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Su aldea en Java estaba inundada siempre: Había que irse

Asiyah (izq) y su esposo Aslori posan para una foto en la casa que abandonaron
Asiyah (izq) y su esposo Aslori posan para una foto en la casa que abandonaron en Mondoliko (Java, Indonesia) tras quedar inhabitable por la crecida del mar. Foto del 5 de septiembre del 2022.
(Dita Alangkara / Associated Press)

Todas las cosechas se habían arruinado y los peces de criaderos se habían escapado de sus estanques. El único camino que conducía a su aldea estaba inundado y el agua seguía subiendo, según Asiyah.

Mujer de 38 años que, al igual que muchos indonesios, usan un solo nombre, Asiyah sabía que había llegado la hora de irse de su casa en la zona costera del norte de Java, como habían hecho ya tantos lugareños en los meses previos. Fue así que, hace dos años, tras pensarlo por meses, le dijo a su marido que había que partir y empezó a empacar.


NOTA DE REDACCIÓN:

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Este despacho fue elaborado en una colaboración con el Pulitzer Center on Crisis Reporting. Es parte de una serie en la que se explora las vidas de personas de todo el mundo que han tenido que dejar sus casas por la crecida de los mares, sequías, altas temperaturas y otros factores causados o exacerbados por el cambio climático.


Java es la isla más poblada del mundo, con 145 millones de habitantes. Los científicos dicen que partes de la isla quedarán bajo el agua en los próximos años como consecuencia de la crecida del mar.

Se ha escrito mucho acerca de Yakarta, la capital de Indonesia, que se encuentra en Java y se está hundiendo. La ciudad está siendo trasladada parcialmente debido a las inundaciones. A otras partes del país vulnerables a las inundaciones, en cambio, se les presta menos atención.

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A unos 500 kilómetros (300 millas) de Yakarta, aldeas enteras sobre el mar de Java están cubiertas por un agua marrón. Los expertos dicen que la crecida de los mares y del oleaje es consecuencia en parte del cambio climático. También inciden un hundimiento gradual de la tierra y el desarrollo.

Mondoliko, la aldea de Asiyah, es una de esas localidades afectadas.

Asiyah sonríe cuando recuerda lo que era Mondoliko cuando ella era joven: Exuberantes arrozales, grandes árboles de cocos y arbustos de chile rojo rodeaban las 200 viviendas de su zona. Ella y sus amigos jugaban en una cancha de fútbol y veían las víboras que se desplazaban por la selva mientras las mariposas bailaban.

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“Todos tenían tierra”, relató. “Todos podíamos cultivar y producir lo que necesitábamos”.

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Hace unos diez años, sin embargo, llegó el agua. De a poco. Al principio, unos centímetros esporádicos. En unos años pasó a ser una presencia constante. Las cosechas y las plantas se arruinaron porque no podían resistir el agua salada. También desaparecieron los insectos y los animales a medida que el mar se tragaba la tierra.

Asiyah dice que los lugareños trataron de adaptarse a las nuevas condiciones y comenzaron a criar peces. Muchos elevaron sus viviendas. Instalaron cercos para frenar los desechos que arrastraba el agua. Durante siete años, Asiyah, su marido, Aslori, de 42 años, y sus dos hijos convivieron con la inundación. El agua llegaba todos los años y se empezaron a notar cambios. Los vecinos se iban en busca de tierras secas. La mezquita ya no anunciaba las oraciones. Hasta los criaderos de peces se estropearon. El mar crecía tanto que rebasaba los estanques y se los llevaba.

Recuerda perfectamente el día en que decidió que debía irse de la casa de toda su vida. Su padre, que vivía con ella, luchaba contra un cáncer óseo y problemas de próstata, y algunos días estaba tan frágil que no podía pararse. Su hijo crecía y cada vez le costaba más llegar a la escuela, que se encontraba a 3 kilómetros (2 millas).

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“Me preocupaba cuando el camino se inundaba. ¿Cómo haríamos para salir adelante?”, expresó Asiyah. “Los chicos no pueden ir a la escuela ni jugar con sus amigos. Así no se puede vivir”.

El nivel del agua seguía subiendo y llegó el momento en que le dijo a su marido que debían irse.

Temprano una mañana, bajo una lluvia torrencial, Asihay y Aslori cargaron todo lo que pudieron en un bote: Fotos de su boda y de la familia, documentos y un frasco de plástico lleno de ingredientes para cocinar.

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Hicieron un recorrido de unos 5 kilómetros (tres millas) hasta Semarang, donde alquilaron un departamento de un dormitorio.

La primera noche Asiyah durmió en el suelo, tratando de calmar a su pequeño, que estaba acongojado.

“Traté de hacerles entender que no había otra salida. No podíamos trabajar y ellos no podían ir a la escuela en Mondoliko”, contó. “Era inhabitable”.

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Asiyah confiesa que, mientras consolaba a su hijo, ella también ansiaba volver a su casa. Pero hubiera sido imposible. El camino estaba inundado.

Otros residentes de Mondoliko se fueron después que ella. Cuando la Associated Press visitó la aldea en noviembre del 2021, había 11 casas ocupadas. En julio del 2022, solo cinco.

Asiyah y sus vecinos son apenas un puñado de los 143 millones de personas que probablemente deban buscar otros horizontes por la crecida de los mares, las sequías, las altas temperaturas y otras catástrofes climáticas en los próximos 30 años, según un informe de este año del Grupo Intergubernamental sobre Cambio Climático de la ONU.

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Algunos vecinos se resisten a irse y viven en casas inundadas.

En Timbulsloko, a 3 kilómetros (2 millas) de la aldea de Asiyah, algunos residentes le subieron el piso a sus casas, donde la gente debe agacharse ahora al ingresar a las viviendas. Quienes no pudieron hacerlo, corren peligro de ser arrastrados por el agua durante una crecida mientras duermen de noche.

Aslori, el esposo de Asiyah, sigue trabajando como pescador cerca de su vieja vivienda y cuando puede va allí a recoger algunas cosas que dejaron.

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A principios de septiembre, en un día en que la marea estaba particularmente baja, Asiyah visitó su antigua casa por primera vez desde que se fue. Unos meses atrás había llorado al ver una foto en un chat del vecindario y notar que el puente que llevaba a su casa había sido barrido por las aguas.

En la casa, no obstante, repasó viejos libros escolares y seleccionó algunas cosas para llevarse.

“Extraño mi casa”, comentó. “Jamás pensé que sería un océano”.


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