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Internacional

Cobijas, atún enlatado y fe en Dios - cómo sobreviven los venezolanos que huyen

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A través de la lluvia y el viento, los migrantes venezolanos hacen el peligroso viaje a través de una meseta helada conocida como El Páramo de Berlín para llegar a Bucaramanga, Colombia.

Los ricos fueron los primeros en irse. Enviaron sus ahorros al extranjero y se subieron a vuelos internacionales.

La clase media fue la siguiente en salir. Se subieron a los autobuses, a veces viajando durante días a través de varios países.

Los pobres se quedaron.

Se quedaron cuando la economía se derrumbó, los alimentos escasearon, la escasez de medicamentos se volvió mortal y la electricidad se cortó durante días. Pero finalmente ellos también comenzaron a salir de Venezuela.

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Simplemente se fueron.

La salida de la gente que huye a pie comenzó lentamente en 2017, con los jóvenes que esperaban encontrar trabajo y enviar dinero a casa.

Para el 2019, las mujeres y los niños, los enfermos y los ancianos también habían decidido arriesgarse, expandiendo un éxodo que ya es una de las mayores migraciones en masa de la historia moderna.

Se estima que cada día huyen unas 5.000 personas.

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La salida más popular es a través de la ciudad fronteriza de Cúcuta en Colombia. Luego viene una de las partes más difíciles del viaje: un pasaje de 125 millas que sube a más de 9.000 pies de altura, hasta una larga y helada meseta llamada El Páramo de Berlín, antes de descender a la suave y verde ciudad de Bucaramanga.

El Times se propuso documentar el viaje, con un reportero y un fotógrafo compartiendo la experiencia durante cinco días, junto al río de gente. Ninguna historia por sí sola lograría captar la magnitud de la crisis.

Por eso el plan era observar desde los refugios instalados por buenos samaritanos a lo largo de la carretera.

El viaje comenzó un lunes por la mañana del pasado mes de mayo en las afueras de Cúcuta en una estación de la Cruz Roja, donde un trabajador se paró frente a un grupo de migrantes y les habló de un hombre de 21 años que había muerto de hipotermia mientras intentaba cruzar la meseta.

“No se los cuento para que se asusten. Se los cuento para que tengan cuidado y entiendan que estas tragedias han pasado”.

Cuando preguntó a dónde se dirigía la gente, gritaron destinos en Colombia - "¡Bogotá!” "¡Medellín!” "¡Cali!” - y más allá - "¡Ecuador!” "¡Perú!”

Llevaban mantas, colchas y mochilas caseras, folletos de la Cruz Roja, salchichas cocidas, galletas, agua embotellada y atún enlatado. Pero sobre todo, llevaban una profunda fe en Dios.

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Valentina Durán llevaba a su hijo de un mes.

Samuel nació el 2 de abril en Cúcuta cuando Durán, de 22 años, huía por segunda vez a Colombia.

La primera vez fue en 2016. Durante los dos años siguientes, trabajó en una fábrica de ropa en la ciudad industrial de Cali, enviando lo que podía a sus padres y a los dos niños pequeños que había dejado a su cargo.

Cuando su hija se enfermó de neumonía el año pasado, Durán regresó a su ciudad natal de Maracay y apenas la reconoció. El dinero en efectivo que enviaba apenas alcanzaba y los estantes de las bodegas estaban vacíos.

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Un policía colombiano vigila a los venezolanos que cruzan la frontera de San Antonio del Táchira a Colombia a través de caminos ilegales cerca del puente internacional Simón Bolívar.

Seis meses después, regresó a Colombia e inmediatamente dio a luz.

Una mujer en el hospital la escuchó decir a los médicos que ella y Samuel no tenían hogar y se ofreció a acogerlos.

Se quedaron unas semanas antes de que Durán decidiera que era hora de volver a salir en busca de un trabajo. El autobús costaría unos 60 dólares, pero ella no tenía esa cantidad.

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Por eso, ahora estaba cargando a su hijo por la Ruta 55, mirando una cinta de asfalto que desaparecía entre las montañas.

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A nueve millas de la frontera con Venezuela, Valentina Durán se detiene a descansar con su hijo Samuel después de sentirse mareada.

A nueve millas de la frontera, Durán se sintió mareada. Le habían diagnosticado baja presión sanguínea y desnutrición.

El sol del mediodía golpeaba. Los camiones de carga pasaban zumbando, levantando una nube de polvo que se les pegaba en la piel. El niño soltó un gemido.

“Ya, amor, ya. No llores”.

Se sentó a un lado de la carretera bajo la sombra de un gran árbol con Samuel envuelto en una manta de lana en su regazo.

Durán buscó en su pequeña mochila una botella de agua, llenó cuidadosamente la tapa y se la puso en los labios.

Bucaramanga estaba a 116 millas de distancia.

Unas eran las cosas que la gente llevaba consigo. Pero también estaban las cosas que la gente había dejado atrás - los barrios en los que crecieron, los abuelos que ayudaron a criarlos, las tumbas de aquellos que nunca tuvieron la oportunidad de salir.

Leidy Paredes y María Colmenares dejaron cuatro niños cada una.

Las dos mujeres, ambas madres solteras de unos treinta años, vivían en el mismo barrio de Maracay. Paredes dejó a sus hijos con su madre. Colmenares dejó a cada uno de ellos con un vecino diferente.

Su plan original era llegar a Bogotá, donde Paredes tenía un primo que había prometido enviarle un pasaje de autobús. Como nunca llegó el dinero para el pasaje, decidieron buscar trabajo en Bucaramanga.

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Leidy Paredes envía mensajes a amigos y familiares en Venezuela mientras otros migrantes cargan sus teléfonos en una estación de la Cruz Roja cerca de Cúcuta, Colombia.

A la mayoría de la gente le toma unas 50 horas caminar hasta allí desde la frontera. Conducir toma cinco.

Los caminantes hacen todo lo que pueden para que alguien los lleve. Agitan sus manos o banderas venezolanas. Levantan los dedos mostrando cuántos asientos necesitan. Les suplican a los conductores que los lleven.

Viajando el lunes con siete personas que conocieron en la carretera, Paredes y Colmenares descansaban en la orilla de la carretera, donde saltaban y reían.

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Mientras camina por la Ruta 55, Leidy Paredes le hace señas a un camión que no la quiso llevar.

Los camiones pasaban rápidamente frente a ellos.

Finalmente, alrededor de la 1 p.m., un autobús local se detuvo y el conductor hizo señas a su grupo para que subieran. Las dos mujeres se pusieron contentas.

Cuando el autobús pasó por delante de uno de los camiones que las había ignorado, Paredes levantó su dedo medio y se rio.

“Tenemos que reír, hermana”, le dijo Colmenares. “porque si no ríes lloras”.

Quince minutos después, la ruta del autobús terminó. El viaje les había ahorrado 45 minutos de caminata.

La vista desde la autopista explota en un collage de montañas ondulantes, valles exuberantes y ríos caudalosos.

Edgar Blanco y su hijo Leonardo, de 13 años, rara vez levantaban la vista para admirar el paisaje. Se concentraron en la única línea blanca que marca el borde exterior derecho de la carretera.

Sus pensamientos viajaban a la deriva, llevándolos a Venezuela, al estruendo del hambre en sus estómagos, o a Marvy -la esposa de Blanco y madre de Leonardo- que se había adelantado ese lunes por la tarde en un camión de plataforma.

Pero la línea blanca siempre estaba ahí. Era su vía escape.

Todo lo que tenían que hacer era seguirla.

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Leonardo Pereira, de 13 años y su padre, Edgar Blanco, de 46, caminan en la oscuridad hacia un refugio para dormir, en su primera parada nocturna en Colombia en el viaje que hacen a Quito, Ecuador.

Blanco conocía bien la ruta. Había viajado a solo a Ecuador en 2018, caminando y haciendo autostop para cubrir 1.000 millas en 11 días.

En Quito, la capital, ganaba 120 dólares a la semana trabajando en la construcción y enviaba a casa lo que podía. Lejos de su familia, la soledad le roía el alma.

Siete meses después, cuando Venezuela se había deteriorado hasta el punto de que sus remesas ya no cubrían ni siquiera el costo de los alimentos, volvió a casa a buscar a su esposa e hijo.

El cielo se tornó negro mientras él y Leonardo caminaban bajo las estrellas. El chirrido de los grillos y el silbido ocasional de Blanco rompían el silencio. Los camiones pasaban sin que nadie los viera.

Mantenían un ritmo rápido, esperando que su impulso los llevara pronto sobre el temido Páramo de Berlín.

“El Páramo es el más bravo que hay”, dijo Blanco.

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Niños venezolanos duermen bajo delgadas lonas de plástico en un campamento en Bochalema, Colombia, después de llegar con sus familias a pie.
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Jóvenes migrantes toman un baño antes de continuar su camino.

Cuando los dos llegaron a un campamento en Bochalema justo antes de las 8 p.m., Marvy los estaba esperando. Blanco se dobló sobre el pequeño cuerpo de su esposa mientras se abrazaban.

A su alrededor, otros viajeros colocaron finas mantas sobre la tierra en medio de la charla acerca de dolores de espalda, ampollas y el frío. A la mañana siguiente, la gente se bañó en el río.

Bucaramanga estaba todavía a 95 millas de distancia. Pero Blanco y su familia volvieron a estar juntos.

Lo más pesado que llevaban los viajeros eran sus historias de dolor.

Ana María Fonseca Pérez tenía sólo 40 años, pero ya conocía el tipo de pérdida que algunas personas no experimentan nunca en toda su vida.

Su esposo, José Tomás Hernández Durán, sufría de diabetes y dependía de las inyecciones diarias de insulina. Un día en 2017, el medicamento se agotó. Su familia buscó por todas partes, pero todas las farmacias estaban agotadas.

Murió poco más de un mes después a los 44 años.

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Ana María Fonseca Pérez y su sobrina Francesca Huerta Pérez, de 4 años, caminan por la Ruta 55, seguidas por otros seis familiares y amigos. Fonseca salió de Venezuela después de que su esposo e hijo murieron. “Vine aquí para poder olvidar”, dijo.

Luego, en abril de este año, su hijo Sergio Manuel Fonseca Pérez estaba entrenando con la guardia nacional cuando sufrió apendicitis y fue llevado al hospital.

Los apagones generalizados hicieron imposible su operación. Antes de que se restableciera la electricidad, había muerto.

En esta mañana de martes, esa madre caminaba con su hija de 15 años, un sobrino, dos sobrinas y tres amigos.

Una de las sobrinas, Francesca Huerta Pérez, de 4 años, veía a las vacas en un pasto cercano y le ladraba a un perro encadenado.

Se asomó a través de una valla que rodeaba una escuela primaria, donde niños y niñas con uniformes azules y blancos impecables, miraban a la pequeña que vestía un sucio suéter rosa que le quedaba grande.

“Llévanos”, le dijo a nadie en particular. “No quiero caminar demasiado”.

Otro hijo ya había llegado a Perú y le envió a Fonseca un mensaje advirtiéndole que el viaje era difícil.

“No vas a llegar”, le dijo.

Pero Fonseca había llegado a la conclusión de que no tenía más remedio que intentarlo.

“Yo vine aquí para poder olvidar”, dijo.

Martha Duque observaba a los migrantes desde su ventana.

A finales de 2017, el flujo de personas a través de Pamplona - su ciudad de 60.000 habitantes, situada a 48 millas de la frontera venezolana - se había hecho tan grande que Duque no podía ignorar su situación, especialmente cuando llovía.

“Me dio mucho pesar ver a la gente mojándose”, dijo. “Y nadie les abría una puerta”.

Así que empezó a permitir que algunos hombres durmieran en su garaje cada noche. Pronto comenzó a recibir a mujeres y niños en el interior de su casa.

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Decenas de venezolanos hacen cola frente a la casa de estuco de seis dormitorios y dos pisos de Martha Duque en Pamplona, Colombia, que ella ha convertido en un refugio para migrantes.

Algunos llegaban con hipotermia, así que Duque los envolvía en mantas y los calentaba con secadores de pelo. Algunas le decían que habían sido asaltadas sexualmente por los camioneros.

La operación de ayuda creció a partir de ahí, convirtiéndose en un pilar de una infraestructura siempre cambiante de refugios nocturnos, paradas de descanso y estaciones de la Cruz Roja.

A las 6 de la tarde del martes, las oscuras nubes de lluvia cubrían el cielo. Docenas de viajeros cansados se sentaron encima de sus pertenencias, esperando entrar en la casa de estuco de seis habitaciones y dos pisos.

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Martha Duque prepara comida para docenas de venezolanos que esperan afuera de su casa convertida en refugio.
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En 2017, comenzó a permitir que algunos hombres durmieran en su cochera cada noche. Pronto comenzó a dar la bienvenida a las mujeres y los niños en el interior de la casa. Duque vive arriba con su esposo e hijo, junto con nueve voluntarios - todos venezolanos que decidieron quedarse y ayudar a otros.

Duque, de 65 años, salió a saludarlos. Pidió que todos los que tuvieran hambre se pusieran en fila para que ella pudiera repartir tazones de pollo y arroz. La comida se agotó rápidamente antes de que muchos pudieran comer.

En ese momento, los trabajadores de un grupo de ayuda llegaron con pan de una panadería local. Ayudaron a Duque a mezclar leche, maicena y azúcar en una bebida caliente y espesa conocida como colada de maizena.

Los niños lloraban en una oficina convertida en dormitorio. Los sofás se apartaban y se colocaban esteras de plástico en la sala, cuyas paredes blancas estaban salpicadas con las huellas de los niños.

Duque se ubicó en el piso de arriba, donde ella, su esposo y su hijo viven con nueve voluntarios, todos venezolanos que decidieron quedarse y ayudar a otros.

En el piso de abajo, más de cinco docenas de personas durmieron hombro a hombro.

Una sudadera con capucha gris, era delgada y de algodón, pero resultó ser la prenda más abrigadora que Josué Moreno y Ángel Verde poseían después de haber sido robados en la frontera.

Durante días, los dos adolescentes -amigos de la ciudad de Valencia-, habían estado cambiando de ropa cada pocas horas.

Dormían bajo la lluvia el martes por la noche en una acera de Pamplona.

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Josué Moreno, izquierda, lleva la sudadera con capucha que comparte con su amigo Ángel Verde. La sudadera era la prenda más abrigadora que ambos aún poseían después de haber sido asaltados en la frontera entre Colombia y Venezuela. La intercambiaban llevándola unas cuantas horas cada uno.

A la mañana siguiente todavía lloviznaba mientras se acurrucaban fuera de un remolque de la Cruz Roja, temblando bajo una lona negra en una larga fila de personas que esperaban que alguien abriera una puerta y los dejara entrar.

Cuando Josué llegó al frente de la línea, discutió con los trabajadores por su falta de identificación -que le habían robado- antes de que cedieran y le dijeran que esperara a que lo llamaran por su nombre.

Él y Ángel no habían comido nada en más de un día cuando les entregaron tazones de carne de res desmenuzada y arroz que devoraron. La ayuda que recibieron también incluía comida enlatada, botellas de agua y una manta.

Cuando estuvieron listos para salir, el valle se llenó de niebla, y el consenso entre los migrantes fue que sería más seguro esperar hasta la mañana para seguir adelante.

Los dos muchachos regresaron a Pamplona y se instalaron para otra noche en la acera. Josué se puso la sudadera con capucha sobre su camiseta rosa y desplegó la manta para compartirla con su amigo.

La peligrosa meseta estaba ya a 22 millas de distancia.

“He caminado mucho para devolverme”, dijo Josué.

Cuando Hugo Chávez se convirtió en presidente de Venezuela en 1999, Eva Alfaro Aldana lo celebró junto con gran parte del país.

Al principio, el líder socialista cumplió sus promesas de elevar los niveles de vida, expandiendo el control del gobierno sobre las enormes reservas de petróleo de Venezuela durante un auge sin precedentes de los precios del petróleo canalizando mucho dinero hacia programas sociales.

Alfaro era propietaria de una casa y ganaba lo suficiente en un supermercado local como para vivir cómodamente con su hijo, Luis Mario Fuenmayor Alfaro.

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Eva Alfaro Aldana, de 61 años, rellena sus zapatillas, que son dos tallas más grandes, con papel higiénico.

Pero entonces los precios del petróleo cayeron y el experimento social comenzó a desbaratarse. Después de la muerte de Chávez en 2013 y de la toma de posesión de su sucesor, Nicolás Maduro, el país se sumió en una profunda recesión.

Alfaro se aferró al sueño hasta 2015, cuando hombres armados irrumpieron en su casa y dispararon a su hijo en la mano y la pierna.

Pronto su trabajo en el supermercado desapareció. A los 61 años, barría las tiendas en busca de monedas, mientras que Fuenmayor, de 30 años, que antes comerciaba productos electrónicos, ahora vendía cigarrillos sueltos. Para sobrevivir escarbaban en los contenedores de basura buscando comida.

Ahora Venezuela estaba 68 millas detrás de ellos. Era jueves por la tarde y llevaban cuatro días caminando.

Alfaro decidió cambiar sus zapatos gastados por un par de su hijo. Eran dos tallas más grandes, así que rellenó las puntas con papel higiénico.

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Luis Mario Fuenmayor Alfaro ayuda a Liliana Mendoza, izquierda, y a su madre, Eva Alfaro Aldana a subir una última colina antes de llegar a una estación de la Cruz Roja en La Laguna, Colombia.

Los dos estaban descansando en un pedazo de césped cerca de la autopista cuando un todoterreno negro se detuvo y cuatro hombres se bajaron.

Uno se presentó como Wilmer Azuaje. Dijo que había sido un legislador de la oposición en Venezuela y que el gobierno de Maduro lo había encarcelado y torturado antes de que lograra huir a Colombia a principios de 2019.

Ahora trabajaba con una organización benéfica para los venezolanos, explicó mientras sus compañeros les daban a Alfaro y a su hijo pan y botellas de agua, que devoraron con rapidez.

Uno de los hombres levantó un teléfono para grabar un video, diciendo que iban a mostrar el material a los políticos en Washington.

Azuaje le pidió a Alfaro que explicara en cámara por qué huyó.

“Yo no tengo nada en Venezuela”, dijo, rompiendo en lágrimas. “Ni siquiera una casa a donde regresar”.

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El político venezolano Wilmer Azuaje consuela a Eva Alfaro Aldana mientras llora al explicarle por qué huyó de Venezuela.

“O tratamos de llegar a otro país o nos morimos”, dijo su hijo “Lo que estamos haciendo en Venezuela es muriendo de hambre. ¿Cómo vamos a pagar un pasaporte si ni siquiera tenemos para comer? No estamos saliendo, estamos escapando”.

Azuaje trató de consolarlos.

“Esto va a cambiar. Créame”, dijo. “Con la fe en Dios, vas a regresar”.

El Páramo de Berlín se encuentra a 10.500 pies sobre el nivel del mar y se extiende a lo largo de 27 desoladas millas, un paisaje formado por el aire enrarecido debido a la altura, la lluvia helada y los vientos cortantes.

Cuando los caminantes llegan a la meseta, han escuchado rumores de muertes de migrantes y relatos sobre la locura de tratar de atravesarla a pie.

“Busque el dinero para viajar seguro”, dice la advertencia en un mapa repartido por los grupos de ayuda.

Nelly Briseño no tenía dinero - mientras que otros dormían bajo los porches, ella había gastado sus últimos pesos para compartir una habitación con cuatro amigos en un hostal en La Laguna, a 70 millas del viaje y el último pueblo antes de la meseta.

Pero sí tenía atún.

Las latas de pescado, distribuidas por la Cruz Roja, se han convertido en una moneda de cambio importante aquí.

Poco después de que Briseño y sus amigos comenzaran a caminar de nuevo el viernes por la mañana, un camión vacío con lonas negras que cubrían un marco de madera se detuvo frente a ellos.

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Yosmary Aular, de 37 años, reconforta a su hijo Brian Pineda, de 13 años, minutos después de haberle rogado que los dejara subir a un camión que transportaba migrantes a través de La fría meseta. El camionero cobró 1.000 pesos, unos 30 centavos, y ella se quedó sin dinero. Se negó a dejarlos subir al principio, pero luego cedió.

El conductor pidió a cada uno de ellos tres latas de atún. Explicó que estaba infringiendo las leyes de tránsito al transportarlos, por lo que más tarde vendería las latas para obtener una ganancia.

El conductor se detuvo para recoger más migrantes. Los dejó a unos kilómetros en otra estación de la Cruz Roja y les dijo que lo esperaran mientras él volvía a buscar a los rezagados.

Cuando regresó con otras dos docenas de personas, explicó que el viaje a través de la meseta le costaría a cada uno de ellos 1.000 pesos, o 30 centavos de dólar. Esta vez, no aceptó el atún.

“Todo es un negocio”, dijo.

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Los venezolanos evitan una noche fría y sin refugio haciendo autostop en la parte trasera de un camión de carga a través de una meseta helada. Algunos se ven obligados a permanecer de pie durante los 90 minutos del viaje por falta de espacio.

La gente lo rodeaba, suplicando. Ofrecieron todas sus latas. Pero él no cedió.

Los que tenían dinero lo juntaron y le pagaron al conductor. Pero una mujer con los ojos muy abiertos que viajaba con su hijo y su sobrina de 13 años le rogó que los dejara subir. Las lágrimas corrían por sus mejillas mientras expresaba su temor de quedarse atrapada de nuevo en el frío durante la noche.

“Por favor”, dijo.

Finalmente, el conductor cedió. Les dijo a sus 40 pasajeros que se mantuvieran callados en caso de que la policía lo detuviera.

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Un pequeño es subido a la parte trasera de un camión mientras los migrantes se apresuran a hacer autostop en el frígido Páramo de Berlín en su peligroso viaje para escapar de Venezuela a través de Colombia.

Mientras el camión avanzaba, el frío se colaba entre las lonas. Los pasajeros pudieron ver los pastos de las vacas y la carretera vacía.

Nadie habló. Los únicos sonidos eran el tambaleo del motor, el bocinazo ocasional, el golpeteo de los ganchos de metal que aseguraban una lona y la tos constante de una mujer.

Al mediodía, el granizo comenzó a golpear la lona. Diez minutos después, el camión se detuvo. La parte más temida del viaje -el cruce de la meseta- había durado una hora y media.

Entonces el conductor, que había parecido tan indiferente a la difícil situación de los viajeros, se despidió de ellos mientras bajaban del camión.

“Dios los bendiga y los proteja”, dijo.

Todavía estaban a 28 millas de Bucaramanga, pero ahora todo era cuesta abajo.

En los últimos cinco años de decadencia de Venezuela, más de 4 millones de personas han huido del país. Con 29 millones todavía allí, el éxodo podría continuar fácilmente durante años.

Y números incalculables pasarán por Cúcuta, donde Valentina Durán, Edgar Blanco, Ana María Fonseca Pérez y los demás iniciaron su viaje.

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Las madres que sostienen a sus hijos observan cómo otros desembarcan del camión que los transportó a través de la fría meseta.

Cada día más enfermeras, maestros, mecánicos, obreros de la construcción, peluqueros y comerciantes llegan al río Táchira y cruzan puentes construidos con cantos rodados, sacos de arena y ramas de árboles a través de los cañones y subiendo por las orillas hasta la ciudad.

Se detienen para almorzar en un comedor de beneficencia. Se dirigen a la Cruz Roja y se conectan a Facebook o WhatsApp para que sus familiares sepan que han llegado hasta aquí.

Esperan sus turnos para hacerse revisiones médicas y recibir atún, galletas saladas y agua. Asisten a las conferencias sobre los peligros que se avecinan.

Luego se levantan de sus asientos y se dirigen a la carretera.

Algunos se detienen fuera del edificio para examinar los mensajes que otros caminantes han dejado en una de las paredes de estuco, transformándola en un monumento a Venezuela.

“Sé que estamos pasando por un momento súper difícil, pero también sé que con la ayuda de nuestro Papito Dios saldremos adelante”.

“Dejando a nuestra familia - esposa, hijos, hermanos- con el corazón roto”.

“Pronto volveremos a ti, mi país querido, con el favor de Dios”.

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Un grupo de venezolanos cruza la frontera de San Antonio del Táchira a Colombia por caminos ilegales cerca del puente internacional Simón Bolívar. Cada día, 5.000 personas huyen del país.


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