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Vida y Estilo

Cada vez hay más temor que las personas con enfermedades mentales cometan actos de violencia, pero el miedo es infundado

Defendant in a courtroom
Aunque crece el miedo de que quienes padecen trastornos mentales sean una amenaza para la seguridad pública, los expertos afirman que esas preocupaciones están fuera de lugar.
(David Brooks / San Diego Union-Tribune )

La retórica política que culpa a quienes padecen enfermedades mentales por las oleadas de violencia sobre masas parece estar filtrándose en la psiquis nacional.

Los estadounidenses ven cada vez más a las personas con esquizofrenia o depresión severa como una amenaza, no sólo para ellos sino para los demás, revela una nueva investigación. Esa desconfianza incluso se extiende a aquellos que tienen dificultades para hacerle frente a la vida cotidiana, pero cuyos síntomas están muy lejos de un diagnóstico psiquiátrico.

Esta visión cada vez más amplia, de que aquellos que padecen trastornos mentales podrían ser una amenaza para la seguridad pública, parece impulsar una mayor apertura hacia el tratamiento de la salud mental. Pero también profundiza específicamente el apoyo a las leyes que exigen que las personas con síntomas psiquiátricos reciban tratamiento, lo deseen o no.

Las enfermedades mentales, el abuso de sustancias y las discapacidades físicas son mucho más frecuentes entre las personas sin hogar del condado de Los Ángeles de lo que han dicho las autoridades.

Esos sentimientos, y cómo han cambiado con el tiempo, provienen de encuestas realizadas en 1996, 2006 y 2018, que sondearon las actitudes de los estadounidenses sobre los problemas de salud mental y su conexión con la seguridad pública. La encuesta de 2018 tuvo lugar poco después de una serie de tiroteos en masa de alto perfil, en Nevada, Texas y Florida, que cobraron 101 vidas.

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Mientras que estos incidentes se intensificaron en los últimos años, los defensores de los derechos de armas y sus aliados políticos atribuyen la violencia a las personas con enfermedades mentales. También han pedido medidas para tratar a los enfermos mentales y prohibirles que posean armas.

En respuesta a tiroteos en masa consecutivos este verano, en El Paso y Dayton, Ohio, el presidente Trump buscó cambiar el enfoque político, de las restricciones de armas —que desean muchos demócratas— al estado mental de los perpetradores. “La enfermedad mental y el odio aprietan el gatillo”, aseveró el mandatario. “No el arma”.

Cuando los votantes de California aprobaron un impuesto a los residentes de altos ingresos en 2004, los partidarios dijeron que cumpliría con la “promesa fallida” del estado de ayudar a los condados a pagar por el tratamiento de los enfermos mentales.

Además, sugirió que el cierre total de los hospitales psiquiátricos en las décadas de 1960 y 1970 fue un error, y que Estados Unidos debería reabrir esas instituciones para evitar la violencia en masas. “Sacaremos a las personas mentalmente trastornadas y peligrosas de las calles, para que no tengamos que preocuparnos tanto por ellas”, afirmó. “Este es un gran problema”.

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La evidencia para cambiar las actitudes surgió de la encuesta General Social Survey, que monitorea creencias y comportamientos de los estadounidenses y es realizada por la Universidad de Chicago. En esta, los consultados reaccionaron a una breve descripción de un individuo cuyo comportamiento tipificaba uno de los tres trastornos mentales —esquizofrenia, trastorno depresivo severo o dependencia al alcohol—, o de una cuarta persona que tiene preocupaciones y desafíos, pero que “lo maneja bastante bien”.

Se pidió a los encuestados que juzgaran la probabilidad de que la persona se hiciera daño a sí misma o que infligiera daño a otros. Luego se les preguntó si apoyaban las leyes que exigirían que la persona descrita tome medicamentos, consulte a un médico o se someta a hospitalización por su condición.

En 2017 el ritmo al que los jóvenes estadounidenses se quitaron la vida alcanzó una marca histórica, impulsada por un fuerte aumento en los suicidios de adolescentes mayores, según una nueva investigación.

En 2018, aproximadamente el 70% de los consultados juzgó que las personas que probablemente serían diagnosticadas con esquizofrenia son un peligro potencial para los demás. En 1996, cerca del 57% tenía esa opinión, al igual que el 60% en 2006.

Los sondeos también revelaron que el 59% de los estadounidenses apoyaban en 2018 las leyes que requieren la hospitalización, incluso involuntaria, de quienes cumplen con los criterios de diagnóstico para la esquizofrenia. Menos de la mitad compartía esa opinión en 2006.

Aproximadamente un tercio de los consultados en 2018 consideró que las personas con depresión tienen muchas o más probabilidades de hacer daño a otros. Y el 68% estimó que la gente con dependencia del alcohol es peligrosa para los demás. El apoyo a las leyes para obligar a una persona con dependencia al alcohol a someterse a alguna forma de terapia varió del 26% al 38%, dependiendo del tratamiento involucrado.

Los resultados, compilados por sociólogos de la Universidad de Indiana, la Universidad de Vanderbilt y de un psicólogo de la Universidad de Virginia, se publicaron esta semana en la revista Health Affairs.

El Dr. Jeffrey Lieberman, un psiquiatra de la Universidad de Columbia que estudia la violencia, afirmó que las actitudes expresadas en las consultas son fáciles de entender. “La gente desea soluciones simples: quieren poder explicar las cosas con precisión”, dijo. “Esta es una manera conveniente de evitar medidas que son menos aceptables, como el control de armas”.

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Lieberman apoya la idea de mantener alejadas a muchas personas con enfermedades mentales, y cree que las leyes han hecho que el compromiso civil de la gente con enfermedades mentales graves sea muy complejo. Pero las soluciones radicales distraen de los problemas más espinosos y básicos que deben corregirse, advirtió. “La causa raíz es un sistema de salud fallido”, dijo. “Las personas no reciben tratamiento para las enfermedades mentales”.

Se trata de una opinión compartida por el Dr. Kenneth Rosenberg, miembro de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría y autor de un nuevo libro y documental, “Bedlam”, que explora la crisis de salud mental en el país.

“Las personas con enfermedades mentales no reciben tratamiento en EE.UU. Están criminalizados y marginados, y el tratamiento no está a la altura”, expuso. “Es un regalo del cielo que tengamos esta discusión. Cualquier cosa que nos haga hablar de enfermedades mentales es buena, excepto cuando es estigmatizante”.

Aproximadamente el 19% de los adultos estadounidenses, cerca de 47 millones de personas en 2017, padecen alguna forma de enfermedad mental. La enfermedad mental grave, que limita significativamente la capacidad de un individuo para transitar las demandas cotidianas, afecta aproximadamente al 4.5% de la población adulta, o 11.2 millones de estadounidenses.

La mayoría de los defensores de la salud mental han desafiado la acusación de que aquellos con problemas psiquiátricos son responsables del aumento drástico de la violencia sobre masas en Estados Unidos. La investigación realizada por expertos del FBI y de otras instituciones demuestra que no más de una cuarta parte de quienes intentaron o llevaron adelante tiroteos en masa en los últimos años podrían considerarse enfermos mentales. De hecho, quienes padecen trastornos mentales tienen muchas más probabilidades de ser víctimas de violencia que ser perpetradores.

Los mensajes ambivalentes parecen sacudir a la opinión pública. Cada vez más estadounidenses se preocupan de que las enfermedades mentales contribuyan de forma importante con la violencia, y más individuos parecen creer que el tratamiento, incluso si es forzado, podría mejorar la seguridad pública, sugiere el nuevo estudio.

Esa creencia no está respaldada por la evidencia de la investigación, remarcan los autores del estudio.

“El vínculo entre violencia y enfermedad mental ha sido científicamente documentado como débil, en el mejor de los casos, durante al menos tres décadas”, escribieron.

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Además, citaron una revisión reciente de una investigación, que concluyó: “Incluso si tuviéramos una cura para las enfermedades mentales graves, que eliminara por completo los trastornos psicóticos y anímicos activos, el problema de la violencia interpersonal en la población se reduciría sólo en un 4%, mientras que el 96 % de los actos violentos seguirían ocurriendo”.

Dichos cálculos miran más allá de los tiroteos en masa, hasta el atisbo diario de muertes y lesiones derivadas de disputas domésticas, actividades de pandillas y delitos generales en Estados Unidos. En ese contexto más amplio, las personas con enfermedades mentales son un factor muy pequeño.

Pero los expertos reconocen que, al menos en los últimos años, quienes sufren enfermedades mentales graves han representado una minoría considerable de casos de tiroteos en masa. Las otras dos categorías principales de tiradores de ese tipo —los impulsados por creencias ideológicas radicales y los trabajadores, estudiantes o parejas ofendidos, disgustados o despedidos—, son más difíciles de identificar, y aún más problemático de arrestar y detener a medida que su ira crece y explota.

“Lo que sí sabemos por la investigación sobre eventos de víctimas en masa es que la mayoría de ellos son llevados a cabo por seres que se encuentran en un punto de crisis personal”, remarcó Marisa Randazzo, ex psicóloga jefa de investigación del Servicio Secreto de Estados Unidos, y actual directora ejecutiva de Sigma Threat Management Associates. “La mayoría de ellos son suicidas activos, e incluso pueden esperar ser asesinados por la policía cuando participan en su ataque violento. Pero atravesar una crisis personal o emocional, o incluso suicidarse, no es lo mismo que tener una enfermedad mental”.

Ese hecho —que muchos de quienes cometen actos de violencia en masa están llenos de problemas pero no enfermos— presenta una oportunidad para los compañeros de clase, colegas de trabajo y oficiales de seguridad pública. Significa que pueden intervenir temprano, antes de que el agravio de alguien se haya convertido en un deseo de lastimarse a sí mismo y a los demás. “Sabemos muy bien cómo ayudar a alguien que está en crisis personal o incluso suicida”, remarcó Randazzo. “A veces eso puede requerir una evaluación psicológica o psiquiátrica involuntaria, pero a menudo se puede hacer a través de la atención voluntaria”.

Lieberman lo llamó una estrategia de “primeros auxilios para la salud mental”. Más estadounidenses necesitan practicarlo en sus hogares, escuelas y lugares de trabajo, consideró. “Si alguien se desmaya, comienza a ahogarse o tiene una convulsión, la gente corre a ayudar”, planteó. “Pero si alguien actúa raro, nadie dice nada”.

Cuando el comportamiento de una persona parece extraño, preguntar qué pasa y ofrecer ayuda puede parecer intrusivo, agregó Lieberman. Pero es una pequeña posibilidad de prevenir la violencia en el futuro, y una muy buena oportunidad de consolar a un ser humano en apuros.

“Incluso con una alta tasa de falsos positivos, ¿qué daño puede causar?”, preguntó. “Uno se acerca para brindar alguna expresión de interés –aún sin ser directamente un tratamiento- a alguien en dificultades, con eso le está diciendo: ‘Me gustaría ayudar’”.

Para leer esta nota en inglés haga clic aquí


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