CRÍTICA. ‘The Lost Daughter’ es el fascinante retrato de una madre imperfecta

Jessie Buckley en una escena de "The Lost Daughter".
(Yannis Drakoulidis/Netflix)

El debut de Maggie Gyllenhaal como directora, disponible en Netflix, es uno de los mejores estrenos del 2021

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Maggie Gyllenhaal nunca me ha resultado indiferente. Fuera de lo simpática que es, y más allá de su presencia esporádica en esa clase de superproducciones hollywoodenses que no permiten realmente el lucimiento de nadie, la hermana de Jake ha tenido roles memorables en grandes cintas de carácter independiente como “Secretary”, “Sherrybaby” y “The Kindergarden Teacher”.

Sin embargo, hasta unos meses, yo ignoraba por completo que ella misma tenía ambiciones creativas de otra índole, y no pasaba por mi cabeza la idea de que pensaba convertirse en directora, lo que sucede justamente en “The Lost Daughter”, una cinta que se encontrará disponible en Netflix desde el 31 de diciembre -tras haber gozado de un lanzamiento breve en salas selectas- y que, pese a ser el primer esfuerzo de Gyllenhaal en estas lides -al menos en lo que respecta a los largometrajes-, está tan bien hecha que se inscribe inmediatamente entre los mejores estrenos del 2021.

Para empezar, es necesario señalar que Gyllenhaal -una estupenda intérprete- no actúa en la película, lo que le permite enfocarse por completo en la figura principal de la historia (Leda Caruso, una profesora universitaria de literatura) y, por supuesto, en las dos estupendas actrices que la encarnan en diferentes etapas de su vida: Olivia Coleman (“The Crown”, “The Father) y Jessie Buckley (“Wild Rose”, “Chernobyl”).

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Por ese lado, la experiencia de la ahora realizadora detrás de las cámaras le ha servido para lograr una conexión con las intérpretes del nuevo filme que resulta casi palpable y que, además, se extiende a un personaje adicional: el de Nina, la atractiva y atormentada vacacionista que está muy bien interpretada por Dakota Johnson (“Fifty Shades”, “Suspiria”) y que la británica Leda conoce al inicio de la historia, cuando llega a una encantadora isla griega con la intención de pasar unos días aislada del mundo y dedicada a sus labores académicas.

Súbitamente, el remanso de paz en el que se encuentra la reservada, contenida y poco sociable académica se ve alterado por la bulliciosa irrupción de una familia de turistas de Queens. El grupo incluye a Nina, enfrascada en una complicada relación con su exigente hija pequeña y con su esposo que desencadena en Leda una serie de recuerdos dolorosos plasmados a través de ‘flashbacks’ en los que se nos presenta a la protagonista en plena juventud, casada y a cargo de dos hijas igualmente pequeñas y exigentes.

El interés que produce observar a la Leda más adulta y darse cuenta de que su aparente indiferencia esconde más de un trauma se ve incrementado por las sensaciones que nos brinda su representación en el pasado, cuando era una intelectual apasionada, talentosa y contradictoria que, ante la vista pública, actuó de manera inaceptable para los parámetros impuestos por la sociedad, pero que lo hizo -al menos en parte- por las demandas inmensas de la maternidad.

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En ese sentido, el guion de Gyllenhaal tiene un nivel superlativo, y aunque no proviene de un relato original debido a que se trata de una adaptación hecha sobre la base de una novela escrita por la italiana Elena Ferrante, cambia ciertos aspectos del libro (como lo han señalado los entendidos, porque no lo he leído) con la finalidad de obtener unos resultados expresivos que, ante mis ojos, poseen una esencia puramente cinematográfica, como sucede con los planos cercanos que resaltan las miradas largas e intensas que se dan entre algunos de los personajes.

Como es natural, “The Lost Daughter” es una cinta profundamente femenina sobre circunstancias y perspectivas que tienen que ver directamente con las mujeres; pero uno de sus aportes más significativos es la falta de concesiones que tiene para referirse a las temáticas complejas que presenta y su firme rechazo a la exhibición de una protagonista inmaculada a la que se le pueda perdonar todo. Y eso es algo que se logra básicamente con los aportes de Gyllenhaal, Colman y Buckley, cuyos nombres escucharemos sin duda alguna en más de una ocasión durante la temporada de premios que se avecina.