El Gran Silencio y dos bandas locales prueban la conexión cultural que existe entre L.A. y el resto del mundo

Cano Hernández, de El Gran Silencio, durante su presentación en el Levitt Pavilion de Los Ángeles.
(Farah Sosa)
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Al llegar a los alrededores del Levitt Pavilion de Los Ángeles, donde iban a presentarse esa noche como parte de la fecha inaugural de los conciertos gratuitos de verano que se hacen allí desde hace 15 años, los hermanos Hernández (Tony y Cano, ambos vocalistas y guitarristas) no se sintieron precisamente en terreno desconocido.

Y es que, si bien no habían ofrecido una presentación gratuita y al aire libre en esta parte del mundo desde mediados de los ’90 -cuando se encontraban en el momento de mayor popularidad de su carrera y ofrecieron un concierto promocional a las afueras de una hacienda-, el nombre de la banda regiomontana que encabezan -El Gran Silencio- ha figurado constantemente en las marquesinas de los clubes locales desde esa misma época.

“En un momento, L.A. era como nuestra casa; nos quedábamos incluso por aquí, y tocamos en todos los clubes de la zona, desde el Whisky [A Go Go] hasta House of Blues”, nos dijo Tony. “Ya conocíamos todo y a todos; teníamos más amigos que en gran parte de la república [mexicana]”, afirmó Cano. “Eso ha seguido, porque seguimos viendo por aquí a los fans más ‘aferrados’”.

Esta popularidad no se limitaba al área del ‘strip’, porque sus canciones sintonizaban de manera intensa con ciertos sectores de la comunidad mexicoamericana. “Nos sacábamos de onda, porque íbamos a tocar al JC Fandango [un recordado club de Anaheim especializado en rock en español] y en la audiencia veíamos una mezcla de punks y de cholos, todos tatuados”, dijo Cano. “Pensábamos que íbamos a tener problemas [con los segundos], pero la verdad es que iban a ver nuestro grupo porque les gustaba la mezcla que hacíamos. Y hasta nos protegían si había problemas”.

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El Gran Silencio se ha distinguido siempre por practicar una fusión de cumbia, rap, ska, reggae y punk que, en lugar de cerrarle las puertas a sus integrantes, terminó beneficiándolos. “Pensábamos que íbamos a batallar por nuestras mezclas de ritmos, pero fue todo lo contrario, porque nos invitaban a festivales de todos los géneros que interpretábamos”, prosiguió Cano.

Levitt Pavilion Los Angeles (Levitt LA) anunció hace unos días la selección de bandas para su 15ª temporada de verano en el Parque MacArthur, con la idea de seguir siendo un reflejo del mosaico cultural existente en nuestra ciudad.

Entre el 2000 y el 2006, el grupo lanzó tres álbumes con el sello transnacional EMI, alcanzando su mayor difusión internacional. Después regresó a la independencia, recuperando la ruta de sus primeros años y animándose finalmente a publicar “Sonido Adrenalina”, el EP del 2019 que lo encontró plenamente zambullido en las movidas aguas del punk.

“La ideología siempre ha sido la del punk, la del ‘hazlo tú mismo’ [DIY]; el simple hecho de tocar cumbia del modo que lo hacíamos a inicios de los ’90 fue muy rebelde”, dijo Tony, aludiendo con ello a una tendencia contracultural que se vincula de hecho a esa vertiente del rock. “En ese sentido, nosotros hemos hecho lo contrario: cuando estaba muy de moda el punk en su versión ‘fresa’, decidimos ser cumbiamberos, y ahora que la cumbia está muy presente, incluso dentro del movimiento rockero, decidimos salir con un disco punk”, agregó Nacho.

Tony enfatizó que la etapa con EMI tampoco los llevó a abandonar la independencia creativa. “Siempre producíamos nuestros discos”, recordó. “Cuando se hizo el de homenaje a José José [‘Un Tributo’, de 1998], había varias canciones producidas por [Gustavo] Santaolalla, como la de Café Tacvba y la Maldita; pero [el ‘cover’ de ‘Lo que no fue no será’] era todo de nosotros, y no estaba tan mal. Eso nos dio confianza [para seguir haciéndolo]; de hecho, nuestro tercer álbum estuvo nominado al Grammy internacional”.

Pese a sentirse casi como en casa en el Parque MacArthur, los hermanos manifestaron que les inquietaba un poco la idea de no presentarse ante una audiencia completamente integrada por devotos suyos, como suele suceder, sino frente a un público que podía estar allí por diversas razones. De hecho, en medio de la mayoría latina, los rostros presentes en el evento organizado por LACMA Latin Sounds y la legendaria revista ‘alterlatina’ La Banda Elástica revelaban a veces a anglosajones curiosos, y podía encontrarse a personas de todas las edades y de todas las apariencias.

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Sin embargo, cualquier incertidumbre que pudiera existir quedó en el olvido una vez que El Gran Silencio apareció en la tarima, desplegando sobre ella un nivel de energía que no es evidentemente el que sus integrantes tenían hace dos décadas -cuando los vi por primera vez-, pero que resultó de todos modos impresionante, mientras interpretaban un repertorio de temas propios -como “Super Riddim Internacional”, “Tonta canción de amor”, “Chúntaros Style” y la reciente “Claustrofobia”- en el que se filtraron los ‘covers’ de “Lo que no fue no será”, “Déjenme si estoy llorando” -de Los Ángeles Negros- y “Time Bomb” -de Rancid-, así como visibles homenajes a Celso Piña (fallecido en agosto de 2019) y Eulalio “Sax” Cervantes (el saxofonista de Maldita Vecindad que nos dejó en marzo de 2021).

Otro momento de la presentación gratuita de El Gran Silencio en el Parque MacArthur.
(Farah Sosa)

Los dos actos que antecedieron su presentación contaron con una buena recepción, pero era evidente que la mayoría de los asistentes estaban allí por la agrupación regia, ya que, poco antes de que esta soltara el primer acorde, las inmediaciones del escenario se encontraban completamente llenas; y el ‘slam’ que se inició poco después -bastante intenso, pero poco violento- incluía la participación de varias niñas que se encontraban sobre los hombros de sus padres, lo que no es habitual en los conciertos anglosajones.

El Gran Silencio logró superar además el retiro de su emblemático acordeonista Isaac “Campa” Valdez, quien dejó la banda en abril de este año, y cuya ausencia está siendo amargamente lamentada por los fans en las redes sociales. “Tuvimos muchas diferencias con él durante los últimos años, tanto musicales como de ideas relacionadas al funcionamiento de la banda”, nos dijo Tony al respecto.

“Somos un grupo más de barrio, y nosotros no queremos ser tan mediáticos, mientras que él estaba aparentemente acostumbrado a tener una disquera”, agregó Cano. “Sí, quería hacer ‘meet and greets’ y cobrar por las fotos”, sumó Tony.

“Cuando hicimos ‘Revolusound Contra Systema’ [álbum del 2010], él no estuvo muy de acuerdo, y ahí empezó la división”, retomó Cano. “Claro que él tiene sus razones; los tiempos cambiaron, y hay colegas que hasta andan haciendo tik toks como grupo”. Su hermano admitió tener una cuenta en esa plataforma, pero personal. “De todos modos, yo nunca haría algo como ‘5 cosas que no sabías de Tony Hernández’”, aseguró.

Cuando insistimos en el hecho de que el grupo no puede sonar igual sin el acordeón -porque no se ha buscado un reemplazo para “Campa”, ni hay planes inmediatos de hacerlo-, Cano también tuvo algo que decir.

“El acordeón no formó siempre parte de nuestro sonido; estuvimos 10 años sin ese instrumento”, declaró. “El Gran Silencio empezó como una banda de dos guitarras y una percusión. Es un reto aparecer sin acordeonista, pero no tenemos miedo al cambio, como lo demostramos ya con el nuevo disco”.

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Sin límites

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La última vez que yo había entrevistado a uno de sus integrantes, hace casi una década, Buyepongo se encontraba todavía enfrascado en la interpretación de cumbias y vallenatos, por lo que ver al grupo sobre la tarima del Levitt antes del show estelar de El Gran Silencio fue una auténtica sorpresa para mí.

Y lo fue no solo porque el combo local formado en el 2006 tenía ahora mucha más presencia vocal, sino porque el estilo musical que presentaba me permitía apreciar una fusión en la que se inmiscuían fuertes elementos de la música garífuna, el merengue y otras vertientes menos reconocibles. Su actuación fue respaldada por numerosas parejas que se acercaron hasta la orilla de la tarima con la finalidad de entregarse voluntariamente al movimiento.

“Todos los integrantes somos de Los Ángeles, pero nos criamos con [estilos de] música de diferentes áreas y de diferentes culturas, por lo que sentimos que esto forma ya parte de nuestro ADN”, nos dijo después del concierto el vocalista y percusionista Édgar Modesto, cuya madre es de Michoacán y cuyo padre es de Chihuahua, y que, al lado de su hermano, el bajista Randy Modesto, conforma el núcleo de una agrupación que en algún momento tuvo en sus filas a Bardo Martínez, integrante de los celebrados Chicano Batman.

“Todos somos también mexicoamericanos, y aunque estamos orgullosos de nuestras raíces, no queremos ponerle fronteras a lo que hacemos, porque estamos tratando de crear algo completamente nuevo, con mucho respeto”, señaló Édgar. “Hemos ido a Centroamérica, a Colombia y a África para aprender los fundamentos de diferentes ritmos, que se suman a la música que escuchábamos ya por aquí, como el hip hop, el jazz y el funk”.

En el 2010, tras la salida de Martínez, Buyepongo pasó de contar con ocho integrantes a tener solo tres, lo que implicó una amplia reestructuración interna. Simultáneamente, Édgar viajó a Belice y Guatemala, donde descubrió sonidos que decidió incorporar a la nueva alineación, ahora en formato de quinteto.

Édgar Modesto, vocalista y percusionista de Buyepongo.
(Farah Sosa)

“Me gustó mucho la punta e incluimos también al merengue, aunque no somos dominicanos, porque la idea era usar elementos de la música afrolatina y afroindígena de todo el continente, pero manteniendo una guitarra y un bajo que les dieran otro sabor”, detalló el vocalista y percusionista. “Seguimos manteniendo nuestros oídos abiertos para poder absorber toda la música que existe”.

El estilo que practica puede resultar a veces extraño para quienes esperan escuchar un ritmo inmediatamente reconocible; pero Buyepongo representa de manera casi oficial el espíritu del Sur de California, como lo demuestra el hecho de que, en el 2017, sus integrantes fueron designados por el Departamento de Estado como diplomáticos culturales de la nación.

“Lo logramos después de inscribirnos en un programa llamado ‘American Music Abroad’, donde eligen a 10 artistas entre los 400 que participan”, dijo Édgar. “Nos mandaron a diferentes partes del mundo para hacer intercambios, talleres y conciertos, lo que nos llevó a tener residencias en China y en Guinea Ecuatorial. Pensábamos que nadie iba a querer escucharnos por allá, pero cuando fuimos, nos dimos cuenta de que la música es un lenguaje universal que supera cualquier barrera de idioma”.

La banda, que ha lanzado dos álbumes (“Todo Mundo”, de 2015, y “Túmbalo”, de 2017), tiene planes ambiciosos para el 2023, porque planea sacar dos discos: uno basado principalmente en el acordeón, pero de material original, y otro de temas igualmente nuevos que sigan desafiando las expectativas. “Lo importante ahora es conseguir el financiamiento necesario para poder hacer todo eso”, afirmó Édgar, volviendo de pronto a la realidad.

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Sea como sea, el empeñoso músico no piensa quedarse dormido en sus laureles, lo que en su caso significa alejarse de lo predecible. “No queremos hacer necesariamente cosas para complacer de inmediato a la audiencia, sino presentar una experiencia que te lleve a diferentes lugares y te ofrezca distintas emociones”, precisó el artista, que se comunica en inglés con la audiencia durante los conciertos, pero asegura no tener problema alguno al componer letras en español, porque considera que este es el idioma natural para los estilos que practica.

“Los ritmos que hemos usado tienen muchos años y no buscamos reinventarlos, pero sí lograr que la gente se sorprenda al vernos y encontrar elementos de estilos que han escuchado, pero que no reconocen de inmediato”, añadió. “Podría pasarme la vida tocando cumbia, que es mi estilo favorito; pero es también un estilo muy fácil para nosotros, y eso hace que estemos siempre buscando novedades”.

Una imagen de la audiencia presente en el Levitt Pavilion.
(Farah Sosa)

El toque femenino

El concierto en el Parque MacArthur se abrió con Las Chikas, un conjunto dedicado a la música tropical caribeña (predominantemente la salsa) y completamente integrado por mujeres, sobre la base de un repertorio conformado mayormente por temas propios cantados casi siempre en español.

Curiosamente, la directora actual del conjunto -que funge además de trombonista- es una rubia anglosajona que responde al nombre de Lindsay McMurray, y que, hace unos 15 años, fundó un grupo igualmente femenino que se llamaba Salsa Divas, el mismo que se dio a conocer debido a sus presentaciones en el popular espacio de Estrella TV “Noches con Platanito”.

“Después pasamos a ser Las Chikas, de la mano de nuestra directora [cubanoamericana] Iliana Rose, una gran pianista que se fue hace poco a la Costa Este debido a la pandemia, lo que hizo que yo me pusiera a cargo”, nos dijo McMurray en inglés, poco después de bajar del escenario.

Durante nuestra conversación, la misma trombonista estuvo rodeada por Mayelín Vásquez Fuentes, una joven cubana que llegó al Sur de California hace solo seis años, y por Diana de Soto, una peruana que radica en estos lares desde que era adolescente. Ambas ocupan puestos de cantante en un grupo que parece funcionar a veces como plataforma de lanzamiento de quienes participan en él, porque ha cambiado frecuentemente de integrantes.

“Soy graduada en percusión, y en Cuba estuve en dos orquestas; pero me siento súper feliz de haber encontrado una agrupación completamente femenina en Los Ángeles”, nos dijo Vásquez. “Entré hace solo unos meses, pero la vibra de todas nosotras y lo talentosa que es cada una de mis compañeras me hacen sentir de lo más bien”.

La agrupación femenina Las Chikas participó también en el evento.
(Farah Sosa)
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Soto, que se inició igualmente como percusionista, forma parte de La Chikas desde hace cinco años, pero se convirtió en la tercera vocalista recientemente. “Soy hija de Andrés Soto, un compositor peruano muy famoso que escribió [la canción] ‘El tamalito’”, precisó la inmigrante limeña. “Pasé mis primeros años de vida completamente metida en el ambiente de la música afroperuana”.

McMurray es la compositora principal del grupo, incluso en lo que respecta a las letras; y aunque no domina nuestro idioma, recurre a la ayuda de las cantantes del grupo cuando es necesario, aunque admite que se siguen interpretando piezas creadas por Rose, como es el caso de un chachachá bilingüe sobre un hombre poco agraciado que nos llamó la atención mientras sonaba en el tabladillo del Levitt.

En todo caso, uno de los mayores retos para ella parece haber sido mantener una alineación estable, porque Las Chikas -que tiene ahora también entre sus integrantes a damas procedentes de México, Puerto Rico, Italia y hasta Japón- ha atravesado numerosos cambios de integrantes.

“En esta ciudad, las cosas se mueven mucho; pero siento que este grupo es un espacio súper importante para las mujeres que quieren hacer música por aquí”, explicó Soto. “Casi todas las mujeres que están haciendo ahora salsa en Los Ángeles han pasado por Las Chikas en algún momento; y casi siempre, cuando estás en una orquesta de este género, eres la vocalista y no la instrumentista, mientras que en este grupo hacemos de todo”.

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“Creo que lo más importante que podemos hacer es demostrar a las mujeres que nada está fuera de su alcance y que es posible trabajar con otras mujeres si así lo desean”, retomó la directora. “Y también es necesario que el público se vaya acostumbrando a ver a muchas mujeres en un escenario”.

Pese a su popularidad cada vez más creciente y a sus constantes presentaciones en vivo, Las Chikas no ha podido lanzar todavía su primer álbum, lo que se debe principalmente a carencias financieras comunes a los artistas locales independientes.

“Empezamos a grabar y llegó el Covid”, reconoció McMurray. “Queremos terminar de hacerlo, pero es un proceso costoso, y estamos viendo cómo resolverlo”.

Los conciertos gratuitos del Levitt Pavilion de Los Ángeles se seguirán realizando hasta el 4 de septiembre. El próximo con orientación latina será el viernes 8, y tendrá en el escenario a la celebrada rapera argentina Alika, a Quinto Sol y a Sistah Q.