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México supera récords sombríos del coronavirus: 100.000 muertos, 1 millón de contagios

A relative arrives with flowers for the burial of Juan Velasco at a cemetery in Tijuana on April 27, 2020.
Un familiar llega con flores para el entierro de Juan Velasco, quien falleció por los efectos del COVID-19, en el cementerio Municipal 13 de Tijuana, el 27 de abril de 2020.
(Marcus Yam/Marcus Yam/Los Angeles Times)

Marisela Pérez decidió que era hora de un descanso, una oportunidad para deshacerse de las preocupaciones sobre los cubrebocas, el distanciamiento social, y el miedo generalizado al contagio. Ella y su esposo recogieron a sus dos hijos, de 10 y 6 años, y condujeron a Acapulco el fin de semana pasado.

“Mis hijos están encerrados en casa todo el día, tomando sus clases en línea, sin salir”, comentó Pérez, de 37 años, vendedora de cosméticos. “Los veo enojados, llenos de ansiedad. ¿Cómo es posible? ¡Solo son niños! Entonces los llevamos a la playa. Hace meses no los había visto tan felices”.

El jueves, México superó un récord atroz: el número de muertos por la pandemia en el país se elevó por arriba de los 100,000. Solo Estados Unidos, Brasil e India lo superan.

Cinco días antes, México registró un contagio de 1 millón de personas. México ocupa el puesto 11 en la lista mundial de contagios, según datos de la Universidad Johns Hopkins.

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Pero el número real de muertes es considerablemente mayor, admiten los funcionarios, porque México está muy por debajo de la mayoría de los otros países en las pruebas. Muchos decesos relacionados con el virus se han atribuido a otras causas, señalan las autoridades sanitarias.

No hubo ceremonias con motivo de estas últimas cifras. Más bien, el creciente número de casos y la falta de camas hospitalarias han obligado a nuevas restricciones para restaurantes, centros comerciales, gimnasios y otros lugares en la Ciudad de México y otras partes del país.

La cifra de 100.000 contagios provocó una nueva ola de críticas contra un presidente cuyo gobierno ha evitado los cierres obligatorios, o los toques de queda, quien ha hecho hincapié en el cumplimiento voluntario de las pautas de distanciamiento social, el uso de cubrebocas y ha descartado las pruebas de virus y el rastreo de contactos.

Los titulares destacaron el “fracaso” oficial en un país que, como en Estados Unidos, la pandemia se ha politizado por completo.

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En respuesta, el presidente Andrés Manuel López Obrador, un populista de izquierda, atacó a los “buitres” conservadores por utilizar como arma partidista una desgracia.

“Desde el principio, quisieron usar la desgracia del pueblo mexicano por esta pandemia, para culparnos”, declaró el presidente. “Es obvio.”

Los gobiernos anteriores, señaló, habían dejado una red de salud vaciada, escasa de hospitales, equipo y médicos. El sistema tuvo que ser reconstruido sobre la marcha, explicó, mientras la pandemia se extendía por México. Aún así, la respuesta de emergencia del país había “dado resultados”, y señaló que la tasa de mortalidad conocida de México de 79 personas por cada 100.000 habitantes coloca al país en el décimo lugar de la lista mundial, según cifras de Johns Hopkins. Bélgica ocupa el primer lugar con una tasa de mortalidad de 133 por cada 100.000. Perú encabeza las Américas con 110 muertes por cada 100.000. Estados Unidos ocupa el puesto 13 con 77 decesos por cada 100.000 contagiados.

Más allá de las cifras, los mexicanos continúan enfermándose y muriendo, y los casos están aumentando nuevamente. Las personas se preocupan, no solo por su salud física, sino también por su bienestar psicológico y el de sus hijos. Las clases presenciales se han cancelado desde la primavera.

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“Por supuesto que el coronavirus me aterra, pero también me preocupa la salud mental de mis hijos: no hay clases presenciales, no pueden ver a sus amigos, se pierden actividades recreativas”, comentó Pérez, la madre de dos niños que viajó a Acapulco el fin de semana con su familia. “Esta pandemia lo cambió todo”.

Aquí, como en gran parte del mundo, la gente se ha adaptado, esforzándose por acercarse a una existencia normal. En un país donde casi la mitad de la población vive en la pobreza, tienen la necesidad desesperada de volver al trabajo, a pesar de una economía en ruinas. El tráfico en la capital casi ha vuelto a su ritmo frenético, anterior a la pandemia. Los viajeros se atascan en trenes y autobuses. Los centros comerciales están llenos. Todo parece normal, excepto por las legiones de usuarios de cubrebocas.

“Es un poco loco”, dijo Rosa Isabel Márquez, de 41 años, una abogada que buscaba ofertas en un centro comercial lleno de gente, en el exclusivo distrito de Santa Fe, de la capital. “¡Olvídese del distanciamiento social! Las filas en las cajas registradoras son demasiado largas. Todos estamos juntos”.

Daniela Montesinos había estado pensando durante mucho tiempo sobre su cumpleaños número cincuenta. Quería una gran fiesta, con 100 familiares y amigos. Pero las reglas de la pandemia restringen las reuniones a 50 o menos. Logró persuadir al dueño de un salón para que permitiera 60 asistentes el 7 de noviembre.

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“La pasamos muy bien, mariachis, tacos, bebidas”, recuerda Montesinos, secretaria de una escuela. “Sé que es el momento del coronavirus, pero también necesitamos algo de diversión. ¡Si no morimos de coronavirus, todos moriremos de depresión!”.

En todo México, las autoridades han identificado las fiestas de cumpleaños, bodas y otras fiestas como superpropagadoras del virus. Se ha emitido en televisión y en las redes sociales un video de la policía dispersando reuniones, para angustia de los juerguistas que alzan tarros de júbilo.

Rosa María Sánchez no ha estado de ánimo festivo.

Su esposo, José González, de 65 años, jardinero, siempre estuvo sano, comentó, sin vicios, salvo fumar dos o tres cigarrillos al día. Pero tuvo fiebre y tos un martes de septiembre. La familia esperó hasta el sábado siguiente para llevarlo a un hospital, una precaución no inusual en un país donde el precario estado de la atención médica hace que muchos vean a los hospitales como lugares donde la gente va a morir. Le colocaron un respirador y murió dos días después, una estadística más en el registro de mortalidad por coronavirus.

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Falleció solo. “No pude estar con él cuando más me necesitaba”, se lamentó.

Sánchez, de 64 años, ahora se queda en su domicilio la mayor parte del tiempo. Sus hijos hacen las compras. En la televisión, Sánchez ve relatos de gente que va a fiestas y bares. Ella está aterrada.

“Yo les decía a estas personas: '¡Quédense en casa! ¡Usen cubrebocas cuando salgan!’. Porque cuando uno pierde a un ser querido, hay un dolor inmenso. Lo sé. Cuídate ahora. Antes de que sea demasiado tarde”.

Sánchez es una corresponsal especial.

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