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‘El 68 albergó la utopía de acabar con la simulación, la hipocresía y la corrupción en los modos de gobernar’

‘El 68 albergó la utopía de acabar con la simulación, la hipocresía y la corrupción en los modos de gobernar’
En la historia reciente del país, existe un antes y un después del movimiento del 68, y un antes y un después del 2 de octubre. Ocurrió lo que nadie creía que pudiera ocurrir. El gobierno mandó matar a los estudiantes, aprehender a los líderes, y con ello cegar las esperanzas de cambio y renovación. (Fundacion UNAM)

1968, como lo señaló Octavio Paz, "fue un año axial: protestas, tumultos y motines en Praga, Chicago, París, Tokio, Belgrado, Roma, México, Santiago…De la misma manera que las epidemias medievales no respetaban ni fronteras religiosas ni las jerarquías sociales, la rebelión juvenil anuló las clasificaciones ideológicas".

Pero México era un país que parecía dormitar bajo la vigilancia severa y paternal, en ocasiones enfáticamente represiva, del poder. No había una democracia real.

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Por ello el movimiento fue una sorpresa para todos, empezando con los participantes, y fue la fiesta del despertar político de toda una generación. Fue también el intento de poner a México en sintonía con las nuevas ideas en el mundo. Los jóvenes querían que la intuición algo ingenua de poseer derechos imprescriptibles, derechos literalmente humanos, se hiciera realidad ejerciéndolos.

El 68 albergó la utopía implícita de acabar con la simulación, la gesticulación, la hipocresía, el cinismo, la corrupción en los modos de gobernar. Explícitamente se demandaba el respeto a las libertades democráticas plasmadas en la Constitución.

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Pero pedir el respeto a la constitución a un gobierno tan rígido y autoritario como el de Díaz Ordaz, era una provocación intolerable. Era retar el principio de autoridad. Máxime si esa petición se le hacía con una huelga general universitaria, con movilizaciones masivas en la capital y con las brigadas estudiantiles difundiendo las razones del movimiento en las calles y en los barrios.

En el movimiento hubo protagonismos personales, radicalismos que le hacían el juego a la represión. En las bases hubo a veces rienda suelta a impulsos destructivos y a posiciones provocadoras. Pero de conjunto las aristas eran limadas y lo que prevalecía, y prevaleció, fue el carácter democrático, dialogante, justiciero, de un movimiento que se negaba a ser arrojado a la ilegalidad y hacia la represión. Es un hecho, sin embargo, que el movimiento no encontró la clave para, sin bajar sus banderas, encontrar un terreno común con quienes, en el gobierno, buscaban una salida política, no represiva, al conflicto.

La ficción republicana y la impunidad del titular del Ejecutivo

El movimiento del 68 puso al descubierto el secreto que la clase gobernante no quería evidenciar. Que el formato republicano del Estado mexicano era más ficción que realidad, que los poderes de la Unión no eran independientes ni contrapesos del Ejecutivo, sino que estaban a su servicio. La prensa y la televisión eran el eco amplificado de las palabras y los deseos del presidente. No había casamatas de la sociedad civil que contuvieran los excesos del poder.

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En este contexto, el 2 de octubre en Tlatelolco no fue sino un crimen de Estado largamente anunciado por el propio presidente, cuando dijo el 1º de septiembre de 1968: "lo que sea nuestro deber hacer, lo haremos; hasta donde estemos obligados a llegar, llegaremos".

Para llegar a donde no quería llegar, el presidente dispuso de "toda la fuerza del Estado". Diversas unidades del ejército mexicano, francotiradores del Estado Mayor Presidencial, Secretaría de Gobernación, Dirección Federal de Seguridad, Servicio Secreto, Policía Judicial del DDF, Policía Judicial del Estado de México, entre otros.

Se ha dicho que la orden era disolver el mitin y detener a los dirigentes del Consejo Nacional de Huelga (CNH), pero entonces, ¿por qué todas las unidades militares y policiacas que intervinieron estaban armadas con armas reglamentarias?

Algunos han querido ver en el reconocimiento que el presidente hizo de su responsabilidad por los hechos de Tlatelolco, un gesto de decencia. Pero en el contexto histórico sólo se puede ver como un despliegue adicional de arbitrariedad que tenía tras de sí la certeza de la impunidad. ¿Quién se hubiera atrevido a acusar al presidente, y ante quién?

Por los muertos del 68 nadie fue acusado ni consignado o encarcelado. Por los detenidos sin orden de aprehensión nadie fue sancionado. Los jueces que acusaron y sentenciaron a las víctimas por los delitos de los represores murieron en olor de santidad republicana. El 68 se saldó con un banquete de impunidad.

Las consecuencias del 2 de octubre

En la historia reciente del país, existe un antes y un después del movimiento del 68, y un antes y un después del 2 de octubre. Ocurrió lo que nadie creía que pudiera ocurrir. El gobierno mandó matar a los estudiantes, aprehender a los líderes, y con ello cegar las esperanzas de cambio y renovación.

Después del 2 de octubre, y después del 10 de junio de 1971, empezaron a generarse en este país nuevos espacios de información, difusión y cultura, todos reivindicando el espíritu del 68. Esa fue la parte luminosa. La parte sombría fue que un sector de la juventud estudiantil, presa de la indignación y creyendo cerrados los caminos legales, se lanzó a la lucha armada y a la clandestinidad, en lo que Alejandro Gómez Arias llamó "una guerrilla suicida". Diez años después vino la Reforma Política que legalizó al Partido Comunista y otorgó la amnistía a los miembros de las guerrillas.

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Hubo cambios positivos, pero también se acentuó la descomposición institucional con el ascenso del narcotráfico y la colusión con él de diversas corporaciones de seguridad del Estado, como la Dirección Federal de Seguridad. En 1990 surgió la Comisión Nacional de Derechos Humanos, cuyo primer presidente fue el doctor Jorge Carpizo Mc Gregor.

Muchas cosas han pasado desde entonces. Crímenes, masacres como las de Aguas Blancas y Acteal, violaciones a derechos humanos de primera generación y un largo etcétera. Pero las cosas no son iguales. Algunas cosas han cambiado de forma que quisiéramos creer irreversible, como la democracia real y actual, la división de poderes, instituciones de Estado autónomas, como la propia CNDH, que ajustan y rinden cuentas. Hoy tenemos una vigorosa sociedad civil, medios de comunicación fuertes e independientes.

Hoy las violaciones principales a derechos humanos no obedecen a una política de Estado, como ocurrió durante la llamada "Guerra sucia", sino a excesos y conductas de responsabilidad personal, en el contexto de violencia y descomposición social que han traído el ascenso del narcotráfico y su combate.

¿Cuáles son los saldos del movimiento del 68 y de la manera brutal como fue sofocado? Gilberto Guevara Niebla, uno de los principales líderes del 68, dice que

las balas del Ejército en Tlatelolco acabaron con un sueño y nos instalaron en una pesadilla. Sepultaron de golpe la fe candorosa de los estudiantes en la ley, la creencia de que se vivía dentro de un orden civilizado, la suposición de que prevalecía la razón, la confianza en que, a la postre, el gobierno cedería y otorgaría, si no todos, algunos de los puntos del pliego petitorio. Pero esas mismas balas inauguraron una cauda salvaje de violencia, irracionalidad, barbarie e ilegalidad que, de alguna manera, sigue presente en el México actual y que constituye el mayor obstáculo para que salgamos del abismo en que nos encontramos.

No todos los enfoques son pesimistas. En México, el cuestionamiento al sistema político que supuso el 68 dio paso al inicio de una serie de avances en materia democrática que continúan hasta nuestros días. Tuvimos una transición democrática, una reforma del Estado (de la que la CNDH es parte sustancial). Tenemos y ejercemos la libertad política y los derechos humanos que reclamaron en las calles los estudiantes y profesores, han sido elevados a rango constitucional.

Hoy, a cincuenta años del 2 de octubre, nos une el recuerdo del heroísmo cívico del 68, rendimos homenaje a quienes murieron o fueron heridos, encarcelados, perseguidos y denigrados por defender la legalidad, la constitución, la democracia y las libertades, somos muy conscientes de lo que México les debe, pues sin ellos, sin su sacrificio, no habríamos conquistado las instituciones democráticas y republicanas con las que actualmente contamos, y que hay que defender, perfeccionar y preservar a toda costa.

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*Gustavo Hirales Morán fue militante de la Juventud Comunista de México en el 68, ex guerrillero, preso, amnistiado. Miembro del PCM, PSUM y PMS. Luego participó en el servicio público por varios años. Escritor, poeta. Actualmente trabaja en la CNDH.

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