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Crítico del manejo del COVID-19 por parte de China, este hombre de Wuhan sigue totalmente aislado un año después del bloqueo

Zhu Tao of Wuhan, China, points to his stockpile of supplies in his home.
Zhu Tao, quien ha criticado el manejo del gobierno chino del brote de coronavirus en Wuhan, almacena suministros en su casa.
(Ng Han Guan / Associated Press)

A un año de su bloqueo total por coronavirus, Wuhan ha vuelto a la vida hace ya mucho tiempo, pero Zhu Tao permanece refugiado en su apartamento del piso 14, donde pasa sus días desplazando su vista por noticias lúgubres, jugando al fútbol virtual en su PlayStation y sintiendo que China se tambalea al borde del colapso.

Ha gastado miles de dólares -los ahorros de toda su vida- almacenando cecina de res y barras de chocolate, botellas de agua, sacos de arroz, mascarillas, alcohol y toallitas desinfectantes, y un panel solar valuado en $900 dólares.

Lo que atormenta a Zhu es el temor de que el coronavirus pueda regresar; que, una vez más, el gobierno oculte la verdad y en Wuhan se imponga nuevamente un bloqueo.

“Mi estado es el de comer y esperar la muerte, comer y esperar la muerte”, reconoció Zhu, con un corte de pelo hecho por él mismo, ya que no se atreve a aventurarse a la barbería. “La gente como yo puede ser la minoría, pero me lo tomo muy en serio”.

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Zhu, un fundidor de 44 años en la planta siderúrgica estatal de Wuhan, está fuera de la corriente principal en China. Es un duro crítico del gobierno, manifestante intermitente y partidario del movimiento democrático de Hong Kong.

Él y otros que desean expresar públicamente tales opiniones son ridiculizados, descartados o silenciados. Son una minoría en una China cada vez más autoritaria y próspera, donde hay menos tolerancia a las protestas y menor apetito por participar en ellas.

Al comienzo del brote de Wuhan, que luego se extendería por todo el mundo, Zhu ignoró las noticias de los medios estatales que minimizaban el coronavirus y se quedó en casa, una medida que pudo haberlo salvado a él, a su esposa y a su hijo, de la infección. En pocos meses, cuando estalló la ira del público contra las autoridades que ocultaban información crítica, Zhu sintió que su cautela inicial estaba justificada, al igual que su profunda sospecha hacia los funcionarios.

Pero cuando el invierno se convirtió en primavera y se levantó el bloqueo de Wuhan, el estado de ánimo cambió. Ahora, los jóvenes ricos de Wuhan beben botellas caras de whisky y bailan al ritmo de la música electrónica en los elegantes clubes nocturnos de la ciudad. Miles de personas abarrotan la calle Jianghan, la principal arteria comercial de la ciudad.

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Antes considerado como alguien de pensamiento profético, Zhu ahora se ha convertido en un paria, y su sentimiento antiestatal está cada vez más en desacuerdo con la ortodoxia del gobierno. El hombre ha enajenado a sus suegros y vecinos, fue detenido y sometido a vigilancia; mientras se prepara para otra ola de infección, se pregunta cómo es posible que todos a su alrededor sigan con su vida como siempre.

“Este es el evento histórico más grande del último siglo”, comentó Zhu. “Pero todos han vuelto a sus vidas, como antes de la epidemia... ¿Cómo pueden estar tan entumecidos, ser tan indiferentes, como si no experimentaran nada en absoluto?”.

Zhu creció en la década de 1980, una era políticamente abierta en China, cuando los maestros a veces tocaban conceptos como democracia y libertad de expresión, después del desastroso tumulto de la Revolución Cultural de 1966-1976, de Mao Zedong.

Ello encajaba con esa naturaleza que Zhu describe como “muy traviesa, muy rebelde” y con sus instintos intelectuales, que se reflejan en las referencias literarias que lanza a la conversación a pesar de no haber ido nunca a la universidad.

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Era solo un niño durante las protestas de Tiananmen, en 1989, cuando cientos de miles acudieron a la plaza central de Beijing para exigir derechos democráticos. En los años posteriores a la sangrienta represión militar contra los manifestantes, leyó más sobre ello, y se sintió un tanto comprensivo incluso cuando otros eran cínicos, indiferentes o incluso partidarios del gobierno del Partido Comunista, conquistados por la creciente prosperidad de China.

Cuando Zhu se conectó por primera vez a internet, hace más de una década, descubrió a otros que compartían su forma de pensar. China aún no había desarrollado la sofisticada fuerza policial de internet que patrulla la web hoy en día, y las noticias sin censura sobre el gobierno estallaban constantemente en línea.

La primera controversia que llamó su atención fue un escándalo por leche en polvo contaminada que había matado a seis bebés y enfermado a decenas de miles más. Así, se unió a grupos de chat y reuniones, y comenzó a deslizarse lentamente en círculos disidentes.

Después de que el presidente Xi Jinping, el líder más autoritario de China en décadas, llegó al poder, las opiniones de Zhu le trajeron más y más problemas. En 2014, fue detenido durante un mes después de ponerse una camisa negra y una flor blanca en una plaza de Wuhan, en recuerdo de la represión de la Plaza de Tiananmen. El incidente lo alejó de su hijo adolescente.

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Cuando una misteriosa enfermedad respiratoria comenzó a extenderse por Wuhan, a principios del año pasado, el escepticismo profundamente arraigado de Zhu hacia el gobierno de repente resultó justificado. Después de ver rumores de la enfermedad a fines de diciembre de 2019, comenzó a advertir a sus amigos y familiares. Muchos descartaron sus palabras, pero su esposa y su hijo se quedaron en casa, y ello los salvó de salidas que pronto enfermarían a sus familiares.

La primera en enfermarse fue la tía de su esposa, que comenzó a toser después de una cita con un oftalmólogo, en un hospital donde se estaba propagando el virus. A continuación siguió la prima de su esposa, que la había acompañado al mismo hospital. Luego fue la madre de su vecino.

Después llegó el bloqueo, proclamado sin previo aviso el 23 de enero de 2020, a las 2 a.m. Wuhan tropezó con la historia, y se convirtió en el epicentro de la mayor cuarentena de la historia. El coronavirus devastó la ciudad de 11 millones, arrasó hospitales y mató a miles.

Zhu sintió una gran satisfacción al comprobar que tenía razón. Observó en las redes sociales cómo estallaba la ira pública, alcanzando un punto álgido en febrero de 2020 con la muerte de Li Wenliang, un médico que fue castigado por advertir a otros sobre la enfermedad que acabaría con su propia vida.

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Esa noche, Zhu estaba pegado a su teléfono, recorriendo cientos de publicaciones que denunciaban censura. Algunos hashtags exigían libertad de expresión; había una cita de Li en una revista china poco antes de su muerte: “Una sociedad sana no debería tener una sola voz”.

A primera hora de la mañana siguiente, muchos de los posteos habían sido eliminados por la censura. En el certificado de defunción de la prima de su esposa, los médicos escribieron como causa una infección pulmonar común, aunque había dado positivo por el coronavirus. Eso profundizó las sospechas de Zhu, de que los casos se estaban contando muy poco. “Me encontraba tan enojado que dolía”, reconoció. “No tenía dónde dar rienda suelta a mis emociones. Quieres matar a alguien, estás tan enojado…”

El brote tensó sus relaciones personales. Su vecino, un amigo de la infancia, se peleó con él cuando los médicos le dijeron a su madre que solo tenía una infección pulmonar común. “Le pregunté: '¿Cómo puedes estar seguro de que lo que te dijo el hospital es verdad?’”, recordó Zhu. “‘Deberías tener cuidado’”.

Una semana después, la madre de su amigo murió. En su certificado de defunción, se indicó COVID-19 como la causa. Ambos discutieron el día en que la mujer falleció, y el amigo de Zhu lo acusó de maldecir a su madre. No han vuelto a hablar desde entonces.

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En abril de 2020, después de 76 días, se levantó el bloqueo. Pero mientras otros regresaban al trabajo, Zhu pidió un año de licencia médica y se encerró. Su cuarentena ha durado casi 400 días, y sigue adelante.

En Wuhan, círculos de disidentes se reúnen en chats encriptados para intercambiar datos de inteligencia. En pequeñas reuniones con té, se quejan de las inconsistencias en la línea del partido con un toque de orgullo, diciendo que se salvaron del coronavirus al no confiar en el gobierno.

Pero bajo la atenta mirada de las cámaras estatales y los censores, hay poco espacio para organizarse o conectarse. Antes del aniversario del bloqueo, este año, la policía sacó al menos a un disidente de Wuhan. Fue convertido en un bei luyou, o “turista”, el término lúdico utilizado por los activistas para describir cómo la policía se lleva a los alborotadores a unas ‘vacaciones’ involuntarias en momentos delicados.

En su autocuarentena, Zhu encuentra consuelo en la literatura. Se siente atraído por los escritores soviéticos que se burlaban del vasto aparato de propaganda de Moscú. También está convencido de que el coronavirus podría estar propagándose ampliamente, a pesar de que el recuento oficial de casos de China es ahora mucho más bajo que el de la mayoría de los demás países. “Han mentido durante tanto tiempo”, afirmó, “tanto tiempo que, incluso si comenzaran a decirme la verdad, no lo creería”.

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