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Soy camarero y arriesgo mi vida para servir a otros durante la pandemia; por favor, recuérdenlo

A worker at a San Pedro restaurant serves diners at a sidewalk table under umbrellas on May 29.
Los clientes en un restaurante de San Pedro son atendidos afuera, el 29 de mayo pasado, después de que se permitiera reiniciar el servicio en persona.
(Los Angeles Times)

¿Hay espacio para una curva de aprendizaje COVID-19 cuando tu trabajo pone en peligro tu vida? El restaurante para el que trabajo no sabe si está haciendo lo suficiente.

Mientras describía las selecciones de postres a través de mi máscara y protector facial para los clientes sentados en una mesa para cuatro, uno de ellos se refirió a mis cubiertas faciales y se burló de mi voz apagada. “No puedo entenderte a través de ese escudo de soldadura”, dijo con una sonrisa. Señalé que, si bien la cuestión podía ser divertida para él, yo estaba arriesgando mi vida allí para brindarle servicio.

Ese día de mayo, un centenar de clientes, algunos con cubrebocas, aunque la mayoría no, colmaban el salón del popular restaurante de Santa Mónica donde trabajo. Era difícil recobrar el aliento con la máscara facial que llevaba puesta hacía siete horas, lo cual exacerbaba mi perpetua ansiedad.

Un compañero de trabajo chocó contra mí. Mantenerse a seis pies de distancia de otros era pura fantasía.

La misma noche, un comensal me dijo directamente a la cara: “El agua sabe mejor cuando me la sirven”. Sentí pena ajena.

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La cultura imperante en la industria gastronómica permite con demasiada frecuencia la actitud irrespetuosa y desconsiderada a sus trabajadores por parte de los dueños de restaurantes, encargados y los propios clientes, siempre exigentes.

Ahora, venir a trabajar pone en peligro mi vida. Sin embargo, la situación no ha mejorado. Cuando el restaurante cerró repentinamente por la cuarentena, a mediados de marzo, nos dijeron que nos quedáramos en casa y solicitáramos el seguro de desempleo. En las semanas posteriores, nos evitamos entre sí como si tuviéramos la peste.

Una vez que se permitió la reapertura del restaurante, a fines de mayo, nos dieron 48 horas para decidir si queríamos volver a nuestras tareas. Quienes no lo hicieran serían reportados al Departamento de Desarrollo de Empleo, y nuestros beneficios de desempleo probablemente acabarían.

Y así, sin ninguna evidencia científica de que pudiéramos servir una comida y seguir a salvo, invitamos a la gente a disfrutar de cenar con nosotros. La realidad es que no sabemos si estamos haciendo todo lo suficiente para evitar que ellos -y nosotros- se enfermen o mueran. Mis pensamientos vuelven constantemente a los dos hijos adolescentes que tengo en casa.

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Mi primera noche de regreso al empleo, serví a cientos de extraños. Al principio, el restaurante no exigía el control de la temperatura de los clientes, por temor a que pudiera incomodarlos. “¿Y qué hay de la comodidad del personal?”, me preguntaba yo.

El restaurante donde trabajo se considera un establecimiento de alta cocina, donde los comensales gastan, en promedio, $110 por persona. Las expectativas de clientes y propietarios del restaurante son altas, a veces irracionales. Un comensal una vez me exigió que fuera al mercado y le trajera un poco de salsa de soja. ¿Cuál fue la respuesta de mi supervisor? “¡Hazlo ya mismo!”.

Nuestro experimento con el COVID-19 al principio redujo la ocupación a un máximo del 60%, para cumplir con el mandato de seis pies de distancia entre el personal y los clientes. ¿Era eso posible dentro de un restaurante concurrido? No, conforme mi experiencia.

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La mayoría de las noches nuestro restaurante se llenaba tanto como era posible, todos seguíamos las pautas de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC). Mientras que yo vendía más de $4.000 en alimentos y bebidas en cuatro horas, los otros camareros hacían lo mismo. ¿Cuántas veces cambiamos nuestros guantes, limpiamos las superficies desocupadas o nos lavamos las manos? Casi nunca.

Vi a un bartender -terriblemente atareado, con 15 pedidos- cambiar un billete de cien dólares. Con sus guantes agujereados abrió la caja registradora, tocó casi todos los billetes, le dio el cambio al camarero y luego metió las manos sin lavar en el contenedor de fruta fresca y comenzó a mezclar la siguiente bebida. El bartender, que trabaja solo, no tuvo tiempo siquiera de pensar en las pautas de los CDC, y mucho menos de ponerlas en práctica.

En la era del COVID, necesitamos una cultura gastronómica que promueva el respeto y conceda un valor altísimo a la preservación de la vida humana.

In-N-Out Burger, una empresa familiar crea una cultura de apoyo y cuidado. Lo experimenté mientras trabajaba allí. También he atestiguado menosprecios y abusos a los empleados en restaurantes con gran renombre, en pos de crear su versión del ambiente ideal de “hospitalidad”.

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El aumento de los casos de COVID-19 ha estimulado la charla de una “segunda ola” de infecciones de coronavirus. Los expertos dicen que ese es el término equivocado para describir lo que está sucediendo.

Una vez le devolví un plato a un chef, diciéndole que el comensal pensaba que su jabalí estaba un tanto sobrecocido. El chef tocó el jabalí con desdén y luego me arrojó el plato; salvé que me diera en la cara de puro milagro. El plato se estrelló contra una pared detrás de mí, salpicó mi cabello y me manchó el uniforme.

Desde el 13 de julio pasado, hemos estado sirviendo a los comensales únicamente al aire libre. Una noche, nueve personas vinieron para cenar, pero las pautas sólo permiten hasta seis individuos por mesa. Ellos se dividieron en dos, pero a mitad del primer plato juntaron sus mesas. Como no querían molestarlos, la gerencia no hizo nada.

Pero yo sí lo hice. Decidí dejar de atenderlos, y se le indicó a otro empleado que se hiciera cargo. Ese camarero luego me abordó, y casi terminamos en una pelea física.

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¿Hay espacio para una curva de aprendizaje sobre el COVID-19, cuando el empleo pone en peligro la vida?

En medio de esta pandemia, no necesitamos comportarnos ‘como siempre’. Precisamos una cultura del cuidado que fluya del empleador del restaurante al empleado y al comensal, y también viceversa.

Brian Ramian, actor y cineasta, asistió recientemente al laboratorio para guionistas de TV L.A. Skins Fest Native American TV Writers Lab. Hace más de 20 años que trabaja en la industria gastronómica.

Para leer esta nota en inglés, haga clic aquí.


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