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Vida y Estilo

Empeora la salud de las mujeres a quienes no se les permitió abortar, según estudio

abortos

Una asistente médico prepara un quirófano en una clínica de salud femenina en Granite City, Illinois. Una investigación informa que las mujeres a quienes se les negó un aborto mostraron un empeoramiento de su salud cinco años después, en comparación con aquellas que se sometieron al procedimiento. (Whitney Curtis / Para The Times)

(Los Angeles Times)

Los estados de todo el país están restringiendo las regulaciones sobre los proveedores de abortos, en el nombre de la protección de la salud femenina.

Pero un estudio a largo plazo con mujeres que intentaron realizarse el procedimiento concluyó que aquellas que pudieron poner fin a su embarazo reportaron una salud ligeramente mejor que sus contrapartes que solicitaron el procedimiento, pero les fue negado.

Los hallazgos, publicados el lunes en la revista Annals of Internal Medicine, sugieren que el acceso de una mujer al aborto puede influir en su salud a lo largo del tiempo, lo cual proporciona nuevo material para un debate ya altamente acalorado.

“Tener un aborto no es necesariamente peligroso o perjudicial para las mujeres, pero negárselo podría serlo”, afirmó la líder del estudio, Lauren Ralph, epidemióloga de la UC San Francisco. “Nuestros datos no respaldan el argumento de que el aborto es perjudicial para las mujeres, o que restringir el acceso a ese procedimiento es de alguna manera necesario para proteger la salud femenina”.

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Un editorial que acompañó el estudio recuerda a los médicos que, para las mujeres, “el alumbramiento siempre conlleva más riesgos” de enfermedad y muerte, en comparación con el aborto. “La disponibilidad de un aborto seguro y legal es una cuestión para todos los proveedores de atención médica”.

El nuevo informe forma parte del Estudio Turnaway, una iniciativa para explorar si existen diferencias en la salud y el bienestar de las mujeres que se sometieron a uno de estos procedimientos durante el primer o segundo trimestre, y aquellas a quienes se les negó su realización y llevaron su embarazo a término.

Investigadores del Centro Bixby para la Salud Reproductiva Global, de UCSF, reclutaron a 1.132 mujeres que quisieron abortar en una de 30 instalaciones observadas en Estados Unidos, entre 2008 y 2010. La mayoría de ellas completaron una entrevista de referencia aproximadamente una semana después de visitar una clínica, y el equipo del estudio las evaluó periódicamente durante más de cinco años para preguntarles sobre una variedad de afecciones, como asma, hipertensión, dolor en las articulaciones y diabetes.

Al final del estudio, no hubo indicios de que las mujeres que abortaron tuvieran peor salud que las que dieron a luz. Y, cuando surgieron diferencias, estas favorecieron a las mujeres que habían puesto fin a sus embarazos.

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Por ejemplo, entre las mujeres que abortaron durante el primer trimestre, las probabilidades de calificar su propia salud como “normal” o “insatisfactoria” disminuyeron a lo largo del estudio. Lo contrario ocurrió con aquellas a quienes se les negó un aborto.

En la entrevista final, el 20% de las mujeres que tuvieron un aborto en el primer trimestre calificaron su salud como “normal” o “insatisfactoria”, al igual que el 21% de quienes abortaron en el segundo trimestre. De acuerdo con el estudio, entre las pacientes a quienes se les negó un aborto, el 27% señaló que su salud era “normal” o “insatisfactoria”.

En comparación con una mujer que abortó en el primer trimestre, una que llevó a término su embarazo no deseado mostró un 29% más de probabilidades de sufrir dolores de cabeza crónicos o migrañas. Y en comparación con una mujer que abortó en el segundo trimestre, quien dio a luz mostró un 45% más de posibilidades de reportar un aumento en el dolor crónico de las articulaciones a lo largo del estudio.

No hubo diferencias para el dolor crónico en la espalda, el abdomen ni en ninguna otra parte, ni tampoco respecto a la obesidad.

“Así sea que los resultados adversos observados entre las mujeres que dieron a luz se debieron a un embarazo a término, al proceso del parto o a la crianza de los hijos, el punto es que los eventos de la vida reproductiva y la salud en general se entrelazan mucho después del parto”, escribió en el editorial Vanessa Dalton, del Departamento de Obstetricia y Ginecología de la Universidad de Michigan.

Quienes se oponen a la interrupción voluntaria del embarazo sostienen que los defensores del aborto legal minimizan o niegan los riesgos médicos que implica el procedimiento. Un informe del Center for Arizona Policy detalla una serie de problemas reportados en la literatura médica, incluido el aumento de los riesgos de suicidio, cáncer de mama, abuso de drogas y futuros abortos involuntarios. “Esta simple verdad prevalece: el aborto daña a las mujeres”, afirma ese reporte.

En contraste, un informe de 2018 de las Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina concluyó que “los abortos legales en Estados Unidos... son seguros y efectivos”, y que los estudios que cumplen con altos estándares de “rigor e imparcialidad” no han demostrado un mayor riesgo de problemas para la salud física o mental.

La decisión de 1973 de la Corte Suprema en el caso de Roe vs. Wade permite que los estados impongan restricciones a los abortos realizados después del final del primer trimestre y hasta el punto de la viabilidad fetal, sólo si hacerlo protege la salud de la mujer embarazada. Ese principio se mantuvo en el fallo de 2016 en el caso conocido como Whole Woman’s Health vs. Hellerstedt.

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Sin embargo, 24 estados han tratado de imponer nuevas normas a los proveedores de servicios de abortos, argumentando que las restricciones son necesarias para la seguridad de la paciente, según el Instituto Guttmacher (las regulaciones en seis de esos estados fueron invalidadas judicialmente).

Sólo en 2019, Alabama, Georgia, Kentucky, Mississippi, Missouri y Ohio prohibieron el aborto durante parte del primer trimestre. Si más estados siguen el ejemplo, ello podría aumentar drásticamente el número de mujeres a quienes se les niega el procedimiento porque sus embarazos están demasiado avanzados.

El Estudio Turnaway contabilizó los costos de dichas restricciones, que ya resultan en un estimado de 4.000 mujeres a quienes se les niega un aborto cada año.

En 2016, los investigadores informaron que, en comparación con quienes abortaron, las mujeres que se vieron obligadas a completar sus embarazos tuvieron más probabilidades de sufrir depresión o trastornos de ansiedad cinco años más tarde.

Y un estudio de 2018 detectó que después de que una mujer que ya tenía hijos pequeños intentara abortar, pero se le negara el procedimiento, esos niños tenían más de probabilidad de no alcanzar ciertos hitos del desarrollo.

El último estudio incluye una estadística particularmente sombría. Dos de las 161 mujeres a quienes se les negó un aborto murieron por causas relacionadas con el embarazo o el parto. Ninguna de las pacientes que abortaron murió por causas relacionadas con el embarazo o el parto en los siguientes cinco años.

Las tasas de muerte materna han aumentado en EE.UU, y ahora está cerca de un deceso por cada 1.000 casos de parto, o el 0.1%. Se trata de la tasa más alta en el mundo industrializado, y es aún más elevada entre las mujeres del estudio a quienes se les negó un aborto voluntario: 1.2%.

Es “algo muy sorprendente”, consideró Ralph.

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La epidemióloga reconoció que el pequeño tamaño de la muestra y la incertidumbre sobre las circunstancias exactas de esos fallecimientos hacen que el hallazgo sea preliminar.

Incluso más allá del período de posparto, la muerte por cualquier causa fue más común en la muestra general de mujeres que deseaban abortar que para las mujeres estadounidenses en general. Ocho de las 1.132 pacientes que se inscribieron en el Estudio Turnaway, o el 0.7%, murieron en los siguientes cinco años. A nivel nacional, la tasa de mortalidad de mujeres en edad reproductiva es del 0.0005%.

Una profesora de enfermería de la Universidad de Rochester, Susan Groth, quien también estudia el efecto a largo plazo del embarazo, señaló que las mujeres consideradas en el Estudio Turnaway pueden no ser representativas de las mujeres de EE.UU en general, y que podrían enfrentar mayores riesgos de salud por alguna razón desconocida.

Aún así, consideró que los hallazgos del estudio subrayan una sospecha que se ha tenido por largo tiempo entre muchos investigadores: que “el embarazo se considera una ‘prueba estresante para la vida’”, que puede revelar, e incluso exacerbar, las vulnerabilidades de salud de una mujer y aumentar su riesgo de enfermedad futura o muerte temprana.

Si estas sospechas son correctas, expresó, una mujer que lleva a término un embarazo no deseado puede sufrir daños duraderos, que se hubieran evitado si se le hubiera permitido abortar.

Cuando los futuros investigadores consideren el “costo reproductivo” que soportan las mujeres, eso es algo que deberían tener en cuenta, destacó Groth.

 

 Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí


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