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Opinión

Columna: Qué nos dicen -y qué no- las imágenes de edificios en llamas y vitrinas rotas por los saqueos

Un hombre huye del restaurante Sake House mientras éste arde, en Santa Mónica, el domingo.
(Wally Skalij/Los Angeles Times)

Las personas tienden a buscar respuestas después de un incendio, pero rara vez quedan satisfechas con las que reciben.

Hace unos años, mientras cubría los incendios forestales en el norte de California, llegué al condado de Calaveras justo cuando los residentes volvían al lugar y comenzaban la dolorosa búsqueda de respuestas: ¿Por qué el viento llevó la chispa a mi casa pero no a la de mi vecino? ¿Por qué yo sobreviví pero mi amigo murió? ¿Por qué esta ciudad? ¿Por qué a mí?

En lo que va de la temporada, han ocurrido más de 800 incendios en todo California, y todos dejarán algunas de estas dudas después. El fuego posee esa calidad visual y visceral, que da forma a las historias que contamos sobre ellos. Un edificio en llamas tiene su propia narrativa: implica víctimas, villanos y héroes en una sola imagen.

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Pero la narrativa real de los incendios forestales no ofrece argumentos simples a sus víctimas. La gran mayoría de los incendios forestales son provocados por seres humanos: una empresa de servicios públicos que se demoró en hacer reparaciones, un fumador descuidado, un campista negligente. Las casas se destruyen y las personas mueren porque seguimos construyendo comunidades en áreas que sabemos que arderán. Y la causa principal más importante es el cambio climático liderado por el hombre. Las preguntas dolorosas, a menudo, tienen una respuesta dolorosa: el fuego arde por nuestra culpa.

Creo que lo mismo es cierto con el fuego que ardió en las ciudades de Estados Unidos en días pasados, cuando los manifestantes salieron a las calles para exigir justicia por la muerte de George Floyd, quien estaba bajo custodia de cuatro policías. Las llamas ocurrieron por nosotros.

Y a medida que continúan las protestas, nos veo una vez más, buscando argumentos fáciles.

Tratamos de pintar a los agentes involucrados como los monstruos perfectos, y a George Floyd como la víctima perfecta, porque nos es más fácil creer que esta violencia puede explicarse por las fallas morales de las personas, en lugar de por los sistemas racistas que permiten estos comportamientos en todo el país: sistemas que nosotros mismos habilitamos.

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Así que, no nos resultó difícil condenar a Derek Chauvin, quien el viernes fue acusado de asesinato en tercer grado, después de que vimos en video cómo estrangulaba lentamente a Floyd, quien yacía esposado e indefenso en el suelo.

Y cuando comenzaron las protestas, pudimos reconocer que las comunidades negras en todo el país están justificadamente enojadas con un sistema de justicia penal que las demoniza, las trata como infrahumanas, y que lo ha hecho durante siglos. Pero luego las manifestaciones llegaron a la violencia -una muestra de esa ira- y algunos de nosotros pensamos, con razón, que no podemos apoyar la violencia.

Y como no podemos comprender una ira que justifica la destrucción de propiedades y negocios, decidimos que no puede justificarse, en lugar de tratar de comprender la magnitud de la ira. Describimos la violencia como sin sentido, pero no es así.

Pedimos a los manifestantes que esperen a la investigación porque queremos creer que nuestro sistema judicial puede impartir justicia, pero no podemos aceptar que para los estadounidenses negros nunca lo ha hecho.

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Licorerías, sucursales bancarias, cafeterías, la sede del mayor sindicato de Estados Unidos, casi todos los establecimientos cercanos a la Casa Blanca mostraban este lunes las cicatrices de otra noche de violentas protestas ante el inquietante silencio del presidente Donald Trump.

Este fuego arde por nuestra culpa. Y para comprender lo que está sucediendo, debemos tratar de alejarnos de respuestas fáciles y comprender estos incidentes como parte de una historia más amplia, de cómo el racismo alimenta a la policía estadounidense e inflige violencia a las personas negras a diario.

Sé que las familias que perdieron dinero y propiedades durante los disturbios en el centro de Los Ángeles y el distrito de Fairfax el pasado fin de semana no quieren leer esto. No puedo pensar en un objetivo menos merecedor de la violencia que las pequeñas empresas, ya agotadas de luchar contra las amenazas gemelas del coronavirus y la recesión impulsada por la cuarentena. Entiendo por qué ahora se preguntan: ”¿Por qué a mí?”.

Un sentimiento común que escucho es que los disturbios no son la respuesta. Pero la dolorosa verdad es que no se supone que lo sean. Son explícitamente una expresión de ira y frustración, un fuego cuyas chispas caen indiscriminadamente. Una ciudad en llamas sucede cuando la gente pierde la esperanza de obtener respuestas.

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En Los Ángeles, muchos residentes recuerdan lo que es tratar de responder las dudas planteadas por las imágenes de una ciudad en llamas. Y si ha habido una respuesta significativa a las preguntas que se originaron por los disturbios de 1992, o por los de Watts, o los del Zoot Suit, yo nunca la he hallado. Cada pocas décadas en esta ciudad, la violencia nos recuerda que no hemos resuelto estos problemas. Y cuando nos enfocamos sólo en el fuego y por qué ocurre, no podemos comprender que llevan siglos ardiendo.

Los disturbios de 1992 no se pueden entender como sólo unos días en abril. Y no creo que se logre comprender lo que está sucediendo en todo el país mediante algunos videos.

Las imágenes en las redes sociales se están convirtiendo en la forma principal en que intentamos entender incidentes como estos, y su poder como medio es tanto una bendición como una maldición. Nos ofrecen una muestra indiscutible de lo que está sucediendo, y los videos de los testigos han llamado la atención sobre problemas de injusticia racial que de otro modo serían ignorados y minimizados. Pero la historia de una protesta es compleja y larga; las imágenes de edificios en llamas son sólo una pequeña parte de ella. Estas imágenes contienen narraciones repetitivas incorporadas, que nos encierran en los mismos debates agotados, con las idénticas respuestas fáciles.

Habrá imágenes y videos más violentos para analizar e interpretar en los próximos días y semanas. Es importante pensar mucho sobre lo que revelan los clips de edificios en llamas, y sobre aquello que no muestran.

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No exponen el trauma generacional por el racismo y el dolor por innumerables hermanos, hermanas, padres y madres perdidos. No muestran la brutalidad policial bajo la cual viven las comunidades negras. Y no representan a todos los manifestantes que intentan detener a los saqueadores, ni a las miles de personas que se manifestaron pacíficamente, ni a aquellos que se presentan al día siguiente para ayudar a barrer los cristales rotos y ofrecer un hombro para llorar.

No señalo esto para excusar la violencia, sino para prevenirla. Los fuegos que estamos viendo se encendieron con la fundación de nuestra nación, y no se extinguirán hasta que podamos entender por qué arden.

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí.


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