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OPINIÓN: En medio de la crisis del coronavirus Armenia lanza ataque militar contra Azerbaiyán

Alrededor de la mitad de los civiles azerbaiyanos desplazados por las tropas armenias son niños.
(Cortesía Nasimi Aghayev)

El 12 de julio el ejército armenio atacó con artillería pesada posiciones de las fuerzas armadas de Azerbaiyán a lo largo de la frontera entre los dos países, matando a cuatro soldados azerbaiyanos y violando flagrantemente el cese al fuego establecido desde hace años.

El objetivo de esta nueva escalada militar, la peor en varios años, pero no la única, es tomar posiciones estratégicas en Azerbaiyán.

En el momento de redactar este informe los enfrentamientos a lo largo de la frontera continúan con el bombardeo por parte del ejército armenio de las estructuras militares y civiles y la situación corre el riesgo de que escale a niveles tales que ponga en riesgo a la población civil.

En una declaración, el ministro de Defensa de Armenia, Davit Tonoyan, amenazó a Azerbaiyán con invadirlo para obtener “nuevas posiciones”. Esto sigue a otra declaración de Tonoyan un año antes, en la que anunciaba que Armenia ocuparía nuevos territorios en caso de una nueva guerra con Azerbaiyán.

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El gobierno de Armenia bajo el primer ministro Nikol Pashinyan ha estado luchando con una plétora de problemas internos que han dañado su reputación. Entre esos problemas figuran el deficiente manejo de COVID-19 que, con más de 32.000 casos confirmados y 573 muertes, ha convertido a Armenia en el país con el mayor número de casos de COVID-19 y decesos en el Cáucaso meridional.

A eso hay que agregarle una grave crisis económica y los intentos de reprimir a los opositores políticos, con la detención y persecución de dos ex presidentes del país e introducir enmiendas constitucionales que eliminan la independencia del poder judicial, que ha sido objeto de numerosas críticas internacionales.

Evidentemente esta operación militar sirve al interés del gobierno armenio de distraer la atención de las difíciles cuestiones internas.

El conflicto entre Armenia y Azerbaiyán sigue siendo el más peligroso de la ex Unión Soviética y continúa amenazando enormemente la paz y la seguridad en la región del Cáucaso meridional, situada estratégicamente entre Rusia e Irán, en uno de los corredores de energía y transporte de mayor importancia mundial.

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Estos últimos enfrentamientos muestran una vez más la vulnerabilidad del actual statu quo y la necesidad de que el conflicto se resuelva lo antes posible.

Los hechos del conflicto son muy claros: a principios de los años noventa, Armenia invadió alrededor del 20% del territorio de Azerbaiyán, expulsando a más de 800.000 civiles azerbaiyanos de la región de Nagorno-Karabaj y de siete distritos circundantes. Junto con los 250.000 azerbaiyanos expulsados de Armenia, Azerbaiyán tiene más de 1 millón de refugiados y desplazados internos, lo que lo convierte en uno de los países con más población de desplazados forzados del mundo.

A modo de comparación, el territorio de las tierras invadidas por Armenia en Azerbaiyán es más grande que el estado de Connecticut de Estados Unidos.

La ocupación militar ilegal continúa hasta el día de hoy a pesar de la enérgica condena de múltiples resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (CSNU), que exigen que las tropas armenias se retiren de las regiones ocupadas de Azerbaiyán.

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Además del CSNU, la Asamblea General de las Naciones Unidas, el Consejo de Europa, el Parlamento Europeo, la OTAN, la OCI, el MNOAL y muchas otras organizaciones internacionales han condenado la ocupación y han expresado su apoyo a la integridad territorial de Azerbaiyán.

Incluso el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, en su fallo de 2015, confirmó los hechos de ocupación y limpieza étnica del territorio de Azerbaiyán.

Sin embargo, la ocupación continúa, sin que la denuncia la perturbe.

¿Cuál es la razón?

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La falta de presión internacional sobre Armenia para forzar el cumplimiento del derecho internacional.

El actual sistema jurídico internacional se estableció después de la Segunda Guerra Mundial para garantizar la paz y la seguridad en el mundo, prohibiendo el uso o la amenaza del uso de la fuerza para las adquisiciones territoriales y haciendo inadmisible continuar con las apropiaciones de tierras al estilo medieval.

Los principios de integridad territorial e inviolabilidad de las fronteras estatales son, por lo tanto, los cimientos más importantes de este sistema jurídico. Sin embargo, lo que hemos estado observando durante las últimas décadas es una peligrosa tendencia a derribar estos principios y erosionar el derecho internacional, a favor de expansiones e invasiones territoriales ilegales, que inevitablemente van acompañadas de limpiezas étnicas y tremendos sufrimientos humanos.

Es responsabilidad no sólo de las organizaciones internacionales, sino, lo que es más importante, de las principales potencias mundiales, garantizar el cumplimiento del derecho internacional y detener esta erosión devastadora del sistema jurídico internacional que ellas mismas ayudaron a establecer hace 75 años.

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Desde hace casi 30 años, se encomendó al Grupo de Minsk de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE) la tarea de encontrar una solución pacífica al conflicto entre Armenia y Azerbaiyán, aunque sin resultados tangibles. El Grupo de Minsk está copresidido por Estados Unidos, Rusia y Francia.

Los hijos de uno de los soldados muertos ayer.
(Cortesia Nasimi Aghayev
)

El Grupo de Minsk debe dejar muy claro a los dirigentes de Armenia que la paz no sólo es importante, sino que es vital para hacer frente a los graves problemas económicos, sociales y políticos a los que se enfrenta Armenia y la región.

Además de los desafíos internos ya mencionados, Armenia también ha estado experimentando un grave declive demográfico debido a que decenas de miles de jóvenes, que carecen de oportunidades en su país, han emigrado en busca de una vida mejor.

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Alrededor de 1.5 millones de ciudadanos, casi la mitad de la población del país, han abandonado Armenia de forma permanente desde 1991.

Según las Naciones Unidas, Armenia podría perder otro millón de personas para 2050. Con la tasa de pobreza más alta del sur del Cáucaso, la infraestructura social del país se está erosionando gradualmente. La economía depende en gran medida de la asistencia extranjera y las remesas.

Azerbaiyán por su lado, se ha convertido en la mayor economía de la región, estableciendo sólidas alianzas en todo el mundo, ejecutando proyectos multimillonarios de energía y transporte continental entre Asia y Europa, contribuyendo a la seguridad energética mundial y al desarrollo económico.

Como socio estratégico de Estados Unidos en una región de importancia crítica, Azerbaiyán ha apoyado firmemente los esfuerzos de EE.UU para luchar contra el terrorismo internacional y diversificar los suministros de energía. Lo que es más importante, Azerbaiyán es un país que ha garantizado la libertad de religión y donde musulmanes, cristianos y judíos conviven en paz, armonía y respeto mutuo, rompiendo los estereotipos de que dichas religiones no pueden coexistir.

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La paz con Azerbaiyán tendría un efecto de gran importancia en Armenia porque abriría las fronteras a las inversiones y la integraría a la vasta red de energía y transporte que se está desarrollando en esa región.

Ha llegado el momento de que Ereván deje de lado la beligerancia, detenga las provocaciones militares y participe constructivamente en las negociaciones para resolver el conflicto.

Teniendo en cuenta que California tiene una gran concentración de armenios, espero que quienes deseen un futuro próspero y pacífico para su patria puedan dedicar más esfuerzos a alentar a Armenia a restablecer la paz con sus vecinos que tanta falta hace.

*Nasimi Aghayev es el Cónsul General de Azerbaiyán en el oeste de Estados Unidos, con sede en Los Ángeles.


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