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Internacional

En una ciudad llamada ‘Gracias a Dios’, se desvanece para los centroamericanos la búsqueda de la tierra prometida

Members of the Mexican national guard search for signs of undocumented travelers near Comitan, Mexico, in June.
Los miembros de la recién desplegada Guardia Nacional Mexicana buscan posibles viajeros indocumentados que avanzan a pie por los puestos de control de la carretera para evitar ser detectados cerca de Comitán, México, el 24 de junio de 2019.
(Marcus Yam / Los Angeles Times)

Hace unos meses, los autobuses llegaban a diario de todas partes de Guatemala a esta ciudad fronteriza y traían familias con sus bolsas y mochilas, todas con planes de cruzar la frontera cercana a México en su camino hacia Estados Unidos.

Llenaban hoteles y refugios discretos. La pequeña plaza en el exterior de la iglesia católica romana de color ocre era un importante punto de reunión para los recién llegados.

Ahora, sin embargo, este lugar llamado ‘Gracias a Dios’ parece un pueblo fantasma.

México negoció con miedo un acuerdo migratorio y comercial con Estados Unidos.

“La situación está muy mal para todos”, afirmó Marvin Hernández Jorge, el alcalde y propietario del restaurante Azteca, que solía estar lleno de clientes pero ahora luce casi vacío. “Los migrantes impulsaban mucho la economía”. “Todos comían aquí cuando llegaban. Pero ya no vienen”, añadió. “Eso ha perjudicado a los hoteles, los restaurantes, las tiendas. Todos han perdido”.

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Marvin Hernandez Jorge, mayor of Gracias a Dios, Guatemala
El alcalde Marvin Hernández Jorge, en su restaurante en Gracias a Dios, Guatemala, el 9 de julio de 2019. (Patrick McDonnell / Los Angeles Times)
(Patrick McDonnell / Los Angeles Times)

El flujo constante de familias migrantes fue reemplazado por un goteo de hombres jóvenes acompañados por coyotes, o contrabandistas, que los guían en lo que se ha convertido un paso cada vez más difícil hacia el norte.

A sólo unas cuadras de distancia, en la ciudad mexicana de Carmen Xhan, un destacamento de la Guardia Nacional mexicana hace su ronda. Las patrullas comenzaron en junio, después de que el presidente Trump utilizó las amenazas de imponer aranceles para obligar a México a tomar medidas enérgicas contra los centroamericanos que intentan llegar a EE.UU.

Los migrantes que se ven obligados a esperar en México mientras buscan asilo en Estados Unidos se enfrentan a condiciones horrendas. Muchos se están rindiendo y regresando a sus países de origen.

No hay un cruce fronterizo formal aquí, ningún río, cerca o muro que separe a Guatemala y México, sólo una línea de obeliscos de piedra blanca que marcan el límite.

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Los campos de maíz y frijoles en Guatemala se fusionan con las laderas donde el ganado pasta en México. Las personas conducen de un país a otro sin pasar ninguna inspección de inmigración o aduana.

Ese hecho ha convertido a Gracias a Dios en un notorio centro de contrabando. Los automóviles y camiones llenos de migrantes avanzaban al norte, hacia México, casi a diario.

Pero ya no más. Las unidades de la Guardia Nacional, acompañadas por la policía y los agentes de inmigración mexicanos, ahora lideran los puestos de control a lo largo de la carretera principal hacia la ciudad de Comitán, 35 millas al norte de la frontera.

El presidente mexicano ha insistido, desde hace tiempo, en que la solución al tema migratorio es el impulso de actividades productivas, la creación de empleos y el bienestar en los países de origen de los migrantes.

Los contingentes militares, vestidos con uniformes, chalecos antibalas, cascos y rifles de asalto, son una presencia imponente.

La estrategia mexicana no es detener a los migrantes en la frontera de 600 millas -en gran medida sin vigilancia- con Guatemala, buena parte de ella en terrenos remotos. México carece del personal y la infraestructura para una tarea tan vasta.

Más bien, el objetivo es interceptar a los migrantes a lo largo de las principales carreteras hacia el norte, y disuadir a otros de intentar el viaje. Como resultado, menos personas parecen lanzarse a la travesía.

En julio, las autoridades de inmigración de Estados Unidos en la frontera sudoeste detuvieron o rechazaron a 82.000 extranjeros, en comparación con el máximo en 13 años, de 144.000, registrado en mayo.

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Los autobuses y camionetas públicas que se dirigen hacia el norte desde la frontera con Guatemala son detenidos metódicamente y sujetos a inspecciones de inmigración, al igual que todos los automóviles y camiones que pasan.

“Ahora es muy diferente: la gente aquí nos respeta mucho más ahora”, afirmó José Armando Ramos Hernández, un veterano de 10 años del Instituto Nacional de Inmigración, la agencia de control de inmigración de México. “Antes, solíamos recibir amenazas. Ahora con la Guardia Nacional, todos se detienen, nadie nos intimida”.

En una mañana reciente en el puesto de control, Ramos sacó a dos jóvenes de 17 años de un autobús en dirección norte. Ambos niños presentaron certificados de nacimiento mexicanos. Pero Ramos sospechaba: hablaban español con el acento paisano de las tierras altas del noroeste de Guatemala.

Bajo interrogatorio, detalló Ramos, los dos finalmente admitieron que eran guatemaltecos y habían comprado los certificados de nacimiento por alrededor de $300 cada uno en Comitán, donde ahora hay un intercambio rápido de dichos documentos.

Los dos muchachos fueron cargados en una camioneta Chevrolet blanca con ventanas cerradas, y procesados ​​para su deportación.

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Los migrantes que ahora se arriesgan a cruzar generalmente salen de los vehículos antes de los puntos de control e intentan caminar por senderos de tierra, bordeando los controles.

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“¡Acaban de pasar algunos chapines!”, dijo recientemente una mujer mexicana -usando un apodo común para los guatemaltecos- a un grupo de periodistas que caminaban fatigosamente por un camino de regreso.

Las tropas ahora también montan patrullas a pie a lo largo de los senderos de las montañas, y se adentran en bosques de pinos frescos y de gran altitud en las afueras de Comitán. Los soldados encuentran botellas de agua vacías, envases de comida desechados, campamentos abandonados y otras indicaciones de que la gente ha estado allí. Los migrantes generalmente siguen adelante.

“Desafortunadamente, los coyotes conocen todos nuestros movimientos”, señaló el teniente Alejandro Romero, un veterano del ejército mexicano con 20 años de servicio, que encabezaba un destacamento de la Guardia Nacional en el puesto de control en las afueras de Comitán.
Muchos residentes provienen de familias en el negocio del contrabando, y usan walkie-talkies para enviar advertencias cuando las tropas están cerca. Aún así, sólo un número limitado de migrantes puede caminar para esquivar los puntos de control. “Las carreteras principales son seguras”, dijo Romero, “y eso significa que es muy difícil para los grupos grandes pasar”.

Cuánto tiempo continuará esto, aún no está claro.

El presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, quien asumió el cargo en diciembre pasado prometiendo proporcionar refugio y empleos para los centroamericanos, se ha enfrentado a las crecientes críticas en su país de que ese endurecimiento equivale a hacer el trabajo sucio de la administración Trump. Los obispos católicos en particular acusaron a López Obrador de construir un muro virtual a lo largo de la frontera con Guatemala.

En Gracias a Dios, una tarde reciente, apenas había un alma en la calle. La mayoría de los hoteles y tiendas estaban desiertos.

“Solía ​​ser muy animado aquí", comentó Hernández, el alcalde. Vistiendo una camiseta sin mangas y pantalones cortos, y sentado en un cuarto de almacenamiento dentro de su restaurante con actividad inconstante, mostró una sonrisa irónica que dejaba a la vista un puente dental dorado. “Ahora las calles están vacías. Muy pocas personas intentan cruzar. Yo diría que mis ventas han caído un 70%. Creo que los coyotes se están tomando un descanso”.

Hernández, de 39 años, comentó que había sido un trabajador indocumentado en Carolina del Sur y Virginia, y que pasó cinco años como cocinero antes de decidir regresar a su ciudad natal, en 2011, con un ahorro de aproximadamente $60.000.

El hombre utilizó el dinero para construir una casa, abrir su restaurante, casarse y formar una familia. “Tuve mi sueño americano; estoy feliz aquí ahora, pero entiendo que otros estén buscando lo mismo”, dijo. “Aquí, trabajas todo el día, en el campo o en la construcción, y ganas quizás $3 por día. ¡Imagine eso! Por supuesto que la gente quiere irse”.

Él predice que la presión de Estados Unidos sobre México para reducir la migración disminuirá, y que las tropas mexicanas se retirarán de sus puntos de control para fin de año, abriendo el camino a aquellos que esperan avanzar hacia el norte. “En seis meses, todo comenzará de nuevo”, dijo. “Gracias a Dios volverá a la normalidad”.

Las corresponsales especiales Liliana Nieto del Río, en Gracias a Dios, y Cecilia Sánchez, en Ciudad de México, contribuyeron con este artículo.

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí


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