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LIBROS: Kirvin Larios: ‘Ver para seguir viendo’

Para Kirvin Larios, el Cuarto Planeta es un libro más bien dentro de los ocho en la biblioteca de su sistema solar.
(Lina Mejía/Cortesía)

Kirvin Larios (Colombia, Barranquilla, 1993), es un escritor índigo; su literatura no representa a la narrativa gestada en nuestra época en este planeta terrestre rocoso formado hace más de 4.500 millones de años, al que llamamos hogar. Para Kirvin Larios, el cuarto planeta es un libro más bien dentro de los ocho en la biblioteca de su sistema solar; a partir de ahí, crea un método de asociaciones distintas, llamado ‘dispositivo narrativo’, desde este sistema literario, orbita en proximidad de otro mundo: el ensanchamiento poético de todo lo visto e imaginado.

Kirvin Larios es autor del libro de relatos ‘Por eso yo me quedo en casa’ (Destiempo Libros, 2018), y forma parte de la antología de poesía ‘Nuevo sentimentario’ (Luna Libros, 2019).

En entrevista, charlé con Kirvin Larios sobre la niñéz, la cotidianeidad en la literatura, la música, la autoficción, la muerte y los perros.

¿Cuáles son los recuerdos de aquella Barranquilla de los años 90’ que más imperan en tu narrativa?

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En los 90’s transcurrió sólo una parte de mi infancia (nací en el 93). Recuerdo que me gustaba mucho correr. De hecho, al principio consideré que mi libro de relatos ‘Por eso yo me quedo en mi casa’ (Destiempo Libros, 2018) se titulara ‘Razones para salir corriendo’. Pero era un título provisional, que sonaba a manual, y después imaginé que no había razones para huir sino para quedarse, o ambas. Aparte de eso, no he pensado mucho en qué parte de aquellos años ha podido influenciar mi escritura. Quizá el deseo de salir de casa y después regresar, como durante los juegos en la calle, esa tensión de querer irse y quedarse está muy presente en mis textos.

¿Cómo construyes situaciones cotidianas en un mundo completamente particular, como es el caso de los relatos de Por eso yo me quedo en casa (Destiempo, 2018)?

No sé si construyo exactamente situaciones cotidianas. Todo lo que pasa en esos relatos es extraordinario. Pero es probable que lo extraordinario contenga lo ordinario y lo cotidiano, depende de cómo se le mire. En la escritura no hay nada dado. Cuando escribía esos textos, me preguntaba por qué parar en una imagen o en una situación, si podía seguir. Entonces seguía, y a veces esa decisión conducía a la muerte o a la violencia como acto final de los relatos. Supongo que esa violencia es lo cotidiano.

¿Escuchabas música durante la escritura de este libro?

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No escucho música para escribir. Pero como uno escribe también cuando no escribe, había baladas, reguetón; y el rock que las amigas que conocí durante la carrera de Artes Plásticas ponían cuando nos reuníamos a bailar en una casa. También estaba la música de los buses, el estruendo de los conciertos en la Plaza de la Paz, la cumbia de las ruedas de cumbia...

¿Qué tanto hay de ficción en tu relato “Bici”, publicado en El Malpensante? Según Lacan: “la verdad tiene estructura de ficción”. (Por cierto, parece que en el relato estás hablando de mi fraccionamiento –que, a su vez, es todos los fraccionamientos del mundo –en el extrarradio–): “Las calles de este barrio son frescas y solitarias, limpias como pocas, y casi todas las noches hay peleas entre vecinos” (gran íncipit).

Hay ficción y realidad porque la ficción es la realidad, y viceversa. En ese texto, el protagonista deja de saber manejar bicicleta de un momento a otro (como no me interesa pensar en la literatura como un terreno lleno de spoilers – que es como pensar en el texto como una selva sembrada de minas quiebrapatas –, puedo anticipar eso sin sentir que arruino la trama). Lo de no saber manejar bici de un momento a otro nunca me ha pasado. Así que allí todo es ficción, pero por eso es muy real. Siento que me adelanté a algo obvio al escribir ese texto, porque algún día ya no sabré cómo manejar bicicleta. Algún día todos lo que sabemos manejar bicicleta no sabremos cómo hacerlo, sea por vejez, por enfermedad, por debilidad en los huesos. O por muerte. Al proponer esta especie de fábula sobre cómo el aprendizaje y el conocimiento cambian en uno y son inseparables del cuerpo, “Bici” es un cuento sobre prestarle atención a las cosas en el mismo instante en que suceden. Por otra parte, el texto contiene una muestra de lo que dije arriba: la tensión entre salir y quedarse. El personaje sale de su apartamento creyendo que allí corre peligro, y cuando regresa algo cambió. El texto explora la forma en que ocurre ese cambio.

“En este barrio debe morir alguien de vez en cuando”; la muerte no existe en contraposición a la vida sino como parte de ella. ¿Cuál es tu propio concepto de “muerte”?

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Me llama la atención que a la vida sólo la marque y la influencie la muerte. A veces decimos que tal cosa nos “marcó” para siempre, pero no hay nada que nos marque tanto “para siempre” como la muerte, que quizá es lo único que nos marca en toda la vida. La enfermedad y el amor nos marcan porque nos acercan a la muerte. La expresión “debe morir alguien” está dicha en el cuento en un contexto de violencia. Es lo mismo que dicen hoy los gobiernos al anunciar que la gente empezará a salir (obligada) a trabajar para evitar la parálisis de las empresas por la pandemia. Ellos, los trabajadores, deben morir o arriesgarse a hacerlo. La imposición de ese deber morir la sentimos un poco todos. Sabemos o intuimos que hay alguien dispuesto para extender la mano por nosotros, pero para jodernos con la imposición de un deber genocida.

Desde la primera vez que leí a Juan Rulfo, tuve una estrecha relación con los perros – los verdaderos fieles carontes al más allá –. Los perros, casi siempre presentados en la literatura de Rulfo, así, como colectivo, son un marcador de población cercana; para el perseguido, para el que se esconde y busca refugio en una población, o para el que busca ayuda, el ladrido de los perros representa esperanza; pero este animal también es “descalificador”, cuando se compara con un individuo. ¿Qué representa el perro en tu narrativa?

Creo que hasta el cuento “Bici” no había habido perros en mis textos. Para mí, y eso me encanta, son una presencia inesperada, aunque recuerdo que de niño soñaba mucho con perros. Eran perros de ojos brillantes a los que tenía miedo. Ese mismo sueño también lo tenía mi hermano gemelo. Así que a lo mejor soñaba entonces con mi hermano gemelo en forma de perro, y él conmigo. Quizá sea ése el aporte de la infancia a mi escritura: las pesadillas con perros (y con mi hermano gemelo). Pero en “Bici” los perros no son una pesadilla: más bien son la fuga definitiva. Ellos quieren irse para no regresar, a diferencia del protagonista, que no descarta volver. No son ‘mascotas’ ni ‘demonios’, mucho menos ‘los mejores amigos’ del hombre. Son seres sintientes, que nacieron con un propósito propio, como todos los animales y las cosas del mundo.

¿Te han acusado alguna vez de cometer “apología de la violencia” en tus relatos?

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No.

¿Es el Universo un caos para el hombre sin fe?

No son indisociables. Yo tengo fe y a veces soy un caos.

Por otra parte, Kurt Vonnegut decía que: “no existe el orden en el mundo que nos rodea, debemos adaptarnos al caos”.

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No hay que adaptarse a nada: es el mensaje del caos (y de la fe).

“Mis novelas son siempre un Universo urbano, vivo aquí y hablo de ello. A veces me sabe mal, porque me hubiera gustado escribir esos novelones rusos del XIX que suceden en el campo; tengo esa nostalgia, me hubiera gustado describir bellos paisajes rurales. Pero es el azar, uno está obligado a hablar de lo que ha visto”, escribió Patrick Modiano. ¿Qué ha visto Kirvin Larios?

Decir lo que he visto es anecdótico. Prefiero preguntarme qué quiero ver, cómo he visto lo que he visto, pues ver algo no es garantía de nada – ni siquiera de haberlo visto –. Escribir es esa insistencia en el acto de ver: ver para seguir viendo, no para decir lo que ya se vio y punto. Lo que decía Modiano me parece el testimonio de un lector agradecido. La lectura despierta un sistema de asociaciones infinitas. Pero a mí esto no me produce nostalgia, pues creo que ahí está la gracia de la lectura y la escritura: la proximidad de otro mundo en este mundo, el ensanchamiento poético de todo lo visto e imaginado.


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