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‘Borges entendió la literatura como un espacio lleno de vida’

Jorge Luis Borges puede ser atractivo para cualquier persona.
Jorge Luis Borges puede ser atractivo para cualquier persona, es muy didáctico y enseña mucho sobre la literatura y la vida. Por eso vale la pena que cualquier lector hispanohablante lo lea. Toca todos los temas, es universal y, aunque es muy argentino en muchos aspectos, también es bastante latinoamericano.
(EFE)

Con motivo del primer festival internacional que homenajeará al gran autor, el escritor argentino Santiago Llach da claves para acercarse a la obra de esta figura universal de las letras, con menos temor por su complejidad intelectual, y más humor e ironía. “Hay que abordarla como una aventura apasionante”, propone.

El minotauro, los laberintos, las bibliotecas, los héroes, los espejos. También los tigres, esos a los que su vista siguió percibiendo difusamente gracias al manto amarillo de los felinos, el único color que la ceguera le perdonaba.

Así, como obsesiones, o como partículas de ese ‘hecho infinito’ que para él era el mundo, estos son algunos de los temas que impregnan los textos de Jorge Luis Borges, el autor argentino considerado también una de las figuras más trascendentales de la literatura universal, quien el próximo mes, a 122 años de su nacimiento, será homenajeado con el primer encuentro internacional dedicado íntegramente a su obra.

Como anticipo, desde Buenos Aires, ciudad natal de Borges, el escritor Santiago Llach -docente de seminarios y participante invitado del festival- recuerda esa tarde en que tuvo su precoz acercamiento al fascinante autor de El Aleph, gracias a un viejo tomo verde de las ‘Obras completas’, que descansaba desde siempre en la biblioteca familiar —“De alguna manera, creo que ese libro me hipnotizaba”, reconoce- y de una tía abuela profesora de literatura, que a su 10 años le hizo memorizar el poema Ajedrez. “Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada/reina, torre directa y peón ladino/sobre lo negro y blanco del camino/buscan y libran su batalla armada…”. “Es algo bien borgeano: me lo grabaron en la cabeza y ahí quedó”, dice Llach ahora. “No se fue jamás”.

Tiempo después, a finales de los años 80, se descubrió del todo aferrado a su obra. En la escuela, el futuro escritor no solo comenzó a esbozar textos intrincados, laberínticos, con falsas notas al pie, sino que se sentía, tal como su amado Borges en otros tiempos, un adolescente tímido y retraído, con los libros como único refugio.

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Curiosamente, seducir hoy a las nuevas generaciones con Borges implica un desafío para muchos educadores, así como abrir puertas para que nuevos públicos adultos accedan y disfruten de sus textos, sobre los que pesa el falso estigma de la erudición y la complejidad intelectual. “La clave”, sostiene Llach, “es recordar que él se estaba divirtiendo”.

Pese a su trascendencia universal, sigue siendo difícil acercar a un sector importante de lectores a Borges. En ese sentido, pareciera existir una deuda de difusión con su obra. ¿Por qué ocurre esto?

Santiago Llach: Me es difícil pensar en términos de ‘deuda’ porque Borges mismo decía que, cuando un libro no gustaba, había que tirarlo. Pero quizás haya dos enfoques respecto a la difusión de la literatura. Uno que tiene que ver con esta época, en la cual convivimos tanto con las pantallas y lo muy urgente como con los libros y la tradición literaria, menos urgentes. Desde esa ambivalencia, acuciados por la inmediatez, podemos pensar que estamos ‘en deuda’ como lectores o como difusores de la lectura.

Por otra parte, es cierto que en el caso particular de Borges, su apariencia demasiado intelectual o compleja puede amedrentar a algunos lectores. Sin embargo, es alguien que puede ser atractivo para cualquier persona, es muy didáctico y enseña mucho sobre la literatura y la vida. Por eso vale la pena que cualquier lector hispanohablante lo lea. Toca todos los temas, es universal y, aunque es muy argentino en muchos aspectos, también es bastante latinoamericano. Hay cuentos donde aparece fuertemente la cuestión latinoamericana, como La escritura del dios (El Aleph, 1949) o Guayaquil (El informe de Brodie, 1970).

Pese a esa cualidad didáctica, tampoco se lo estudia demasiado en la escuela, donde sí hay contacto con otros grandes clásicos de la literatura…

Borges es extraño. En algún sentido, puede espantar un poco a algunos lectores adolescentes, pero muchos otros se pueden fascinar con esos mundos que él presenta, que son casi como esas sagas fantásticas que tantísimos jóvenes disfrutan. Pensemos en Las ruinas circulares (Ficciones, 1944), o El inmortal (El Aleph), que presentan una imaginación muy visual.

No hay que olvidar que Borges era, en parte, una especie de niño o adolescente que jugaba con la literatura. Su obra tiene un enorme caudal intelectual, pero en el fondo sus cuentos también pertenecen a un lector adolescente que se divierte con lo fantástico.

Es común encontrarse con adultos que hablan de ese ‘temor’ a Borges, que claudican con su obra por la complejidad intelectual. ¿Cómo vencer esa creencia?

Lo que considero fascinante es que Borges entabla con el lector una relación ladina, ambigua, esquiva, muy provocadora. Su obra es un puñal y una caricia constante: por un lado, llena el camino de trampas y dificultades, para que el lector se desoriente. Ahí es donde alguna gente abandona. Pero quienes se animan a seguir adelante, y logran atravesar esa primera instancia, comprenden que todo era una suerte de tren fantasma: había monstruos de mentira, puestos allí para asustar, pero irreales. Cuando en un texto Borges pone muchas citas, espanta. Otra cosa que atemoriza es que él iba al límite de lo entendible mediante la razón. A veces no se puede entender qué hacen sus personajes, qué es la inmortalidad en El inmortal, o qué es el Aleph. Borges va más allá de la razón, y eso hay que tenerlo presente.

Para perderle el miedo, entonces, hay que recordar que él se estaba divirtiendo y no prestarle demasiada atención a todo ese aparato de citas, porque eso era algo que el propio Borges padecía: la soledad y la erudición.

También es bueno adaptarse lentamente. Si tuviera que sugerir por dónde empezar, quizás El sur (Ficciones, 1956) sea un cuento bastante amable para abordar su obra. También algunos poemas de su etapa ya ciego, posterior a 1955, como Otro poema de los dones (El hacedor, 1960), o Poema conjetural (El otro, el mismo,1964), que son más sentimentales, y algún cuento del final, como El libro de arena (del libro homónimo, 1975) o La intrusa (El informe de Brodie), que pertenecen a una época en la cual él dictaba y, por lo tanto, su lenguaje es menos complejo.

El título de tu charla en el Festival Borges es “Un escritor excitante”. ¿En qué radica la condición de ‘excitante’ en un autor considerado tan teórico y hasta filosófico?

Lo considero excitante porque llegó muy lejos en comprender qué implica leer y qué implica escribir; además de qué tipo de consecuencias tiene el lenguaje. Borges entendió la literatura como un espacio lleno de vida, un ámbito donde se reflejan las mismas pasiones, los mismos deseos, las mismas aventuras que en la realidad. Por eso elegí ese calificativo; para él, la literatura era una aventura apasionante, y lo contagia.

Borges fue muy prolífico; escribió desde la adolescencia hasta una edad muy avanzada. ¿Qué cambió en él, como autor, con el paso del tiempo?

Un cuento que se puede leer al respecto es El otro (El libro de arena) en el cual el viejo Borges se encuentra con el joven Borges y se burla un poco de él. En sus primeros tiempos él fue una persona muy insegura, sobre todo de su lugar como escritor -peleaba mucho con colegas en los años 20- y también por la cuestión amorosa, donde siempre aparecían relaciones platónicas.

La paradoja es que, luego de su juventud dificultosa y combativa, y de su madurez de gran fertilidad literaria, donde llegó a la cumbre, vino quizás su etapa de mayor belleza, que fueron sus últimos años, en los cuales aprendió a hablar en público -dio conferencias y entrevistas-, aprendió a amar, y se volvió mucho más simple, por necesidad -su ceguera- y por virtud.

Él, que había sido tan intelectual en los años 40, terminó su vida enamorado y feliz, y logró la celebridad literaria. Así completó su trayectoria, incluso con poemas muy profundos, como Things that might have been, donde lista cosas que podrían haber ocurrido pero no sucedieron, entre ellas ‘el hijo que no tuve’. Sin dudas, el gran broche de oro en Borges fue permitirse lo sentimental.

Cómo seguir el Festival Borges

Del 23 al 28 de agosto y de forma virtual, el Festival Borges revisitará con talleres, lecturas y charlas -todas actividades gratuitas, aunque con inscripción previa- la obra del célebre escritor argentino.

El encuentro analizará la influencia de sus textos en el cine, hará un recorrido por la Buenos Aires retratada en sus relatos, indagará en los motivos filosóficos de su prosa y evaluará los mecanismos con los que Borges construyó su poética, entre otros.

Participarán diversas figuras de Argentina -además de Santiago Llach, el escritor y ensayista Martín Kohan; el autor Pedro Mairal; la escritora Sylvia Iparraguirre; el escritor y traductor Carlos Gamerro; el filósofo Darío Sztajnszrajber y otros- así como invitados internacionales: el director, guionista y editor venezolano Luis Bond, y el especialista en manuscritos Daniel Balderston, de EE.UU.

“La intención es acercar la figura de Borges para descubrir que no es un escritor inaccesible y complejo, sino que puede estar más cerca de lo que pensamos”, aseguran las organizadoras del evento, la escritora Vivian Dragna y Marisol Alonso, guionista y editora. “Borges nos dejó muchas puertas para acceder a su obra, solo hay que encontrar cuál es la que cada persona debe abrir para conocerlo”.

Más información:

www.festivalborges.com.ar

En Instagram: @FestivalBorges

Valeria Agis es periodista, especializada en artes. Vive en Buenos Aires, Argentina. En IG: @valeriaagis


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