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Postales Argentinas – Fuego: Una mirada externa a la realidad argentina

Un bombero combate las llamas en Córdoba, Argentina, el lunes 12 de octubre de 2020.
Un bombero combate las llamas en Córdoba, Argentina, el lunes 12 de octubre de 2020. (AP Foto/Nicolas Aguilera)
(ASSOCIATED PRESS)

Los incendios forestales han sido un problema crónico en Argentina desde antes de la independencia de este país. Es probable que debido a la enorme extensión territorial argentina (el país es el octavo en el mundo por superficie con más de 3.7 millones de kilómetros cuadrados), durante la época colonial se haya hecho poco para controlar los incendios en las llanuras conocidas como “pampas”.

Con la independencia llegaron también los inmigrantes europeos: según la Universidad Nacional Tres de Febrero, Argentina recibió 4 millones de italianos y españoles entre 1881 y 1914. Yo mismo, como muchos otros argentinos, soy fruto de esa ola inmigratoria, si bien en mi caso algo más tardía: mi padre italiano, y mi madre húngara, se encontraron en Argentina como refugiados luego de la Segunda Guerra Mundial.

La rápida urbanización del país cambió la percepción del problema del fuego entre los habitantes. Y me propuse estudiar este tema durante mi actual visita a este país donde nací.

Según la Asociación de Bomberos Voluntarios de la República Argentina, el primer cuerpo de bomberos formalmente organizado se constituyó en 1884 entre inmigrantes italianos que vivían en el barrio de La Boca, en Buenos Aires. En esas épocas las viviendas eran casi todas de madera y otros materiales inflamables, y por lo tanto la comunidad se organizó para proteger sus casas en las grandes ciudades de los incendios, que ocurrían frecuentemente.

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Pero el problema de los incendios sigue sin resolverse en las zonas rurales de Argentina. En el mes de mi llegada (septiembre 2021) a Buenos Aires, el Reporte de Incendios del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible indicaba que había fuegos activos en las provincias de San Luis, La Rioja y Santa Fe, y un siniestro contenido en Catamarca. Estas son regiones rurales con escasos recursos de los gobiernos locales para proteger al medio ambiente.

Ocasionalmente, los fuegos afectan a zonas altamente sensibles para los intereses económicos de este país. Por ejemplo, en la zona de Bariloche y otras ciudades de la Patagonia que dependían del turismo receptivo internacional, antes del COVID, se propagaron unos incendios en marzo 2021 que afectaron a vastas áreas de la región, en las provincias de Chubut y Río Negro.

En estos casos, la polémica acerca de las políticas a seguir para prevenirlos invade los medios de comunicación hasta que, en forma parecida a los incendios, la controversia se apaga con el pasar del tiempo. Y nunca surgen soluciones institucionales duraderas que logren cambiar la realidad del país.

El fuego como metáfora de elemento transformador también es un componente de uso frecuente en el cine argentino. Mi amigo Gastón Pauls fue el actor protagónico de la cinta “Iluminados por el fuego”, dirigido por el hoy ministro de cultura argentino, el cineasta Tristán Bauer en 2005.

La película está ambientada en el conflicto que Argentina sostuvo con el Reino Unido a principios de los años 80 por el control de las islas Malvinas. Esa derrota militar para Argentina resultó en la muerte de muchos jóvenes bajo el fuego enemigo, algo que sucedió solo poco después de otros años marcados por el fuego en el imaginario nacional: la dictadura militar (1976- 1983), que derivó en el fallecimiento de decenas de miles de personas, muchas de las cuales hoy continúan desaparecidas.

Otro capítulo de la larga iconografía ígnea de mi país se puede encontrar en la epopeya de lo que aquí se conoce como “el éxodo jujeño hacia Tucumán”. En 1812, durante la guerra de independencia contra España, el general argentino Manuel Belgrano, uno de los héroes de nuestras luchas irredentistas, aplicó una política de “tierra quemada” ante el avance de los ejércitos españoles. Como muchos otros ejércitos que usaron los espacios vacíos de un teatro de batalla para ganarle a un ejército más potente, y numéricamente superior, Belgrano logró con las antorchas lo que sus cañones no le podían dar.

Mi historia personal también tiene que ver con el fuego. Pasé parte de mi infancia en la provincia de Salta, en el noroeste del país. Allí crecí en una finca rural en medio de inmensos bosques que cubrían los valles de la región. Entre las especies de árboles que crecían en la zona estaban los “quebrachos”: este es un árbol del género Schinopsis, famoso por su durísima madera que tarda mucho en arder pero que, una vez encendida, continúa quemándose por un largo tiempo.

Recuerdo cuando en Argentina, hace unas décadas, el cultivo de la soja hizo su súbita irrupción en la agricultura nacional. Los agricultores enloquecieron con las fabulosas ganancias que eran posibles con el cultivo de este nuevo “oro verde”, como algunos lo llamaron. Los inmensos bosques de mi querida Salta fueron incendiados para plantar soja en su lugar. Yo miraba de noche los quebrachos que ardían sin nunca apagarse, gigantescas antorchas naranjas que cortaban con su luz la oscuridad campestre.

Uno de los dioses más antiguos de la mitología romana era Vulcano, el dios del fuego. Su culto se fue transformando a través de los siglos, con los cambios sociales del decadente imperio romano, hasta identificarse con el dios griego Hefestos. De la misma forma, el fuego como elemento de cambio en la sociedad argentina asume cada vez nuevos roles, adaptados al entorno político en evolución, pero siempre anclado a sus hirvientes raíces que no podemos ignorar.

*Ricardo Preve es un cineasta y fotógrafo argentino residente en Virginia, Estados Unidos desde 1976. Este editorial es el tercero de cinco de una serie con el título de “Postales argentinas”. @rickpreve en Instagram y Twitter.


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