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POSTALES ARGENTINAS Una mirada externa a la realidad argentina: Agua

(Juliette Toma / Para The Times)

En tiempos de la conquista colonial por parte de los primeros españoles, los dos grandes ríos argentinos, el Paraná y el Uruguay, sirvieron cómo avenidas de acceso al interior de ese vasto país que es Argentina, y donde hoy me encuentro por tres meses.

Pronto ambos ríos fueron también usados por la naciente República Argentina para exportar a todos los rincones del mundo los productos de sus fértiles tierras. El más caudaloso de los dos, el Paraná, acaparó la mayor parte del tráfico fluvial, particularmente luego de la construcción de un puerto industrial en la ciudad de Rosario, ubicada a 300 kilómetros al norte de la capital Buenos Aires, sobre un punto del río donde las aguas aún corrían profundamente.

Debido a su ubicación, cercana a las zonas de producción agropecuaria de la fértil provincia de Santa Fe, Rosario pronto se convirtió en una pujante metrópoli agro-industrial. En épocas de cosecha del maíz, del trigo, y sobre todo de la soja, miles y miles de camiones cargados con granos hacen largas filas ante los silos situados al lado del Paraná, aguardando su turno para descargar, y regresar cuanto antes a las cosechadoras que esperan con más “oro verde”, como aquí le dicen a la soja.

Claro que todo este esquema productivo presupone un caudal de agua estable en el río Paraná, y he aquí la reciente y funesta novedad. El río está en sus niveles más bajos desde 1944, y no hay indicios de que vuelva a recuperar su flujo normal en las próximas semanas. Según el Instituto Nacional del Agua, “no se prevé grandes cambios” hasta finales de noviembre 2021.

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La imposibilidad de grandes buques graneleros de ingresar por el Paraná hasta Rosario ha forzado a las empresas de exportación de cereales a enviar los camiones centenares de kilómetros más al sur, hasta el puerto de Buenos Aires, con los consiguientes aumentos de costos.

Pero no es solo el factor económico lo que preocupa a los millones de habitantes que viven a lo largo de este gran río. El Paraná siempre ha sido una fuente de vida, de esparcimiento, y de libertad de movimiento para los argentinos. Y el bajo caudal del agua ha impactado con mucha fuerza las vidas de los ribereños.

Sirva como ejemplo la reciente cancelación de la edición 32 del Concurso Argentino de Pesca del Surubí. Este es un pez del género Pseudoplatystoma, muy apreciado por su blanca carne, y parte integral de la cocina, y de la cultura, de las poblaciones que residen a los márgenes del río Paraná.

Según informa el diario “Ámbito Financiero” en un reciente artículo, el evento normalmente reúne a más de 600 embarcaciones de pesca deportiva. Y si bien es cierto que la pandemia también influyó en la decisión de los organizadores de cancelar el evento, no cabe duda que la bajante histórica jugó un papel preponderante en la determinación de dejar a tantos pescadores sin probar suerte en la pesca del surubí.

Pero ya sea en los efectos macroeconómicos sobre la agro-industria argentina, o en los decepcionantes resultados para la pesca deportiva que entusiasma a tantos aficionados, lo cierto es que la bajante del Paraná se siente en Argentina como un hecho con signos trágicos, quizá hasta catastróficos.

Y esto trae a la discusión el tema de las políticas sobre el manejo de los recursos hídricos en este país. Siempre ha habido en Argentina un debate sobre el rol del estado nacional, en oposición al sector privado, sobre el manejo de los ríos. El Paraná en particular es muchas veces (justamente) definido como una hidrovía; una autopista fluvial que, al igual que las carreteras terrestres, ha alternado entre un control estatal, y un proceso de privatización que no siempre ha resultado en una gestión exitosa.

La extraordinaria bajante del Paraná ha agudizado la discusión sobre el manejo del dragado, del balizamiento, y de otras obras de mantenimiento de la hidrovía, que ante las dificultades planteadas al tránsito fluvial por la falta de flujo del río han tomado una renovada urgencia.

El debate sobre el agua se amplía a los muchos otros recursos hídricos de la Argentina: desde el río Santa Cruz en la Patagonia sur, testigo del viaje de Charles Darwin cuando este decidió explorarlo durante un desvío de su navegación alrededor del mundo en el velero “Beagle”, hasta la enorme represa hidroeléctrica de Yaciretá sobre el río Uruguay y las controversias acerca de su construcción y manejo, no siempre tan transparentes como se hubiera deseado.

La molécula que compone el agua tiene una estructura muy simple: dos átomos de hidrógeno, y uno de oxígeno. Pero nada es simple en el manejo de este recurso al que ni Argentina, ni ningún otro país de América Latina, puede ignorar sin arriesgarse a perder una parte esencial de su carácter nacional.

*Ricardo Preve es un cineasta y fotógrafo argentino residente en Virginia, Estados Unidos desde 1976. Este editorial es el segundo de cinco de una serie con el título de “Postales argentinas”. @rickpreve en Instagram y Twitter.


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