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Los barrios latinos del Valle de San Fernando fueron especialmente golpeados por el coronavirus

Photos of COVID victims cover the glass walls and a Day of the Dead memorial display inside an office.
Las víctimas de COVID-19 están incluidas en un memorial del Día de los Muertos el mes pasado en la oficina de la concejal de la Ciudad de Los Ángeles, Mónica Rodríguez, en el Ayuntamiento de Pacoima.
(Mel Melcon / Los Angeles Times)

No había manera de que Carolina Sánchez se aislara de su familia después de dar positivo hace dos semanas por el coronavirus.

Vivía en una habitación con sus cuatro hijos en un motel Vagabond Inn en Sylmar, al noreste del Valle de San Fernando. Ellos y su hermana, quien cuidaba a los niños, también contrajeron el virus. Este era el precio de ser un trabajador con salarios bajos que vivía en condiciones de hacinamiento. Fue un precio exigido a los latinos por encima de casi cualquier otro grupo.

“Da miedo saber que puedes salir y enfermarte de nuevo”, señaló Sánchez.

Con los casos de coronavirus y las hospitalizaciones alcanzando niveles sin precedentes en California, la pandemia una vez más acecha a los vecindarios de bajos ingresos, clase trabajadora y mayoría latina con particular agresividad, según un análisis de datos del Times.

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En Los Ángeles, un foco de contaminación de COVID-19, cinco de las 25 comunidades con las tasas de infección más altas se encuentran en el noreste del Valle de San Fernando, en áreas que albergan un gran número de trabajadores “esenciales” con mayor riesgo de contagio, e incluyen códigos postales con altos índices de vivienda hacinada. Algunos están plagados de contaminación y están rodeados por tres autopistas bulliciosas, una línea de ferrocarril y decenas de instalaciones industriales, así como una planta de energía que durante tres años había estado filtrando metano.

Cerca de la cima de esta preocupante lista se encuentra San Fernando, que tiene una tasa de infección dos veces mayor que la de Los Ángeles en su conjunto. A partir de este fin de semana, contaba con 1.044 casos por cada 100.000 habitantes, en comparación con cifras del Condado de 496 por cada 100.000, según los registros del gobierno. También se ha visto muy afectado el barrio de Pacoima, que tiene 993 contagios por cada 100.000 residentes.

Los vecindarios del valle, Arleta, Sylmar y Van Nuys también están en esa lista.

Aunque el 11% de los hogares en Los Ángeles se considera abarrotado, algunos de los vecindarios con las tasas más altas de infección incluidos —Pacoima y Arleta— tienen índices de hacinamiento dos veces más altos, según una investigación del Times.

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La tendencia va más allá de Los Ángeles.

Un análisis del Times sobre las comunidades en todo el estado, mostró que otras áreas predominantemente latinas se encuentran entre las más afectadas por la pandemia. Dichas zonas a lo largo del corredor de la autopista 10 tienen una de las tasas de casos más altas de California, incluidas las de Bloomington, Colton, Fontana, Montclair, Rialto y San Bernardino, así como las del desierto alto, como Adelanto, Hesperia y Victorville.

Se extendieron por todo el estado, en comunidades fronterizas de San Diego e Imperial, como Calexico y San Ysidro; comunidades agrícolas en el Valle Central y el Valle de Coachella; y una comunidad en Berkeley, donde un brote se ha extendido entre cientos de trabajadores en el hipódromo Golden Gate Fields.

Los trabajadores latinos tienen la tasa más alta de empleo en trabajos esenciales de primera línea, donde existe un mayor riesgo de exposición al coronavirus, según el Centro Laboral de UC Berkeley; el 55% de los latinos trabaja en esos empleos y el 48% de los residentes negros también lo hace, en comparación con el 35% de los residentes blancos.

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Michael Villalobos carries over his shoulder a bag with food. Kameo Allen, with a child, carries bread, a watermelon.
Michael Villalobos, un trabajador de intervención comunitaria de Soledad Enrichment Action, lleva una bolsa de alimentos donados para Kameo Allen, a la derecha, de Lake View Terrace y su hija Bella, de 3 años, el 12 de noviembre.
(Mel Melcon / Los Angeles Times)

A partir del 7 de noviembre, los residentes latinos estaban siendo hospitalizados a una tasa semanal, ajustada por edad, de aproximadamente 10.5 por cada 100.000 habitantes, más del doble de las 3.8 hospitalizaciones por 100.000 de los residentes blancos. (Las estadísticas que se ajustan para tener en cuenta las diferencias de edad entre los grupos raciales y étnicos proporcionan comparaciones más significativas, según los epidemiólogos). La disparidad en los índices de mortalidad había disminuido, pero podría empeorar a medida que aumenta el número de muertes.

En julio, la organización sin fines de lucro Meet Each Need With Dignity (MEND), que administra un banco de alimentos de emergencia en Pacoima, comenzó a realizar una encuesta de vivienda de nuevos clientes y recopiló datos sobre 414 hogares en el noreste del Valle de San Fernando. La encuesta indicó que el 41% de esos residentes compartía un hogar con otra familia, y más del 30% vivía en una casa trasera, habitación o casa móvil. Aproximadamente el 8% vivía en un garaje.

“La mayoría vive en algún tipo de [vivienda] deficiente”, señaló Janet Marinaccio, presidenta y directora ejecutiva de MEND. “Puede haber una familia de seis personas viviendo en un garaje. Se duplicarán y triplicarán. Podrían estar cuatro familias, una en cada dormitorio y sala de estar”.

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Esta semana, el Departamento de Salud Pública de Los Ángeles expandió las pruebas en este rincón del Valle. También aumentó los esfuerzos de alcance en la comunidad latina con la ayuda de promotoras, trabajadores de la salud de la comunidad que pueden brindar información sobre la pandemia al público, incluso en español.

A principios del mes pasado, el Condado dedicó alrededor de $30 millones al programa a medida que aumentaban los casos de coronavirus.

La alarmante cantidad de personas infectadas en el Valle de San Fernando se debe a una variedad de razones, incluido el clima más frío que obliga a más personas a agruparse en lugares cerrados. Bárbara Ferrer, directora de salud pública de Los Ángeles, cree que una falsa sensación de seguridad también se ha asentado entre mucha gente.

“Creo que puede reflejar más las reuniones y las fiestas, la mezcla con personas que no son de su hogar”, comentó. “Y un problema con este virus es que, una vez que aumentan las tasas, puede alimentarse de sí mismo”.

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Gladys Ayala, chairwoman of Chicas Mom Inc.
Gladys Ayala, presidenta de la organización sin fines de lucro Chicas Mom Inc., dice que el presidente Trump “minimizó" el coronavirus “tanto que la gente no lo creyó".
(Dania Maxwell / Los Angeles Times)

Gladys Ayala, cofundadora y presidenta de Chicas Mom Inc., una organización sin fines de lucro que tiene como objetivo empoderar y educar a las mujeres en el Valle, indicó que la vergüenza y la información inconsistente de la Casa Blanca aumentaron las dudas sobre la gravedad del coronavirus. Asimismo, dijo que dio positivo por COVID-19 en mayo e infectó a su familia.

“El presidente tuvo mucho que ver con esto”, señaló. “Minimizó esto tanto que la gente no lo creyó”.

Ayala señaló que tenía todos los síntomas clásicos, perdió el sentido del olfato y el gusto y se sintió fatigada. Su esposo, quien es diabético y tiene presión arterial alta, estuvo hospitalizado durante tres semanas. Ambos se recuperaron. Sus dos hijos, de 19 y 15 años, dieron positivo, pero no desarrollaron ningún síntoma.

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Sánchez, la madre de 28 años que vive con sus hijos en un motel, dijo que había regresado de trabajar un turno en la tienda 99 Cents Only cuando se sintió enferma. Ella desarrolló escalofríos, perdió el apetito y tenía problemas para respirar. Después de tres días en cama con fiebre, fue a hacerse la prueba y descubrió que tenía COVID-19.

“Siempre había tratado de mantenerme a salvo con el cubrebocas puesto”, comentó. “Uso mis guantes y mantengo la distancia cuando la gente entra”.

Durante dos semanas, estuvo en cuarentena con sus cuatro hijos —de 3, 4, 5 y 8 años— y su hermana en su habitación. Ella dijo que ninguno de los niños desarrolló síntomas.

La situación fue otro marcador en la dura vida de Sánchez. Ella es una sobreviviente de violencia doméstica y por cinco meses vivió en su automóvil con sus hijos después de ser desalojada de su hogar.

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Hace año y medio, se inscribió en un programa de vivienda de Los Ángeles que le apoya con una gran parte de su alquiler en el motel. Sánchez dice que paga unos $275 dólares al mes.

Los miembros de la familia vienen a dejarles comida fuera de su habitación. Relató que los niños se habían puesto ansiosos porque querían salir al aire libre. Ella agregó que su hijo de 8 años, Nathan, quien asiste a clases en línea, tuvo dificultades para concentrarse en la escuela.

“El espacio es limitado, por lo que tiene a sus hermanos saltando en el fondo”, comentó. “Tengo maestros que me llaman y me dicen que Nathan necesita estar en un lugar tranquilo para hacer su tarea”.

Cuando estalló el último aumento en los casos de COVID-19, Silvia Anguiano, residente de Pacoima y activista comunitaria de 34 años, tomó el teléfono para comunicarse con organizaciones sin fines de lucro como Homies Unidos, 2nd Call y Partido Nacional de La Raza Unida.

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Anguiano estaba particularmente preocupada por cómo la pandemia podría afectar a la comunidad de inmigrantes que viven ilegalmente en el país.

“Una de cada dos personas inmigrantes en la comunidad no sabe dónde hacerse la prueba, por lo que debemos llevar algún tipo de educación a nuestro programa de distribución de alimentos”, señaló Alex Sánchez, de 49 años, organizador y cofundador de Homies Unidos, una organización que tiene como objetivo empoderar a los jóvenes.

Hace dos semanas, el grupo tuvo su primer evento de obsequio de comida afuera del Hubert H. Humphrey Memorial Park en Pacoima. Los voluntarios negros y latinos usaron cubrebocas y guantes al momento que descargaban cajas llenas de leche, hummus, sandías y verduras, mientras la música de cumbia sonaba a todo volumen por un altavoz de fondo.

El evento llamó la atención de las personas que pasaban en automóvil y de los residentes de los alrededores, quienes llegaron con carritos de compras y carriolas para bebé. A todos les dieron pan y botellas de desinfectante para manos, mientras los voluntarios llenaban bolsas grandes con comestibles.

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Cuando el grupo tuvo su segundo sorteo de comida en el parque el jueves, las filas se extendían alrededor de la cuadra. Melba Martínez, de 45 años y de Honduras, caminó unas tres millas desde su apartamento en Pacoima con su hija de 12 años, Daniela, para recoger alimento. Martínez perdió su trabajo limpiando casas en marzo, cuando la pandemia comenzó a afectar en el sur de California. Ese empleo le pagaba alrededor de $2.000 al mes.

Desde entonces, Martínez se ha atrasado en su alquiler mensual de $1.500. Se vio obligada no solo a pedir prestado dinero a su hermana para pagarlo, sino también a depender de los sitios de distribución de alimentos de la iglesia para mantener a sus dos hijos.

Melba Martinez pulls daughter Daniela in close as they sit at a picnic table.
Melba Martínez y su hija Daniela, de 12 años, se sientan en una mesa de picnic en el Parque Hubert H. Humphrey Memorial en Pacoima.
(Ruben Vives / Los Angeles Times)

Martínez dice que vive en un estado de preocupación constante.

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Dejó su tierra natal por una vida mejor. Pero ahora, es difícil imaginar que se haya logrado ese objetivo. El edificio de apartamentos que habita parece propicio para la propagación del coronavirus. Muchas familias viven en condiciones de hacinamiento y ella sabe que algunas personas han contraído COVID-19.

“Mi vecina de arriba vive con otras dos familias, y me dijo que una de las personas que vive allí contagió a todos”, expuso. “Abajo hay dos familias que viven en un apartamento y todos se han infectado”.

Martínez se pregunta si la cantidad de personas infectadas con coronavirus es en realidad más alta de lo que la gente cree. Reveló que algunas personas le habían suplicado seriamente: “Todos me han dicho: ‘Por favor, no le digas a nadie que tengo COVID-19'”.

Rong-Gong Lin II, Ryan Menezes y Sean Greene contribuyeron a este artículo.

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