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Los sueños del rapero Nipsey Hussle eran más grandes que cualquier carrera en el hip-hop

Nipsey Hussle no era sólo un rapero, era un hombre con ambiciones de reinvertir en su comunidad y cambiar la cultura del capitalismo negro en el sur de Los Ángeles. Su muerte, a los 33 años, es un cruel recordatorio de que las calles siempre son peligrosas.

Una pancarta de Nipsey Hussle se extiende sobre el exterior del centro comercial Baldwin Hills Crenshaw Mall. Ha estado allí durante la mayor parte del año y es fácil de detectar si uno circula por un tramo de la carretera que encauza el bulevar Martin Luther King Jr. con Crenshaw Boulevard.

En la pancarta, Hussle -que luce un equipo deportivo negro y gafas de montura dorada, con el pelo bien trenzado- mira hacia arriba, con las manos entrelazadas, como si estuviera rezando o planeando el siguiente paso de baile.

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Dado que la imagen era una celebración a su sensacional álbum debut nominado al Grammy, “Victory Lap” -un disco que lo llevó de ser un aspirante ambicioso a uno de los intérpretes más cotizados del hip-hop de la costa oeste- es muy probable que su mente estuviera dirigida a futuras iniciativas.

Sin embargo, después de que el rapero fuera asesinado, el pasado domingo, a los 33 años de edad, la cartelera es ahora un monumento a un artista a quien le robaron violentamente la vida.

Esto es lo que hay que entender acerca de Hussle, y por qué su muerte es excepcionalmente devastadora, no sólo para aquellos que vivimos y respiramos el hip-hop, sino que también residimos en su lugar de nacimiento, el sur de L.A.: él era más que un rapero (y no porque haya algo malo en ser únicamente un rapero).

Impulsado por el deseo tenaz de reinvertir en las calles donde se había criado y de reconstruir la comunidad, Hussle se convirtió en empresario, organizador comunitario, activista y mentor mientras se transformaba en estrella del rap. Su muerte, frente al centro comercial que estaba reurbanizando, a pocas cuadras de la pancarta celebratoria, parece particularmente cruel. De hecho, mientras escribo estas palabras, el zumbido de las noticias y los helicópteros de la policía se escuchan desde mi oficina.

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Hussle, cuyo nombre real era Ermias Asghedom, nunca estuvo al margen de los golpes y tropiezos propios de una infancia en el sur de L.A. en los años 1990.

Había crecido calle abajo del centro comercial donde ahora cuelga su rostro en la pancarta, en lo que consideraba “la peor casa de la mejor cuadra”. Él robaba y hacía lo que fuera necesario para sobrevivir. Y sí, se involucró con una pandilla y le juró lealtad a la tristemente célebre Rollin’ 60s Crips.

“Nos enfrentábamos a la muerte, al asesinato”, le dijo a The Times en 2018. “Era como vivir en una zona de guerra, donde la gente moría en esas cuadras y todos éramos un tanto indiferentes a ello. Supongo que lo llaman estrés postraumático, cuando hay gente que ha estado en la guerra durante tanto tiempo… Creo que L.A. sufre de eso, porque no es algo normal, pero lo aceptamos como si lo fuera, después de un tiempo”.

De manera innata, vertió el trauma de las calles en la música. Hussle fue, sin duda, un estudiante de los creadores del rap de la costa oeste, aunque ¿qué chico de los años 90 no lo es? Su fluir tenía esa vibra, fresca y natural de Snoop y Dj Quik, así como la narrativa visceral que aprendió de N.W.A, Ice-T y The Game.

Tomemos cualquiera de sus trabajos musicales -hay toda una década en la web, más allá de “Victory Lap”- y descubriremos a un hombre atormentado por el rigor de ver cómo mueren sus amigos, sin mencionar que también él se había salvado, por poco, varias veces. Aquellos que crecieron en enclaves esquivando balas y puñetazos entendían de qué se trataba, aunque él lo dejaba bien claro en la música: “Claro que sí, me gusta la vida que construí/soy del lado oeste, 60... podría ser asesinado./De pie tan alto, piensan que podría llevar zancos/Soy excelente, como Mike, como Wilt”, dice en el álbum que lo llevó a ser escuchado por audiencias lejos de Los Ángeles, y que ahora es el único editado por un sello importante.

Hussle hacía música para los estafadores de la calle y para aquellos de nosotros que luchamos por llegar a fin de mes, se convirtió en un héroe local por usar la fama y la fortuna que obtuvo con el rap e invertirla en el vecindario. Es fácil alentar a un hombre que vendía copias de sus mezclas musicales en el estacionamiento de un centro comercial y que después abrió una tienda en ese mismo sitio en cuanto pudo pagarla.

Hussle era inspirador, enfatizaba repetidamente que el éxito era un medio de mejorar las cosas para los menos afortunados y los que lo seguían. Cuando Sonaiya Kelly, del Times, lo entrevistó el año pasado, repartía su tiempo entre la promoción de “Victory Lap”, la apertura de Vector 90, un espacio de trabajo conjunto y de un centro de STEM en el distrito de Crenshaw, el cual imaginaba como un conducto entre grupos subrepresentados y empresas en Silicon Valley y otros sitios.

Era impresionante ver este tipo de inversión con visión al futuro por parte de un músico. Hussle no sólo imaginaba un vibrante sur de Los Ángeles, sino que lo veía como un centro para los pensadores intelectuales más brillantes de nuestra nación. “En nuestra cultura hay una narrativa que dice: ‘Sigue a los atletas, sigue a los artistas’”, nos dijo. “Y eso es genial, pero debería haber algo que diga: ‘Sigue a Elon Musk, sigue a [Mark] Zuckerberg’. Creo que al ser un artista y joven influyente, que proviene de las zonas marginales de la ciudad, tiene sentido que proclame esa idea”.

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La evidencia de la buena voluntad de Hussle está esparcida por todo Crenshaw. Sólo hay que preguntar por la zona: era conocido por comprarles zapatos a los estudiantes; repavimentó las canchas de baloncesto y renovó los parques infantiles; proporcionaba empleos y refugio a personas sin hogar y pagaba funerales para aquellos que no podían enterrar a sus seres queridos. Hussle adoraba el sur de Los Ángeles, tanto así que hizo de las calles de Crenshaw el telón de fondo para una reciente sesión de fotos glamorosas para GQ -Hussle luce impecable como un príncipe encantador para su princesa, la actriz Lauren London (su amor nos recordaba a Jay-Z y Beyonce).

Estas eran sólo pequeñas hazañas. También había invertido en Destination Crenshaw, un tramo de instalaciones artísticas ambulantes y permanentes, ayudó a renovar World of Wheels, la antigua pista de patinaje de Mid-City que fue uno de los establecimientos responsables del nacimiento del hip-hop en la costa oeste. Además, estaba renovando un centro comercial en una propiedad de uso mixto, que incluiría apartamentos para personas de bajos ingresos y estaría anclado en su propia tienda de ropa, Marathon.

La propiedad fue adquirida el mes pasado como parte de una iniciativa para ayudar a los residentes locales a reinvertir en sus comunidades en todo el país. El pasado domingo, este lugar, se convirtió en la escena del crimen y luego en un lugar de luto.

Hussle tenía grandes sueños para su vecindario y no sólo es trágico, sino también injusto, que le hayan quitado la vida en plena revitalización de la comunidad que lo vio crecer. Todos dicen que Hussle estaba haciendo lo correcto, y si acaso hay algo que podamos recordar de él, esto debería ser, sus aspiraciones.

La reportera de planta Sonaiya Kelley contribuyó con este artículo.

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí


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