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México

OPINIÓN: Daños a nuestras fronteras

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Elementos de la policía militar se colocan junto a una carrertera a la altura de Metapa, en el estado de Chiapas, México. (Marco Ugarte / AP)

(Associated Press)

Una de las múltiples consecuencias negativas del acuerdo migratorio que firmó México con Estados Unidos es el daño que se hará a sus regiones fronterizas.

En el polarizado México donde hoy vivimos, hay opiniones divididas sobre si el acuerdo fue bueno o malo, y los matices intervienen porque algunos sostienen, sobre todo del lado del gobierno y sus alrededores, que no había de otra y que dadas las condiciones el acuerdo es bueno.

En el otro extremo hay quienes sostenemos que el acuerdo es fatal, que somete nuestra soberanía, que se cedió a un chantaje, que se cayó ingenuamente en la trampa de Trump. Poco se reflexiona sobre por qué llegamos a esa situación, aún aceptando que no había de otra.

Las formas son importantes y, en este caso, preocupantes. Es cuestionable la legalidad de que un acuerdo internacional, que compromete a México, se suscriba solamente en inglés, por un director adjunto del lado mexicano y un subsecretario adjunto del lado de Estados Unidos, es decir, funcionarios de tercer o cuarto nivel, y sin haber pasado por ninguno de los congresos.

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Sorprende más aún que no se establezca ningún compromiso numérico o meta explícita. No se sabe qué tanto deberán bajar las detenciones de centroamericanos en Estados Unidos, para que este país se considere satisfecho. ¿Se levantará definitivamente la amenaza de los aranceles a las exportaciones mexicanas hacia Estados Unidos? ¿Se establecerá otro plazo para que México sea otra vez evaluado? ¿México retirará las medidas instrumentadas?

Tampoco se dice cuántos solicitantes de asilo, de qué nacionalidades y bajo qué procedimientos serán enviados a México en la espera de la resolución de su solicitud. Obvio, tampoco se dice cuánto tiempo.

Más allá de que el acuerdo sea bueno o malo, estas imprecisiones perjudicarán la dinámica de las ciudades fronterizas mexicanas, tanto en el norte como en el sur.

Las localidades fronterizas del norte no están preparadas para recibir solicitantes de asilo, menos cuando no se sabe cuántos, de qué nacionalidades, con qué procedimientos y durante cuánto tiempo. Sólo saben que tendrán que recibirlos, atenderlos y proporcionarles servicios de vivienda, educación, salud y empleo.

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 Todo esto se hará, aunque nadie lo sepa, ni los propios solicitantes de asilo, por su bien y por razones humanitarias.

Poco importa que ya de por sí esas localidades tengan carencias y no puedan ofrecer esos servicios a sus propios residentes, o que estos habitantes, por ignorancia, falta de información o por racismo, los rechacen porque les cuesta trabajo acostumbrarse a esta presencia extraña y masiva. Ojalá la sangre no llegue al río. Y todo para nada.

Lo más seguro es que los solicitantes de asilo estén sólo un tiempo en el albergue, un porcentaje muy pequeño tome los empleos que se anunciarán en conferencias de prensa matutinas y la mayoría intentará volver a entrar a Estados Unidos porque no están dispuestos ni a esperar tanto tiempo, ni a hacerlo en las condiciones que les ofrece México.

En el sur de México la cosa no será mejor, se detendrá a todo aquel que parezca migrante indocumentado, como en los peores momentos de la patrulla fronteriza estadounidense. Desde Palacio Nacional, en la ciudad de México, no se entiende la dinámica local de las ciudades fronterizas de la que se depende para sobrevivir.

Por el río Suchiate, en las hoy famosas llantas, cruzan trabajadores, compradores de mercancías que pequeños negocios mexicanos venden a residentes del otro lado del río. Muchos dejarán de hacerlo ante tanta vigilancia, porque al final se necesita la foto para mostrarla al subsecretario adjunto del adjunto que mandará Trump a que nos evalúe, y debemos garantizar que nadie, absolutamente nadie usará esas llantas nunca más.

Ahora ya se dictaron medidas para que nadie transporte migrantes centroamericanos, ni los taxistas. Si eso lo hubieran hecho en los 90 con los mexicanos que iban a Estados Unidos hubieran cerrado Aeroméxico. Sólo falta que les digan a los transportistas cómo saber que alguien es migrante centroamericano indocumentado; el total absurdo.

Y aquí tampoco pasará nada. Los migrantes que tienen la necesidad de migrar buscarán cómo hacerlo. Claro, será más caro, más riesgoso e intervendrá el crimen organizado. El gobierno mexicano sólo ruega que eso pase después de 45 días para no ser mal evaluado.

Si de algo sabemos en México es justamente de cómo los flujos se reacomodan. Lo que se está haciendo no son más que diques en el mar. El daño a las localidades fronterizas, a su dinámica local, a su binacionalidad, en nuestras dos fronteras, puede ser irreversible. Ojalá se entienda.

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* El doctor Jorge Santibáñez es presidente de Mexa Institute


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