del senador Marco Rubio, de que los soldadores ganan más que los filósofos-. Los gobernadores se oponen al gasto público en carreras universitarias “inútiles”. La Historia, al igual que otras carreras humanistas, podrá preparar a nuestros jóvenes para ser ciudadanos, pero supuestamente no prepara trabajadores, al menos no a los bien pagados.

La disminución de candidatos a abogados en los últimos años extiende esta lógica, ya que la carrera de Historia fue considerada durante mucho tiempo como la mejor preparación para la escuela de leyes. La otra carrera profesional convencional para estudiantes de Historia es la Enseñanza, pero también sufre de una débil demanda gracias a la presión sobre los presupuestos de las escuelas públicas.

Un historiador, sin embargo, sabría que es esencial mirar más allá de esa lógica simplista. Sí, en los primeros años después de la graduación las carreras STEM y de negocios tienen perspectivas de trabajo más obvias, especialmente en ingeniería e informática. Y en nuestro contexto económico marcado por la recesión, por supuesto los estudiantes están interesados en conseguir ese primer empleo.

Sin embargo, a largo plazo, los graduados en Historia y otras disciplinas humanistas tienen un buen desempeño financiero. Rubio se sorprendería al saber que, después de 15 años, los estudiantes de Filosofía tienen carreras más lucrativas que los graduados universitarios con títulos comerciales. Los salarios de mitad de carrera de los licenciados en Historia están a la par con los licenciados en negocios. Especialmente, estos hallazgos salariales excluyen a quienes continuaron y obtuvieron un título en leyes u otro.

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La utilidad de las disciplinas que preparan a los pensadores críticos escapa de las oficinas de personal, los expertos y los políticos (algunos de los cuales tal vez prefieran que las universidades gradúen a más seguidores y menos líderes), pero no debería ser así. Los mercados laborales en los Estados Unidos y otros países son inestables e impredecibles. En este entorno, especialmente teniendo en cuenta la expectativa de cambios profesionales, los títulos más útiles son aquellos que pueden abrir múltiples puertas, y que preparan a la gente para aprender en lugar de hacer algo específico.

Todos los grados de artes liberales exigen ese tipo de aprendizaje, así como las virtudes del pensamiento crítico y las habilidades de comunicación claras que se invocan con frecuencia. Los estudiantes de Historia, en particular, tamizan una cantidad sustancial de información, la organizan y le dan sentido. En el proceso, aprenden a inferir qué impulsa y motiva el comportamiento humano, desde las elecciones hasta los movimientos sociales y las salas de juntas.

Los empleadores interesados en reclutar a los futuros gerentes deben entender (y muchos lo hacen) que el pensamiento histórico prepara para el liderazgo porque la historia se trata de cambios: visualizar, planificar y hacer que algo perdure. En una temporada de elecciones, se nos recuerda regularmente que el éxito a menudo es de quien pueda articular la narrativa más convincente. Los estudiantes de Historia aprenden a hacer precisamente eso.

Todo tiene una historia. Pensar históricamente es reconocer que todos los problemas, todas las situaciones, todas las instituciones existen en contextos que deben ser comprendidos, antes de poder tomar decisiones informadas. Ninguna entidad (corporativa, gubernamental, sin fines de lucro…) puede permitirse no tener un historiador en la mesa. Necesitamos más estudiantes de Historia, no menos.

 

James Grossman es el director ejecutivo de la Asociación Estadounidense de Historia.

Para leer este artículo en inglés, haga clic aquí:


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