“Son tantos, que ya perdí la cuenta”: El sombrío negocio de trasladar víctimas latinas del coronavirus, mientras el número de muertos crece

Maura Ramírez
Maura Ramírez, de 41 años, a la izquierda, observa cómo Juan López y Elizandro Flores, de 48 años, sacan el cuerpo de su madre, Amalia Tinoco, de 91 años, de su hogar en Pharr, Texas, después de que la mujer murió por COVID-19.
(Carolyn Cole / Los Angeles Times)

Mientras las muertes de los latinos por COVID-19 se disparan, un incansable flujo de cuerpos son trasladados de los hospitales, hogares de ancianos y casas hacia las funerarias o morgues.

La familia esperaba en el jardín la llegada de Juan López. Finalmente, este entra a la casa por una puerta en el pasillo. Amalia Tinoco yace en una cama; es una abuela de 91 años que pereció después de luchar contra el coronavirus. Al principio, la familia no lo admitía, pero López, un hombre tan familiarizado con la muerte que los directores de funerarias lo llaman por su apodo, conoce bien la historia.

Su negocio es trasladar cuerpos. La sombría aparición de su Cadillac Escalade negro es una vista frecuente en estos días en las carreteras secundarias y calles de ciudades en el Valle de Río Grande. La pandemia desató una marea implacable de muerte en las tierras fronterizas: López pasó de transportar 15 cuerpos por semana a 22 por día. “Son tantos, que ya perdí la cuenta”, confesó.

Juan Lopez loads a body into the Cadillac Escalade he uses for his Elite Transport business.
Juan López, de 45 años, carga un cuerpo en el Cadillac Escalade que usa para su negocio, Elite Transportation Services, tiene más trabajo que nunca este mes, debido al aumento de los decesos por COVID-19 en el Valle de Río Grande, Texas.
(Carolyn Cole / Los Angeles Times)

López es rápido en su tarea. Viaja con una máscara N95, un traje protector con capucha y sus instintos agudizados con el tiempo. “Trato a todos los cuerpos con el protocolo para COVID, porque la gente miente”, comentó. “Uno pregunta: ‘¿Tenía COVID?’, y dicen: ‘No, él solo tuvo una breve tos’, porque hay muchas funerarias que no aceptan los restos”.

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Los directores de las funerarias conocen a López, de 45 años, como ‘Chilango’, es decir, oriundo de la Ciudad de México. Él llegó al valle a los 14 años, cuando sus padres trasladaron a sus seis hijos al norte, para reunirse con otros familiares que estaban en Los Ángeles. Después se convirtieron en ciudadanos estadounidenses. López aprendió a hablar el idioma vernáculo del valle, el ‘spanglish’, un inglés matizado con expresiones como “¡No, hombre!”, “¿Mande?”, y "¡No manches, güey!”.

También ha transportado cuerpos durante 20 años. Gran parte de ese tiempo tuvo un contrato para trasladarlos al condado de Hidalgo, epicentro de la pandemia de COVID en el valle. Los recoge de hospitales, hogares de ancianos, escenas del crimen e incluso callejones. Ha transportado de todo a funerarias y morgues: dos policías asesinados en un tiroteo el mes pasado, víctimas de un cártel decapitadas, y niños migrantes que se ahogaron tratando de cruzar el Río Grande.

López se divorció tres veces, principalmente porque viaja mucho. Sus exesposas se ponían celosas, comentó, convencidas de que estaba con otra mujer. Una de sus ex contrató a un investigador privado e instaló en secreto un rastreador en su automóvil, solo para descubrir que su compañía más constante eran los cuerpos.

Juan Lopez prepares to remove the body of 91 year-old Amalia Tinoco from her home in Pharr, Texas.
Juan López se prepara para sacar el cuerpo de Amalia Tinoco, de 91 años, de su casa en Pharr, Texas. La mujer murió de COVID-19.
(Carolyn Cole / Los Angeles Times)

El trabajo es, a menudo, caótico. Su primer caso fue un suicidio; una mujer de 24 años que se había disparado en la cabeza con una escopeta calibre 12. Pero López nunca vio nada como la avalancha de decesos por el COVID-19 que se registra en el valle ahora; casi todos son latinos, muchos con rostros familiares.

El aumento en los casos de COVID-19 está contribuyendo al deceso de un número desproporcionado de latinos en todo el estado. Hasta este sábado, 826 personas habían perecido por la enfermedad en el valle, aproximadamente el 12% del total del estado, a pesar de que el área representa aproximadamente el 5% de la población de Texas. Según cifras estatales, la mitad de los 6.837 tejanos que murieron de COVID-19 eran latinos, aunque esta etnia es aproximadamente el 40% de la población.

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Muchos de los que fallecen no tienen seguro y están afectados por problemas de salud subyacentes. Y en Texas, el estado más grande en negarse a expandir la cobertura en el marco de la Ley de Cuidados de Salud Asequibles (u Obamacare), casi un tercio de los adultos menores de 65 años no tienen seguro médico, la tasa más alta en el país. Más del 60% de las personas sin cobertura médica son latinos.

Durante uno de sus viajes para recoger cuerpos de un hospital, López le preguntó a una enfermera por qué tantos de sus vecinos fallecían a raíz del COVID-19. “Me respondió que la diabetes, la obesidad, el colesterol alto, las drogas y el consumo excesivo de alcohol” empeoraban su pronóstico, comentó.

López duerme algunas horas por noche en la casa que comparte con sus tres hijos más pequeños en McAllen, una de las ciudades más grandes del valle. Cuando suena su teléfono celular rojo, sus gemelas de cinco años saben que tiene que irse porque alguien más ha muerto.

“No tengo tiempo para deprimirme”, reconoció mientras conducía.

A pesar de los riesgos, López, quien bautizó a su empresa Elite Transportation Services, ve cómo su competencia se multiplica. Algunos trasladan cuerpos a mitad de precio -$50 en comparación con los $100 que le paga a él el condado-, en minivans más baratas. Pero López las considera como “vehículos para mamás” y se niega a reducir los costos.

Él y su ayudante, Elizandro Flores, de 48 años, un maestro local que están en licencia desde que cerraron las escuelas debido a la pandemia, llegaron un mediodía reciente a la casa del rancho de Tinoco, en la ciudad fronteriza de Pharr, para encontrar a media docena de sus parientes apiñados en el jardín. La información del certificado de defunción que tenía López en su portapapeles señalaba que Tinoco murió de COVID-19.

Juan Lopez wheels a gurney up to the home of Amalia Tinoco, 91, who died after becoming infected with COVID.
Juan López transporta una camilla junto a familiares de Amalia Tinoco.
(Carolyn Cole / Los Angeles Times)

“Estábamos aquí, tomando las precauciones que podemos”, comentó la hija de la fallecida, Maura Ramírez, de 41 años. “Estamos perdiendo a muchas familias”.

López y Flores se ponen las máscaras N95, los protectores faciales y guantes. López despliega un traje protector blanco con capucha, y se lo coloca sobre sus botas de cocodrilo y su camisa de vestir granate, empapada en sudor. Tenía previsto ir a McAllen para asistir al funeral de la madre de una amiga, apodada ‘La Jefa’, quien también había muerto de COVID (y él fue quien transportó su cuerpo). Pero eso tendría que esperar.

Dos de los hijos de Tinoco, José y Lionel, estaban parados en el césped. Ambos llegaron allí el día anterior desde Modesto, para ver a Amalia antes de que muriera. “Allí también la situación está muy mal. Es un riesgo, pero uno se protege”, comentó José Tinoco, de 51 años, pintor. “¿Quién no quiere ver a su madre?”.

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Su hermano sigue a López y a Flores mientras transportan una camilla por el camino de entrada, entre medio de otros familiares enmascarados y llorosos. El par entra por la puerta trasera llevando una tabla de plástico; lucen como astronautas con sus trajes blancos. Pasan junto a otros dos parientes enmascarados sentados en la cocina, con las cabezas bajas enterradas entre las manos. A través de una puerta abierta, ven el frágil cuerpo de Tinoco en la cama de una habitación en sombras. La envuelven en sábanas, la suben a la tabla y llevan la camilla afuera. La colocan en una bolsa negra y la cierran.

Mientras la llevan por el camino de entrada, Lionel Tinoco los detiene. Él y sus 10 hermanos planean enviar los restos de su madre a Guanajuato, México, para enterrarla junto a su difunto esposo. Tinoco quiere ver a su madre y tocarla por última vez.

“No”, le dice López. No puede permitir que se arriesgue a contraer COVID. No hace mucho, uno de sus amigos, un guardia de seguridad hospitalario, recogió amablemente el teléfono celular de un paciente cuando el aparato se cayó. El hombre enfermó y, antes de que pudiera ponerse en cuarentena, le transmitió el virus a su esposa. Ahora ella yacía en un hospital, con asistencia respiratoria.

López le ofrece a Tinoco una propuesta que funciona con otras familias: le permitirá tocar a su madre cuando el cuerpo esté ya en la bolsa. El hombre acepta. “Quieren despedirse”, reflexiona López más tarde en el auto. “Pero yo no quiero estar expuesto”.

El valle es una zona de gran unión; las personas viven y mueren juntas. Cuando se divulga la noticia de un deceso, los familiares van a la casa y, a pesar de los riesgos, la pandemia no ha alterado la forma del duelo.

Since coronavirus cases spiked this summer in Texas's Rio Grande Valley, Juan Lopez's phone rings constantly.
Desde que los casos de COVID-19 aumentaron, este verano, en el Valle de Río Grande, el teléfono de Juan López suena constantemente.
(Carolyn Cole / Los Angeles Times)

Recientemente, una familia llamó a López para recoger a un hombre de 26 años, insistiendo en que había fallecido por causas naturales. “Cuando llegué allí, las autoridades me dijeron: ‘Ponte tu equipo, porque la mamá dio positivo’”, comentó López. “Sabían que murió de COVID y aún así seguían en la casa, besándolo y sin usar mascarillas”.

Él ha visto morir a varias parejas a causa del virus. “Mientras recojo un cuerpo, el otro está allí, luchando por respirar”, relató.

López recientemente transportó los restos de una mujer que falleció de COVID-19 en un hospital local; más tarde ese mismo día trasladó el cuerpo de su esposo, quien falleció por la misma causa, pero en su casa. “Y la hija estaba allí, sin mascarilla”, contó.

Cuando López retira los muertos de un puñado de hogares de ancianos locales, reveló, el personal a menudo es igual de descuidado, usa los mismos guantes cuando maneja pacientes de COVID y otros que no tienen COVID.

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“Mueven el cuerpo, luego tocan la pared, los picaportes de las puertas. Les digo: ‘Hazme un favor, aléjate de mí’", relató.

Con pocas pautas para el manejo de cuerpos con COVID, López inventa reglas de seguridad a medida que pasan los días. Al comienzo de la pandemia, se negaba a recoger fallecidos con coronavirus de hospitales que no usaban bolsas para cadáveres. Tampoco hace limpiezas profundas de COVID, a pesar de que algunas empresas emergentes en el valle cobran por ello más de $2.000. “No quiero que me demanden”, comentó.

López es delgado y naturalmente efusivo, pero está cansado después de semanas de muerte y ansiedad. Él reza antes de cada comida, pero dejó de asistir a la iglesia durante la pandemia por temor a enfermarse. Cuando su hermano lo invitó recientemente a una barbacoa en el patio trasero, o pachanga, López no solo se negó, sino que se enojó. "¿No ves la situación?”, le preguntó. “Tienes que cuidarte a ti mismo y a tus hijos”.

Su hermano le respondió que estaba actuando con demasiada seriedad. “Esto es grave”, le remarcó López.

Juan Lopez went from moving 15 bodies a week before the pandemic to 22 some days in Texas' Rio Grande Valley.
Juan López pasó de trasladar 15 cuerpos por semana antes de la pandemia, a 22 por día. A menudo trabaja durante la noche, recogiendo cuerpos en los hospitales, hogares de ancianos y casas, y trasladándolos a funerarias o morgues.
(Carolyn Cole / Los Angeles Times)

López a menudo transfiere cuerpos de su Escalade a un remolque refrigerado detrás de Rivera Funeral Home, en McAllen. En un viaje reciente, el trailer contenía 10 cuerpos, y había espacio para 90 más. La puerta se abrió y un hedor se percibió en el aire. La funeraria, comentó, iba a agregar estantes y un segundo congelador. Los crematorios en el valle se retrasaron varias semanas, abrumados por los muertos con COVID.

“Todo esto está sucediendo aquí debido a South Padre Island y todas las actividades que reiniciaron”, afirmó López, refiriéndose a una orden de mayo del gobernador.

“Es como un efecto dominó", manifestó. “Estamos esperando el Día del Trabajo”.

Mientras dejaba un cuerpo en la funeraria De León, uno de los propietarios comparó los riesgos que enfrentan con los primeros días de la epidemia del sida. Javier De León, de 60 años, relató que ha manejado solo dos funerales de personas con COVID desde que comenzó la pandemia, principalmente porque no hace velorios ni servicios con ataúd abierto que pueden durar días, con comida y mariachis. “No se puede hacer eso con el COVID. Les remarco a todos que es por su propia protección”, dijo.

Estos son días oscuros en el valle, incluso para aquellos acostumbrados a la muerte.

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Más tarde esa noche, cuando López condujo para recoger un cuerpo de un remolque ubicado en la parte trasera de un hospital en Edinburg, sede del condado de Hidalgo, un guardia de seguridad lo interceptó con aspecto postapocalíptico: vestido de negro, con la mirada escondida tras una máscara de gas. Al otro lado del estacionamiento, las ventanas del hospital mostraban figuras con trajes sanitarios, que trataban a docenas de pacientes con COVID conectados a respiradores.

El guardia ayudó a abrir el tráiler. López entró en ese ambiente frío, entre los cuerpos.
Al principio, no pudo encontrar a la mujer que necesitaba trasladar. Alguien le había mentido nuevamente: su cuerpo pesaba más de 400 libras. Le costó subirla a la camilla. El guardia de seguridad le ayudó. Cuando López hizo rodar la camilla por una rampa resbaladiza de madera, ésta lo arrastró a él también, como si fuese un trineo. Luego llevó la camilla hacia el Escalade, y él y el guardia empujaron hacia adentro el cuerpo metido en la bolsa.

Mientras trasladaba los restos hacia una funeraria en McAllen, López llamó para actualizar a la empleada, que había asegurado que la mujer pesaba menos.

“Mañana cómprame un café, ¿de acuerdo?”, le dijo, y ella accedió. Incluso con los cuerpos más difíciles, López trata de ser respetuoso. “Todos tienen familias”, señaló. “Hay que tratarlos como personas, no como objetos”, y luego cita un dicho mexicano: “El que tenga tienda, que la atienda, sino que la venda”. Cuando se entera que alguno de sus empleados aborda a las funerarias a sus espaldas, y les ofrecen trasladar cuerpos por menos, los despide.

Juan López se rocía con desinfectante después de transportar un cuerpo.
Juan López se rocía con desinfectante después de transportar un cuerpo.
(Carolyn Cole / Los Angeles Times)

A López, quien abandonó la preparatoria, le gusta ser su propio jefe. Aumentó sus precios durante la pandemia, dados los riesgos para la salud y los costos adicionales de los equipos de protección. Las funerarias están dispuestas a pagar. Él espera expandir su negocio; trasladar cuerpos para los condados vecinos de Cameron y Starr, y comprar una funeraria.

Ninguno de sus parientes se ha sumado al negocio. Su hija mayor, una enfermera de 26 años que vive en el valle, llama a diario para ver cómo está. López no sabe bien quién desearía que lo traslade a él cuando muera; pertenece a un club local de automóviles y le dice a la gente que quiere ser enterrado en su Chevrolet Fleetline, color cereza negra, modelo 1948.

Mientras tanto, conduce con las ventanas de su Escalade abiertas al caluroso aire del verano; se siente más seguro de esa manera. Incluso con un cuerpo en la parte trasera, el vehículo huele a perfume de ambiente con toques frutales, a los Marlboro Red que fuma y al Lysol con el que se rocía después de cada trabajo. Él está en forma. Aún así, a veces, cuando conduce, respira profundamente, pone atención a sus pulmones y se asegura de no sentirse enfermo.

A veces, Juan López trabaja hasta altas horas de la noche, trasladando cuerpos.
A veces, Juan López trabaja hasta altas horas de la noche, trasladando cuerpos. Regresa a su casa para dormir unas horas y compartir una comida con sus tres hijos más pequeños. El día en el que se tomó esta imagen, había trasladado 20 cuerpos hasta las 10 p.m., y aún quedaban dos más.
((Carolyn Cole / Los Angeles Times))

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