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Columna: Por qué Kamala Harris podría convertirse en una vicepresidenta negra sin remordimientos

Sen. Kamala Harris addresses supporters at the drive-in rally on Nov. 2 in Philadelphia.
La senadora Kamala Harris, declarada el sábado vicepresidenta electa, se dirige a los partidarios en un mitin, el lunes por la noche, en el estacionamiento del Citizens Bank Park, en Filadelfia.
(Carolyn Cole / Los Angeles Times)

Cuando Harris tome el juramento del cargo en enero, espera que sea negro sin disculpas. Hablo de banderas y camisetas de Black Lives Matter arriba y abajo del National Mall.

Por primera vez en la historia de Estados Unidos, tendremos a alguien en la vicepresidencia que se parece a mí: negra, como yo; mujer, como yo.

Es extraño incluso escribirlo, después de soportar cuatro largos años de ataques despiadados contra todo lo que tiene que ver con mi raza y mi género, liderados por nuestro fracasado y penoso presidente, Donald Trump. Pero aquí estamos, celebrando con marchas improvisadas y repiques de cencerros, bocina, sonidos de ollas y puños en alto,

“Lo hicimos, Joe”, le dijo una emocionada vicepresidenta electa, Kamala Harris, al presidente electo, Joe Biden, el sábado por la mañana. “Vas a ser el próximo mandatario de Estados Unidos”, agregó, riendo y pasándose la mano por el cabello. Pero para millones de estadounidenses, lo más significativo es que ella lo haya logrado.

Como Joel Goldstein, profesor emérito de derecho en la Universidad de St. Louis y experto en la vicepresidencia, le dijo a mi colega Melanie Mason, esta podría ser “la primera vez en la historia de Estados Unidos que la elección del vicepresidente resulte más histórica que la del presidente en sí”.

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Harris pasó de ser la primera mujer negra en servir como fiscal general de California, a ser la segunda mujer negra elegida como senadora de Estados Unidos, a ser la primera persona negra, la primera estadounidense del sur de Asia y la primera mujer en convertirse en vicepresidenta. ¡Hablemos de romper barreras!

Si piensa que sabe lo que vendrá después basado en ocho años de ver a los Obama romper barreras, créame cuando le digo que no sabe ni la mitad de lo que ocurrirá.

Cuando Harris jure al cargo, en enero, será una funcionaria negra que no pedirá disculpas por ello. Me refiero a que podría haber banderas y camisetas de Black Lives Matter a lo largo de todo el National Mall, asumiendo que la pandemia nos dé un respiro suficiente como para tener una ceremonia de toma de mando similar a las que hemos vivido en el pasado.

Exalumnos de colegios y universidades históricamente negras estarán allí en masa. Podríamos ver una banda de marcha, o dos. Y mucho rosa y verde: espere ver a tantísimas mujeres negras vestidas de rosa y verde, los colores de Alpha Kappa Alpha (AKA), la hermandad históricamente negra a la que Harris se unió mientras asistía a la Universidad de Howard.

No se alarme cuando la mayoría de estas mujeres, sus hermanas, empiecen a gritar “skee wee”. Es la forma en que las AKA se saludan, y reverberará tan fuerte y con un tono tan alto que podrá romper cualquier barrera que Harris haya dejado intacto. Ya ha habido espectáculos improvisados en las calles por parte de AKA y otras fraternidades y hermandades históricamente negras.

El sábado por la noche, varias exalumnas se reunieron en el Yard de Howard, turnándose para tomarse fotografías junto a un árbol de AKA y un letrero de la fórmula Biden-Harris.

“Ha sido un día lleno de orgullo”, le dijo a mi colega Brian Contreras Angelia Garner, una abogada y AKA, quien obtuvo su licenciatura en Howard. “Orgullo por AKA, orgullo por Howard, orgullo por los HBCU (siglas de ‘colegios y universidades históricamente negros’), orgullo por las fraternidades negras, orgullo por la gente de color”.

La razón de todo esto es que estamos en 2020, no en 2008. Cuando Barack Obama fue elegido presidente ese año, tenía una línea muy fina sobre la cual caminar, simplemente porque era el primero. Se vio obligado a encajar para tener éxito, un trato faustiano como pocos. Ta-Nehisi Coates lo expresó mejor en su ensayo de 2012, “Miedo a un presidente negro”, publicado en The Atlantic.

“Parte del genio de Obama”, escribió, “es una notable habilidad para calmar la conciencia racial entre los blancos. Cualquier persona negra que haya trabajado en el mundo profesional conoce bien este truco. Pero nunca se ha practicado a un nivel tan alto, y jamás se han expuesto tan claramente sus límites”.

Al principio de su presidencia, Obama recibió críticas de todos lados, incluso de los negros. Era demasiado distante, demasiado cerebral, demasiado tranquilo frente al racismo flagrante, demasiado decidido a evitar a toda cosa el estereotipo del hombre negro enojado.

Mientras tanto, cada choque de puños con su esposa, Michelle, y cada rapero invitado a la Casa Blanca llegaban a los titulares. Y ni siquiera me refiero a la reacción que recibió después de decir que Trayvon Martin, el adolescente negro asesinado a tiros en Florida, “podría haber sido mi hijo”.

Le tomó hasta casi el final de su presidencia parecer lo suficientemente cómodo con ser el hombre negro que vemos hoy. El que no solo anota triples en pantalones de vestir mientras estaba en la campaña de Biden y Harris, sino que se regodea abiertamente al respecto.

Por supuesto, Harris también ha tenido que caminar por esta delgada línea, particularmente durante su debate con el vicepresidente Mike Pence, en el que debió sortear los mezquinos intentos de la campaña de Trump de pintarla como una mujer negra enojada.

Pero lo que es diferente para Harris en 2020 en comparación con Obama en 2008 es que los estadounidenses están más acostumbrados a ver que los negros son negros sin disculparse por ello.

Es el subproducto lógico de años de persecución constante por parte de Trump y una serie de crisis existenciales que llevaron a los afroamericanos al borde del abismo. Atrás quedaron las sutilezas para exigir la reforma de los departamentos de policía que continúan matando a negros de forma desproporcionada, o cuando demandan ayuda para una pandemia que también está matando de forma desproporcionada a los negros.

Mientras luchamos, el apoyo público a Black Lives Matter se ha disparado. No estamos tan contenidos en público como solíamos, lo cual, a su vez, creó un espacio para que Harris sea ella misma en público, para encarnar todas sus identidades y sentir menos necesidad de cambiar de código.

La pregunta es si ella optará por hacer eso y bajará la guardia como no lo hizo mientras se desempeñaba en el cargo en California.

Pero con cada nueva barrera que se rompe, ser negro y estar orgulloso significa algo diferente. En los escalones más altos del gobierno, Obama llegó a definir el último capítulo. Harris escribirá el próximo. “Soy negra, y estoy orgullosa de serlo”, afirmó el año pasado en “The Breakfast Club”. “Nací negra. Moriré negra, y no voy a poner excusas a nadie si no lo entienden”.

Así es como luce el progreso.

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí.


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