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EEUU

La adicción a la metanfetamina es una epidemia, y está dificultando la ayuda a las personas sin hogar

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Sean Romin, izquierda, un especialista en adicciones que lleva 15 años limpio, habla con Michael Welch en el centro de Los Ángeles. (Dania Maxwell / Los Angeles Times)

(Los Angeles Times)

Estaba destrozada por las drogas. Su cara se encontraba hinchada y con costras, sus brazos marcados por rastros de agujas, un absceso del tamaño de una esponja crecía bajo la piel cerca de su codo.

El jueves por la mañana en el centro de Los Ángeles, la joven de 26 años entró en un programa de intercambio de agujas pidiendo ayuda. Dijo que había pasado la mayor parte de las semanas anteriores viviendo en un coche.

“Vine aquí porque quiero desintoxicarme”, dijo la mujer, quien asegura consumir heroína y metanfetamina y que casi muere varios días antes por una sobredosis de fentanilo. “Es agotador, tratar de ganar dinero para comprar drogas, luego hacerlo de nuevo para después enfermar”.

Tome su historia y multiplíquela por miles. La adicción y todas sus consecuencias están a la vista en el condado de Los Ángeles, donde la última expansión demográfica se mide en tiendas de campaña y no en casas. Las drogas son una economía oculta en auge que se manifiesta en el exterior; casi un tercio de las personas sin hogar dicen tener una enfermedad mental grave, un problema de abuso de sustancias o ambas cosas.

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El viernes, viajando con un equipo de ayuda del centro de la ciudad, visité un campamento sobre el freeway Hollywood. Ese es un lugar para los heroinómanos, con parafernalia de drogas esparcida fuera de sus tiendas de campaña, un aviso de evacuación podía verse en una de las paredes. El equipo hizo contacto, dejó información y volverá una y otra vez, hasta que alguien quiera hacer uso del salvavidas.

Había gente que había tenido derrames cerebrales a los 30 años.

Cerca de allí, una mujer física y mentalmente enferma que usa drogas estaba llorando porque su tienda se había derrumbado. Se levantó la camisa y me enseñó un tubo de alimentación, que todavía está pegado a su ombligo después de una reciente hospitalización. Alrededor de su cuello había un collar de traqueotomía que recientemente tuvo que limpiar porque estaba lleno de gusanos. El equipo llamó para obtener asistencia médica adicional el viernes por la mañana.

Al otro lado una heroinómana embarazada se apoyó en una pared cerca de donde una consumidora de metanfetamina giraba y se retorcía; el equipo de divulgación mantuvo su implacable misión diaria de ofrecer apoyo, consejo y esperanza, todo esto con el objetivo de lograr que la población desamparada se rehabilite y aloje en una casa. Están abrumados.

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Todo eso es lo que esta fuera de control en la ciudad: las grúas redibujan el horizonte mientras el tejido social se rompe a nuestros pies. La pobreza, la falta de vivienda, las enfermedades físicas y mentales se mezclan y la adicción complica los esfuerzos de ayuda. Los opiáceos pueden matar rápidamente, pero la droga preferida en los últimos años ha sido la metanfetamina, un asesino que proporciona un espléndido efecto inmediato mientras ataca silenciosamente los órganos con el paso del tiempo.

La mujer que asistió al programa de intercambio de agujas me dijo que a veces se siente irritable, temblorosa y casi psicótica, y que $5 pueden comprar otra dosis de metanfetamina, que lo arregla todo, hasta que desaparezca en unas horas y la psicosis vuelva a aparecer. Varias personas me dijeron que usan metanfetamina porque los mantiene despiertos por la noche, para poder defenderse de robos y asaltos.

“No importa cuán deprimido o vulnerable te sientas, la metanfetamina tiende a deshacerse de todo eso de una manera que la bebida o el crack no pueden hacerlo”, dijo Sean Romin, quien ha estado limpio durante 15 años y es el especialista en adicciones del equipo con el que me uní. “Durante ocho, diez, doce horas, puedes sentirte como un ser humano normal. Puedes sentir que hay esperanza”.

Pero luego la sensación se va.

El jefe del Departamento de Policía de Los Ángeles, Michel Moore, me dijo que, en general, los opiáceos son la plaga de la costa este en este momento y que la metanfetamina está destruyendo el oeste. La producción ha crecido más allá de los pequeños laboratorios de metanfetamina caseros, dijo Moore. Ahora es un gran negocio para los cárteles mexicanos y los principales líderes de pandillas estadounidenses, dentro y fuera de la cárcel.

“La metanfetamina te sumerge en uno de los pozos más profundos de salir. Pudre a la gente de adentro hacia afuera y es absolutamente dueña de sus vidas, ellos harán cualquier cosa por buscar la droga”, dijo Moore, quien me dijo que está yendo tras las cadenas de suministro a los niveles más altos y bajos.

“La metanfetamina es la plaga de nuestra sociedad”, dijo la Dra. Susan Partovi, quien labora en el programa de intercambio de agujas que visité. Cuando trabajaba en las cárceles del condado, tuvo una visión inquietante de los efectos del uso a largo plazo de esta droga en los jóvenes.

“Veía a personas de 20 y 30 años que tenían ataques cardíacos e insuficiencia cardíaca, otros con hipertensión pulmonar que necesitaban trasplantes de pulmón. Algunos habían sufrido accidentes cerebrovasculares a los 30 años”, dijo Partovi, quien ha realizado labores de socorro en Haití y ha regresado a los barrios bajos encontrando condiciones aún peores.

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Mark Casanova de Homeless Health Care Los Angeles dijo que antes cerca del 70% de los pacientes drogadictos de la agencia usaban cocaína; ahora el 70% usan metanfetamina.

“Es mucho más barato, dura más, se puede fumar o inyectar, es fácil de conseguir”, dijo Casanova.

Una dosis alta de metanfetamina puede simular los síntomas de una enfermedad mental. El psiquiatra Brian Hurley, jefe de medicina para la adicción del Departamento de Servicios de Salud del Condado de Los Ángeles, dijo que a menudo no puede diferenciar si alguien tiene una enfermedad mental, consume mucha metanfetamina o ambas cosas.

“La metanfetamina es un gran impulsor de los problemas de salud mental porque cuando se usa, uno puede volverse psicótico, ansioso y sentirse deprimido”, dijo el Dr. Hurley, quien agregó que la adicción a la misma es más difícil de tratar, en parte porque, a diferencia de los opiáceos, no hay una droga de reemplazo menos dañina para ayudar a romper la dependencia.

¿Qué hacer al respecto?

Hurley dijo que un adicto a la metanfetamina a menudo escapa a un problema subyacente como la depresión, así que podemos hacer un mejor trabajo para identificar y tratar la causa. También le gustaría ver más viviendas de recuperación y un sistema de tratamiento de por vida en lugar de uno temporal, porque con esta droga el riesgo de recaída es alto.

El jefe Moore dijo que mientras trata de reducir la oferta, necesita que el sector de la salud pública intensifique sus esfuerzos para atender la demanda de servicios. Manifiesta que los adictos crónicos no deberían ser criminalizados, pero cuando California redujo las penas por posesión, los tribunales perdieron la oportunidad de ofrecer rehabilitación en lugar de encarcelamiento. Todavía hay programas disponibles, pero Moore asevera que aboga por incentivos más audaces para conseguir que los drogadictos endémicos ayuden, salven vidas y reduzcan la delincuencia.

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Tony Lee, de 53 años, está sin hogar y en camino a la recuperación: "Todavía soy joven y quiero recuperar mi vida", dice. (Dania Maxwell / Los Angeles Times)

(Los Angeles Times)
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Casanova dijo que mucha gente sin hogar con adicciones graves es poco probable que asista a rehabilitación residencial y la abstinencia total no es necesariamente infalible o la mejor estrategia. Le gustaría ver más tratamientos ambulatorios y más intervenciones en las calles.

El Dr. Partovi es un defensor de la redefinición de la “discapacidad grave”, para que aquellos con una enfermedad mental o una adicción que afecte su pensamiento puedan ser forzados a recibir un tratamiento que les salve la vida.

Los trabajadores sociales y médicos con los que viajé el viernes incluyeron a Romin, Lauren González, Sarah Higgins, Lucia Pirir, Charlie Gómez, Ngozi Njoku y Sieglinde von Deffner. Conocían a casi todos en las calles y tienen una estrategia para ayudar y eventualmente alojar a cada uno de ellos. Pero eso puede llevar mucho tiempo, especialmente cuando la adicción y la enfermedad mental están entrelazadas.

Cerca de la calle Olvera, Romin me presentó a Tony Lee, de 53 años, quien me contó que recuerda la violencia en Vietnam durante su infancia antes de la caída de Saigón, después de lo cual su familia se mudó a California. Lee dijo que experimentó con las drogas en la escuela secundaria para encajar, luego fue a la Universidad de Boston para estudiar física cuántica, pero se desvió por los narcóticos y el crimen.

De vuelta en Los Ángeles y diagnosticado con trastorno de estrés postraumático, se quedó sin hogar y era adicto a la metanfetamina hasta que Romin lo condujo a un alojamiento temporal cerca de Union Station el pasado septiembre. Sigue ahí, tratando de mantenerse limpio.

“Llegué a donde estaba cansado, mi cuerpo me dolía, no podía dormir y mi corazón se estaba debilitando”, dijo Lee. “Aún soy joven y quiero recuperar mi vida. Hago lo mejor que puedo”.

 

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