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OPINIÓN: Por fin se reabre la frontera ¿Qué aprendimos?

Automóviles esperan en Tijuana, México, para ingresar a Estados Unidos a través del cruce fronterizo de San Ysidro
Automóviles esperan en Tijuana, México, para ingresar a Estados Unidos a través del cruce fronterizo de San Ysidro, en San Diego, el martes 25 de agosto de 2020. (AP Foto/Elliot Spagat)
(ASSOCIATED PRESS)

Hace unos días, el gobierno estadounidense anunció que después de casi 20 meses, reabrirá la frontera terrestre con México a cruces no esenciales de personas completamente vacunadas con vacunas reconocidas por ellos o la Organización Mundial de la Salud y según la definición de cada fabricante, lo que en la mayoría de los casos es 14 días después de la segunda dosis.

El gobierno mexicano se esfuerza en hacer creer que esta reapertura es producto de sus gestiones y cuando estaba cerrada llegó a decir que era un acuerdo conjunto y hasta que se trataba de una propuesta mexicana.

Nada de eso es cierto, la decisión de reabrir la frontera, como en su momento fue la de cerrarla es totalmente estadounidense. Tan es así, que en la práctica la frontera solo se cerró en el sentido sur a norte y para entrar a México no hubo restricción alguna. De hecho, si hubiera sido decisión mexicana cabría preguntarse entonces porque no se cerró al entrar a México o porqué se mantuvo abierta la frontera sur.

Por el contrario, la duración de esta medida pudo haberse reducido mucho si México hubiera hecho lo correcto. Desde un principio se hizo todo mal o por lo menos diferente a lo que hicieron en Estados Unidos. Por iniciativa del propio gobierno mexicano, no se aplicaron suficientes pruebas de detección, lo cual pone en duda casi cualquier cifra, se llevó un pésimo registro de prevalencia y fallecimientos, se minimizaron las medidas preventivas, en particular el uso de cubre bocas, se vacunó muy tarde y en millones de casos con vacunas que no son reconocidas por los vecinos. Eso es malo para todo el país, pero en la frontera con Estados Unidos es darse un balazo en el pie.

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Pero eso no es lo más grave, sino que en todo ese tiempo el gobierno mexicano demostró que no entiende las dinámicas fronterizas y que en consecuencia nada hace por ellas.

Es una lástima porque lo que pasó en las comunidades fronterizas deja muchas lecciones que con esa actitud estamos lejos de aprender.

Se ha hecho énfasis en el aspecto económico. En las pérdidas que provocó la ausencia de clientes mexicanos en los comercios de las ciudades fronterizas estadounidenses. Sin embargo, ese es apenas parte del problema y en todo caso debería preocupar más al lado estadounidense. Quizá se ignora que esos comercios y sus empleados fueron ayudados por su gobierno a diferencia de lo que ocurrió y ocurre del lado mexicano en donde cada uno tuvo que “rascarse con sus propias uñas”.

Muchos de los cruces no esenciales efectivamente son para comprar del otro lado. Los artículos por lo general son mas baratos, hay mas opciones, se respetan las garantías de lo adquirido y el trato al cliente es mucho mejor. Pero para los residentes fronterizos mexicanos el “otro lado” significa mucho más.

Un muy alto porcentaje de los residentes fronterizos tienen familiares directos y amigos que viven del lado estadounidense, en la práctica las familias y los círculos sociales son binacionales y están distribuidas entre los dos lados. Al cerrar la frontera, esta distribución natural y que se da con el paso del tiempo y hasta de generaciones, se convirtió en división. Incluso, aun cuando se estima que la mitad de los residentes fronterizos del lado mexicano no cuentan con visa para poder cruzar, todos viven a su manera la frontera.

Para efectos sociales, la frontera no es un todo sino un conjunto de comunidades locales binacionales. Para los residentes de Ciudad Juárez, por ejemplo, es más importante lo que pasa en la ciudad vecina estadounidense de El Paso que lo que pasa en Chihuahua, la capital del estado y lo mismo se puede decir de los binomios Tijuana-San Diego, Mexicali-Caléxico, los dos Laredos, los dos Nogales, Matamoros-Brownsville, etc.

Esa es la visión que hace falta y cuya ausencia la pandemia hizo evidente, la de regiones binacionales que comparten problemas y que en consecuencia deberían compartir soluciones. Esto incluye, de manera prioritaria el tema de la salud. Parece utópico y no se trata de eliminar la frontera, algo mas utópico aún, pero si en vez de andar festejando las remesas o colgándose medallas que no son suyas, se dispusiera de mecanismos de atención local binacional, por lo menos en estrategias preventivas que vacunaran a los habitantes de la región, más allá del lado en que residan, ganarían todos. Si algo debimos de haber aprendido después de 20 meses es que vacunar solo de un lado o en tiempos muy diferentes, no sirve.

Muchas fronteras se cerraron con la pandemia, pero no tanto tiempo. Veinte meses en una zona que interactúa cotidianamente provoca un daño muy grande en la vida social, económica, cultural y educativa de la región y mas que andar tratando de presentar su reapertura como un logro, se debería de estar pensando qué hacer para que no vuelva a suceder.

Jorge Santibáñez es presidente de Mexa Institute

TW: @mexainstitute


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