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Internacional

En Venezuela crece el murmullo opositor, incluso en los barrios antiguamente más leales a Hugo Chávez

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“Fuera el dictador; La Vega en resistencia”, reza un grafiti en La Vega, un área empobrecida de Caracas y antiguo bastión del partido de izquierda venezolana. (Adriana Loureiro Fernández / para The Times).

(Los Angeles Times)

Las paredes que dan a las calles todavía tienen consignas descoloridas que exaltan al expresidente Hugo Chávez, cuyas cejas arqueadas en las imágenes grabadas fuera de los bloques de apartamentos y tiendas vacías insinúan fantasmagóricamente que alguien todavía observa.

Pero el encanto del chavismo, la política socialista del difunto presidente que quería vencer la desigualdad y difundir la prosperidad, se ha desvanecido incluso aquí en La Vega, una extensión urbana de callejones estrechos y viviendas derruidas en las verdes colinas de los límites occidentales de esta capital.

La Vega, al igual que otras zonas empobrecidas, ha sido un bastión de apoyo para el partido socialista en el poder y para el sucesor elegido por el fallecido Chávez, el presidente Nicolás Maduro.

Tanto Maduro como el ‘comandante Chávez’, como muchos todavía lo llaman cariñosamente, denunciaron a la oposición como el producto de una reacción burguesa contra la “revolución” socialista, generada en nombre de las masas marginadas durante mucho tiempo, como la gente de La Vega.

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Antes de que la economía de Venezuela comenzara a desmoronarse, hace unos años, las generosas asignaciones gubernamentales de alimentos y vivienda subsidiados, los pagos en efectivo y otros servicios ayudaron a construir y mantener una ciudadela sólida para Chávez en La Vega y otros bastiones gubernamentales.

Sin embargo, el 23 de enero pasado, cuando el legislador opositor Juan Guaidó declaró públicamente a Maduro como un “usurpador” y se proclamó presidente interino, algunos residentes de La Vega salieron a las calles en solidaridad. Un temible escuadrón de la policía de élite, las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES), acalló violentamente la manifestación antigubernamental, cuentan los residentes.

Pero el hecho de que los pobres —aquí y en otros lugares— salieran a las calles en protesta es visto por algunos como signo de un cambio político de base en esta nación sudamericana polarizada, de 32 millones de habitantes.

“Todo este barrio solía ser chavista, pero ya no”, aseguró Karina Monterola, de 44 años, quien vive en La Vega desde que era una niña. "¿Por qué? Porque hay hambre, falta de agua, todo tipo de escasez... El salario mínimo no es suficiente para comer, mucho menos para comprar ropa, ni siquiera un helado para mi hija”.

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Después de los enfrentamientos, a fines de enero, el descontento sigue susurrando principalmente en La Vega, donde los leales al gobierno actúan como informantes y ejecutores en asociaciones de bloque de estilo cubano, según la oposición. La policía en camionetas blancas patrulla las avenidas llenas de baches del barrio.

Hoy, mientras Venezuela soporta la etapa más reciente —y posiblemente decisiva— de su prolongada crisis económica y política, el núcleo de la clase trabajadora y pobre del apoyo chavista parece estar erosionándose en medio de las crecientes dificultades.

“Los chavistas están sufriendo mucho, son el sector más pobre, y ahora lo son aún más”, consideró el analista político Jesús Seguías. “Eran la columna vertebral del apoyo [del gobierno], y ahora sienten que el gobierno se ríe de ellos, los ha abandonado... Ha habido un inmenso colapso en el apoyo a las bases del chavismo”.

La ofensiva del gobierno contra las protestas incipientes que siguieron a la declaración de Guaidó de un gobierno “interino” sacudió no solo a La Vega, sino también a otras zonas tradicionalmente a favor del gobierno, incluido el extenso distrito de Petare, en el este de Caracas. Disturbios, saqueos y enfrentamientos entre la policía y los manifestantes asolaron muchos barrios pobres. 

Unas 40 personas murieron en todo el país y cerca de 850 fueron detenidas durante las protestas antigubernamentales de fines de enero, según Naciones Unidas (ONU), que alega que al menos 26 fueron asesinadas a tiros por fuerzas progubernamentales.

Después de los enfrentamientos, “llegó la represión”, dijo Monterola, sentada en un automóvil que serpenteaba por las calles sinuosas de La Vega, señalando sus asentamientos remotos con nombres como las Torres, los Bloques, los Magos, La Fábrica de Cemento. “Sabemos que hubo muertes, pero no sabemos cuántas. Se llevaron a muchos jóvenes que no han sido vistos de nuevo. Sus familias no saben dónde están”, relató.

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La policía antidisturbios se enfrenta a manifestantes de la oposición durante una protesta contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro, en el aniversario del levantamiento de 1958, que derrocó a la dictadura militar, en Caracas, el 23 de enero (Yuri Cortez / AFP / Getty Images).

(Getty Images)

El gobierno ha sido mayormente silencioso sobre la violencia. Pero Maduro tradicionalmente atribuye las bajas en las protestas a provocadores armados y pagados por la oposición. “No nos vengan con historias sobre lo que está sucediendo en los barrios”, le dijo Maduro a los periodistas el viernes. “Se contrató a un grupo de delincuentes, y están [ahora] todos prisioneros, ¿sabían? Les pagaron $100 por día para crear violencia y la gente los rechazó. Quien salga a generar violencia se enfrentará a la justicia”.

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El hecho de que Maduro culpe por la crisis económica del país a las fuerzas externas (las sanciones de Estados Unidos y otras medidas de Washington, que califica como “guerra económica” y “bloqueo”) no parece haber sofocado la disidencia dentro de las filas del chavismo, que alguna vez fueron sólidas.

Para los críticos de Maduro, la corrupción y la mala gestión son las causas de los problemas económicos del país. 

Chávez, un oficial militar de carrera de orígenes humildes, fue elegido presidente en 1998, gracias a una plataforma anti-establishment de izquierda que prometía limpiar la corrupción y hacer de esta nación rica en petróleo una sociedad más equitativa. Su enfoque apeló a los venezolanos pobres y de clase trabajadora alejados del sistema bipartidista anterior, al cual muchos consideraban favorecedor de la oligarquía y de los gigantes petroleros estadounidenses.

Con su marca registrada de la boina roja y sus diatribas contra el “imperialismo” de Estados Unidos, Chávez pronto se convirtió en un héroe para gran parte de la izquierda global, y en confidente de Fidel Castro, el ícono revolucionario cubano.

Su primera década en el cargo se benefició de un alza en los precios del petróleo, que le proporcionó ingresos para una serie de programas sociales. Chávez murió en 2013 y, un año después, con su seguidor Maduro al frente, los precios del crudo se desplomaron, lo cual presentó un gran desafío en curso. La decisión del gobierno de Trump de imponer sanciones a las ventas de petróleo venezolano, la principal fuente de ingresos del país, intentó acelerar la caída de Maduro y del chavismo.

Sin embargo, la frustración evidente en La Vega y en otros distritos pobres parece menos un repudio de los principios igualitarios que expuso Chávez, que una expresión de desesperación por la decadente calidad de vida del país.

Quien visite La Vega y otros enclaves en dificultades se enfrentará inevitablemente a un agotamiento total: fatiga por la escasez crónica, colas para alimentos y medicamentos, un mal funcionamiento generalizado de los servicios básicos.

Bajo un sol abrasador, los residentes —con rostros demacrados y ropas andrajosas— suben y bajan las empinadas colinas de La Vega, donde residen más de 150,000 individuos. El transporte público es irregular en el mejor de los casos; muchos carecen de dinero en efectivo para pagar por taxis y mototaxis.

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El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, llega a la base militar de Fort Tiuna, en Caracas, Venezuela, el 30 de enero pasado (Marcelo García / Oficina de Prensa Presidencial de Miraflores).

(Los Angeles Times)

Maduro carece tanto del carisma de su mentor como de la abundancia de ingresos petroleros que ayudaron a Chávez a gastar generosamente para mejorar los estándares de vida. Algunos exfuncionarios prominentes del chavismo rompieron públicamente relaciones con la administración de Maduro.

Mientras tanto, el ascenso de Guaidó ha unificado, por ahora, a una oposición fragmentada desde hace mucho tiempo, pero no está claro cuánto durará.

Incluso la oposición admite que Maduro conserva un núcleo de apoyo popular, al menos el 17% de los votantes, dicen los analistas, que se mantienen leales a su gobierno y a los ideales de Chávez. Su administración de gasto libre entre 1999 y 2013, impulsada por los altos precios del petróleo, supervisó una caída en las tasas nacionales de pobreza, desempleo y analfabetismo.

“Uno tiene que reconocer que el gobierno, tanto el del comandante Chávez como el de Nicolás Maduro, han hecho cosas buenas”, afirmó María Coromoto Blanco, de 42 años, residente de La Vega y madre de dos hijos, que dirige un pequeño negocio de suministros de limpieza y sigue siendo una chavista leal. “Tenemos acceso a comida asequible… Atención médica, ayudas en efectivo para las familias. Y el gobierno ha construido casas para los pobres. Podemos ir a la universidad y estudiar”.

Las brigadas de contraprotestas a favor del gobierno se materializan inevitablemente los días de las grandes movilizaciones de la oposición. Algunos son grupos organizados de milicias o colectivos que viajan en motocicleta listos para confrontar con lo que consideran una incitación. La oposición los considera mercenarios, pero muchos parecen expresar una lealtad genuina al gobierno, y la determinación de que lo que consideran un golpe de estado comandado por Estados Unidos o una posible invasión, no triunfará.

“Estoy aquí para luchar por la revolución”, aseguró recientemente Morelia Márquez, una maestra de 48 años, junto a un grupo de manifestantes a favor del gobierno, en las afueras del complejo presidencial de Miraflores. “Estamos preparados para luchar, para defender el país”.

Karina Monterola, la residente de La Vega, dejó de apoyar a Maduro y al chavismo, aunque su hogar se encuentra entre los millones que reciben cajas mensuales de alimentos subsidiados por parte del gobierno.

La mujer teme que su hija, de 18 años, pronto pueda unirse al éxodo masivo de venezolanos que emigran del país. Como a muchos otros, la rutina diaria la está desgastando.

“Trabajo día y noche, y apenas tengo dinero para vivir”, expuso Monterola, que hace un turno de día como cajera en una tienda de productos, y trabaja como enfermera por las noches. “Mi hija no tiene futuro. Ella quiere irse. Si lo hace, tendría que ir con ella. No tengo a nadie más. No puedo permitirme perder lo único que tengo en la vida”.

Mogollón es corresponsal especial. El reportero de planta del Times Patrick J. McDonnell contribuyó con este artículo.

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí.


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