Armado con una cámara, un joven médico de urgencias capta los rostros de la guerra contra el COVID

Nurse Doris Roldan reaches out for a dose of epinephrine
La enfermera Doris Roldán, a la derecha, alcanza una dosis de epinefrina mientras el enfermero Jeremy Hill realiza la reanimación cardiopulmonar y el Dr. Rubén Guzmán se prepara para intubar a un paciente que está muriendo de COVID-19.
(Scott Kobner)
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Desde detrás de su careta, la joven doctora mira al frente.

Ella está de pie detrás de un paciente con COVID-19 que se encuentra sobre una mesa de operaciones. Un monitor de signos vitales muestra que el corazón del hombre late con fuerza y que está tomando 47 respiraciones por minuto, cuadruplicando la frecuencia normal. La mano enguantada de una enfermera se extiende sobre él, tomando una jeringa.

En la fotografía en blanco y negro, los ojos del médico están muy abiertos.

La persona que capturó el momento no tuvo que preguntar por qué.

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Dr. Scott Kobner  outside L.A. County-USC Hospital in Los Angeles.
El Dr. Scott Kobner frente al Centro Médico del Condado de Los Ángeles-USC en Boyle Heights. Cuando la pandemia de COVID-19 comenzó la primavera pasada, devastando el estado natal de Kobner, Nueva York, antes de llegar a California, supo que la historia se estaba desarrollando.
(Wally Skalij / Los Angeles Times)

El Dr. Scott Kobner, el jefe de residentes de 29 años del Departamento de Medicina de Emergencia del Centro Médico de Los Ángeles-USC, sabía que este era el momento de tranquilidad antes de que un paciente, que sería intubado, fuera puesto en un coma inducido del cual no despertaría.

Cuando la pandemia de COVID-19 comenzó la primavera pasada, devastando el estado natal de Kobner, Nueva York, antes de surgir en California, sabía que la historia se estaba desarrollando. Pronto comenzó a aparecer en el hospital en sus días libres con instrumentos que, en el momento, se sentían tan vitales como su estetoscopio: sus cámaras Leica M6 y M10.

La fotografía médica tiene una gran tradición que se remonta a la Guerra Civil, cuando los médicos capturaron imágenes en blanco y negro de heridas de bala y gangrena, así como de extremidades amputadas que mostraban, con todo lujo de detalles, la brutalidad de la guerra.

Las fotos clínicas de la Primera Guerra Mundial, que mostraban partes de los rostros de los soldados arrancadas por las ametralladoras, se volvieron invaluables para los cirujanos que literalmente aprenden a reconstruir rostros. En estos días, las fotografías de estilo documental de la pandemia de gripe de 1918, cuyo primer brote importante fue en una base del Ejército en Kansas en medio de la guerra, son tesoros en la era del COVID-19.

Estos acontecimientos no son una guerra convencional, pero a su manera es un combate, con su variedad de soldados de a pie (médicos, enfermeras, socorristas) y un frente que cambia en intensidad y dimensión, esperanza y desesperación, tanto como un campo de batalla.

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Kobner estaba decidido a documentarlo en County-USC, uno de los sistemas de salud pública más grandes del país.

“Hay una autoridad narrativa en la fotografía”, comentó. “Es innegable que la gente acepta una foto como un momento de la realidad que tenemos que interpretar. Hay mucha delicadeza en tomar este tipo de fotografías y hay que tener el mayor respeto por la dignidad humana, así como por la condición de las personas involucradas”.

Dr. Daria Osipchuk looks out at her team before intubating a young man.
La Dra. Daria Osipchuk mira a su equipo por última vez antes de intubar a un joven con dificultad respiratoria severa por COVID-19.
(Scott Kobner)

La Dra. Daria Osipchuk se sorprendió cuando vio por primera vez la foto de Kobner con sus ojos muy abiertos, la única parte de su rostro visible sobre su máscara N95. Nunca había visto una fotografía de ella trabajando.

“Fue un poco inquietante mirarme a los ojos y observar que estoy viendo ese momento de calma justo antes de la intubación y la gravedad de la situación”, comentó Osipchuk, doctora residente de 29 años.

La ilustración médica se ha utilizado como herramienta de enseñanza durante cientos de años. Pero el uso de la fotografía para documentar las crisis humanas proliferó durante la Guerra Civil, especialmente después de que se fundó el Museo Médico del Ejército en 1862, para recopilar artefactos e imágenes para la investigación en la medicina del campo de batalla.

Un prolífico contribuyente de fotografías para el museo fue el Dr. Reed Bontecou, un neoyorquino que se convirtió en cirujano a cargo del Hospital Harewood en Washington, D.C.

Tomó retratos de soldados heridos y, como herramienta de enseñanza, los marcó con un lápiz rojo para mostrar las trayectorias de las balas. Más tarde, los veteranos usaron las fotos para demostrar la gravedad de sus lesiones, mientras solicitaban pensiones gubernamentales.

Bontecou tomó primeros planos de heridas gangrenosas y documentó el uso de anestesia. Una de sus imágenes, titulada “Día de campo”, muestra una pila de pies y piernas amputados fuera del hospital, justo antes de ser quemados, señaló Mike Rhode, archivero de la Oficina de Medicina y Cirugía de la Marina de Estados Unidos.

Las fotografías de los médicos han sido útiles, tanto para documentar la tragedia humana, como para uso clínico, mostrando a los profesionales de la salud qué tipo de heridas podrían estar tratando.

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“No es solo un fotógrafo profesional que busca una historia sangrienta; es una perspectiva de alguien involucrado”, indicó Jim Connor, profesor de humanidades médicas e historia de la medicina en la Memorial University of Newfoundland.

Dr. Molly Grassini
Durante la reanimación de un paciente en paro cardíaco, la Dra. Molly Grassini mira fijamente el monitor durante la comprobación del pulso, esperando que su paciente diera alguna señal de vida
(Scott Kobner)

“Le está dando una idea al público en general, de que esto es real. Le da un nivel de veracidad y autenticidad que el médico o la enfermera tomen las fotos”.

Kobner, hijo de dos agentes de policía, indicó que siempre se sintió atraído por el servicio público. La medicina de emergencia, que describe como “la intersección de las condiciones humanas: la socioeconomía, las terribles circunstancias de nuestra biología, las cosas que no podemos controlar como seres humanos”. Estudió en la Universidad de Nueva York y está viviendo su sueño como residente en County-USC, el hospital público de 600 camas en Boyle Heights.

Cuando Nueva York se convirtió en un epicentro temprano de la pandemia la primavera pasada, Kobner reconoció a los médicos en las noticias mientras los hospitales se inundaban con casos de coronavirus. Eran sus amigos e instructores de la escuela de medicina, las personas que le enseñaron a usar un respirador.

Kobner se sintió culpable. Los casos aún no habían estallado en el sur de California y su nosocomio tuvo tiempo para prepararse. La sala de emergencias del County-USC estaba inquietantemente vacía, ya que la gente se quedaba en casa y evitaba los hospitales.

“Fue muy espeluznante para todos nosotros”, comentó Kobner. “Nunca habíamos escuchado el silencio de nuestro nosocomio en ese momento”.

El primer aumento de casos se produjo a principios del verano pasado. Fue entonces cuando Kobner trató a su primer paciente muy enfermo de COVID-19. Todavía piensa mucho en ella.

A Los Angeles Fire Department crew at County-USC
Un equipo del Departamento de Bomberos de Los Ángeles, en medio de un turno de 24 horas sin dormir, da un informe a un médico de urgencias del County-USC en la rampa de la ambulancia. En el interior, el resto del equipo de urgencias prepara una cama para el paciente de COVID en estado crítico.
(Scott Kobner)

Era una mujer dulce de unos 50 años, con cabello castaño ondulado y una gran sonrisa. Tenía fiebre alta y estaba empapada en sudor, pero bromeó diciendo que Kobner debía estar con temperatura más alta que ella debajo de todo su equipo de protección personal.

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Llegó al comienzo de un ajetreado turno en la sala de emergencias y se negó rápidamente. La intubación era su última opción, incluso si no era algo bueno, indicó Kobner.

Fue la primera vez que Kobner tuvo que preparar a una familia para hablar con un ser querido por FaceTime antes de la intubación, la primera ocasión que tuvo que decir que podría ser la última oportunidad que tenían para hablar con un paciente.

La hija de la mujer le preguntó a Kobner qué debía decir. Él le respondió lo que le diría a su mamá, papá o hermana: que realmente los amaba, que lamentaba no poder estar allí, pero que estaba al otro lado del teléfono. Les diría lo feliz que lo hacían.

Cuando el equipo médico se preparaba para intubarla, todos tenían lágrimas en los ojos.

“Llevas una bata y una máscara completa”, señaló Kobner. “No puedes eliminarlos. Simplemente están ahí colgados. Pienso mucho en ella porque no se ha vuelto más fácil cientos de conversaciones después”.

La mujer murió.

Kobner toma fotografías solo en sus días libres y deja en claro a los pacientes que él no los atiende médicamente en esos momentos. El hospital, comentó, le dio permiso para tomar fotos debido a la naturaleza histórica de la pandemia, y obtiene el consentimiento de cada paciente.

Dr. Nhu-Ngyuen Le supervises Dr. Chase Luther during a procedure.
La Dra. Nhu-Ngyuen Le, a la derecha, supervisa al Dr. Chase Luther mientras coloca una vía central emergente, un dispositivo que permite administrar medicamentos que salvan vidas en las venas más grandes del cuerpo.
(Scott Kobner)

Kobner señaló que sentía el deber de levantar su cámara porque tanto sufrimiento por la pandemia estaba sucediendo detrás de las paredes del hospital, en gran parte fuera de la vista de un público, al que le resulta más fácil no creer lo que no puede ver.

“Creo que reconocer la humanidad y su lucha es lo que hacemos todos los días, tiene un impacto mucho más profundo que una campaña que tiene gráficas realmente elegantes o un testimonio poderoso”, señaló.

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Durante el verano, Kobner dio positivo por el coronavirus y estuvo enfermo durante unos 10 días, confinado en cama durante gran parte de ese tiempo. Vive solo, una bendición y una maldición en tiempos de aislamiento como estos. Se sintió afortunado de no tener que ser hospitalizado.

Pero dijo que la oleada invernal fue peor. Hubo una sensación de impotencia durante semanas. No importa cuántos pacientes vea durante un turno, sabía que vería al mismo número al día siguiente.

“En medicina de emergencia estamos acostumbrados a ver lamentos variados: ataque cardíaco, herida de bala, brazo roto”, comentó. “Pero durante la oleada, fue la misma historia una y otra vez”.

En diciembre, comenzó a publicar algunas de las fotos en Instagram con leyendas clínicas, melancólicas, frustradas y esperanzadas.

Hay una foto de una mujer acostada boca abajo en su cama de hospital, con un tubo en la nariz. Sus ojos están tristes.

“Aislamiento, cuarentena, soledad: palabras ahora incluidas en nuestro vocabulario diario. Cuando la Sra. H me dijo lo sola que se sentía en casa antes de enfermarse y ahora luchando contra el COVID en el hospital, solo pude compartir con ella el sueño de un futuro mejor”, escribió. “Volviendo a una época en la que podía tomar su mano mientras hablábamos sin un guante de látex o una bata de plástico que nos separara del contacto humano”.

En otra toma con luz oscura, un médico se inclina sobre la cabeza de un paciente, sosteniendo un par de tijeras de sutura, después de perforar un agujero en el cráneo de la mujer.

Polaroids of LAC+USC Emergency Department staff
Junto a las cajas de guantes y mascarillas, en la sala situada a la salida de la unidad COVID-19, cuelgan polaroids del personal del Centro Médico del Condado de Los Ángeles. Después de ponerse el equipo de protección personal, los proveedores pegan estos autorretratos en sus batas para mostrar a los pacientes las caras de las personas que les atienden.
(Scott Kobner)

“Los accidentes cerebrovasculares y las hemorragias intracraneales son complicaciones potencialmente devastadoras de esta infección y son desgarradoras de presenciar”, escribió Kobner. “Un drenaje colocado en el cerebro a través del cráneo alivia la acumulación de presión que acompaña a la hemorragia intracraneal y puede salvar la vida de los pacientes”.

Otro muestra una pared justo afuera de la unidad de COVID-19, donde se cuelgan autorretratos Polaroid de médicos y enfermeras sonrientes, junto a cajas de guantes y cubrebocas. Habían pegado las fotos a sus batas para mostrarles a los pacientes cómo se veían debajo de las gafas y los protectores faciales.

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El ritual, indicó, decayó a medida que la apariencia del equipo de protección personal se volvió normal.

“Algunas de estas caras no las he visto sin cubrebocas en meses”, escribió. “Sus sonrisas parecen tan genuinas y llenas de vida, ansiosas y esperanzadas. Se ven tan diferentes a los ojos que veo diariamente: llenos de miedo, fatiga y dolor”.

“Estas fotos eran para los pacientes, pero ahora creo que son para nosotros”.

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