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Internacional

‘Riñón a la venta’: Irán tiene un mercado legal de órganos, pero el sistema no siempre funciona

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Anuncios de riñones sobre muros, troncos de árboles y otros objetos frente al Centro de Riñones Hasheminejad, en Teherán. Nuevos avisos aparecen casi a diario (Shashank Bengali / Los Angeles Times).

(Los Angeles Times)

Los anuncios están garabateados con marcador sobre paredes de ladrillos y troncos de árboles, y pegados sobre cabinas de teléfonos públicos, aceras y en las señales de tránsito que indican el camino a uno de los principales hospitales de Irán.

“Riñón a la venta”, se lee en las decenas de mensajes, acompañados de números de teléfonos y tipos de sangre, salpicados a lo largo de una calle arbolada frente al Centro de Riñones Hasheminejad, en Teherán.

Nuevos anuncios aparecen prácticamente a diario. Detrás de cada uno hay una historia de aflicción individual -desempleo, deudas, una emergencia familia- en un país acosado por la desesperación económica.

“Si pudiera vender mi riñón podría salir de mis deudas”, afirma Ali Rezaei, un instalador de aires acondicionados que se encuentra en la quiebra, a la sombra de un árbol ubicado frente al hospital. “También vendería mi hígado”.

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De hecho, Irán ofrece a las personas una forma legal de vender sus riñones, y es el único país del mundo que lo hace. Una fundación gubernamental registra a compradores y vendedores, los empareja y establece un precio fijo de $4,600 por órgano. Desde 1993, los médicos en Irán han realizado más de 30,000 transplantes de esa manera.

 

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Ali Rezaei, de 42 años, al lado del anuncio que colocó para vender su riñón, frente al Centro de Riñones Hasheminejad de Teherán (Shashank Bengali / Los Angeles Times).

(Los Angeles Times)

Pero el sistema no siempre ha funcionado como se cree. Los vendedores descubrieron que pueden hacer acuerdos paralelos para ganar miles más de parte de iraníes acomodados, ansiosos por pasar por alto la espera aproximada de un año en el marco del sistema gubernamental, o de extranjeros excluidos del programa nacional. En los últimos años, los médicos también han sido atrapados intentando realizar transplantes para sauditas que obtenían identificaciones iraníes falsas.

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Las autoridades iraníes sostienen que su sistema les da a los pobres una forma relativamente segura de ganar algo de dinero y salvar vidas, manteniendo los costos de la cirugía bajos y reduciendo a la vez los tiempos de espera en un país donde, hasta hace poco, se extraían pocos órganos de personas fallecidas. “Sí, las personas donan porque necesitan dinero, pero ésta es una realidad en todo el mundo”, aseguró Nasser Simfotoosh, presidente del departamento de urología y transplante de riñón en el Centro Médico Shahid Labbafinejad, en el norte de Teherán.

“En lugar de hacer algo ilegal para cubrir sus deudas, como robar o contrabandear, están salvando una vida”, expuso. “Esto no es explotación. El resultado final es bueno para el receptor y el donante”.

Sin embargo, algunos líderes internacionales de transplantes señalan que los anuncios son la evidencia de que la comercialización de órganos se abusa de los más necesitados, algo que precisamente las leyes en los EE.UU. y el resto del mundo intentan impedir.

“Al final, los donantes no están mejor”, expuso Gabriel Danovitch, director del programa de transplantes de riñón de UCLA y abierto opositor de la venta de órganos. “Cuando uno está tan desesperado, darle una cantidad de dinero a esa persona y bajarle su autoestima a la vez no la ayuda. Es un acto de desesperación, no de amor”.

Nadie puede precisar cuántos de los anuncios callejeros son respondidos, pero sirven como un indicador de la disfunción social y económica de Irán, después de años de corrupción endémica, mala administración y sofocantes sanciones internacionales.

Fuera del sistema oficial de trasplantes, los rumores del mercado negro de riñones ofrece una tentadora esperanza a las víctimas de los problemas de Irán.

Rezaei, cuyas gafas de montura media y camisa de vestir le dan la apariencia de un trabajador administrativo, alguna vez ganó lo suficiente para llevar una vida de clase media para su esposa y sus dos hijos. Pero todo cambió luego de que fuera contratado para colocar acondicionadores de aire como parte del gigante proyecto de vivienda pública de Mehr, lanzado por el entonces presidente Mahmoud Ahmadinejad para construir apartamentos asequibles para familias de bajos recursos.

Cuando muchos de los departamentos quedaron sin vender -debido a su construcción de mala calidad y la aceleración de la inflación- algunos desarrolladores huyeron de Irán sin pagarle a sus subcontratistas. Rezaei le debe al banco cerca de $7,000 y no tiene forma de devolverlo.

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El hombre fue encarcelado por un cheque rebotado, pidió un préstamo para la fianza y luego fue detenido nuevamente, hace tres meses, porque no pudo pagar ese dinero. Esta vez, el esposo de su hermana ofreció su propio departamento como garantía para lograr su liberación. “Mi cuñado podría perder su casa”, afirmó Rezaei. “Si vuelvo a la cárcel, ¿qué pasará con mis hijos?”.

Rezaei consideró entonces inscribirse para vender su riñón a través de los canales gubernamentales, pero su cuñado necesita el dinero con más inmediatez. Así fue como un día, a finales de agosto, escribió un letrero con letras gruesas, de color azul, en una hoja de papel de impresora, y lo pegó con cinta adhesiva en el muro de una compañía de suministros médicos: “Venta de riñón con urgencia. Precio negociable, AB+”, y su teléfono.

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El especialista en transplantes de riñón Nasser Simforoosh, con un paciente en el Centro Médico Shahid Labbafinejad, en Teherán (Shashank Bengali / Los Angeles Times).

(Los Angeles Times)

Quería al menos $9,000, pero su plan era abierto. Esperaría que un corredor lo llame, quizás con la oferta de llevarlo al otro lado de la frontera, hacia la región kurda semiautónoma de Irak, donde los doctores realizan transplantes en clínicas privadas. O se vincularía con un comprador iraní y se haría pasar por su amigo o pariente, con la esperanza de acelerar la cirugía.

Rezaei regresó a la mañana siguiente para asegurarse de que su anuncio estuviera aún allí. Descubrió que otro vendedor había agregado su número a la página, con marcador rojo, y un tercero también lo había hecho con pequeños adhesivos azules.

Llamar a los números en los avisos despierta historias de angustia. Mehdi, un estudiante de biología, de 24 años de edad, necesitaba $15,000 para resolver un ‘problema familia’. Amin, un mecánico de camiones, de 36 años, perdió su garaje y quebró; él aceptaría la mitad de esa cantidad, sólo para recomenzar su negocio.

Uno de los parientes de Rezaei, Reza Kurd, también había colocado un anuncio en la misma calle. Este fumador, de 42 años de edad, con cabello cano y bigote recortado, perdió su pequeño negocio avícola y tiene miles de dólares de deuda. Vendió su auto y dos casas, y envió a su esposa e hijos a vivir con su suegra, pero aún así no puede afrontar los $100 mensuales en intereses. “Esto está matándome”, afirmó. “Mis rivales me aventajaron en los negocios, y ahora ocurre lo mismo. Mira la cantidad de números en los avisos. El día que coloco un anuncio, alguien viene y pone otro encima”.

La mayoría de las personas pueden llevar vidas saludables con sólo uno de los dos riñones. Pero la Organización Mundial de la Salud y otros cuerpos internacionales se oponen terminantemente a la comercialización de órganos, argumentando que explota a los vendedores y que lleva a los médicos a emprender procedimientos arriesgados.

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Este año, una conferencia del Vaticano acerca del tráfico de órganos humanos exhortó a todos los países a reconocer los pagos a los donantes de órganos como “delitos que deben ser condenados a nivel mundial y procesados legalmente a nivel nacional e internacional”.

Los defensores del sistema iraní prefieren el término “donaciones pagas” en lugar de “venta de órganos”. Los clérigos chiíes musulmanes de Irán han aprobado el pago de riñones siempre que no se cause un daño al vendedor.

Hace unos años, informes periodísticos de medios locales sugirieron que cientos de operaciones ilícitas ocurrían cada año en Irán, a menudo en hospitales privados y clínicas para pacientes ricos de países del Golfo Pérsico. Funcionarios iraníes afirmaron que, desde entonces, han endurecido los procedimientos para garantizar que sólo los iraníes reciban transplantes y que las cirugías se lleven a cabo en los hospitales del gobierno.

También afirmaron que los compradores y vendedores se someten a exámenes médicos y psicológicos, así como a una investigación para evitar cualquier conspiración o intercambio de dinero fuera de la vía oficial.

La Fundación del Riñón de Irán, la agencia gubernamental que administra el programa de transplantes, señaló que los receptores pagan los $4,600 y el vendedor los recibe una vez que se completa la operación. El gobierno paga por la cirugía y la fundación o un grupo de caridad puede contribuir con costos adicionales si el receptor no tiene suficientes recursos.

“En lo que a nosotros respecta, nadie puede vender un riñón por vía privada”, afirmó Noshin Bidarigh, coordinador de la fundación de transplantes. “La gente coloca anuncios callejeros por ignorancia”.

Bidarigh afirmó que si encuentran vendedores que solicitan dinero extra, estos son retirados del sistema y se cancela la operación. Pero los médicos reconocen que es difícil evitar que se produzcan pagos secundarios.

Uno de esos casos involucró a un hombre iraní estadounidense, de 78 años de edad y residente de Los Ángeles, quien se encontraba en tratamiento de diálisis por enfermedad renal mientras esperaba un órgano. Si bien tenía dos hijos adultos que estaban dispuestos a donar, él no quería ponerlos en riesgo, según Danovitch, su médico de UCLA. Su otra opción era esperar un riñón de alguien que acabara de morir, usualmente en un accidente. La espera promedio para obtener esos riñones en los EE.UU. es de más de tres años y medio. Con cerca de 100,000 estadounidenses en espera, 12 de ellos mueren cada día, según United Network for Organ Sharing.

Entonces, el hombre viajó a Teherán y, seis meses después de registrarse en la fundación iraní, recibió un riñón en la clínica de Simforoosh. Según Danovitch, el paciente pagó $7,000 a un donante de 27 años de edad, quien le exigió dinero extra. Cuando este medio lo contactó por teléfono, el hombre se negó a discutir su cirugía.

Simforoosh confirmó que el transplante fue un éxito y resaltó que, si el hombre había pagado más dinero por el órgano, él lo desconocía. “Si pagó, no es algo malo en tanto y en cuanto lo haya hecho de forma voluntaria”, expresó. “Nuestros líderes religiosos dicen que está bien hacerlo siempre y cuando se esté salvando una vida”.

Los médicos que se oponen a la venta de riñones exponen que tales pagos secundarios alimentan las esperanzas que quienes colocan publicidad en la calle. “El precio aumentará más y más”, afirmó Behrooz Broumand, nefrólogo y secretario de asuntos internacionales de la Sociedad Iraní de Transplantes de Órganos. “La comercialización de transplantes es una carrera. Mientras haya pobreza, no podrán detenerlo”.

 

Incluso para los vendedores que siguen las reglas, las cosas no siempre salen bien. Una mañana reciente, una vendedora, con un chal negro y una visera, entró en la fundación para preguntar acerca de su operación. La paciente mayor con la que había sido emparejada tuvo un problemas de tiroides que retrasó la cirugía indefinidamente.

La donante, de 35 años y divorciada, quien pidió ser identificada únicamente como ‘Sarah’ porque no reveló a su familia que vendería su riñón, dijo que sus problemas comenzaron cuando ofició de garante de una amiga que tenía un préstamo bancario de $6,000. Su amiga no pagó, y Sarah, empleada de una compañía privada de software, no tenía forma de afrontarlo con su salario mensual de $420.

Obtuvo la idea de vender su riñón en internet, después de buscar maneras de ganar dinero rápido. Colocó anuncios en la calle, pero dos veces fue engañada por corredores que le exigieron que enviara unos cientos de dólares para arreglar la venta y luego desaparecieron. “Me di cuenta de que la forma legal era la mejor”, afirmo Sarah.

La mujer había decidido no pedir a su potencial destinataria, cuyo esposo era un mensajero con bajo salario, dinero adicional. Pero seis meses después de registrarse en la fundación todavía no tiene idea de cuándo cobrará, y los miembros del personal le informaron que no pueden ubicarla con otro paciente. “Estoy desesperada”, afirmó. “Debo encontrar un medio de vida”.

Rezaei también estaba cada vez más preocupado. “Tengo cinco días”, aseguró. Ésa era su fecha límite para que su cuñado pague el préstamo que lo sacó de la cárcel. Después de ese día, el banco podría tomar el departamento de su pariente, y Rezaei podría ser detenido nuevamente.

El plazo pasó. El anuncio de Rezaei sigue pegado a la pared del edificio médico, pero ya nadie responde en su número de teléfono.

Traducción: Valeria Agis

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí


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