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L.A. Affairs: Por qué mi búsqueda de amor tuvo que empezar conmigo

Illustration of two cars on a heart-shaped freeway traversing Los Angeles
Mi camino en busca del amor había sido largo y tortuoso y me llevó por muchos vecindarios del área de Los Ángeles.
(Camily Tsai / For The Times)

Mi vida amorosa, si alguna vez se registrara en Google Maps, tendría puntos rojos de localización (corazones rotos) por toda el área Metropolitana de Los Ángeles. A los 48 años, había permitido que demasiados hombres de Los Ángeles pisotearan mi corazón abierto y ansioso. Emocionalmente, me sentí como el tapete afuera de mi condominio en Atwater Village. Mi camino en busca del amor había sido largo y tortuoso y me llevó por muchos vecindarios del área de Los Ángeles.

Parecía que cada hombre con el que salía tenía una personalidad única del área donde residía. El erudito diseñador gráfico, de aspecto aristocrático, aún casado con su esposa, vivía en una gran casa en Hancock Park. La cuadra tenía frondosos árboles verdes, una calle ancha e inmensos patios, una majestuosidad que ocultaba la confusión con la que luchaba para reconciliar su homosexualidad.

Nuestro tórrido romance duró cuatro meses. Durante ese tiempo, había decidido que él era “El Indicado”. Estaba profundamente enamorado. Lástima para mí, pero yo no era el indicado para él. El diseñador gráfico me dijo que todavía tenía algunas cosas que resolver.

Luego vino el actor de teatro de repertorio súper sexy que vivía en Silver Lake. Ignoré la advertencia universal de no salir nunca con un actor. Efectivamente, al igual que con su ecléctico, mercurial y artístico vecindario, nunca supe cómo se sentía. Sus formas frívolas me recordaban a las brisas que soplaban por aquí y por allá a través de los embalses de Silver Lake. Podían cambiar en cualquier momento. También podían detenerse repentinamente.

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Rompió conmigo después de cinco meses de dolor y desesperación. Bien podría haber aplastado mi corazón contra la acera de Rowena Avenue mientras usaba un par de botas negras de piel de una producción de “Otelo” en la que interpretó a Iago. Seguí encontrándome con el actor y su próximo novio en el gimnasio de Hyperion Boulevard o comprando en Trader Joe’s. El dolor seguía ahí.

Todavía lamiendo mis heridas de la relación con el actor, deje de beber. Me di cuenta de que necesitaba enfrentar mis conductas adictivas. La bebida había sido un problema durante muchos años. Probablemente afectó a los hombres a los que permití entrar en mi vida. ¿Un beneficio secundario de la sobriedad? Me llevó por todo Los Ángeles.

Asistí a reuniones de Alcohólicos Anónimos en West Hollywood, el distrito de Fairfax, Hollywood, Beverly Hills, el Valle y Silver Lake. En cada uno de los cientos de reuniones que frecuentaba, buscaba a mi próximo novio. Las salas estaban llenas de hombres guapos.

Nunca encontré el amor, pero aprendí a apreciar más a Los Ángeles mientras permanecía sobrio.

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También seguí saliendo en citas. Todavía tenía algunos vecindarios y hombres que explorar.

Hubo un breve coqueteo con un chico guapo y más joven, un diseñador de artículos para el hogar de moda, que vivía en las colinas de Echo Park. Tenía su propio programa de televisión y varios libros publicados. Hubo muchas señales “anti”, como cambiar planes en el último minuto. Aún así, decidí, como con otros antes que él, que él era “El Indicado”. Me dio falsas esperanzas antes de dejarme. Al menos pasé tiempo de calidad en Echo Park.

También intenté ponerme en contacto con mi yo erótico. Esta experiencia me llevó a un cañón en la Sierra Madre para un taller de fin de semana organizado por Body Electric School. Un grupo de hombres gay asistió a una emotiva reunión destinada a integrar nuestra sexualidad y espiritualidad. Experiencias mágicas que todavía atesoro, pero ninguna me llevó a él.

Lo más cerca que estuve fue conocer a un terapeuta de masajes obsesionado con el sexo del que me enamoré, aunque claramente no estaba disponible. Condujo desde San Diego para visitarme en mi nuevo condominio en Atwater Village un par de veces. Pero San Diego y Atwater Village estaban demasiado distantes, como lo estábamos él y yo, para desarrollar algo significativo.

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Todos esos corazones rojos en mi mapa de citas de Google Map permanecían rotos.

Aún así, aprendí de todas esas malas citas que necesitaba ajustar mi perspectiva para encontrar una pareja adecuada. Tenía que limpiar mi comportamiento para poder ser una persona con la que alguien más quisiera tener una relación. Y ese no era un hombre que bebía demasiado, ni uno que aceptaba a cada hombre que conocía como material para una relación incluso antes de conocerlo.

Entonces una noche de marzo abrí la puerta de mi casa, y allí estaba él. Su nombre era Robert. Nos habíamos conocido en un sitio web de citas y era la primera vez que nos veíamos en persona. Noté que tenía el cabello castaño rizado, ojos marrones suaves y una sonrisa seductora. Luego me di cuenta de que lo dejé parado en mi puerta. Me hice a un lado y lo invité a entrar.

Nuestra vida amorosa nos llevó entre mi condominio y su casa en Burbank, una ciudad que no conocía bien a pesar de haber trabajado en la zona como consultor de marketing de largometrajes durante muchos años. Nos tomamos nuestro tiempo para conocernos. Pero rápidamente se convirtió en mi “Verdadero y Único”.

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A diferencia de los demás, estaba disponible, no jugaba con las relaciones y era una de las personas más dulces que había conocido. Supe que era el indicado para mí cuando mi madre de 78 años me dijo durante una llamada telefónica: “Dile a Robert que da los mejores abrazos”. ¿Necesito decir más? Llevamos 13 años juntos y vivimos en Glendale, otra ciudad que no conocía bien entonces pero que conozco ahora.

En mi recorrido de amor de Google Maps, un último corazón rojo (intacto) puede quedarse clavado justo ahí.

El autor escribe ficción, no ficción y obras de teatro. Está en Twitter @cgregthompson e Instagram @cgregorythompson.

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