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El presidente Nayib Bukele busca el control del Congreso salvadoreño, lo que podría deteriorar aún más la democracia

A man hands political literature to a motorist
Christopher Díaz distribuye textos políticos con la foto del presidente salvadoreño Nayib Bukele a los conductores en San Salvador.
(Soudi Jiménez / Los Angeles Times )

El partido del presidente Nayib Bukele lidera las encuestas en las elecciones de El Salvador del domingo. Una victoria podría poner más poder en sus manos en medio de una democracia tambaleante.

Al transitar por las carreteras de El Salvador, es común ver anuncios azul claro en vallas publicitarias y autobuses, color que identifica al partido Nuevas Ideas (NI), que el domingo participó por primera vez en las elecciones de alcaldes y diputados.

Más allá de su ubicuo color, la campaña electoral de Nuevas Ideas gira en torno a la figura de Nayib Bukele, el “presidente más guapo y cool del mundo”, como se autoproclamó poco después de tomar el poder el 1 de junio de 2019.

Muchos creen que las elecciones de este domingo son la clave para el futuro de esta atribulada nación centroamericana, que aún lucha por recuperarse de su calamitosa guerra civil de 1980-92 y las secuelas de la corrupción endémica, la desigualdad y la violencia alimentada por las drogas. Si Bukele asegura el respaldo de una mayoría de legisladores de su propio partido y sus aliados políticos, los críticos dicen que podrá consolidar un poder ejecutivo que se ha vuelto cada vez más autocrático, intolerante y militante.

Los partidos de oposición y los defensores de los derechos humanos denunciaron a Bukele por enviar tropas federales el 9 de febrero de 2020 a la Asamblea Legislativa salvadoreña, para crear presión a fin de aprobar un préstamo para la compra de nuevos equipos de seguridad. Las escenas subsiguientes de soldados armados invadiendo la cámara dejaron atónitos a los salvadoreños, quienes recordaron la época brutal en la que tanques y helicópteros del gobierno acribillaron a civiles y guerrilleros, dejando al menos 75.000 muertos.

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A woman  stands in front of a monument in San Salvador.
Tatiana Alemán señaló que la interferencia del presidente Nayib Bukele en el Congreso el 9 de febrero de 2020 revivió oscuros recuerdos de la dictadura militar de El Salvador.
(Soudi Jiménez / Los Angeles Times )

Pero al igual que otros populistas que han llegado al poder en los últimos años, el presidente de 39 años, un exalcalde de la capital, San Salvador, que se define a sí mismo como un pragmático político, cuenta con seguidores devotos entre quienes desconfían del poder y creen que su país necesita un hombre fuerte independiente para sacudir el statu quo. Según una encuesta reciente, el 68.8% de los encuestados planea apoyar al partido de Bukele en la elección del domingo.

“Bukele tiene mucha aceptación social, [algo] que no se había tenido antes”, señaló Christopher Díaz, de 20 años, quien junto con otros jóvenes estaba repartiendo calendarios, volantes y folletos con la foto del presidente a los transeúntes en una tarde calurosa frente a la Plaza El Salvador del Mundo, en San Salvador.

José Miguel Vivanco, abogado y director de la división de las Américas de Human Rights Watch, indicó que el gobierno de Biden debe desempeñar un papel crucial para frenar el liderazgo violador de la ley impulsado por la personalidad de Bukele. El presidente salvadoreño ha desobedecido sentencias de la Sala Constitucional de la Corte Suprema de Justicia, entre ellas las que le prohibían confinar a personas en centros de contención por violar las medidas de cuarentena relacionadas con el COVID, explicó Vivanco.

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“Ha promovido un ambiente hostil para la prensa independiente y las organizaciones de derechos humanos, utilizando las redes sociales para atacarlos y estigmatizarlos”, agregó Vivanco. “Si su partido gana la mayoría en la Asamblea, mi temor es que avance con una reforma constitucional que le permita concentrar aún más el poder en sus manos y ser reelegido para intentar perpetuarse en el cargo”.

Two people hold a sign denouncing El Salvador's president
Dos personas en San Salvador sostienen un cartel denunciando al presidente y su injerencia en la Asamblea Legislativa.
(Soudi Jiménez / Los Angeles Times en Español)

En Estados Unidos, que durante décadas ha tenido un dominio político y económico sobre el país de 6.5 millones de habitantes, algunos miembros del Congreso y funcionarios de política exterior temen que darle más fuerza a Bukele puede destruir el Estado de derecho y la separación de poderes de El Salvador.

“Estoy muy preocupada por las condiciones en El Salvador”, señaló Norma Torres, congresista de Estados Unidos (demócrata de Pomona), quien monitorea de cerca a Centroamérica.

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“Sé que desde el principio el presidente no ha tenido el apoyo [legislativo]”, agregó Torres, quien es de origen guatemalteco. “Pero eso no significa que podamos abandonar nuestra responsabilidad de promover la estabilidad en El Salvador”.

Torres señaló que la Casa Blanca de Biden prestará más atención a los países del Triángulo Norte, El Salvador, Honduras y Guatemala, y mostrará una mayor preocupación por los derechos humanos y el Estado de derecho allí, en comparación con la administración Trump.

“Tenemos un presidente que no va a tolerar dictadores, que no va a tolerar simplemente enviar dinero allí sin tener transparencia, sin un plan de seguridad y un plan de inmigración”, expuso.

Veinte meses después de asumir el cargo, Bukele es bastante popular. Según una encuesta de la Universidad Francisco Gavidia (UFG) en San Salvador, recibió una calificación favorable de 8.8 en una escala de 10 por su manejo de la pandemia y sus calificaciones generales de favorabilidad son comparables.

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“Es un presidente bastante blindado”, comentó Óscar Picardo, director del Centro de Estudios Ciudadanos de la UFG. “Ha canalizado ese malestar ciudadano. Ha señalado con el dedo a los culpables”.

Los observadores cautelosos dicen que Bukele ha seguido un manual de jugadas demagógico. Publicista y empresario de profesión, fue elegido alcalde del pequeño municipio de Nuevo Cuscatlán, en el departamento de La Libertad, en 2012. Antes de finalizar su mandato, lanzó una exitosa campaña para la alcaldía de San Salvador.

En ambas contiendas se postuló como candidato del partido izquierdista Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN), que luego de que terminó la guerra civil surgió de los restos de la organización guerrillera de izquierda que había luchado contra el gobierno respaldado por Estados Unidos. Pero Bukele pronto adoptó una postura irreverente y crítica hacia el FMLN, un primer paso para separarse de su propio partido.

Al mismo tiempo, ganaba terreno con la juventud salvadoreña a través de su dominio de las redes sociales. Su plataforma favorita era Twitter, en la que fundamentó su campaña para convertirse en presidente a los 37 años, el más joven en la historia de El Salvador.

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Después de que el FMLN lo expulsara en octubre de 2017, Bukele comenzó a sentar las bases para fundar su propio partido. A través de una serie de maniobras, finalmente se unió al partido de centro derecha Gran Alianza para la Unidad Nacional (GANA), que lo respaldó para la presidencia. Fundó el partido Nuevas Ideas en agosto de 2018.

Entre 1989 y 2019, El Salvador fue gobernado primero por el partido de extrema derecha Alianza Republicana Nacionalista (ARENA), y más recientemente por el FMLN. La corrupción proliferó bajo ambos. Bukele aprovechó la apatía electoral en un país sumido en la pobreza, la inseguridad y el desempleo, los mismos factores que impulsan la emigración. (Según el Pew Research Center, 2.3 millones de personas de ascendencia salvadoreña viven en Estados Unidos).

En las elecciones de 2019, Bukele obtuvo 1.4 millones de votos y fue elegido por solo el 25% del electorado de 5.6 millones de votantes. El abstencionismo fue superior al 50%.

Raúl Hinojosa-Ojeda, profesor de ciencias políticas en UCLA, explicó que en el gobierno de Bukele “están surgiendo tendencias autoritarias y eso es preocupante”.

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“Está atacando el proceso de partidos y creando más un culto a la personalidad”, agregó.

El domingo, los votantes eligieron a 262 alcaldes, 20 legisladores para servir en el Parlamento Centroamericano y 84 legisladores para el congreso salvadoreño, conocido como Asamblea Legislativa.

A woman points in her yard in Perquín, El Salvador
María Esposoria, quien vive en la localidad de Perquín, El Salvador, es una exguerrillera que dice que el domingo votará por el partido del presidente Nayib Bukele.
(Soudi Jiménez / Los Angeles Times )

Entre los que votaron estuvo María Esposoria, quien se instaló en 1993 en el municipio nororiental de Perquín, en el departamento de Morazán, un antiguo bastión guerrillero cerca de la frontera con Honduras, poco después de que se silenciaran las balas y los cañones.

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La viuda de 57 años lava ropa por menos de $30 semanales para alimentar a sus hijos y nietos, quienes viven con ella en una casa de bloques de concreto con techo de tejas y sin alcantarillado.

Esposoria y su difunto esposo lucharon del lado de la guerrilla durante la década de los ochenta; hacía tortillas durante el día y agarraba su M-16 por la noche. Uno de sus ocho hijos nació en medio de un tiroteo. “Pasaban los morteros encima”, relató.

Pero después de votar por el FMLN durante 10 años, la excombatiente no vio ningún cambio en sus condiciones de vida. En las elecciones de este domingo cambió su voto para el Congreso, del rojo del FMLN, al azul claro de NI.

El voto de Esposoria es otro que perderá el izquierdista FMLN en Morazán. Aquí, en las elecciones presidenciales de 2014, el candidato de izquierda Salvador Sánchez Cerén obtuvo 47.232 votos. Pero en 2019, el partido exguerrillero recibió menos de la mitad de ese número, 23.102, mientras que el partido de derecha GANA triunfó con 31.649 votos, lo que ayudó a llevar a Bukele a la presidencia.

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“No es que espere grandes cosas, por lo menos ver un poquito”, comentó Esposoria con tono resignado.

Al igual que otros populistas, Bukele busca presentarse a sí mismo como una figura de la ley y el orden, capaz de domar la terrible brutalidad de las bandas de narcotraficantes de El Salvador. En 2020, según informes del gobierno, hubo 1.322 homicidios en ese país, una caída del 45% con respecto al año anterior.

“La reducción de la violencia homicida se debe a la estrategia, la política y el plan impulsado por el presidente Nayib Bukele”, señaló Ricardo Sosa, criminólogo.

Muchos consideran que la policía ha aumentado su presencia en ciertas localidades bajo el “plan control territorial” del gobierno de Bukele.

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“Ahora veo las patrullas, la policía hace recorridos por los barrios a pie. Antes ni siquiera salían de sus vehículos”, dijo Christopher Díaz, estudiante de la Universidad de El Salvador.

Sin embargo, según otros expertos en delincuencia y el diario digital El Faro, los homicidios se han reducido, al menos en parte, porque representantes del gobierno de Bukele negociaron con los cabecillas de la pandilla MS-13 para aumentar los beneficios a los pandilleros encarcelados, incluido no mezclar miembros de este grupo con sus rivales, Barrio 18, en la misma celda.

Para pulir aún más sus credenciales populistas, Bukele ha atrapado el apoyo de las comunidades de fe al cultivar una imagen de religiosidad profunda en un país donde la proporción de quienes se identifican a sí mismos como evangélicos (39.5%) pronto puede superar a la de los católicos romanos (40.5%).

Mario Vega, pastor general de la Misión Cristiana Elim, sugiere que Bukele, descendiente de abuelos palestinos cristianos, católicos y ortodoxos griegos, y cuyo padre se convirtió al islam y en imán, ha construido con éxito una identidad religiosa que sirve a sus objetivos políticos.

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“Debe haber gente sencilla que esté impresionada con este tipo de actuaciones”, indicó Vega, quien lidera una comunidad evangélica con unas 300 iglesias en todo El Salvador.

Los críticos sostienen que el hábito de Bukele de ocultar las intenciones y operaciones de su gobierno quedó al descubierto durante la crisis del coronavirus. Para hacer frente a la pandemia, la administración del presidente distribuyó canastas de alimentos y subsidios de $300 a aproximadamente 1.5 millones de personas. Pero, según un informe de la Corte de Cuentas de la República, $30 millones de estos fondos fueron a parar a 100.000 personas por criterio desconocido.

“El nivel [actual] de opacidad no lo habíamos tenido antes”, señaló Roberto Rubio, director ejecutivo de la Fundación Nacional de Desarrollo (FUNDE), experto en temas de transparencia pública y acceso a la información.

Danilo Miranda, profesor de ciencias políticas en la Universidad Centroamericana en San Salvador, señaló que Bukele está socavando instituciones que podrían mantener su poder bajo control, como la Corte Suprema de Justicia, la Procuraduría General de la República, la Corte de Ética Gubernamental, el Instituto de Acceso a la Información Pública y la Corte de Cuentas de la República.

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“Nos acercamos a un Estado autoritario, incluso con rasgos fascistas”, indicó Miranda.

En la tarde del 9 de febrero, un grupo de jóvenes con banderas blancas y carteles amarillos se reunieron en el monumento a la Constitución en San Salvador. “F9 Nunca Más” estaba escrito en una manta, refiriéndose a la fecha un año antes cuando Bukele envió tropas a la Asamblea Legislativa.

“Esta acción arbitraria puede ser catalogada como un acto de matonería por parte del presidente Nayib Bukele”, señaló Tatiana Alemán, una estudiante universitaria de 30 años que vestía una camiseta negra y un cubrebocas blanco.

Cuando nació Alemán, en 1990, la guerra civil estaba llegando a su fin y su madre embarazada se trasladaba a su empleo en el centro de San Salvador. “Tenía que ir a trabajar en medio de las balas”, comentó la estudiante.

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Para Alemán, el asalto al Congreso por parte de Bukele el año anterior evocó el pasado sangriento y trágico de su país, así como el temor de que esos tiempos puediesen regresar.

“Esas acciones que supuestamente se quedaron en la década de 1970 y todo lo que desembocó en el conflicto ahora se está viendo”, señaló.

Para leer esta nota en inglés,haga clic aquí.


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