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México es un buen vecino, pero podríamos convertirlo en uno bastante malo

El presidente de México, Enrique Peña Nieto, estrecha la mano de Donald Trump, por entonces candidato republicano a la presidencia, después de una declaración conjunta en Los Pinos, la residencia oficial del primer mandatario, en Ciudad de México, el 31 de agosto de 2016.

El presidente de México, Enrique Peña Nieto, estrecha la mano de Donald Trump, por entonces candidato republicano a la presidencia, después de una declaración conjunta en Los Pinos, la residencia oficial del primer mandatario, en Ciudad de México, el 31 de agosto de 2016.

(Marco Ugarte / Associated Press)

El presidente mexicano Enrique Peña Nieto no se presentó en la Casa Blanca. A finales de la semana pasada, el primer mandatario del país vecino canceló su visita a Washington, D.C., debido a que el presidente Trump no estaba de humor para comprometerse con otro México más que ese que él mismo ha creado en su imaginación.

En toda su campaña presidencial, Trump tejió una narrativa ficticia y distópica de los mexicanos y de su país, como malvados obstáculos de la grandeza estadounidense.

Ya en el cargo, a Trump le tomó apenas días crear la crisis más profunda en las relaciones entre los EE.UU. y México en décadas, reafirmando su intención de construir un muro fronterizo (pagado por vaya uno a saber quién), intensificar las deportaciones de trabajadores que se encuentran en tierra estadounidense indocumentados y desechar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, por sus siglas en inglés).

Si es posible quebrar los pactos diplomáticos vía Twitter, Trump ha estado muy ocupado en ello, intimidando y desafiando a compañías estadounidenses que invierten en México, y amenazando con imponer aranceles de importación unilaterales.

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Los Estados Unidos enfrentan una serie de crisis y retos profundos en el mundo, pero nuestra relación con México, hasta ahora, difícilmente había sido una de ellas. Los lazos con ese país deberían haber estado en la agenda de la nueva administración como importantes activos para salvaguardar y hacer crecer, no en la columna de los pasivos.

En las dos décadas transcurridas desde que NAFTA entró en vigor, México se ha convertido en un país más democrático, con una mayor clase media, más estable y orientado hacia el exterior; se volvió un vecino más parecido al que los EE.UU. siempre habían deseado. El tradicional sentimiento antiestadounidense que había coloreado el discurso político mexicano en buena parte del siglo XX (resumido por el viejo dicho ‘Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los EE.UU.’), ha desaparecido en gran medida.

La migración entre ambos países, contrariamente a lo que se escucha en los medios de comunicación que crearon un receptivo pantano para la narrativa de Trump, ha sido un activo para la economía de América del Norte: proporcionó empleados y trabajadores a las empresas estadounidenses, al mismo tiempo que financió más el desarrollo de México en forma de remesas transfronterizas. Además, la emigración de México alcanzó su punto máximo en 2000, y en los últimos años más mexicanos han abandonado los EE.UU. de los que han llegado.

Trump hace hincapié en el déficit comercial de $60 mil millones de dólares que los EE.UU. tiene con México, pero no se puede perder de vista que México es ahora es segundo comprador de bienes estadounidenses, por un monto de $236,000 millones en 2015. Y, a diferencia de las importaciones estadounidenses de China, cerca del 40% de los componentes industriales de México se producen en los EE.UU. Esto refleja cómo muchas compañías han actuado conforme la promesa del NAFTA, integrando sus cadenas de suministro norteamericanas para hacer de nuestra región una plataforma de fabricación más competitiva.

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Bajo el gobierno de Peña Nieto, México también ha promulgado reformas políticamente sensibles a su sector energético que son absolutamente beneficiosas para los negocios de los EE.UU. y sus intereses de seguridad nacional, y abrió otros sectores de su economía a la inversión estadounidense. El desdén con el que todas estas tendencias positivas han sido abordadas por Trump y sus partidarios dejó a muchos mexicanos con una sensación extraña, tal como declaró el excanciller Jorge Castañeda al New York Times la semana pasada: “Como si nosotros fuéramos Charlie Brown y ellos Lucy con el fútbol”.

Es desafortunado que no haya un apoyo más abierto hacia México de este lado de la frontera, para abogar por la relación, pero hasta ahora la complacencia ha sido un sello distintivo de las actitudes estadounidenses hacia ese país. Los EE.UU. tienen suerte de contar con Canadá y México como vecinos, pero tal como ocurre con la mayoría de las realidades geográficas, esta bendición estratégica se da por sentado. La nuestra es la única gran potencia continental de la historia que tiene el lujo de no tener que desplegar la mayor parte de sus fuerzas armadas para proteger sus fronteras, pese a haberle arrebatado la mitad del territorio a México en una guerra del siglo XIX que Abraham Lincoln calificó como sumamente inmoral. En cambio, casi como un imperio aislado, hemos podido proyectar nuestras fuerzas y nuestra atención a las elites estratégicas, en otras partes del mundo.

Las acciones de la administración Trump, sin oposición, servirán sólo para desestabilizar a México y debilitar a toda la región, incluida la economía nacional. El peso se ha desplomado en valor frente al dólar, lo cual perjudica la capacidad de México para comprar bienes estadounidenses y ampliará el déficit entre ambas naciones. La creciente incertidumbre sobre la integración económica de América del Norte reorientará la inversión manufacturera a Asia. Una desaceleración económica provocada por Trump en México podría, perversamente, aumentar la inmigración ilegal en este país. A la larga, lo peor de todo, es que el ataque retórico y político de Trump a un vecino tan conveniente podría resucitar un desenfrenado sentir antiestadounidense en México y convertir a uno de nuestros incondicionales aliados en algo completamente diferente, más parecido a ese México de la ficción distópica creado por Trump.

A veces, los hechos alternativos pueden convertirse en profecías autocumplidas.

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Traducción: Valeria Agis

Para leer esta historia en inglés haga clic aquí


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