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Columna: Trump los inspiró para convertirse en ciudadanos de EE.UU y votar en su contra

A family, all wearing masks, in front of a house
Juan Serrano -al centro- y su familia se han comprometido a apoyar siempre a los demócratas.
(Carolyn Cole / Los Angeles Times)

La retórica xenófoba y la legislación del Partido Republicano ha empujado a millones de latinos - como Rafael y Carmela Serrano - a votar al demócrata.

Durante los últimos 20 años, los Serrano, de Lakewood, han mantenido un pacto familiar basado en partes iguales de patriotismo y venganza: convertirse en ciudadanos estadounidenses, registrarse para votar y elegir a los demócratas para poner a raya a los republicanos.

Rafael y Carmela Serrano llegaron al sur de California en 1991 desde Guadalajara, México, con seis de sus ocho hijos, después de la quiebra de su tienda de ramos generales. Tenían maravillosos recuerdos del sur de EE.UU gracias a sus visitas a Disneyland, y pensaron que la vida aquí sería pacífica y acogedora.

No fue así.

California estaba a punto de embarcarse en una década de xenofobia legislativa liderada por el partido republicano. Primero vino la Proposición 187, la histórica iniciativa electoral de 1994 que buscaba hacerles la vida imposible a los inmigrantes indocumentados. Leyes similares se extendieron en ciudades de todo el estado esa década y, finalmente, se convirtieron en un movimiento nacional antiinmigrante, que ayudó a erigir a Donald J. Trump como presidente en las elecciones de 2016.

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A woman with a face mask and I Voted sticker
Teresa González es hija de Rafael y Carmela Serrano. Ella ya votó este año.
(Carolyn Cole / Los Angeles Times)

“Todos llegamos aquí para salir adelante, no para quitarle el pan a nadie”, expresó Gabby Serrano, de 46 años, de pie frente a la casa bien cuidada de sus padres. Tres de sus hermanos, Francisco, Juan y Teresa, asintieron. Los letreros de la congresista Linda Sánchez y el asambleísta Anthony Rendón decoraban el césped. Teresa llevaba una calcomanía con la leyenda “Yo voté", mientras que el hijo de Juan tenía boletas por correo que otros miembros de la familia aún no habían entregado. “Ver tal odio antimexicano fue simplemente doloroso”.

“Abrimos rápidamente los ojos”, agregó Francisco, de 42 años, quien recordó las huelgas en Artesia High School contra la medida 187, en las que él y su hermano no participaron por temor a que los agentes de inmigración pudieran llevárselos.

“No podíamos votar en ese entonces, porque no éramos ciudadanos”, agregó Juan, un supervisor de 44 años del departamento de servicios comunitarios de Hawaiian Garden. “Pero recuerdo que era un adolescente y prometí que tan pronto como pudiera, me inscribiría como demócrata”. Fue el primer Serrano en convertirse en ciudadano estadounidense, en 2000. Otros de sus hermanos le siguieron. Luego esperaron a que sus padres hicieran lo mismo. Y siguieron esperando.

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Rafael, de 73 años, y Carmela de 70, no parecían tener prisa. La vida en el norte les resultaba buena como residentes permanentes. La pareja pensaba que tomar el examen de ciudadanía en inglés les iba a resultar muy difícil.

Hasta que llegó Trump.

Gabby Serrano holds a photograph of her parents Rafael and Carmela Serrano
Gabby Serrano sostiene una fotografía de sus padres, Rafael y Carmela Serrano, quienes llegaron a Estados Unidos en 1991 y votaron por primera vez este año.
(Carolyn Cole / Los Angeles Times)

En marzo, la pareja casada hace 53 años prestó juramento de ciudadanía e inmediatamente se registró para votar. La semana pasada, dejaron sus boletas en un buzón de votación en Hawaiian Gardens antes de embarcarse en unas vacaciones largamente planificadas a Guadalajara. Juan filmó la ocasión y luego la posteó en el canal de TikTok de los Serrano con el tema “This is America”, de Childish Gambino, como banda sonora.

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Todos votaron por Joe Biden, por supuesto.

Y no son los únicos votantes latinos de primera vez que harán lo mismo.

Juan Serrano habló con decenas de residentes de Hawaiian Gardens que se registraron como votantes por primera vez específicamente para sacar a Trump del cargo, y comparó la inspiración inadvertida que el presidente brindó a estos novatos con su propia experiencia con Pete Wilson, el gobernador de California que defendió la Proposición 187 y posiblemente llevó a toda una generación de latinos del estado a inclinarse hacia el partido demócrata. “Pete Wilson fue mi ídolo. Era mi héroe”, comentó Juan con sarcasmo, pero también con gratitud. “Gracias a él comenzamos a votar. Crecimos con esa injusticia”.

“Es como la película de J-Lo”, agregó Gabby. “Ya fue suficiente”.

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A family, all wearing face masks, stand in front of their house
La familia Serrano: de izquierda a derecha, Ana Ascencio con su hija Zoe García, de tres años; Francisco Serrano, Juan Serrano, Gabby Serrano y Teresa González.
(Carolyn Cole / Los Angeles Times)

Los Serrano son lo que los mexicanos oriundos de pueblos pequeños, como mi familia, llaman gente decente, que en realidad significa gente humilde a la que no le gusta llamar la atención sobre sí mismos y que son ejemplos de la vida comunitaria.

Durante 25 años, el partido republicano ha alienado a la ‘gente decente’. Y si los Serrano son un indicador, este año esa gente se vengará.

En esta elección, los latinos representan el bloque de votantes minoritarios más grande -32 millones- por primera vez. Lo único que puede salvar al partido republicano y a Trump de una paliza histórica es, bueno, la historia. Solo tres veces en los últimos 40 años de elecciones presidenciales la tasa de participación de votantes latinos superó el 50%. En los comicios de 2016, según estimaciones del Pew Research Center, el 65.3% de los votantes blancos elegibles sufragaron, mientras que los votantes negros alcanzaron el 59.6%. ¿Y los latinos? Solo el 47.6%.

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Esta cifra vergonzosa derivó en malos clichés sobre cómo los latinos son el “gigante dormido” del electorado estadounidense y cómo aún deben “mostrar su fuerza política”.

Según los Serrano, los latinos deberían estar avergonzados de su apatía. “Si no votas, es como no usar la voz”, ejemplificó Teresa.

“Es frustrante”, añadió Gabby, la última hermana Serrano en llegar a Estados Unidos, quien aún no es ciudadana estadounidense. Luego miró a su hija de 26 años, Ana Ascencio. Aunque ella nació aquí, nunca había votado en su vida. “Yo siempre la regañaba: '¡Vota!’”, relató Gabby. “No sabes cuándo el gobierno puede deportar a personas como yo. Y si me voy, ¿quién cuidará de ti y de tu hermana?”.

Le pregunté a Ana por qué no había votado antes.

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“No lo sé", contestó.

“Por floja”, estalló Juan. “Por pereza”.

Pero Trump cambió su perspectiva, al igual que la de sus abuelos. “Es mi momento ahora”, reconoció la joven.

Juan sonrió.

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“A mi papá siempre le encanta hablar de política”, continuó. “Y odia a Trump. Es de una generación diferente. No se puede faltar tanto el respeto a las personas. Y eso es lo que Trump hace contra los mexicanos”.

“Mi abuelo vino como bracero a Bakersfield”, relató Gabby. “Y él siempre decía de Estados Unidos que aquellos que aprovechan las oportunidades y no hacen nada malo, pueden salir adelante. Pero Trump solo ha hecho daño. Mis padres se enojan por lo que le ha hecho a este país”.

Aunque los hijos de los Serrano resultaron amables y divertidos, yo quería hablar con sus padres. Entonces Juan llamó a Rafael y Carmela por FaceTime. Los dos se sentaron en una mesa de cocina cubierta por un mantel de plástico en su casa de Guadalajara, y sonrieron. Me recordaron a mis tías y tíos; con voz suave, de pocas palabras: ‘gente decente’.

¿Cómo se sintieron al votar por primera vez?

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“Feliz, contento y orgulloso”, reconoció Rafael.

“Nuestros corazones se colmaron de poder participar”, respondió Carmela.

¿Qué tiene de malo Trump?

“Habla un montón de cosas que no caen bien”, dijo Rafael. “Este hombre siembra división”.

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“Estados Unidos es un país fuerte”, añadió Carmela. “Un presidente justo simplemente sería mejor”.

¿Qué desean que otros latinos aprendan de su ejemplo?

“Que podamos servir de motivación para otras personas, para que sientan que sí se puede”, reflexionó Rafael.

Les agradecí por su tiempo, y ellos hicieron lo mismo. Entonces Carmela, como cualquier persona decente de hoy en día, tuvo un último pensamiento.

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Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí.


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