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Crecen drásticamente los asesinatos en L.A.,dejando a su paso comunidades tambaleantes y familias destrozadas

A man kneels on a patch of sidewalk with his hand on a chain-link fence
Roque Santos se arrodilla cerca del lugar donde su hijo, Jarrod Santos, y el primo de éste, Jesse Meza, fueron asesinados a tiros en Wilmington, el 30 de septiembre.
(Dania Maxwell / Los Angeles Times)

Debajo de un puente de una autopista en el sur de Los Ángeles el sábado por la noche, un detective encendió y apagó su linterna mientras colocaba con cuidado una cinta amarilla de evidencia en el medio de la calle y luego otro casi sobre la acera, alrededor de la sangre acumulada de un chico de 17 años.

Un perro grande ladraba detrás de una barda cercana, mientras otro detective le contaba a su colega cómo el adolescente montaba su bicicleta cuando lo mataron a tiros. El chico falleció de camino al hospital.

Su muerte, y las ocurridas en otros tres tiroteos fatales en Los Ángeles desde el sábado hasta el domingo por la mañana -un hombre desamparado de 50 años, otro hombre de 20 años y una mujer de 41-, llevaron a L.A., en un año ya histórico, a un sangriento parámetro no visto en una década: 300 homicidios.

Los asesinatos aumentaron un 25% con respecto al año pasado y los tiroteos escalaron más del 32%, lo cual refleja el incremento de la violencia que genera preocupaciones en las grandes ciudades de todo el país. La semana pasada, una mujer embarazada fue asesinada a tiros. Niños y ancianos han muerto. De todas las víctimas del año, casi el 20% han sido personas sin hogar. Se sospecha de pandillas en muchos casos.

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Durante el fin de semana, la violencia brotó con énfasis cuando una cansada L.A. cayó bajo un nuevo toque de queda limitado a las 10 p.m., que intenta detener la propagación de otro asesino: el COVID-19. Para el jefe de policía Michel Moore, el hecho de que, al parecer, no haya la misma preocupación por la violencia es frustrante. “Con la pandemia sanitaria, no nos limitamos a cruzar los brazos y decir: ‘Esto es así'. Estamos haciendo todo para aplanar la curva, reducir su impacto y salvar vidas. Eso mismo se puede hacer con esta ola de crimen violento”, enfatizó. “Tenemos una pandemia de delincuencia en este momento”.

No obstante, falta pasión en la respuesta oficial, dijo Moore. El presupuesto policial de aproximadamente $3 mil millones se recortó este año en $150 millones a raíz de las protestas generalizadas contra la brutalidad y la mala conducta policial. A Moore le cuesta poner más oficiales en las calles, particularmente en el sur de Los Ángeles, donde gran parte de los recientes hechos de violencia tuvieron lugar, ya que se vio obligado a recortar unidades especializadas y reducir las horas extras del personal a la mitad. “Estos recortes no podrían llegar en peor momento”, reconoció Moore. “Mi capacidad para poner recursos adicionales [en la comunidad] en la actualidad se ve obstaculizada”.

Muchos activistas y defensores de la reforma policial siguen afirmando que tener servicios sociales más sólidos y mejor financiados reduciría la violencia, en lugar de contar con policía adicional. También sugieren que el millonario presupuesto policial debería reducirse aún más y que los fondos deberían destinarse a programas alternativos.

Para las familias de los asesinados, lo único que importa por ahora son simplemente sus pérdidas.

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Poco antes de las 11:30 a.m. del 15 de noviembre, Arlene Rodríguez —una mujer de 24 años y embarazada de siete meses de su cuarto hijo— estaba en el asiento del pasajero de un sedán rojo en un vecindario de Wilmington mientras su novio trabajaba en el motor, cuando alguien se acercó y disparó múltiples balas a través del parabrisas trasero, que hirieron a ambos, indicó la policía.

No está claro a quién intentó apuntar el tirador, pero según el oficial del LAPD Jeffrey Tiffin, quien está investigando el incidente, se cree que el tema está relacionado con actividad de pandillas en el área. El novio de Rodríguez sobrevivió, pero la joven y su hijo por nacer murieron.

La madrastra de Rodríguez, Jessica Rodríguez, afirmó que Arlene había soportado múltiples tragedias en su vida, incluida la muerte de su madre por una insuficiencia hepática, en 2005, y de su hermano de 17 años, Richard, muerto a tiros en 2011, a pocas cuadras de donde le dispararon a ella este mes.

Jessica Rodríguez, quien vive en Kansas, agregó que su hijastra luchaba contra el abuso de sustancias pero que quería encauzar su vida. La joven de 24 años le había preguntado recientemente si podía quedarse un tiempo en Kansas para comenzar de nuevo. “Tenía muchos sueños con la esperanza de encarrilar su vida y ser una mejor madre para sus pequeños”, expresó Jessica Rodríguez.

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En cambio, tres meses después, la llamaron para decirle que Arlene Rodríguez había sido asesinada. “Se llevó a alguien que tenía tanta vida por delante”, afirmó Jessica, acerca del tirador. “Se llevó a la mamá de tres niños”.

Justo antes de las 2 a.m. del 30 de septiembre, los primos Jarrod Santos, de 19 años, y Jesse Meza, de 18, estaban sentados en el auto de Santos cuando alguien se acercó y abrió fuego. Los detectives creen que ambos habían sido “identificados erróneamente” como miembros de una pandilla.

Roque Santos, el padre de Jarrod, expuso que su hijo se había convertido recientemente en padre de una niña, que cumplió seis meses el día del funeral.

Desde el tiroteo, Roque Santos visita a diario el lugar donde fue asesinado su hijo. “Pienso que mi hijo dio su último suspiro en este sitio, así que necesito estar aquí”, afirmó.

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En décadas pasadas, Los Ángeles experimentó mucha más violencia. En los 80 y 90 se registraron arriba de 1.000 homicidios en algunos años. Pero más recientemente, el delito había tenido una tendencia constante a la baja, tanto en Los Ángeles como en otras urbes importantes. Las causas son difíciles de precisar.

Algunos dan crédito a la ampliación de los programas comunitarios y aquellos que tienen como objetivo mantener a los niños fuera de las pandillas e intervenir en las disputas callejeras para evitar que se conviertan en ciclos de represalias. Otros sugieren que la gentrificación jugó un papel importante en el tema; para otros, la vigilancia mejoró, se volvió más inteligente y menos controvertida, y la policía aprendió a trabajar con las comunidades locales.

Cualquiera que sea la causa, centros urbanos como Nueva York y Los Ángeles vieron cómo sus tasas de mortalidad se redujeron drásticamente. La última vez que la ciudad superó los 300 homicidios fue en 2009. En 2010, cuando L.A. terminó el año con 293 asesinatos, el hito marcó el menor número de homicidios aquí desde 1967, cuando la población era un 30% menor.

El progreso se sintió hasta este año, cuando el coronavirus y los cierres de actividades modificaron todo aquello que estaba dando resultado.

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Según Jeff Asher, un analista y consultor de delitos con sede en Nueva Orleans, los datos sugieren que, debido a los aumentos repentinos en Los Ángeles, Nueva York y otras grandes ciudades, 2020 podría tener “el mayor alza de homicidios en un año a nivel nacional que jamás hayamos visto” en EE.UU, incluso cuando “los asesinatos en general se mantienen significativamente bajos” desde su punto máximo, hacia fines del siglo XX.

Contrariamente a las declaraciones de algunos funcionarios públicos, hubo aumentos de homicidios en ciudades controladas por ambos partidos políticos, señaló Asher. Y debido a que el incremento se nota en todos los ámbitos, cree que las “explicaciones hiperlocales” para el alza en ciudades específicas -como un recorte al presupuesto del Departamento de Policía de Los Ángeles-, probablemente sean incorrectas o solo sean parte de la respuesta de por qué la situación está empeorando tan rápido. “Yo advertiría a la gente que no busque razones locales para lo que claramente es una tendencia impulsada a nivel nacional”, comentó Asher.

También agregó que existe una correlación importante entre el “estrés de la pandemia” y la violencia, pero se necesitan más estudios sobre tal conexión. Asimismo podría haber un vínculo entre la violencia y “la pérdida de legitimidad policial” antes y durante las protestas masivas de este año, expuso.

Fernando Rejón, quien trabaja para prevenir la violencia como director ejecutivo del Urban Peace Institute, cree que la pandemia dejó al descubierto brechas en comunidades marginadas que dependen de la realización de eventos en persona para conectar y recibir apoyo.

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Además, los trabajadores que hacen intervenciones -personas con vínculos dentro de la comunidad, que median en los conflictos- están trabajando para educar a la gente sobre el coronavirus y debieron dispersarse.

En los últimos años, Moore y su predecesor, Charlie Beck, le han dado crédito a los trabajadores de intervenciones en pandillas por la reducción de la violencia en la ciudad. Pero a medida que la pandemia continúa y la gente pierde empleos y cae en la desesperación económica, esos trabajadores desempeñan más funciones. Parte de sus tareas, como hablar con víctimas de disparos al lado de sus camas para detener los ciclos de represalias, fueron interrumpidas por la pandemia de COVID-19. “Siguen haciendo un gran servicio a la ciudad, pero no se les valora”, comentó Rejón. Su organización pide actualmente más personal y fondos para tales trabajos.

En una reunión reciente con trabajadores de intervención, cuestiones como la falta de vivienda, el aumento del uso de drogas y de armas de asalto y “armas fantasma” -fabricadas en el mercado negro, sin números de serie- también se plantearon como preocupaciones, detalló.

“La gente simplemente se frustra y luego no tiene acceso a sus redes para reunirse y compartir información”, comentó Rejón. “Es esta tormenta perfecta con la que estamos lidiando”.

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Moore, quien también citó el alza de armas fantasma y las interrupciones en el trabajo de intervención de pandillas como factores del delito, intenta descubrir cómo poner más oficiales en las calles del sur de Los Ángeles para interrumpir la violencia y al mismo tiempo mantener suficiente personal para investigar los asesinatos que ocurren, expuso. Más allá de si lo logra o no, no puede ser que únicamente la policía intente detener la violencia, enfatizó. Todos en la ciudad deben tener una conversación sobre la actual crisis y determinar qué van a hacer para ayudar, agregó.

Aquellos que aportan una pasión extraordinaria a la reforma de la policía ayudarían mucho a la ciudad si pusieran algo de esa energía en detener los asesinatos, consideró. “Necesitamos la ayuda de la comunidad. Ya lo han hecho y siguen haciéndolo ahora, pero requerimos de esa vigilancia. Si ve algo, dígalo. Si sabe quién es el responsable de la violencia, llámenos. Detengamos esta pérdida de vidas sin sentido”, enfatizó. “Los Ángeles es mejor que esto”.

Para leer esta nota en inglés haga clic aquí


CaliforniaNota Roja
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