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Tras haber sido apartados en la frontera, padre e hijo guatemaltecos afrontan el trauma de la separación

Tras haber sido apartados en la frontera, padre e hijo guatemaltecos afrontan el trauma de la separación
Jefferson Che Pop embraces his father, Hermelindo Che Coc, as they wait for Jefferson's teacher to arrive outside his classroom on the first day of school. (Marcus Yam / Los Angeles Times)

Los días de Jefferson Che Pop transcurren dentro de una pequeña casa ubicada detrás de un edificio comercial. Un acondicionador de aire zumba en vano desde la ventana, y cualquier golpe en la puerta lo hace saltar.

El pequeño volvió a los brazos de su padre, Hermelindo Che Coc, hace casi dos meses, después de que ambos fueran separados en la frontera y apartados durante 46 días.

En las tres ocasiones en que pudieron hablar por teléfono, Jefferson Che Pop le dijo llorando "Papá, ¿dónde estás? ¿Ya no me amas?"

Padre e hijo fueron una de las casi 2,600 familias divididas por la política de "tolerancia cero" de la administración Trump en los controles fronterizos. Ahora, como tantos otros que se han reunificado, están solos para reparar el trauma de esa separación.

Con solo siete años, Jefferson se sumerge en las caricaturas, las paletas y los chicles.

Che Coc no se reconforta tan fácilmente. Su lucha por obtener asilo político podría llevar años. Podrían pasar meses antes de que se le permita trabajar legalmente.

En esta gran ciudad, un mundo tan alejado de su pueblo guatemalteco, a menudo todo parece abrumador.

"Donde sea que vayamos, debemos tener cuidado", afirmó. "Todo el mundo tiene prisa y hay muchos autos. Los conductores van muy rápido, y nunca sé si nos ven a mí y a mi niño".

Hermelindo Che Coc lleva a casa a su pequeño hijo, Jefferson Che Pop, después de reunirse con él en LAX, en julio pasado. Padre e hijo fueron separados en la frontera de Estados Unidos y México, y permanecieron alejados durante casi dos meses. (Marcus Yam / Los Angeles Times)
Hermelindo Che Coc lleva a casa a su pequeño hijo, Jefferson Che Pop, después de reunirse con él en LAX, en julio pasado. Padre e hijo fueron separados en la frontera de Estados Unidos y México, y permanecieron alejados durante casi dos meses. (Marcus Yam / Los Angeles Times)
Hermelindo Che Coc lleva a casa a su pequeño hijo, Jefferson Che Pop, después de reunirse con él en LAX, en julio pasado. Padre e hijo fueron separados en la frontera de Estados Unidos y México, y permanecieron alejados durante casi dos meses. (Marcus Yam / Los Angeles Times)

El día en que Che Coc se reunió con su hijo, Jefferson estaba más delgado y sus ojos lucían hundidos. Tenía tos y secreción nasal; picaduras secas y molestas cubrían su cuerpo. Cuando lo alzó en sus brazos, el chico estaba flácido y en silencio. Semanas más tarde, reconoció: "Papá, no sabía quién eras".

A Jefferson no le gusta hablar sobre los días que pasaron separados. Su padre sigue el ejemplo. "Lo siento", le dice Che Coc simplemente, una y otra vez. "Ya estás conmigo ahora".

Después de que los dos fueran detenidos cruzando la frontera cerca de El Paso, a fines de mayo, Jefferson fue llevado a un refugio en Nueva York, con casi 300 niños separados de sus adultos. Allí, pasó semanas pensando que su padre había muerto.


Mientras espera los uniformes escolares de Jefferson, Hermelindo Che Coc revisa su teléfono celular y prepara a su hijo para asistir a la escuela en Los Ángeles. (Marcus Yam / Los Angeles Times)
Jefferson recibe ayuda de su padre mientras se viste, antes de su primer día de clases. (Marcus Yam / Los Angeles Times)
Aún algo dormido, Jefferson se sienta en la cama antes de ir a la escuela. (Marcus Yam / Los Angeles Times)
Arriba: mientras espera los uniformes escolares de Jefferson, Hermelindo Che Coc revisa su teléfono celular mientras prepara a su hijo para asistir a la escuela en Los Ángeles. Izquierda: Jefferson recibe ayuda de su padre mientras se viste, antes de su primer día de clases. Derecha: Aún algo dormido, Jefferson se sienta en la cama antes de ir a la escuela. (Marcus Yam / Los Angeles Times)

Ocasionalmente, cuando los dos están solos -acostados en la cama o caminando por un parque cercano- Jefferson comenta algo sobre su estancia en Nueva York. Habla sobre Osmin, un chico de quien se hizo amigo en el refugio, y cómo, cuando Osmin se fue, lloró durante días.

Una vez, a todos los niños se les dijo que corrieran tan rápido como pudieran, en un círculo. Jefferson ganó el primer lugar, relató.

Cada mañana, una mujer venía y los llevaba a la escuela. Caminaban, luego tomaban un autobús o, a veces, un tren.

"¿Un tren?”, le pregunta Che Coc. "Los trenes cortan personas a la mitad. Gracias a Dios que este tren no te lastimó".

Desde el regreso de Jefferson, los dos hablan principalmente en español, idioma al cual el niño se acostumbró en Nueva York, cuando nadie entendía su q'eqchí de origen maya.

Che Coc está orgulloso del aprendizaje de su hijo.

"Le costó", aseguró. "Pero mi niño tiene un corazón que no se da por vencido".

En el pequeño espacio que ahora comparten con Papa Chinto, el abuelo de Jefferson, el niño se aferra a su padre, y viceversa. Los dos duermen en la misma cama, se bañan juntos, comen todas las comidas del mismo plato. Si Che Coc no come, tampoco Jefferson. "Incluso si no tengo hambre, debo comer", afirmó Che Coc.

La erupción todavía cubre los brazos y el cuello de Jefferson. Pero sus mejillas están más llenas ahora. Es un chico curioso e inquieto, y rápido para sonreír. "Mi niño está feliz, esta bien", expresó Chec Coc mientras Jefferson, sentado en su regazo jugaba un videojuego en el viejo celular de Papa Chinto. "Mi niño está feliz; es bueno".

Guatemalan asylum seeker and his son
Hermelindo Che Coc y su hijo Jefferson se sientan juntos mientras esperan que la ropa termine su ciclo, en una lavandería automática.Marcus Yam / Los Angeles Times

En un reciente sábado por la mañana, los dos llegaron a casa después de pasar por la lavandería, con el sol de la tarde. Che Coc llevaba un gran saco lleno de ropa limpia al hombro. El terreno pavimentado fuera de su casa estaba decorado para una boda, con rosas falsas, mesas cubiertas con manteles de lino y un dosel púrpura y blanco.

Jefferson pasó los dedos por los manteles antes de deslizarse en su casa. Mientras su padre doblaba las prendas en su habitación, el niño se instaló en el suelo de baldosas, boca abajo; tomó su cuaderno y crayones, y comenzó a colorear.

Dibujó la misma imagen tres veces: una pequeña casa con un camino largo y sinuoso, que se extiende desde la puerta principal. Después levantó la libreta para mostrarle a su padre: "¿Qué piensas? ¿Es feo o hermoso?"

"Es hermoso", respondió Che Coc.

En su pueblo de La Ceibita, en el norte rural de Guatemala, la vida era mucho más simple. La escuela de Jefferson solo tenía dos aulas y alrededor de 30 estudiantes entre ambas. Che Coc trabajaba en los campos de maíz, y su esposa, Margarita, se quedaba en casa y cuidaba a sus hijos, de tres años y un recién nacido.

Había peligros allí también, pero diferentes de los de la gran ciudad. "A la gente la asesinaban sin motivo alguno, en pleno día", relató Che Coc.

Él y Jefferson se marcharon en la primavera, con 1,000 quetzales, alrededor de $133 dólares. Su esperanza era encontrar trabajo, inscribir a su hijo en la escuela y, finalmente, obtener el permiso para traer al resto de la familia. "Solo sal de la casa si es necesario", le dijo a Margarita. "Si lo haces, que te acompañen familiares".

Después de llegar a casa, Hermelindo Che Coc y Jefferson se preparan para el almuerzo, mientras Jefferson intenta abrir una bolsa de naranjas. (Marcus Yam / Los Angeles Times)

Aquí en Los Ángeles, los abogados de Che Coc todavía intentan reconstruir los detalles del caso. Creen que cuando Che Coc, de 31 años de edad, fue detenido por Aduanas y Protección Fronteriza de EE.UU., sin saberlo pudo haber firmado una expulsión acelerada, que inició el proceso de deportación antes de poder solicitar el asilo, una protección otorgada por el derecho internacional.

El hombre deberá comparecer ante un oficial de Inmigración y Aduanas en octubre próximo. Actualmente lleva un monitor de tobillo y debe reportarse a ICE regularmente. Aún así, sabe que en cualquier momento podría ser detenido y enviado a casa. Todos los días se siente ansioso; lucha para no entrar en pánico cada vez que se acerca un extraño. "Sé que Dios nos está protegiendo", reconoció. "Pero me preocupa que alguien intente engañarnos o lastimarnos".

Especialmente, se preocupa por Jefferson, que no puede quedarse a su lado todo el tiempo. El pequeño debe ir a la escuela, esta vez con casi 900 estudiantes.

Cuando Che Coc visitó el campus, se consoló al ver sus altas puertas. Jefferson quedó cautivado con un mural de colores vibrantes que adornaba una pared. "Aquí es donde vas a jugar y a hacer nuevos amigos", le dijo Che Coc, señalando un patio de recreo a unos metros del salón de clases de su niño.

El primer día de escuela, padre e hijo se despertaron antes del amanecer. Jefferson seguía en la cama mientras Che Coc lo ayudaba a ponerse sus pantalones azules y su camisa blanca con cuello. Después, lo roció con una colonia masculina con aroma a almizcle, y le ató los cordones de los zapatos.

La escuela sabía acerca de las circunstancias de la familia, y ya había hecho todo lo posible para ayudarlos.

Jefferson se instala en su salón de clases mientras su padre, Hermelindo Che Coc, lo ayuda en su primer día de escuela. (Marcus Yam / Los Angeles Times)
Jefferson empuja la puerta abierta delante de su padre, mientras se dirige hacia su clase para su primer día escolar . (Marcus Yam / Los Angeles Times)
Izquierda: Jefferson se instala en su salón de clases mientras su padre, Hermelindo Che Coc, lo ayuda en su primer día de escuela. Derecha: Jefferson empuja la puerta abierta delante de su padre, mientras se dirige hacia su clase para su primer día escolar. (Marcus Yam / Los Angeles Times)

Un trabajador social los había llevado a conseguir uniformes escolares gratuitos; también a un centro comunitario, donde Che Coc se informó sobre los servicios dentales y médicos gratuitos disponibles para Jefferson. El director les había dado libros, y el superintendente del distrito escolar local había visitado su casa, llevando una mochila nueva y bordada con el nombre del flamante alumno de segundo grado.

Che Coc se emocionó ante tanto apoyo. Durante semanas, le había preocupado no poder comprar las cosas que su hijo necesitara. Sus abogados crearon un fondo a su nombre después de que él y Jefferson se reunieron nuevamente, pero sin una cuenta bancaria, él tiene acceso limitado al dinero. "Es frustrante", indicó. "A esta altura debería estar trabajando, ayudando a mi familia. En cambio, los días pasan y me siento aquí, sin poder hacer nada".

Cuando comenzaban a caminar hacia la escuela, Jefferson soltó la mano de Che Coc y se adelantó; su mochila naranja se balanceaba a izquierda y derecha.

Se detuvo frente a un automóvil para estudiar su reflejo en el espejo, luego sonrió orgullosamente.

Bajaron por una larga hilera de fábricas de zapatos, y luego giraron por una calle llena de pequeñas casas con vallas metálicas y cascadas de buganvillas.

En el camino, Che Coc le recordó a Jefferson: necesitas escuchar a tu maestra; tienes que hacer tu tarea y aprender. "Estamos en una tierra prestada", dijo. "Sé que hay personas que no nos quieren aquí, pero no tengo nada en contra de ellos. Solo quiero ver a mi hijo a salvo, y triunfar".

Fuera de la escuela, el personal y los docentes, con carteles y globos, formaban una línea para animar a los niños.

Che Coc se quitó la gorra de béisbol y, con los ojos húmedos, estrechó la mano de cada persona en la fila.

Padre e hijo entraron al aula juntos, pero Jefferson se sentó rápidamente en una mesa. Vio a un compañero de clase colgar su mochila en el respaldo de su pequeña silla azul.

"Papá", dijo. "¿Puedes colgar mi mochila así, también?" Che Coc había planeado quedarse cerca durante varias horas, por si Jefferson lo necesitaba. En cambio, le dio un beso de despedida a su hijo, abandonó el aula y se alejó cruzando las altas puertas de la escuela.

Hermelindo Che Coc y Jefferson caminan de regreso a casa, después del primer día de escuela del pequeño, de siete años de edad. (Marcus Yam / Los Angeles Times)

esmeralda.bermudez@latimes.com

Twitter: @LATBermudez

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