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ZEDES: El peligroso experimento político en la tierra de Marco Aurelio ‘El hondureño’

Un grupo de migrantes viaja en la plataforma de un camión por una carretera de Santa Rosa de Copán, Honduras
Un grupo de migrantes viaja en la plataforma de un camión por una carretera de Santa Rosa de Copán, Honduras, el viernes 15 de enero de 2021, con la esperanza de llegar a Estados Unidos.
(ASSOCIATED PRESS)

Desde la tarima de `Pollos Míchel`, en la escarpada ladera de un pueblo de nombre San Juancito, se observan enmarcados entre paredones casi verticales de bosque tropical, los vestigios de una era de apogeo que llegó a su fin.

Este paraje es hoy bucólico y privado de su significado histórico para la mayoría de los visitantes a ´Míchel´; posiblemente la pollera con la mejor vista de Honduras y constituye entre los hondureños que ignoran su trascendencia, un popular destino para fotografiarse para a sus redes sociales, pues inspira la ilustración de uno de los billetes de la moneda nacional.

Para bien o para mal, el escenario es un excelente punto de partida para entender al país que actualmente implementa el más agresivo experimento sociopolítico como alternativa al concepto de Estado-Nación.

El billete en cuestión es el de 500 Lempiras. Su color es morado borgoña y muestra la imagen de una explotación minera en La Tigra, montaña de unos 2,200 metros de altura a cuyo pie de monte yace la actual capital, Tegucigalpa.

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La contracara del billete muestra el busto de Ramón Rosa, el principal intelectual detrás del intento de reforma liberal del estado hondureño en tiempos de la presidencia de su primo, Marco Aurelio Soto.

Marco Aurelio fue el principal político reformista en la historia del país y socio local a la vez de la Rosario Mining Company. Son las instalaciones de esa extinta compañía con sede en Nueva York, precisamente, las que figuran en el billete de a 500, ilustrando con acierto la historia dual de Honduras como república independiente y como eterno territorio de explotación dominado por la ética clientelar.

La tentación de Marco Aurelio

En las luces y sombras del gran reformador liberal hondureño de finales del siglo XIX destaca el haber movido la capital del ancho y llano valle de Comayagua a la corrugada ribera del río Choluteca donde se ubica Tegucigalpa. Justificado o no, ese movimiento hacia un paraje poco prometedor para el desarrollo urbano e industrial condicionó el devenir del país.

Al margen de las consecuencias para el destino nacional, a Soto le permitió ejercer el poder con la posibilidad de supervisar la explotación minera de la cuál él era socio. El Estado de Honduras celebra ese hecho desde 1997 con la escena que ilustra su billete de máximo valor, que equivale a poco menos de $20 USD.

Pero Soto también tiene su propio billete, el de 2, que equivale a $.082 USD al cambio del día de esta publicación. Es de un similar color morado, lo que ha hecho que más de alguno lo confunda con el de 500, pagando de más o de menos ante la dificultad de reconocer su verdadero valor.

El mismo efecto confuso ocurre a la hora de sopesar el legado del último gran reformador de Honduras. En el billete de 2 figura el antiguo puerto de Amapala a pies del volcán extinto de la Isla del Tigre, en el Pacífico de Honduras. Allí desembarcó en 1877 el reformista con soldados prestados a él por el presidente Rufino Barrios de Guatemala. Su misión era iniciar, bajo la amenaza de la fuerza, la reforma liberal, que tuvo lugar en Honduras hasta 1883.

Una vez terminada su regencia, Soto vivió un exilio dorado en París, donde su familia disfrutó de los dividendos de la explotación de la mina hondureña hasta que terminaron de dilapidar sus acciones.

La mina de ´La Rosario´, en la primera mitad del siglo XX, llegó a ser una de las minas auríferas y de plata activas más prolífera del mundo, de acuerdo con un artículo publicado en 1961 en Mines Magazine de Colorado, EE. UU, por Kenneth Matheson, ex gerente de ´La Rosario´. De acuerdo con Matheson, de esta mina que produjo más de 100 millones de dólares en sus 74 años de vida entre 1880 y 1954, Soto controló por lo menos 25% de las acciones.

No obstante, desde su acomodada vida parisina, tan acorde a un hombre con su caudal económico, pero tan ajena a sus intereses y arraigos que quedaron atrás en Tegucigalpa, Marco Aurelio Soto escribió sus meditaciones a modo de carta a su contemporáneo Barrios. En ella expresaba su deseo de volver a Honduras a hacer política, pues era allí donde había dejado su corazón. El estadista guatemalteco le respondió a través de otra carta: “es una suerte que hayas dejado el corazón, porque lo demás te lo llevaste”.

Esto fue lo que sucedió en el momento fundacional de Honduras como Estado moderno. Para quienes aplican la teoría de dependencia de senda, como el historiador sociológico de Northwestern University, Patrick Mahoney, lo que sucedió en el último intento serio de reforma nacional ayuda a entender lo que sucede hoy en día.

De acuerdo con Mahoney, la reforma liberal pervertida en Honduras dio pie a que más adelante, en el siglo XX, la debilidad de la negociación local ante los intereses comerciales extranjeros -ingleses en el siglo XIX y estadounidenses en el siglo XX, principalmente-, distorsionaran el sentido soberano nacional y llevasen al país a convertirse en un proyecto de ´liberalismo abortado´. Esto parece haber sido intuido por Ramón Rosa, quien da rostro al billete de 500 lempiras, y quien observó pocos años después del ejercicio del poder que efectuó junto a su primo que “Centroamérica es el país donde menos existe el sentimiento nacional.”

Una combinación de fuerzas de este tipo, cuando el devenir del país es decidido por una dirigencia local que aprendió a lucrarse a cambio de empeorar las condiciones de vida del lugar en el que vive y a ceder su espacio de influencia, tanto territorial como social, lleva a la disolución del sentido de unión. Se forma un arca abierta donde un grupo de gente coexiste sin pacto social que medie entre ellos. Es difícil formar país, pues, cuando es desde el extranjero que se tiene que pensar en el interés nacional a causa del estado enviciado de los representantes locales.

De acuerdo con Rosa, esto exponía a la hoy emproblemada Centroamérica, especialmente a Honduras, a un desbalance de poder, en el que “una potencia extranjera, aprovechándose de nuestros vicios y escándalos, venga a ponernos en regla y nos una y nos gobierne a fuerza de conquista disimulada por inmigraciones y por empresas y reclamada por los fueros de la civilización”.

Honduran flag

El ´estado concesional´ hondureño tiene un mapa forjado por los ´booms´ del momento

La historia de Soto ilustra el modelo de ´estado concesional´. Éste es el término con el que el historiador Darío Euraque define la singularidad de Honduras en un libro acerca de la historia de Centroamérica publicado en el 2020 por la Oxford University Press.

“Es decir, un estado cuya capacidad de generar ingresos para la administración y el ejercicio del poder burocrático no se origina en los impuestos y regímenes de tarifas, sino en mercadear y vender privilegios concesionales sobre los recursos naturales. Esto creó entre sus élites una correspondiente cultura política que perduró como el núcleo de un modelo de negocio y estrategia de políticas públicas que han encarnado sus generaciones posteriores hasta el siglo XXI”.

Sin embargo, no es cuestión sólo de sus élites, sino una práctica culturalmente extendida. Hasta un ´cuidador de carros´ que se autoproclama ´autoridad´ de un tramo de acera pública exigiendo pago personal por aparcar allí, encarna la ética clientelar de un modelo concesional.

Entre el ‘cuidador de carros´ y el presidente de la República hay muchos ejemplos intermedios. La descripción de Euraque, quien fungió también en el 2020 como testigo experto de la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York en el juicio que se celebró en contra de ´Tony´ Hernández, hermano del presidente saliente de Honduras, define, pues, a un estado víctima del entreguismo de sus recursos para el lucro de una clase política y económica autóctona que no suma valor en su afán de enriquecimiento.

Esta clase dirigencial actúa, más bien, contra los intereses de la nación. Hace del lugar en el que ellos mismos y sus familias viven en un yacimiento de explotación; un ´junkyard. ´ El diseño del país, pues, es el diseño de la extracción. Tras su independencia bicentenaria en septiembre del 2021, Honduras se ha desarrollado con la justa improvisación estatal necesaria para hacer operativo el ´boom minero´ del siglo XIX, el ´boom del banano´ del siglo XX, y el ´boom de los parques industriales y maquileros´, que a partir de la década de los 1990 aprovechó el crecimiento exponencial de una población sin calificación laboral.

El mapa actual así lo demuestra con una capital esparcida sobre los quebrados alrededores de un antiguo pueblo minero en las montañas -Tegucigalpa-, una ´capital industrial´ -San Pedro Sula-, que creció como respuesta local al centro de operaciones del enclave bananero en el insoportablemente caluroso corazón del valle de Sula. Este valle costero, por su parte, fue superpoblado con 2 millones de migrantes internos de Honduras y sus descendientes que bajaron a buscar trabajos en las maquilas, cuando el auge de las bananeras fue llevado a su fin para dar paso a un modelo industrial maquilero, en el cuál Honduras sigue 30 años después sin haber evolucionado.

Pero el cómo hacer núcleos urbanos adecuados para los pobres nuevos habitantes que darían vigor a la maquinaria de los parques industriales no fue siquiera contemplado. Los campos de banano se reconvirtieron en área habitacional popular, que se sumergió en su mayoría en 2020 por los huracanes Eta y Iota.

En noviembre del 2020, 75% del valle fue inundado, a diferencia del 25% de afectación que se sufrió en 1998 cuando impactó el Mitch, de acuerdo con la Comisión Permanente de Inundaciones del Valle de Sula. El mismo crecimiento amorfo y sin previsión aconteció en las últimas décadas en la Costa Norte de Honduras, cuyo desarrollo fortuito a la vera de las vías de transporte dejadas abiertas por las bananeras hace que Honduras sea el único país de Centro América tildado al Caribe.

Honduras, pues, es una curiosa nación en la cual, para cruzar de Occidente a Oriente, y de Norte a Sur, es necesario pasar por el norteño Valle de Sula, a escasos kilómetros del Caribe y de la frontera con Guatemala, para cambiar carreteras, pues es éste el centro logístico nacional. Es en el antiguo corazón del enclave bananero, además, donde la selección de fútbol juega sus partidos como anfitrión, pues es donde la afición vive con mayor espontaneidad y de forma más efusiva su identidad nacional, y no en la capital.

Así, el dilema de la historia del desarrollo económico hondureño no discurre sobre si es bueno o no atraer inversión y establecer contactos logísticos y empresariales con puntos de mundo más desarrollados. La paradoja consiste más bien en si los incentivos para hacerlo han sido puestos al servicio de un proyecto nacional, o si la nación ha sido tomada como rehén para cobrar a quien sea que quiera invertir en ella una dádiva clientelar a cambio.

Víctimas de recientes huracanes se refugian abajo de un paso Elevado en San Pedro Sula, Honduras.
(ASSOCIATED PRESS)

Herramientas ´desnacionalizadoras´ concebidas cuando Honduras más se tambaleó

Con estos antecedentes, quiso el destino que en el año 2015 fuese Tegucigalpa, la capital de Marco Aurelio, el hondureño, el sitio de aprobación de una medida legislativa cuya agresividad hacia la soberanía nacional parece no contar con ningún instinto de autopreservación como nación por parte de quienes la aprobaron. En el siglo XXI, lo que los actuales representantes de Honduras apuestan por ofertar en el mercado internacional como ´recurso´ es el derecho a armar un sistema jurídico propio, soberano, y avalado en el concierto de naciones por su anfitrión: el Estado de Honduras.

“Estas zonas autónomas, con sus propias leyes y administración son consideradas verdaderos microestados dentro del Estado de la Nación en la concepción democrática y republicana de Honduras”, explica el economista Fernando García, quien considera que la falta de un debate nacional al respecto, así como los vacíos legales y jurídicos de esta propuesta, hacen de ella una fuerza ´desnacionalizadora´, donde prevalecen intereses económicos de élites por encima de los intereses soberanos de la nación. Sus consecuencias, además, pueden ser virales para el orden y el derecho internacional en las décadas venideras, de acuerdo con sus críticos.

140 años después de Soto, Honduras vive los últimos días de la era de 12 años de Juan Orlando Hernández; la figura central para entender el devenir del país tras el golpe de estado de 2009 hasta la fecha.

“Los impulsores de esta idea son los dirigentes en torno a Hernández, quien era presidente del Congreso en el 2010 cuando se aprobó la ley que antecede a las ZEDE. El Golpe dejó una correlación de fuerzas políticas que permitió al Partido Nacional, junto a otros aliados, tener mayoría calificada en el Congreso. Fueron capaces de hacer reformas constitucionales. Incluyeron a las ZEDES como mecanismo de búsqueda de atracción de inversión extranjera”, explica el economista Hugo Noé Pino, antiguo director del Banco Central de Honduras, entre otros cargos en organismos públicos e internacionales, que en estas elecciones del 2021 ha sido electo como diputado por Libre, partido de la nueva presidenta, Xiomara Castro.

Para Pino, la desconfianza hacia esta iniciativa nace de la sospecha de oportunismo, cortoplacismo y clientelismo por parte de quienes la promulgan. “Ellos tienen una concepción de atracción de inversión extranjera y desarrollo sin claridad acerca de una estrategia de desarrollo nacional hacia donde ir. Buscan mecanismos fáciles y expeditos -y probablemente negocios en los que participar-, que puedan redituarles económicamente algo de beneficio a ellos,” explica Pino, ilustrando la idiosincrasia de esta élite político-económica.

Por otro lado, el abogado Fernando García destaca el profundo carácter antidemocrático con el que las élites políticas de Tegucigalpa aprobaron una medida con la fuerza de cambiar el rumbo y naturaleza del pacto de unión de la nación. El pueblo no fue consultado, sino al contrario, se actuó como si las circunstancias ameritasen medidas dictatoriales. “En nuestra Honduras, es fácil que algunos poderes del estado consideren que tienen la facultad de aplicar normas y disposiciones como si se hubiese sido declarado un estado de excepción,” explica García, esbozando la cultura profundamente antidemocrática y hostil a los pactos sostenidos en el tiempo y a la institucionalidad de Honduras.

¿Y ahora qué?

Durante la última década en Honduras, el reino del narco se expandió aprovechando el vacío de poder de un gobierno central en caos. Paralelamente, la ruptura de los pesos y contrapesos para favorecer la centralización de poder en la silla del presidente Juan Orlando Hernández fue acompañada por una hiperactividad legislativa en la que se aprobaron múltiples concesiones de dudosa legitimidad otorgadas por el Congreso Nacional. Como explica el informe Territorios en Riesgo III de Intermon Oxfam y el centro de investigación local FOSDEH, los proyectos de minerales e hidrocarburos y de generación de energía están cambiando la geografía del país. Si la hiperactividad legislativa de los últimos 12 años que concedió estas explotaciones entra toda en vigor, 5% del territorio nacional estaría comprometido a ellas. Esto representa alrededor de 565 mil hectáreas cuadradas.

Entre esta hiperactividad legislativa, las ZEDE fueron la más agresiva de varias medidas desesperadas ante una situación de colapso social que se vivió tras la convulsión política del 2009. Pudieron convertirse, de haber estado supeditadas al interés nacional, en islas de gobernabilidad. Pero el eterno estado de ingenuidad de una sociedad que ha tenido 200 años de independencia para madurar su proceso de toma de decisiones públicas también juega una parte en que no haya sido así.

En la corta historia hondureña, pues, se ha recurrido a otorgar una concesión extractivista de un recurso propio como una ´estrategia de desarrollo nacional´ para crear algún tipo de brisa económica que alivie del bochorno de una economía poco propensa a auspiciar iniciativas válidas que la doten de vigor. En Honduras, pues, el camino más ancho para hacer dinero no ha sido el emprendedurismo, sino el expolio, y se ha recurrido a nuevas versiones de las soluciones de antes para los problemas magnificados del presente.

“No tenemos la posibilidad de salir adelante, la economía está estancada, no hay posibilidad de aumentar los ingresos fiscales. Estamos en un atolladero y por eso buscamos este tipo de solución,” explicó en defensa de su voto a la legislación precursora de las ZEDE en el 2011 el ya difunto economista y diputado Toribio Aguilera, del Partido PINU, que hoy integra la Alianza de Oposición que gobernará a partir de enero del 2022 y que ha prometido derogarlas.

El partido del extinto diputado Aguilera, quien formó parte de una mayoría multipartidista que aprobó con mayoría calificada la primera legislación que dio lugar a las ZEDE, tendrá la tarea junto al resto de fuerzas políticas que respaldan a la nueva presidente Xiomara Castro, de trascender el paradigma del ´estado concesional.´ Contarán con pocos precedentes históricos nacionales para inspirar una necesaria reforma que haga de Honduras un estado capaz de ofrecer un proyecto de vida a su joven población.

Y para hacerlo, además, tendrán que evitar la tentación de usar una legislación tan potente como las ZEDE para sus propias iniciativas, mientras ésta no esté alineada con los intereses generales de la nación. Si no lo hacen, sencillamente suplantarán a Juan Orlando Hernández en la regencia de su criatura legislativa, que alberga la capacidad de disolver definitivamente la soberanía de los hondureños sobre su territorio, en una especie de consumación del mal augurio expresado por el gran intelectual detrás del momento fundacional de Honduras como estado moderno.

Tras su participación crucial en la reforma liberal abortada de este país, y sin haber participado en el negocio clientelar de la mina de su primo Marco Aurelio, Ramón Rosa acabó con un severo problema de alcoholismo que lo llevó a la tumba. Antes de morir de forma prematura, sin embargo, plasmó una visión realista, aunque triste, la poca salud democrática de la cultura política en la región: “No nos hagamos ilusiones. Nuestros países no son países constituidos, por más que tengamos nominales constituciones y códigos y reglamentos.” Dentro de este contexto, la inédita y agresiva legislación aprobada por Hernández, la ZEDE, es un experimento político a campo abierto.

Es una herramienta jurídica que quedó activa, y en manos próximamente de la oposición, sin que existan antecedentes directos para si será una cura o un veneno para el bienestar del país anfitrión; Honduras. Lo que está claro, es que ha sido concebida para rivalizar con la facultad exclusiva del estado para la impartición de justicia y la creación de leyes, y cabe la posibilidad de que se comporte de forma parecida a una enfermedad autoinmune. En un escenario como éste, pareciera conveniente recordar la frase de Hipócrates, padre de la medicina: “La vida es corta, el arte amplio, la oportunidad fugaz, la decisión difícil, y el experimento peligroso…”


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